domingo, 18 de mayo de 2014

PATRICIA MORGAN [11.723]


Patricia Morgan

Patricia Morgan, pseudónimo de Marta Herrera de Warnken (Santiago de Chile, 1902 - 1978). Poeta y autora dramática. Escribió los libros de poesía Fata Morgana (1936), Inquietud de silencio (1938), Viaje de luz (1944), Torrente inmóvil (1953) y Una puerta a la luz (1973). Figuran en su producción las obras de teatro Búscame entre las estrellas (1946) y La tarde llega callada (1947).



Dos LABIOS

¡Me envidiaron las estrellas
cuando me vieron te amaba!
¡Y las nubes que eran rojas,
se fueron tornando pálidas!

Fue una tempestad de fuego
que me encendió toda el alma
ante el resplandor inmenso
la tierra entera era pálida.

¡Y yo moría de gozo
y enloquecida pensaba,
que hasta las mismas estrellas
querían que las besaras!




Fata morgana
Autor: Patricia Morgan
Santiago de Chile: Nascimento, 1936


“Mi cariño es inmenso
como esa agua de mar
que se agita y se aplaca
y se vuelve a enrollar…”



CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1936-04-12. AUTOR: CARLOS RENÉ CORREA
Como un feliz augurio, oasis en nuestra poesía, remanso de horas íntimas y serenas, nos llega este libro de poemas que firma Patricia Morgan, cuyo nombre hasta ayer era desconocido en nuestro ambiente intelectual.

Nascimento lo ha editado con su pulcritud característica; lleva el libro algunas estampas de Olmos, quien interpreta hábilmente algunos de los motivos poéticos.

“Fata Morgana”, se nos figura una ventana abierta sobre nuestro campo literario; ventana de azules cristales y sereno mirar; los pájaros pasan rozándola; hay cerca de ella un rostro femenino que sonríe y deja recostado su verso sobre la yerba y el agua.

Conocimos a Patricia Morgan en la intimidad del hogar; ella nos relató con delicada sencillez cómo le fue floreciente el verso y cómo sintió, al mediodía, su voz llena de cantos. Escribe, porque siente el embrujo de la poesía, escribe para ella, para sus hijos. Quiere que todo su libro sea una ardiente caricia maternal.

Daniel de la Vega nos dice con intuición en el Prólogo: “Patricia Morgan, ha querido publicar en un volumen su romántico archivo de versos. Es un diario íntimo, apasionado y femenino; un libro de horas; paisajes y recuerdos abrasadores, infiernos y paraísos del amor. Hay en estas páginas una desordenada y simpática emoción. Y también el encanto de la literatura vivida”.

Patricia Morgan, en este su primer libro, nos traza los más diversos paisajes de la tierra y del espíritu, sus ojos han recogido la belleza de las cosas y su corazón la ha transformado en poema; coge el estado de alma, sublima el pensamiento, adelgaza la voz, desnuda de todo artificio la palabra; tal una montaña con sus rocas, sus árboles y sus cascadas…

En la página inicial, su temperamento femenino se desborda, siente que le crece la ternura, descubre su ritmo interior, el cual a veces es suave, a veces áspero. Ella nos dirá:

“¡Madre mía! al volar mis entrañas,
de su carga preciosa,
al sentir que su sangre, alargaba
mi grito en la suya,
tuve miedo,
quise entonces saliera de piedra
que naciera con gesto de estatua,
que está siempre fría,
que está siempre blanca.

Como en larga playa,
déjame que le orille sus sueños,
y que así presienta en sus ojos, todas las estrellas del advenimiento”.

Un simbolismo que subyugue aparece en algunos de sus poemas, como en “Anhelos de álamos” y “El sauce y el agua”. En el primero sentimos ese verde crecer del álamo, la luz se espiritualiza entre sus ramas, hay una voz que sale de su tronco…

“El sauce y el agua” es, ciertamente, uno de los mejores poemas de “Fata Morgana”. El pensamiento poético penetra hasta lo más íntimo; delicado, sublime paralelo al amor.

“Era un sauce triste que encorvó sus ramas,
y con mano suave supo acariciar…
y abrigó en su seno, un agua muy clara,
y en quietud serena la hacía soñar”.
El sauce, estremecido sobre el agua, guarda su imagen, verde, trémula…

Y después:

“Yo, te hiciera sauce,
yo, volviérame agua,
y sola en el campo
lejos de toda alma,
en tu seno triste, yo me refugiara;
para que tú, sauce,
con tus largas ramas
de verde sereno, de savia muy sana,
movieras mis aguas…
besaras mi alma…”

En el camino de estos poemas encontramos flores de distinto perfume y color; luces de crepúsculo y de alborada; sabor de tierra, poesía de lo nuestro. Una que otra piedra suele entorpecer el paso del viajero, pero son piedras pequeñas, que, sin duda, la poetisa recogerá en sus futuros poemas.

