martes, 24 de junio de 2014

ALEJANDRO FLORES PINAUD [12.023]


Alejandro Flores Pinaud

Alejandro Flores Pinaud (n. Santiago de Chile, 9 de febrero de 1896 - † 6 de enero de 1962) fue un actor, poeta y dramaturgo chileno.

Estudió en los colegios Patrocinio de San José y San Pedro Nolasco. Siendo joven, se interesó en la carrera teatral, pero sólo reconoció su verdadera vocación cuando entró en contacto con el actor y poeta español Bernardo Jambrina. Comenzó a escribir varias piezas líricas, con una de las cuales montó en 1919 un espectáculo que presentó en el Teatro Comedia, titulado "El derrumbe", donde no sólo era el creador del guion, sino también había interpretado el papel principal. Dos años después, su obra "Malhaya tu corazón" repitió el éxito de su opera prima. También hizo carrera en Argentina, donde en 1922 contrajo matrimonio con Carmen Moreno Jofré y allí trabajó en el filme Su esposa diurna (1944) dirigido por Enrique Cahen Salaberry. Fue un devoto admirador de los próceres de la Independencia de Chile, razón que lo llevó a convertirse en un paciente coleccionista de cuanto objeto se vinculara con ellos. Una de las manifestaciones concretas de este sentimiento fue la creación del Museo de la Patria Vieja, en una céntrica casa de Rancagua, donde residió por espacio de algunos años. Este recinto abrió sus puertas el 24 de octubre de 1950, y concurrió a su inauguración el primer mandatario de la época, Gabriel González Videla, y un buen conjunto de autoridades y vecinos respetables de la ciudad.

En 1946, el gobierno chileno distinguió su carrera con el Premio Nacional de Arte.



SEÑOR

Hace ya mucho tiempo que al dolor de la carga
se ha curvado mi espalda y astillado mi hombro,
y, a pesar que mi senda día a día se alarga,
ni suplico tu gracia, ni siquiera te nombro.

Yo jamás te pedí me tendieras tu mano
para hundirme en la tierra o treparme a la cumbre;
yo jamás imploré tu poder sobrehumano:
me bastaba el sencillo poder de mi lumbre.

Fui rebelde, Señor, pero tú te vengaste;
y fue cruel la venganza y el dolor que me diste;
me llevaste a la amada que tu mismo formaste
como el agua de clara, como todo de triste...

Fue una noche de enero, tibia, azul, luminosa;
su alba carne de ensueño palpitó estremecida
al sentir en su vientre la tortura gloriosa
de otra vida pequeña que llegaba a la vida...

Con la fe más intensa, con la unción más profunda
te dijeron sus labios la plegaria de amor:
“¡Fortalece Señor mis entrañas fecundas
y hazle blando el camino a este nuevo dolor!”

¡Nunca, nunca, Señor, otros labios hubiste
que tu gracia imploraran con más honda emoción!
¡Nadie nunca ha rogado como ella, la triste,
por el fruto bendito de su amor, todo amor!

Pero tu no escuchaste... Su plegaria bendita,
hecha lágrima y sangre y empapada en piedad,
se perdió sollozando en la noche infinita...
¡y sus ojos cerraste para siempre jamás!

¡Es por eso que ahora, que mi labio te nombra,
la palabra me sale dolorosa y amarga,
porque siento que grita su recuerdo en la sombra
y la pena se ahonda y el camino se alarga!

¡Es por eso que vago por senderos sin luces,
encorvado en la tierra donde duerme mi amor
y en la paz de la noche yo me tiendo de bruces
y me abrazo a la tierra como a su corazón...!





SAPO TROVERO

Sapo de la noche sapo cancionero
que vives soñando junto a la laguna
tenor de los charcos grotesco trovero
que estás embrujado de amor por la luna
Yo se de tu vida sin gloria ninguna
se de la tragedia de tu alma inquieta
se de tu locura de amor por la luna
que es locura eterna de todo poeta

Sapo cancionero canta tu canción
que la vida es triste
si no la vivimos con una ilusión.

Tu te sabes feo feo y contrahecho
por eso de día tu fealdad ocultas
y de noche cantas tu melodía
y suenan tus cantos como letanía.

Repican tus voces en franca porfía
tus coplas son vanas 
como son tan bellas
no sabes acaso que la luna es fría
porque dio su sangre para las estrellas.







Alondra
Autor: Alejandro Flores
Santiago de Chile: Diana, 1928

CRÍTICA APARECIDA EN LA NACIÓN EL DÍA 1928-09-16. AUTOR: ALONE
Aunque el nombre y, más aun, el renombre del autor no hubieran llegado mucho antes a nosotros, entre rumores de aplausos teatrales, las primeras estrofas de este libro bastarían para decirnos que han sido declaradas y hechas para la recitación en público.

Tienen la música material y la resonancia interna que provoca las emociones entusiastas de los auditorios, si bien sus notas de un sentimentalismo suave y sus cuadros muy bien compuestos, en tonos decorativos, parecen inspirados en un silencio íntimo para el solo deleite del espíritu que los concibió.

Esta voz sale de la soledad; pero busca ansiosamente un eco en cien corazones y se hace amable para todos.

Canta en su laúd romántico:


“Mi parque se moría bajo un cielo incoloro
y entre la espesa bruma de mi melancolía,
cuanto tú te anunciaste cantando el himno de oro,
como una alondra que ve clarear el día,
saludaron tu gracia, rumoreando, las hojas…
elevó el surtidor diamantinos destellos,
embriagaron el aire rosas blancas y rojas
y los cisnes, por verte, alargaron sus cuellos…”



Píntese el cuadro y resultará un espléndido telón de fondo, donde nada faltará para acariciar la vista del espectador.

En el teatro de ensueño se desarrolla la escena antigua y siempre nueva, el eterno idilio, la comedia suave y grave:



“Y hubo fiesta en mi parque. Al compás de tus trinos
azucenas y nardos danzaron la pavana,
inclinaron sus copas los ingrávidos pinos
y se hizo de oro y plata la voz de la fontana”.



Hasta aquí el “crescendo” de los violines; cada verso es un instrumento que allega su nota a la orquesta y en medio de la alegría, como la explosión luminosa de la tarde, se presiente la tristeza próxima, el bajar de las voces, el advenimiento silencioso de la sombra.



“Mas fue breve el encanto. Llegaron las neblinas
y tu alma estremecióse con frío de algo eterno;
y una tarde, en silencio, partiste, peregrina,
como una golondrina fugando del invierno…
¡Qué solo quedó todo desde que tú partiste!
El parque hoy tiene aspecto de un gran nido vacío;
la fuente ya no canta; y en el silencio triste
los árboles y mi alma se retuercen de frío…!”



Estamos en el segundo acto; la pieza melódica toca a su fin; el músico pone sordina, el pintor prepara los colores sombríos, la cara del poeta se entristece, sin descomponerse, dentro del agradable convencionalismo teatral:



“Se apagaron los trinos y murieron las rosas…
Y en el parque sombrío, desolado y desierto,
tu recuerdo revuela sobre todas las cosas,
como una mariposa sobre flores que han muerto…”



Nada falta. Nada, sino los aplausos de los corazones sencillos y la emoción suavemente reprimida de las mujeres.

Así es todo el libro.

Nos trae una canción a que estaban desacostumbrándose nuestros oídos, sin gritos que arañan, sin disonancias contorsionadas y violentas, con mesura y compás.




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