lunes, 23 de junio de 2014

ALBERTO MÉNDEZ BRAVO [12.005]


Alberto Méndez Bravo

Alberto Méndez Bravo (Angol, CHILE  1886 - ¿?). Aparece en "Selva lírica" (Pág. 423).



TU CANCIÓN MÁS HONDA

¡Piénsalo ya!

Tu corazón ardía,
hoguera inextinguible de colores,
y la cascada azul de tus amores
en insaciable copa se vertía.
Soles y riegos de la fantasía
maduraron la mies de tus alcores;
agua de la luna en blancos surtidores
fue madurando tu melancolía.
¡Todo es ayer!
Estupefacta rueda
la hoja de otoño en amarilla ronda
y tu suspiro es un puñal de seda.
El arpa muda cuelga entre la fronda
y, cuando el viento agite la arboleda,
dirá en sus cuerdas tu canción más honda.




Vislumbres
Autor: Alberto Méndez Bravo
Santiago de Chile: Impr. Mont-Calm, 1916


CRÍTICA APARECIDA EN LA NACIÓN EL DÍA 1917-06-11. AUTOR: LEO PAR

Llegó últimamente a mis manos este pequeño volumen de versos. Confieso que lo abrí con cierto secreto miedo de hallar en él las habituales extravagancias decadentistas. Pero ya desde la primera página, la admonición del autor al crítico, desaparecieron mis temores, haciendo lugar a una grata sorpresa. Porque estas “Vislumbres” son las de un genuino poeta, que siente hondamente la naturaleza, que conoce su propia alma, y en muy correctos versos sabe transmitir sus impresiones a los lectores. No se advierten, por felicidad, en este vate exageraciones de escuela, poesía de receta ni sofisticaciones de sentimientos. Su inspiración es casi siempre natural y sincera, siempre elevada con un tinte de moralidad con un calor de afectos familiares que nos obligan a estimar al hombre después de aplaudir al poeta.

El señor Méndez no se ha especializado en su lirismo. Para él, cielos y tierra, el alma y sus pasiones, los trascendentales problemas de nuestro destino, todo es digno asunto de poesía, en todo ello va su musa a libar la miel de la inspiración. Aún cuando canta a la mujer que delinquió, hay en sus líneas una casta reserva, una gravedad que lo señalan al aplauso. Esta universalidad de su lirismo le permite tratar con felicidad los más varios asuntos, ya describa un paisaje, ya analice las borrascosas criaturas. Siempre vaga sobre sus versos un aura de serenidad, y optimismo que embellece y aligera su poesía.

Como posee suficientemente la técnica del verso, los suyos resultan fáciles y espontáneos. Sus ideas poco sufren con la operación de amoldarse dentro del metro.

Los metros que usa el señor Méndez son muy varios, pero siempre adecuados a la idea que encarnan. Adviértese en algunas de las composiciones de nuestro poeta el empeño de rimar ricamente, y que el éxito corono sus esfuerzos. Véanse, por ejemplo, la composición “Penumbra” en la página 127 o la pieza “Las Campanas” en la página 136. en estas, como en casi todas las demás, los versos suenan argentinos, armoniosos. Apresurémonos a declarar que no sacrifica el poeta el pensamiento a la rima.

Esta expresión natural y sincera se inspira en la sinceridad de los sentimientos: naturales y profundos, el poeta nos los hace sentir en toda su fuerza. Su vocabulario selecto le facilita esta labor.

Posee el señor Méndez B. el don de la imagen; hay algunas hermosas en sus versos.

Pero su figura predilecta es la antítesis, de la cual a cada momento usa… ¿y abusa en alguna ocasión? Esta forma literaria da a su estilo singular vigor y relieve. Ella le permite en muchas ocasiones condensar en una estrofa, en un verso, un gran pensamiento. Valgan por muchos estos que transcribo de la página 136:


“La campana llama, llama
Y seguimos por la vida vacía hacia el ámbito lejano
Donde al fin nuestro destino rompe el cauce y se derrama;
En el mundo todo brega,
Se va todo y todo llega
En un círculo infinito cuyo centro es el arcano”.



¿Recuerdan ustedes aquella famosísima definición que da Pascal del universo: “esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna”? Por cierto que estos versos la habrán evocado en la memoria de mis lectores. Veamos otro ejemplo no menos interesante:



“Cantan las aves en la verde copa
Mientras el tronco de las orugas
Estas sienten el vértigo del suelo
Y aquellas la atracción de las alturas.”