El verso suave, de límpida estructura; el poema de hondo pensamiento, ataviado de imágenes y símbolos, buscan resonancias en la sensibilidad de lector, son pájaros dueños del aire y del nido…

Patricia Morgan ha llegado de improviso a nuestra poesía; ha llegado con sinceridad de alma y humildad de pensamiento. Ella, que no buscaba un lugar escogido en nuestras letras, lo ha encontrado y plenamente.


“¡Qué naturaleza llevo yo
aquí adentro…
Montañas de verdes, con ríos inmensos
frutos que maduran,
en mi fuego interno,
tierras que fecundan en vida
y aliento…
Qué naturaleza, llevo yo
aquí adentro!”






Inquietud de silencio
Autor: Patricia Morgan
Santiago de Chile: Impr. Leblanc, 1938



CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1939-05-07. AUTOR: CARLOS RENÉ CORREA
En 1936 el pequeño mundo literario santiaguino recibió, no sin sorpresa, un libro impreso con elegancia que llevaba por título: “Fata Morgana” y que era firmado por Patricia Morgan.

Daniel de la Vega dijo en una nota al margen de “Fata Morgana”: “Se puede decir que estos versos no tienen fecha, porque no pertenecen a esta época de deshumanización y de desenfrenado culto de la imagen sorpresiva; ni al tiempo de las estrofas heladas y perfectas de los parnasianos; ni tampoco a las jornadas entusiastas de los modernista con aquellos preciosismos y esas lejanas audacias que hoy hacen sonreír.”

Ahora Patricia Morgan nos ofrece un nuevo libro de versos: “Inquietud de Silencio”. Lleva el libro un prólogo comprensivo de Víctor Domingo Silva, un epílogo de Joaquín Edwards Bello y algunas ágiles ilustraciones de Pedro Olmos.

Esta “inquietud de silencio” está simbolizada en la imagen de la portada: una niña con vestido celeste, tendida sobre la yerba, toca una flauta que embelesa a los corderos. Es la hora del atardecer – hora del silencio angélico – porque sobre unas nubes pequeñas hay una estrella… Patricia Morgan lleva en su vida esa música amorosa, que fluye como un río en la noche; música sin elegancia de tonos, pero sí profundamente humana y cordial.

El libro está dividido en tres jornadas: “Lámpara en ensueño”, “Viaje de Luz” y “Voz de la Hora quieta”. El amor, la caricia maternal, la naturaleza.

“Inquietud de Silencio”, ¿es una continuación de “Fata Morgana”? Nosotros encontramos casi los mismos elementos, pero todos ellos más purificados y diáfanos, la poetisa ha alzado su voz para que el oído humano se llene de palabra sencilla y recuerde el lector la luz de los cerros, la nieve, el agua. Hay en toda la obra un carácter de unidad de inspiración; no busquemos en “Inquietud de Silencio” la imagen novedosa, llena de vibración y de colorido; en estas páginas se ha quedado la bruma que hace de las cosas un signo de evocación y de misterio.

La cuerda sensual deja aquí su rebeldía, pero sin llegar al grito que ensordece y al lodo que mancha.

En “Resurrección” escribe Patricia Morgan:

“Me mantuve blanca,
me mantuve extática;
pero ardía dentro
una hoguera inmensa
de pasión extraña.
Él no sabrá nunca
lo que en mí pasaba…”

Nuestra autora busca siempre la sencillez del verso, de la palabra, de la expresión; no necesita de altas voces para penetrar en nuestro mundo anímico y contarnos toda su maravilla.

Quizás sí en muchas ocasiones caiga en prosaísmos que entorpecen el poema; no queremos creer que esto se deba a una incapacidad sino que responden más bien estos defectos a ese deseo de ser espontánea, lúcida, ferviente. Un crítico acucioso encontrará en estos poemas versos que corregir, palabras mal empleadas, imágenes que tachar de vulgares. Nosotros nos quedamos con la belleza pura del libro y vamos al espíritu mismo de Patricia Morgan, cuya sensibilidad femenina habla en esta “Canción de Cuna”:

“Duérmete, mi niño,
que ya llora el mar
y ruge furioso
en su inmensidad.
El mar se ha enojado
y empieza a rabiar,
y si no te duermes
te puede tragar.
Duérmete, mi niño,
que en el cielo están
prendidos tus ojos
como un talismán.
Tus cabellos de oro,
una malla harán,
para que los ángeles 
puedan caminar.
Cuando seas hombre,
tú me harás soñar,
a mí, viejecita,
podrás engañar
como yo te engaño
hoy con mi cantar.
Duérmete, precioso,
sueña con el mar,
que después de la vida
te despertará”.

