lunes, 19 de mayo de 2014

GLADYS THEIN [11.737]

Gladys Thein

Gladys Thein

Gladys Thein, pseudónimo de Tegualda Pino Berríos (Curicó, CHILE   1911 - 1969). Poeta, narradora y maestra primaria. Trabajó en la Biblioteca Nacional y creó una Imprenta a la que puso su verdadero nombre “Tegualda". Publicó "Corolas de Cristal" (1932), “Horizontes perdidos” (1935), “Poemas” (1945), “El Rostro Desolado” (1946), “Territorio de Fuego” (1947), “La Mitad de la Vida” (1949), “Poesía” ( 1950). 




APARICIÒN DEL MITO

En una mano, mano que perdió su anillo
y sobre un vaso de crecientes láminas,
en un cuaderno solitario siempre,
está la historia del primer latido.

Cuajada leche de siniestros pechos,
con una albura de posibles nieves,
arde en el fuego que devora y anda
la cal sumida de inquietantes huesos.

Miro la espuma del café tardío,
y en el vino, cansado de crepúsculos,
y en la pasión de enmarañados círculos,
veo al ensueño junto a su destino.

En esa espera de esmerados tintes,
y frente a un ojo de total pupila,
y en un sumario de callados símbolos,
está la historia del primer olvido.

Veo venir el sol en lento ritmo,
veo a la tierra junto a su desvío,
y en esta rueda de cambiantes sones
veo el derrumbe del primer camino.

El sol, el aire, el mar, la tierra toda,
se alza en espera del primer dominio.
Pasa la angustia, deja sus raíces,
y nada más. La noche, el viento, el mito.




Corolas de cristal
Autor: Gladys Thein
Santiago de Chile: Nascimento, 1932


CRÍTICA APARECIDA EN LA NACIÓN EL DÍA 1932-12-04. AUTOR: ALONE
Un nuevo libro de versos, una poetisa nueva. Gladys Thein canta el amor, sus amores, en todos los tonos y todos los matices, con más mezcla de tristeza que de alegría y no pequeña proporción de prosa entre algunos intentos de elevación hacia otras esferas. A veces en la misma estrofa está la escala:


“Hace ya tantos años que te estoy esperando
tantos y no has venido, ya es mejor que no vuelvas;
el rosal del camino se cansó de dar rosas
y la fuente del bosque está pálida y seca”.


Los dos primeros versos ni siquiera tratan de volar; podrían hallarse en una carta cualquiera y perderse en la correspondencia sobrante; el tercero débilmente, se ilumina, se inquieta; el último cae en la repetición “pálida y seca” de imágenes gastadas.


Horizontes perdidos
Horizontes perdidos
Autor: Gladys Thein
Santiago de Chile: Lagunas, 1935


CRÍTICA APARECIDA EN LA NACIÓN EL DÍA 1935-05-12. AUTOR: ALONE
Resulta curioso seguir la trayectoria de algunas ideas poéticas. Dijo Neruda en “Farewell”, la más popular de sus composiciones:

“Desde el fondo de ti y arrodillado,
un niño triste, como yo, nos mira”.

Desde entonces, continuamente, descubrimos en los poetas y las poetisas la obsesión de esa criatura, “mirada de la especie”, como habría dicho Schopenhauer. Hoy mismo leemos en Caupolicán Montaldo:

“Grito racial que enciende como un látigo todo…
…y como un astro loco ir subrayando rutas
entre cuyos dos límites hay un hijo durmiendo”.

Y Gladys Thein, a su turno, responde:

“Desde el fondo de ensueño de tus ojos castaños
me está llamando un niño…
sus bracitos se alargan
como si ellos trataran de aferrarse a mi alma.
Y me llama tan hondo…”

Por lo demás, la autora de las “Corolas de Cristal” ha vertido en sus cálices un vino nuevo, de sabor más complicado, aunque no más puro y con todas las reminiscencias y lejos de la hora vanguardista.





Poemas de G. Thein
Autor: Gladys Thein
Santiago de Chile: Impr. Pino, 1945

CRÍTICA APARECIDA EN LA NACIÓN EL DÍA 1945-06-17. AUTOR: VÍCTOR CASTRO
Leopoldo Lugones erró, sin duda alguna, al menos como visionario de la poesía, cuando dijo que no había buen poeta que no fuese buen rimador. Hoy sus palabras producen tal insatisfacción que, con todo el respeto que el ilustre argentino merece, tal aseveración está descalificada, sostenida tan solo por quienes viven esquemáticamente la expresión artística, poética, en este caso.