Y para concluir:


“No en vano reflejado en tu mirada
En mis ardientes sueños me veía;
Hay para cada noche una alborada
Yo era esa noche, y tú serás el día.”


Las anteriores consideraciones, las breves citas que acabo de hacer, bastan para descubrirnos en el señor Méndez un legítimo poeta. Corriendo el tiempo, nos podrá dar frutos aun más maduros y sazonados. Esperamos que su próxima cosecha lírica sea más rica en estas mieses poéticas.

Y porque  abrigamos la certidumbre de que así será, de que veremos venir en apretadas gavillas los hermosos versos, voy a permitirme algunas críticas cuyo espíritu el autor sabrá apreciar.

En un poeta atildado y castizo como el señor Méndez, extraña uno hallar ciertos descuidos de métrica, algunas faltas contra la gramática y, lo que es más serio, errores de concepto. Estas negligencias, que no son otra cosa, hay que evitarlas; y son tan ostensibles, que no le demandará gran tiempo al autor hacerlas desaparecer y evitarlas en el futuro. Vayan algunas muestras.

En la página 19, en la segunda estrofa dice el poeta:

¿Es hablar claro? Esto sí que es de hombre. Ante este discurrir luminoso, ameno y gramatical, se ve pequeñito Kant mismo; y nada digo de los poetas, Lillo, Concha C., Silva y demás vates de la protuberancia y el raquitismo; esos se han perdido en el suelo.

La Providencia ha estado manirrota con Chile; no se conformó con darle este botón de poeta lírico; uno sin otro […], parece haberse dicho, y nos manda autores de estrofas como las que siguen, y me van a envidiarnos desesperadamente nuestros vecinos:


“Tus ojos darán una voz distinta a las cosas
Familiares; bendita tristeza de quererte
Que alcanza la pequeña sonrisa de las rosas
En el camino helado por la luz de la muerte”.



En estas reconditeces [sic], apenas alcanza nuestro vulgar juicio a entrever que los ojos no pueden dar voz, que la tristeza del querer es muy triste novedad, y se queda meditando en cómo podrá “la luz” (¿cuál?) “de la muerte helar un camino”. Limitación fatal de nuestro entendimiento que así como nos priva de la dicha de penetrar al fondo de tan sustanciales concepciones, nos deja en el dintel de esta otra magnífica, trascendental idea:



“Estas tarde brutas
Tan llenas de sol
Semejan el alma de las prostitutas
Enfermas de anemia, borrachas de alcohol” (pág. 439).



¡Pincelada sociológica digna de hacer morir de envidia a Taine! ¡Qué vigor de colorido y expresión! ¡Qué elocuencia para estigmatizar el vicio! Diré con todos mis lectores: ¡genial!

Aquí tienen ustedes los prolegómenos cosmológicos de un amor terreno, y tan terreno:


“Se plasmó en las marcas de ocultas potestades
En los linderos mismos de nuestro azul destino…

---

Y en una noche fuerte, lejos de los humanos,
Bajo todo dominio de vastos esplendores,
Pudo al fin constelarse, temblando, en nuestras manos” (Pág. 148).



Pero lleguemos ya a la cumbre triunfal del modernísimo lirismo. Se trata de un “abandono”, y así canta el poeta (Pág. 196):


“Acaso en la mañana blanca del ataúd,
Cuando estés amarilla, mordida por gusano,
Sollocen mis campanas, locas de juventud,
Por la enorme distancia de tu rostro y tus manos”.


Cuando Astolfo, de épica memoria, anticipándose a nuestras volaciones [sic], se lanzó a la luna en busca del juicio del paladín Orlando, comenzó por encontrar en el suyo propio; lo recuperó y trajo también el del insigne caballero. Tengo para mí que si alguien renovara hoy la […], había de encontrar muy enfrascados, en la luna, los ingenios de muchos de estos vates. ¡Lástima grande que no podamos alentar la esperanza de que alguien rescate los tales frascos!

