martes, 27 de mayo de 2014

POMPILIO IRIARTE CADENA [11.834]


Pompilio Iriarte Cadena 

(Seudónimo de Ángel Marcel). Nació en Neiva, Colombia, en 1945. Profesor, escritor, pintor y poeta. Licenciado en Español por la Universidad Pedagógica Nacional y Master of Arts por la del Norte de Iowa, Estados Unidos. Enseñó Literatura en la Universidad Externado de Colombia, Humanidades en la Universidad Central y en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, y fue Director de los Departamentos de Humanidades de la Escuela Colombiana de Ingeniería (1998-2001) y del Politécnico Grancolombiano, Institución Universitaria (2001-2007). Ha sido, además, maestro de literatura en la Universidad Pedagógica Nacional, que en 1980 editó y publicó su primer poemario Una pausa total. El Gimnasio Moderno del que es profesor desde 1972, publicó en el 90 su segundo libro Transgresión y anacronismo, con el que había obtenido dos años antes la primera mención de honor en el Primer concurso hispanoamericano de poesía “Octavio Paz”, y en el 89 el Primer premio nacional de poesía “Alférez Real”. En 1991 le fue otorgado el Premio Nacional de poesía “Carlos Castro Saavedra”. En 1997, bajo el título de Obra poética, el Gimnasio Moderno recogió su obra poética completa. Coautor de numerosos libros de texto para la enseñanza del español, editados por Norma, fue también hace unos años asesor del Presidente dela República, y en la actualidad, además de profesor de literatura en el Moderno, es el Director cultural del Politécnico Grancolombiano, Institución Universitaria, de Bogotá.



Y era que Dios estaba enamorado

Refiere una leyenda que la luna
se fugó con los astros a una fiesta;
y que la noche airada y descompuesta
no los pudo encontrar por parte alguna.

Fueron los nombres signos sin fortuna,
la palabra perdió la orilla opuesta;
dormitaba el silencio en la funesta
quietud intemporal de la laguna.

En vano la razón de la tragedia
un sabio consultó en la enciclopedia,
en los nombres oscuros y en el Hado.

Y un desdichado amante que moría,
descubrió la verdad de la anarquía,
y era que Dios estaba enamorado.









En la tapa del féretro un espejo

Que nadie llore a Borges muerto o ciego.
Él encontró la paz en la ceguera
de su arduo laberinto; y en la esfera,
halló la forma pura del sosiego.

Él pudo imaginarse, desde luego,
en riesgo de morir de otra manera;
y es probable que Borges nos pidiera
con las palabras justas de su ruego,

enaltecer la estirpe de esos muertos
que mueren con los ojos bien abiertos.
Y para que en los rostros del cortejo

esos ojos sin luz se reflejaran,
él hubiera querido que fijaran
en la tapa del féretro un espejo.









Si crees que por amar te deben tanto

Si has de salvar, amante, las honduras
donde el amor vigila su labranza;
si de la espera vas a la esperanza
y codicias sus dádivas maduras;

si armas lazo a la muerte y la capturas
sin que anteceda el golpe a la asechanza;
si, alabando, persigues la alabanza
por mal despeñadero te aventuras.

Si crees que por amar te deben tanto,
mira el tigre nostálgico al acecho,
flecha y arco y afán de cazadores

saltando precipicios de amaranto,
y verás que no exige su derecho
de ingresar a la historia de las flores







Prodigios de diluvio aunque no llueva

Ella abierta a la noche, mar de leva,
un carnaval de amores su semblante;
él, vaivén de la nave y del amante,
la historia de Noé, la buena nueva.

Naufragio de lucero es lo que lleva
en sus ojos de lluvia y de diamante;
luna creciente y áncora menguante,
prodigios de diluvio aunque no llueva.

Ella, al verse en sus ojos abisales,
la pesadumbre quiere de la barca
con el tropel de tantos animales.

Y él, por dar privilegio a sus querellas,
naufraga en ella y sueña que el patriarca
lleva en el arca todas las estrellas.