En este libro debemos penetrar con paso de seda. No hagamos ruido; la palabra de Patricia Morgan es oro desnudo, árbol que levanta sus brazos como una canción.

Dejemos que nos cuente de su mundo anímico; que trace arabescos sobre nuestra casa que habita la tristeza y el ensueño.

Hay en el libro una nota dolorosa que auscultamos y nos llena de emoción: el amor siempre floreciendo en donde menos se piensa, en tierras hirsutas, sin cultivo.

Nosotros, que conocemos la ternura de los años que se han ido, hemos sentido esta virtud milagrosa: “La inquietud del silencio”.






Viaje de luz
Autor: Patricia Morgan
Santiago de Chile: Impr. Universitaria, 1944


CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1945-01-07. AUTOR: MISAEL CORREA PASTENE
Y yo dije a la poetisa:

-Periodista, literatoide a caza de hechos que despanzurrar para extraerles la hiel o el azúcar, más de lo primero que de lo segundo; Quijote pedestre, trabado en razones y conceptos con Sancho Panza Gobernador, cazurro y glotón; cazador de fieras a laso trenzado con hilos de ley y justicia y condenado, las más de las veces, a ser azotado con él y arrastrado a prisión; en suma, hombre metido en la realidad grosera y maloliente, ¿cómo quiere Ud. que me meta en la red sutil de rayas de luz, en la penumbra irisada de luciérnagas, en esa urdimbre casi aérea de sensaciones apenas esbozadas, de conceptos antes entrevistos que formulados, de ideas imprecisas, de imágenes que asoman, blanquean y desaparecen como Venus entre las espumas; en ese mundo ilusorio, en fin, en que la carne cita de almas vagarosas, el amor un sueño evanescente y el dolor una melancolía crepuscular que muere en espasmos de luz; en ese mundo en que ustedes las poetisas viven, alientan y se mueven tan airosamente como el pez en el agua o la mariposa entre las flores?

Y heme aquí, a pesar de mis escrúpulos, leyendo a Patricia Morgan; y siento que sufro la sensación, a la vez de pequeñez, de asombro envidioso y de vergüenza que debe sentir el campesino tosco que penetra con sus almadreñas embarradas y pasos torpes en la estancia olorosa y brillante, pisando alfombras persas, de la odalisca, que entre alcatifas y almohadones se despereza y sueña.

El mundo ilusorio en que Patricia Morgan se mueve está hecho, mejor diré, alhajado de esperanzas de amor, de amor realizado y de recuerdos de amor. Es todo una vida sentimental al parecer completa, pero no satisfecha. De esa trama de sentires, nostalgias y recuerdos surge un bordado inconcluso de dulce melancolía en que con arte sutil forman artísticos arabescos, el hilo morado de la pasión, el verde de la esperanza, el rojo del amor, el gris del recuerdo, el amarillo del odio.

Esas tres etapas del sentir: anhelo, posesión y nostalgia del bien perdido se pueden seguir a lo largo de sus dos libros (los que conozco) “Inquietud de Silencio” y “Viaje de Luz”, que acaba de aparecer.

En “Renunciación” (Inquietud de silencio) confiesa:

“Al clavar mis ojos
en los suyos, hondos,
le entregué mi alma
y temblé de anhelos
al juntar mis manos
a sus manos cálidas”.


Luego, el beso, ese aletear de palomas que se juntan.

“Fue solo un momento,
una llamarada,
dos labios, un beso,
una eternidad.

Fue solo un momento
pero fue un poema
que toda una vida
no puede borrar”.


Luego, esos celos imprecisos de algo que estorba la plenitud del goce; esa ansia siempre renaciente que nada colma:


“Y tuviste mis ansias
y soñaste mi afán
y mi azahar te aromaba
y bebiste mi sal;
pero nada me dabas,
que no sabías dar.

Hoy que nada espero
te siento mucho más…”


Y no obstante en el amado encuentra la paz cumplida.



“¿Por qué eres descanso
y tu pecho es un nido de plumas
donde mi cabeza
suaviza el cansancio?

¿Por qué tú me sabes amado,
a remanso?”



Y sobreviene el primer desengaño, la trisadura.



“Y hoy me siento grande
por la gran distancia,
de verte tan bajo
y mirar lo poco
que había en tu alma”.




A ese primer choque, siguen anhelos de renunciación, ímpetus de humildad, sed de sacrificios, recuerdos doloridos, evocaciones, sueños.



“Y anoche ya tranquila
cuando la luna de plata
su manto me tendió,
él pasó por las sombras,
su aliento me rozó
y se acostó en las aguas
del lago, con dolor.