El libro de Gladys Thein confirma nuestras palabras.

Y es que no se trata de realizar una poesía original por la fuerza, sino por el sentimiento. Por el logro de superación, pasando –claro- etapas elementales, circunstancias del idioma, rencillas con los conceptos, todo aquello que fustiga, daña o fortalece al poeta.

Con Gladys Thein, la poesía femenina de Chile cobra resplandores. Hay en ella, tras de sus palabras, un recio sentido lírico. La imagen se eleva por sí sola, pero a diferencia de los fuegos artificiales; su densidad verídica no permite que tras la metáfora insistente se oculte la mentira del sentimiento. Sus versos están cargados con el hálito del gozo, del tiempo, del símbolo o de la esperanza. Crea toda una atmósfera, y sus ojos y su corazón giran como sordamente en ella, dándolo todo, sangrando acaso, al aire la sinceridad de sus venas, la ácida tibieza de su sangre exaltada:


“Si pudieras volverte lo que hice por mí en sueños
cuando era aún […] de luciérnagas;
pero hoy cómo entregarte la línea solitaria
donde la angustia sube y se estaciona…” (pág. 28).


No se trata, pues, de torturas mentales ni de luchas encarnizadas, que bien se descubren y conocen. Gladys Thein lleva bien situado su nombre en la poesía, su oficio en el alma. Tal vez su mayor virtud sea la de superar, con un salto hondo y gigante, su poesía anterior, su lírica antigua. Y es tal, que significa un libro como “Poemas”, el mejor de cuantos libros líricos femeninos se han publicado últimamente.

Y he aquí la maravillosa prestancia de un poeta que lanza sus versos al rechinar de dientes helados, cogiendo en su calor ese hielo de los pequeños. Página tras página, poema tras poema, hay un sentido, una valoración, una vida volcada en el verso, sobre tinta, hoja, papel:


“Ya no es que al evocarte salte trémulo el sauce
ni los cielos se orillen con un marco de acero.
Tristeza es una hoja, una palabra apenas,
una mano desierta, la semilla de un cardo…” (pág. 96).


No deja de emocionar, entre el persistente venir de cantos demasiado generosos, un libro de tan recia contextura poética. Es el fruto del trabajo silencioso, acabado en el alma y conciencia. Es el logro que, si no está en lo ya definido, como un muro, como una llegada última, puede mostrarse a cualquiera brisa, a cualquiera tormenta, a toda grosería vespertina. Es este libro de Gladys Thein, un mundo de ojos, amor, carne, pasión, muerte, vida, vértigo, latido, flor o quimera. Es decir, un mundo de poesía, donde todo cabe, [por] angelical o demoníaco que sea.





El rostro desolado
Autor: Gladys Thein
Santiago de Chile: Tegualda, 1946


CRÍTICA APARECIDA EN LAS ÚLTIMAS NOTICIAS EL DÍA 1946-11-13. AUTOR: ELEAZAR HUERTA
“El rostro desolado”, de Gladys Thein es un libro breve y sencillo. Todo problema hondo, cuando se relata sinceramente, despojado de anécdota, produce este tipo de literatura. Digamos, pues, que “El rostro desolado”, tan leve, tan pulcro, es, sin embargo, mucho más fuerte que obras de frase vociferante, de giros descoyuntados y de copiosa paginación.

La autora se aparte del sendero de las confesiones, que le obligaría a buscar en las complejidades psíquicas, y se dirige recta, sin vacilar, a relatarnos en primera persona, líricamente, la historia amorosa de una mujer, la iniciación, la plenitud y el abandono. De este modo, la forma lírica es la simplificación, el esquema irreductible de un conflicto. Y la emoción, la belleza de la frase, todo está puesto al servicio del interés y del rigor de la curva dramática.

La supeditación del lirismo, el no dejar que se desborde, puede suponer un empobrecimiento de la intuición. Muchas veces ocurre a los poetas masculinos, pero en esta poetisa, su sacrificio de la exuberancia lírica en aras de la línea narrativa simple, florece en una especie de pudor formal, que da un encanto femenino muy típico a sus palabras.