Esta grave monomanía de poetizar invita Minerva, que si respeta el físico, lastima, en cambio, el juicio de los poetas, ofrece desde luego un gravísimo peligro: es contagiosa en sumo grado. El contagio está en el aire, se infiltra por doquiera, ataca a los más fuertes como a los más débiles. No citaré más ejemplos, porque me parecen sobradamente expresivos, que el de los coleccionadores de la “Selva Lírica”. Entiendo que antes del libro este escribían en castellano. Lo que es hoy, confieso sinceramente que ignoro en cual lengua escriben: solo respondo que no es castellano.

“Pero te afanas en mirar tranquila, etc. etc.”

Las ideas de afán y de tranquilidad se contraponen. En la estrofa siguiente, dice el señor poeta Méndez que el:

“…alma es peñón que no desmaya
Ante el ansia suprema de la mía.”

Es claro que “un peñón no desmaya”. En la misma composición se nos habla de “la crisálida” y “capullo de la blanca paloma”!!

En la página 30 oímos de unos “espasmos de ala” que piden a gritos comentario. Y basta ya de reparos.

A la indirecta pregunta que desde el prólogo nos dirige el autor, contestaré yo, “que en los versos del señor Méndez palpita la emoción de vida, y que, aun cuando no aspiran a ello, prestigian el Arte”.



Senderos
Autor: Alberto Méndez Bravo
Santiago de Chile: Minerva, 1918

CRÍTICA APARECIDA EN LA NACIÓN EL DÍA 1918-10-23. AUTOR: LEO PAR

En este volumen nos ofrenda el joven poeta una nueva gavilla de su campo lírico.

Recordarán quizá los lectores que el año último el señor Méndez ingresaba al coro de nuestros poetas con un volumen de correctos y sentidos versos (Vislumbres) en que se revelaba un talento natural y un escrupuloso artista.

Las mismas cualidades de fondo brillan en este libro. Hay facilidad y bastante esmero en la factura de estas poesías, no escasas de imágenes y de poéticos emblemas. Más de un verso detiene complacido al lector; más de una estrofa, por el corte preciso y vigoroso, queda gravada en la memoria, como esta, por ejemplo:


“Vamos hasta el dolor, que la onda sima
sienta ansias de subir y sed de lumbre.
Para que lo de abajo se redima
hay que volar, no hay que abatir la cumbre” (pág. 91).


Esta vez el poeta ha querido (¡Legítima ambición!) extender su campo de poesía, buscar nuevas sendas, catar nuevas ideas; ha procurado describir raras y complejas sensaciones.

“Il me faut du nouveau, n’en fût-il plus au monde”, se ha dicho el señor Méndez. Solo que, por desgracia, ha seguido un camino que me parece errado. Y por falta de aquellas ideas sutiles y recónditas, de aquellas insólitas sensaciones, lo vemos caer de lleno en la exageración y el artificio, en los procedimientos efectistas que algunas veces encubren la vacuidad del fondo con las pompas de la fraseología. Suele en estos versos ser defectuosa la ideología y no salir bien librada la gramática. Palabras mal compuestas, giros forzados, conceptos oscuros son la cizaña que en estas gavillas viene mezclada al rubio grano.

Como he sido admirador del poeta y no puedo ver en estos versos más que un transitorio extravío del gusto, me abstendré de citar algunos casos en apoyo de mi opinión. En cambio, me complazco en indicar a los lectores las bellas piezas tituladas “Nubes”, “Poema del agua”, “Intuye”, en que la perfecta adaptación de la idea original a la correcta forma satisface plenamente al espíritu.

Pero aun así, fáltales a estos versos la frescura, la espontaneidad que cautivaba en la primera cosecha poética de nuestro autor.

Cuando impugno las tendencias decadentistas del señor Méndez, no lo hago a humo de paja; es que tengo aquí en mi mesa una veintena de casos de patología literaria, de agudo extravío poético. A él llevan lógicamente el prurito de novedad y el menosprecio por las reglas de una sana estética. Tal subversión de los cánones literarios jamás queda impune, y precisamente porque prescinde de toda regla, de todo criterio, no llega el escritor a penetrarse de la gravedad de su mal y a detenerse en el extraviado camino. Por eso, porque desearía apartarlo del errado “Sendero”, voy, en obsequio del señor Méndez, a mostrarle de un modo objetivo las aberraciones a que puede conducir el decadentismo.


