viernes, 23 de mayo de 2014

JORGE MARTILLO MONSERRATE [11.786]


Jorge Martillo Monserrate 

Nació en Guayaquil, ECUADOR en 1957. Siendo adolescente fue parte del taller literario guayaquileño Sicoseo. Ha colaborado en medios impresos, como cronista, desde mediados de los años 70; escribe poesía.




el sur

perdida la brújula se marchita la rosa de los vientos
si no hay sextante no existe rumbo que valga
el solo la abulia secan a veces las aguas
y solamente queda ir al sur

el puerto es una piel de elefante
un colmillo de marfil
un cementerio extraviado en la memoria
faroles que amantes y ebrios redujeron a la ceniza
pasos: la nada me viaja como una hoja de coca
apacigua la desesperación y el cansancio

Adiós a la furia del mar
estos senderos son desiertos construyendo oasis
el viento un eco que sepultó navegantes
me perdí del mar, mas no de la arena
ni de la amenaza de la espada

habrá que recordar: al sur los esteros
fango minado por el retroceso del cangrejo
raíces que se extienden como peste
mascarón de proa carcomido
los viajes se agotan
el sol se duerme en el pelaje de las nubes

al sur intestinos de caña
ácidos acudiendo permanentemente a su perforación
imposible es la inmensidad del mar
el dolor no reside en su oleaje.

que la alquimia de fotógrafo me devuelva su sonrisa

que el sol nos queme como a un puñado de pasto
que los pájaros se duerman en pleno vuelo
y no logren verla
que las iguanas laman y laman los árboles
jamás su piel

que nadie más pueda leer
la frase del portón
que el clavel no se marchite
y que sangre como un río interminable
y que todos olviden que desearon tenerla
aunque sea por un sólo instante
que los gallos se entierren las espuelas en el pecho
y mueran.





CORAZONES TATUADOS

Oh Dios atiende mis plegarias, escúchame, cree en mí.
Sé que eres ruin, aún así envío mis plegarias a tus
desdenes.

Soy como el demente observando fantasmas que nada más
él ve,
así sin decir jamás una palabra,
navegando en el mal tiempo.
Esperando a que caiga la noche para conversar con la luna,
mirándola como un gusano que se asoma de su fosa al
mundo.

Sé que ese fantasma habla y se desplaza luminoso como
un cometa.
Oh Dios atiende mis plegarias, escúchame, cree en mí.




2

Nosotros también éramos monstruos bajo los almendros,
la tarde se metía en nuestros cuerpos,
era como un sorbo de veneno.
Los monstruos desfilaban,
daban vueltas,
les inventábamos historias.

¿Cuál era nuestra historia,
qué maldición nos condenó?
Seguramente el desamor,
y esa sed de amar hasta morir intoxicados.

Nosotros también éramos monstruos bajo los almendros,
la única diferencia era que nuestras heridas estaban cubiertas,
pero bajo costras,
fluía la sangre,
hedía la pus
y el dolor gritaba.




3

La noche se ha ido,
ha quedado un poco de muerte,
ella besa mi boca instalando ceniza.
Sé que aunque beba, la ceniza no me abandonará,
estará recordándome que existen diversas formas de
muerte.
Debería quemar mis naves
y hundirme.




4

Oh Dios que sigues mis pasos,
que pisas mi sombra y no me dejas avanzar,
que me lanzas tu aliento
y no me permites respirar,
que invades mis sueños como mariposas
que en pesadillas me regalas rosas negras para morir
y polvo de estrellas para conocer del amor el rubor de la fruta
que confundes mi discurso,
que garabateas mis versos,
que oxidas mi vida.

Oh Dios que sigues mis pasos,
deja que corra desnudo tras el goce,
deja que muera ebrio,
deja que caiga al pozo donde me aguarda mi sombra.


Del Álbum de la Poesía Ecuatoriana reciente, selección Fernando Andrade



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