Se apoya Gladys Thein en un vocabulario selecto y claro, en cordiales repeticiones, en los plurales y  posesivos de participación afectiva, en suma, en lo más elemental, seguro y ajeno a la moda literaria. El momento anterior a la separación, aquel en que los amantes ya están alejados espiritualmente lo describe así:

“Nuestra casa está vacía y mi corazón ve hundirse, lentamente, la morada de nuestros sueños. Nada ha quedado en ella; nuestras pequeñas cosas destruidas, nuestro pan, despedazado; nuestro vino, derramado en la mesa que nunca ocuparemos. Porque nuestros cuerpos no son nosotros, ni nuestro rostro puede representarnos, ni nuestras palabras vuelcan nuestro espíritu ausente. Nuestra presencia, huida de todo contenido humano, es un cadáver entre cadáveres. Tú estás, en verdad, pero qué lejos, qué ausente de todo lo nuestro, de todo nuestro pequeño mundo en ruinas. Y yo, cómo me dejo ir tras de tus pensamientos, sabiendo que nunca, nunca volverá a pertenecerme”.

Leído fríamente, en el párrafo anterior notaría cualquier dómine un exceso enfadoso de “nuestros” y “nuestras”. Otras repeticiones las podría calificar de pobreza idiomática. Sin embargo, el valor expresivo de estos recursos estilísticos es certero en Gladys Thein, y a todo lector entregado ingenuamente a la lectura, la arrastran y le identifican con el alma de la protagonista.

Alma que revela uno de los profundos enigmas de la mujer, evidentes e incomprensibles, al final. Pues la heroína; en su soledad y en su abandono, sigue aferrada a aquel amor, sin renegar de él, sin empequeñecerlo con el odio. Eso sí, al agotar la historia de su pasión, la mujer se siente transfigurada, dueña del secreto de la vida. Por lo cual, exclama: “miro tu amor y es como su renaciera después de una larga muerte. Invoco la amargura, y es como si  mi espíritu hubiese encontrado el secreto de la sabiduría. Miles de siglos sumaste a mi sustancia. Me diste el signo de la paz”.

La paz, una beatitud hecha de generoso recuerdo y aceptación de la vida consciente como dolor decantado, supone ahora el […] de la lírica frente a los episodios dramáticos ya disminuidos, cada vez más lejos.

En la más esencial de sus rutas, solo es mujer aquella que ha conocido el amor del hombre, ha sufrido sus limitaciones y ha tomado después para si, ser débil, la parte del fuerte, la generosidad. La niña mimada, la jovencita curiosa, sobre cuya frivolidad terrible, tanto se ha escrito, puede llegar a ser que Margarita, cayendo en brazos de Fausto por el brillo de unas joyas y el son placentero de unas palabras, no constituye un argumento contra la mujer por la más sencilla de las razones, porque aun no es una mujer. Lo será más adelante, deshonrada, con un hijo entre sus brazos. Y ahí, en esa metamorfosis está lo sagrado de la feminidad.

He aquí por qué vía inesperada, sin salirme del comentario a este librito de Gladys Thein, en que la abnegación de la amante se ofrece otra vez, como siempre, si bien en una faceta nueva e imprevista, la de la paz, casi me he puesto a hablar de la conferencia que el martes último diera en la Universidad de Chile don Salvador de Madariaga. Lo cierto es que enjuiciar a Margarita por la escena de las joyas, y nada más, de base para lucir el ingenio, más no para penetrar en la psicología femenina. Madariaga, bien catador de psicologías colectivas, que puso al trasluz las de ingleses, franceses y españoles, apoyándose en su realidad de ciudadano anfibio, reveló, a propósito de las mujeres, una mera cultura de salón, brillante, superficial e inexacta. Naturalmente, el público –que se regocijaba oyéndole- lo entendía como debía entenderlo, y calaba en su socarronería, hecha de reminiscencia céltica y auténtico humor británico.

Volvamos ahora, evitando las sirtes de la asociación ocasional de ideas, a “El rostro desolado”. No debo terminar mi comentario sin dejar sentado que la brevedad, como mérito, tiene también sus límites, y que algunos fragmentos de Gladys Thein son verdaderamente escasos. Y aunque los estados emotivos que ven recogiendo son diáfanos, sin que jamás se quiebren de sutiles, se empequeñecen con la parvedad elocutiva.



Territorio del fuego
Territorio del fuego
Autor: Gladys Thein
Santiago de Chile: Tegualda, 1947


CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1947-07-13. AUTOR: GUSTAVO LABARCA GARAT
De antemano sabemos que nada suave, cándido o mínimo, hay en las estrofas de Gladys Thein. Ella se encarga de señalarnos su territorio por donde se pasean figuras agigantadas, macizas, oscuras, reflejos de una sensibilidad tempestuosa, trágica, que le desespera y la induce a tocar los bronces del Juicio Final.