CRÍTICA APARECIDA EN LAS ÚLTIMAS NOTICIAS EL DÍA 1918-11-19. AUTOR: VÍCTOR BARROS LYNCH

¿Acaso es poeta, solamente, el que es capaz de sentir, de comprender la poesía de las cosas? Indudable es que no. Poetas somos todos; pero en la mayoría, llegamos a concebir hasta un poema genial que no lo escribimos nunca… ¡Cuántos grandiosos poetas mueren desconocidos sin que puedan vaciar sus sentimientos en el estrecho molde de las palabras!

El verdadero poeta, no solo tiene la virtud de emocionarse ante sensaciones exteriores: no solo hace vibrar su alma como un instrumento finísimo ante la contemplación de su belleza, sino que el poeta verdadero sabe darles forma a sus concepciones, sabe ser comunicativo y menos egoísta.

¡Y cuán ingrato es el lenguaje! Es su constante empeño el no revelar jamás lo mejor de las sensaciones; nos pone el dedo sobre el labio para que el poeta no vacíe ese tesoro escondido que acaso sea el secreto de nuestra vida… Esa luz no revelada, esa sensación oculta, tal vez vaya a iluminar las sombras de la muerte.

Son muy pocos los poetas de la nueva generación que escapan a esa tendencia equívoca, ridícula, que han dado en llamar “decadentismo”, o sea, la aberración del buen gusto y la abolición de los preceptos literarios.

Día a día aparecen nuevos bardos ramplones, con trazas de escritores, ofreciendo gazapos gramaticales, pensamientos empapados de anemia y concepciones estrafalarias, productos de una simple degeneración mental. Y se denominan poetas; se dejan crecer el cabello y las uñas; no se limpian los zapatos ni se cuidad de vestir decentemente; son poetas decadentes… ¡Pobres de espíritu, si no saben lo que es un verso!

La forma más apropiada para la expresión de las concepciones poéticas, es el verso. El verso es música, es armonía; halaga el oído y con su ritmo conmueve el alma, como las notas acordes de un instrumento.

¿A qué, entonces, ese afán de revolucionar la métrica? Ese conjunto de palabras vulgares que parecen decir mucho y no dicen nada: esas líneas cortadas una debajo de otra, que al leerlas molestan al oído como si se estuviera rasguñando la madera; esas creaciones decadentistas, ¿cómo pueden llamarse versos o poesías?



***

Discúlpenos el lector estos preámbulos antes de tratar la obra de Méndez Bravo, porque es tal el horror que nos produce el solo hecho de nombrar la palabra “decadente” que sentimos temblar nuestra pluma y se alteran nuestros nervios.

Alberto Méndez Bravo nos ofrece un tomo de versos que guardan legítima poesía, titulado “Senderos”. En todas las composiciones está el alma sentimental y filosófica del poeta. Para este la vida es una completa transformación que se realiza por medio de la muerte. Eso sí que sus convicciones no deben estar muy arraigadas, pues, varias veces duda ante el más allá… Por ejemplo, en “Polvo y Eternidad”, dice: “Lo que tanto he querido lo besaré en mi nada”.

El estilo correcto y sencillo de los versos, sin rebuscamientos y sin ideas jeroglíficas, acusa un temperamento equilibrado y de buen gusto. Cada palabra, cada frase, reflejan un pensamiento lleno de emotividad y de realismo. Méndez Bravo maneja, si no correctamente, al menos con prolijidad el idioma castellano y en el desborde de su imaginación respeta, en lo posible, el léxico y la gramática.

La idea de la evolución persigue en todo momento al poeta, por lo cual, cae en cierta monotonía y muchas de las composiciones contenidas en el libro pierden se mérito, debido a la repetición de los conceptos y aún de las construcciones.

Para nosotros, lo mejor de la obra está en las “Acuarelas” y en “Los poemas serenos”.



***

En Méndez Bravo hay vena poética, aunque no bien definida; hay sentimiento, hay inteligencia; lo suficiente para esperar de él progreso y nuevas producciones. Es nuestra intención alentarlo y aplaudirle con sinceridad su obra, ya que nos ha llenado el gusto, porque es ella vigorosa y ajena al decadentismo que nos agobia.

Pero también debemos señalarle algunos de los defectos en que ha incurrido, ya que si en la vida todo es un eterno renuevo, no se puede olvidar que al lado de esa ley inmutable existe otra que a nosotros particularmente nos concierne y que es pulir y perfeccionar…

Desde luego, tiene versos inarmónicos como los siguientes:

“me está mirando desde la ventana…”

“sobre las almas y las lejanías…”

“y florecer como la primavera…”

Versos que no respetan los acentos necesarios, más aun, siendo endecasílabos, los cuales exigen mayor armonía.