¡Tú que sabes, Dios mío,
no insistas en mi amor!”




Este segundo libro de Patricia Morgan “Viaje de luz” es el álbum de sus recuerdos. Ella sabe que recordar es vivir dos veces y vive intensamente.

“Viaje de luz” (Imprenta Universitaria, 1944) es el itinerario de un alma desde la desilusión y cansancio de la vida sin objeto, muerto o desaparecido el amado, a través de los recuerdos, de la reviviscencia del amor, del goce fluido del dolor gustado, del resurgir incipiente del padre en el hijo, de intercadencias de la esperanza, del enconarse de viejas heridas.

Lo que vendrá –si hay una trayectoria vital- ¿será la quietud y un renacer de la vida con esperanzas nuevas, aspiraciones a la plenitud del vivir –cuando trabajan corazón y mente, según Goethe- o esa deliciosa inquietud del alma que desasida del mundo busca el reposo en la religión, en esa transposición de la carne en ideal, de lo terreno a lo espiritual? Lo dudo. Patricia Morgan es joven y hermosa. Queda el problema para psicólogos.

Patricia Morgan es una poetisa de verdad. Y es completa. Porque al fluir, como el manantial, de imágenes, de sensaciones, de pensamientos hondos vestidos con el velo transparente de la fantasía, de percepciones de semejanzas tan originales como sutiles y quintaesenciadas, posee la envidiable facultad de la rima espontánea, de la dicción precisa, concentrada, a veces contraída por la elipsis, pero siempre clara e inteligible. Parece que el verso nace en ella, completa en perfecta armonía de fondo y forma.

Jorge Hübner Bezanilla en el prólogo que ha escrito para “Viaje de luz” observa que Patricia Morgan no sigue ninguna escuela de las muchas que en Francia en el siglo pasado y presente han nacido, buscando una nueva sensación, un nuevo enternecimiento. Es verdad; pero la podemos clasificar, desde luego, en el orden o especie de las femeninas a que indudablemente pertenece por su sentimentalidad; y en seguida en la escuela genérica moderna.

No digo modernista, que implica amaneramiento; pero sí moderna, porque es visible que la poesía actual tiene enteramente subjetivo y universalismo cósmico, casi panteístico. Tiempo impregnado de ciencia, de panfilismo, como si fuéramos en camino hacia la palingenesia soñada por Platón, progreso o regeneración  en la unidad de lo creado, los poetas, vates o adivinos en sentido griego, quieren atraer en sí todas las cosas conocidas o soñadas y recrearlas dentro de sí, tiñéndolas o infundiéndoles su yo. De ahí esa fusión de cuanto se ve o se sabe en la sensación o en la intelección para darle un sentido, y una emoción personal. Es un mundo como el imaginado por un poeta colombiano, el mundo del conocimiento total, en que “rima la luz, el canto alumbra y los poetas del futuro contemplan las cristalinas harpas”.

Pero volvamos a tierra; y reconozcamos que sin tantos “tiquismiquis” trascendentales, Patricia Morgan es poetisa amiga y confidente de todo lo etéreo, lo sutil, lo evanescente y luminoso; y que su yo es tan fecundo y generoso que viste con sus velos y se los asemeja, árboles, volcanes, estrellas e hilos de luz fugitiva.






Torrente inmóvil
Autor: Patricia Morgan
Santiago de Chile: Casa Nacional del niño, 1953


CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1954-09-26. AUTOR: ALONE
En el primer libro de poesías publicado por Patricia Morgan, algunas estrofas recordaban muy de cerca el tono, el fuego, la pasión de Gabriela Mistral. En este queda algo de eso; particularmente el poema “¡Qué sola estoy, Señor!” tiene los dardos penetrantes que todavía cruzan las páginas de “Desolación”; pero, en general, la autora se ha desprendido, si no de esa admiración, de las influencias visibles que antaño podían señalársele.

Siendo la misma, ha variado.

Su forma es nítida, suelta, firme, sin esfuerzo.

Más que nunca se aplican ahora a Patricia Morgan las frases que Gabriela le dirigía:

“Siempre alivia Ud. y salva el rumbo de lo definitivo y claro. Ud. logra poesía dentro de la manera tradicional y entonces se hace un acuerdo perfecto entre su emoción, que es poesía pura, y su forma tradicional muy acordada en ella. No sé qué sangres afuerinas estén en Ud.; las que sean, le hacen bien. Sus poemas están muy bien logrados”.

En realidad, poco hay que añadir a este juicio.

Intensa y sencilla, despojada de accesorios útiles, la poesía de “Torrente Inmóvil” se acerca profundamente a la vida y no teme el detalle preciso, la notación diaria, incluso doméstica, con una especie de seguridad de poderse de nuevo remontar, apasionadamente.





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