Sus títulos anteriores, exceptuando “Corolas de cristal” (1932), muestran a la poetisa subiendo su vía crucis: “Horizontes perdidos” (1935) y “El rostro desolado" (1946).

No va resignada con la cruz a cuestas. Su melancolía es rebelde, apocalíptica; gime su soledad “como un gran lobo solitario”. Se adentra por oscuras selvas; se sumerge, de noche, en mares agitados; o posa el pie sobre el último centímetro de tierra libre de un diluvio espantoso. Está sola “igual que el primer poseedor del mundo y, sin embargo, sin el más frágil muro en que apoyarse”.

No podemos negar que, al comienzo, nos incomodan tan lúgubres lamentos. Pero la dolorida mujer insiste y, a poco, nos revela, entre lágrimas, penas exquisitas. Terminamos por creerla sincera. No se puede fingir tanto y por tan largo tiempo. Aun más: nos contagia y sus aflicciones llegan a envolvernos como si fueran nuestras. Entonces, le tendemos la mano, quizá para ayudarla o para que nos ayude; pero sin dudar ya de que estamos en presencia de una poetisa.

Enteramente modernista en su expresión y en su métrica, Gladys Thein conserva influjos románticos y prefiere las ideas a las imágenes. Unas y otras suelen ser oscuras, pero no refractarias a una apreciación inteligible; no las guía lo inconsciente ni el automatismo verbal; y al mismo tiempo que renuncia a pretensiones desmesuradas, se hace más clara su forma y su contenido más humano.

Cuando se remonta demasiado lejos en su vuelo metafísico, se pone razonadora y casi llega a las fronteras de la prosa. Es preciso no olvidar que, justamente, apreciamos en la poesía moderna su liberación de los lastres que cargaba en el pasado siglo y su tendencia decisiva a innovar en los dominios de la técnica antes que en los de la filosofía.

Ocurre con las estrofas de Gladys Thein, lo mismo que con todas las obras de corte […]. Son más difíciles de pulir que las filigranas de una basílica, son más notorias que en la silvestre apariencia de una ermita. Leemos, por ejemplo, en “Del extrañado ser” (pág. 28):



“Hablo de lo que es mío y me estremezco,
digo de lo que es mío y me sorprende
oír mi voz, pues no soy yo quien habla,
mirar la luz, pues no soy yo quien mira.
Mía es la angustia, pero yo la sufro”.



Al analizar la estrofa, nos parece completo el pensamiento en el penúltimo verso: “mirar la luz, pues no soy yo quien mira”. Es posible que nos equivoquemos, pero se nos ocurre que el verso siguiente: “Mía es la angustia, pero yo la sufro”, solo se agregó para rellenar endecasílabo. Si es suya la angustia, lo natural es que ella la sufra. Desaparece, por tanto, la contradicción, el doble fondo que, graciosamente, sostenían el juego de los anteriores versos.

Prosiguiendo en su extrañeza, la poetisa exclama:



“Toda soy yo, pero no soy la misma,
toda soy yo, pero me estudio y pienso,
que este existir de huesos y de olvidos,
que este conjunto de estudiadas muertes,
solo alcanza a mi sombra y a su oído”.




En medio de la perplejidad de ser y de no ser; al lado de esas estudiadas muertes, símbolos de ideales y de amores mustios, cerca del olvido y la sombra por donde la poetisa, sin hallarse, se busca, ¿por qué nos resultan desagradables esos huesos, como si entre tantas figuras misteriosas y vagas como un sueño, tropezáramos, de pronto, con la macabra realidad de un esqueleto?

La poesía de Gladys Thein puede ser aún más bella si se contiene en límites menos espaciosos. Por algo el perfume fino viene en frasco chico. Un vuelo acompasado, un follaje menos frondoso, una composición breve, dejan fluir mejor las sugerencias y les permiten penetrar con blandura en el espíritu.

Al liberarse de ciertos giros bruscos, sin perder por ello el vigor ni la riqueza que la definen, Gladys Thein desplegará íntegramente su personalidad.

Sus presentimientos y recuerdos se revestirán de transparencia. Los enigmas del verso, sin oscurecerlo, conservarán solo aquello que de misterioso subsiste en las cosas de la vida y del destino.


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