Tiene deslices decadentes en:


“Amo las soledades y el silencioso. Recojo
lejanías y estrellas para mi ensoñación”…

“Soy en la transparencia del instante…”

Faltas de sintaxis como estas:

“Los frutos sabrosos

de mi huerto os ofrecí; pero tu espíritu de asceta

vio el pecado no mis cabellos untuosos…”

En donde, además, la medida y la cadencia de los versos son desastrosas.

Pero ahí también Méndez Bravo habla de “senos” que parecen dos lunas, errado en el concepto, pues “seno” significa “concavidad”, ya sea del pecho, del firmamento, de la costa, etc.

Considera, en otra parte, a “Khrysis” como la diosa del amor, designación que hasta ahora ignorábamos…

Hacemos también hincapié en la pobreza de la rima que en casi todas las composiciones es asonante, lo cual desvirtúa el valor complementario de ellas, pues, cuando no hay riqueza en la fraseología y no hay mucha novedad en las ideas, precisa la vigorosa rima consonante.

No se puede olvidar que una composición poética en verso es, ante todo, música al oído.



***

Volvemos a repetirlo, Méndez Bravo es poeta. En “Senderos” hay alma de sentimiento comunicativo; es artista y como artista necesita, en todo momento, rendirle culto a la verdadera belleza.

Para terminar, ofrecemos a nuestros lectores uno de sus poemitas delicados:


“Subió por la áspera cuesta
con un manojo de flores
llevaba los ojos tristes,
los cabellos en desorden.

Llevaba los ojos tristes,
besaba el ramo de flores.

¡El loco, el loco! –decían
las gentes con agrias voces
y le llenaban el alma
de carcajadas y motes.

Llegó al rancho abandonado,
deshizo el ramo de flores
y temblaba como si
fuera todo corazones.

Deshizo el ramo y lloró
en medio de aquellas flores.

Nadie salió de la casa,
nadie respondió a sus voces;
pero hubo en todo el paraje
algo de sus emociones.

Bajó por la áspera cuesta
con el cabello en desorden
y con los ojos más tristes
y con las manos sin flores.

Sus ojos tristes miraban
solo mundos interiores.”



CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1918-12-09. AUTOR: ELIODORO ASTORQUIZA
Si el señor Magallanes nos ofrece reparos por no hacernos trabajar lo suficiente, don A. Méndez Bravo, autor de “Senderos”, peca por el lado opuesto: nos hace trabajar demasiado, y con poco fruto, triste es decirlo.

El prologuista del libro, Jorge Hübner, persona harto competente en materia de poesías, nos asegura que el señor Méndez Bravo es “uno de los más altos poetas chilenos”. Como no puedo suponer que Hübner, escritor poco dado a la ironía, al decir alto, haya querido referirse a la estatura del señor Méndez, debo suponer que yo, por desgracia, no he nacido para saborear los versos de este vate –ni tampoco su prosa.

He traspirado regularmente para comprender la siguiente página del señor Méndez, y no lo he conseguido:

"Quiero que sea la muerte como un remanso de aguas negras donde se hunda el aspecto marchito de los hombres.

Quiero que sea un remanso y que el viento de la noche pase sobre él como un espíritu.

Que haya una luna opaca en un cielo de ceniza.

Que se presienta una lejanía y que las estrellas proyecten una sombra temblorosa.

Vendré como una sombra marcando una huella a través de la noche; una huella blanca que haga pensar en una Vía Láctea.

Una huella de alma: hecha con pensamientos.

Sobre la ribera desierta me arrancaré el corazón vacío y lo arrojaré como una cosa inútil sobre las aguas negras.

Todo quedará sereno cuando mi sombra se haya extinguido.

Y entonces la huella blanca a través de la noche iniciará una aurora.

Así quiero la muerte:

Un remanso de aguas negras para arrojar el lodo y una huella blanca y luminosa para que triunfe la vida”.

Todo esto –lo repito- para mí, es griego. Y lamentando no poder comulgar con las opiniones de Hübner, antes citado, de Max Nordau y de Jorge González Bastías, que encabezan el volumen del señor Méndez –ya que no como su admirador- como su muy atento servidor.



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