Creo en el pez que fluye aguas arriba

Creo en el pez que fluye aguas arriba,
aunque el mar lo convoque aguas abajo;
creo en la red que encuentra su agasajo
en apresar la estela fugitiva,

mientras deja que escape la captiva
comunidad de  pejes.  Más trabajo
da al pescador bregar por el atajo,
si de tan honda plenitud se priva.

Creo en un río ardiente de metales
que, a la manera del creador, se fragua
y en lento desandar se consolida.

No he creído en los órdenes fluviales.
Tampoco en el amor que, como el agua,
llena la tierra baja y deprimida.








Qué levedad, mi Dios, y mi criatura

Qué levedad, mi Dios y mi criatura,
caminar sobre el lago a la deriva,
con esos pies de Cristo en carne viva
y con esa nostalgia de llanura.

Qué soledad de amor, qué desmesura
mojar con tu saliva mi saliva:
“effatá” para el mudo, tentativa
de darme el vano don de la escritura.

¿Qué milagros propones, Jesús mío,
al luchador amante de la calma,
a la angustia terrestre del marino?

Nos negaste el azar y el albedrío:
no tenemos senderos en el alma
ni tiene corazón este camino.







París será verdad cuando regreses

He soñado a París. Por darte un beso
habrá enojo entre francos y romanos;
y otro Ulises perdido entre tus vanos
vaivenes, hará el viaje sin regreso.

He soñado a París. Será por eso
que Notre-Dame se escapa de mis manos;
a esta ciudad de amores tan humanos
por los puentes sonámbulos ingreso.

He soñado a París. Me ponen triste
la turbiedad del Sena y de la brisa.
He soñado contigo tantas veces.

He soñado a París. París no existe
más que por Abelardo y Eloísa.
París será verdad cuando regreses.









En secreto podemos desnudarnos

Sólo en este poema, nuestra casa
de ventanas azules y entreabiertas,
esta ciudad de lámparas despiertas,
y murallas de seda y argamasa;

sólo en el cielo puesto en la terraza
por tus manos de luna tan expertas;
sólo en este castillo de altas puertas,
por las que todo llega y todo pasa…

Tan sólo en el fulgor al que se preste
el vivo resplandor de tu figura,
sólo en esa amorosa arquitectura

que al tiempo nos habita y habitamos;
sólo en este poema, sólo en este,
en secreto podemos desnudarnos.











Que la abrazaba el mar, ya lo sabía

La barca está de vuelta. Se diría
que la ha tomado el mar por la cintura.
Vienen y van según la curvatura,
que  modela en tus senos la bahía.

Que la abrazaba el mar, ya lo sabía.
Cuando pruebo, como ella, la dulzura
de tus sales, la sangre se apresura
a teñir de jacinto el mediodía.

Como van los cardúmenes en torno
del cristal que no ven, yo te circundo
nadando alrededor de la pecera.

Y sin tocar tu playa y tu contorno,
voy y vuelvo, y descubro un Nuevo Mundo
cada vez que me acerco a tu ribera.







A ese adorable límite me atengo

Mi espíritu es tu casa. La mantengo
limpia de lo que soy, de lo que excede
la invocación, del muro que no puede
contener los diluvios que contengo.

A ese adorable límite me atengo.
Tu levedad levísima es mi sede.
Si algo tienes de mí, de ti procede,
cuando a mi casa vienes, de ti vengo.

Tu espíritu es mi casa. Cuando llegas,
las ventanas le añades y la puerta
de sándalo y cristales, y le agregas

un sol que a duras penas imagino,
con las alas doradas de algún trino
que ilumina la jaula bien abierta









Él, que amaba el nogal y amaba el río

Él, que amaba el nogal y amaba el río
(al río, porque baja de las ramas,
al árbol, porque al Nilo sube en llamas),
imaginó un proyecto de navío.

Una nave fragante de albedrío,
mucho más tallo y flor que las retamas,
nogal que se hace luz en las escamas
del pez luna que nada en el vacío.

“Hagamos –dijo– el mundo a semejanza
de un bosque de agua, hagámoslo al estilo
del que el amor del cántaro ha creado.”

Pero al dar realidad a su esperanza,
vio que no estaba el mar ni estaba el Nilo,
ni siquiera el nogal que había sembrado.






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