sábado, 17 de mayo de 2014

EUSEBIO IBAR SCHEPELER [11.700]

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EUSEBIO IBAR SCHEPELER

Poeta maucho, nacido en Constitución, Chile. Dueño de un solo libro y de varios textos inéditos, como asimismo, de obras teatrales. Profesor de Francés, ejerció en Constitución, Santiago y finalmente en Aysén, donde radicó. Esta ciudad tiene una avenida y una escuela con su nombre. El Liceo de Constitución puso en la puerta de su Biblioteca una placa  con el nombre del vate.

No abundó mucho sobre la visión de su pueblo natal. Al efecto se encuentran aproximadamente 3 poemas que recuerdan su paso por la ciudad donde nació. El único libro que citábamos, Cantos a Aysén (1944)  está referido completamente a la localidad del mismo nombre, donde pasó el resto de su vida.

Dueño de una poesía simple, clara, entendible incluso para los mentalmente duros, el libro tuvo críticas  de Ricardo Latcham y Carlos René Correa. Todas encomiásticas.

Resalta en algunos poemas de Ibar Schepeler un humor liviano, satírico, irreverente, blanco. Ello se ve reflejado especialmente en los textos intitulados Bíblico y El Toro.

[Por Jorge Arturo Flores]





Bíblico

Por pisarle la cola a la serpiente
Que, astuta, lo guiaba a su objeto
Hallóse nuestro Padre de repente
Junto a Eva que estaba en el secreto.
Bajo un florido y fresco limonero
La puso frente a frente del problema
Adán se sacudió como un plumero
Y, estupefacto, se chupó las yemas.
Ella, inclinando el ave de su cuello,
Bajo el manto de luz de su cabello
Velaba las manzanas del jardín.
Adán perdió su honor de caballero
La culebra enroscada al limonero
Les tocaba entre las flores el violín.




CRÍTICA APARECIDA EN LA NACIÓN EL DÍA 1945-01-21. AUTOR: RICARDO LATCHAM

Hace años, en la recopilación poética titulada “Selva Lírica”, se publicaron tres composiciones de Eusebio Ibar Schepeler, y se vaticina que será un vigoroso pintor en verso de las costumbres chilenas. Algunos amigos suyos han hecho circular privadamente ciertos poemas satíricos que le han dado prestigio muy merecido y que en su primer libro, “Cantos a Aysén”, no aparecen.

El público recibirá pues como algo nuevo y casi totalmente desconocido lo que muy pocos sabían apreciar, porque, en realidad, Ibar Schepeler domina la técnica de la versificación y posee una sensibilidad delicada y dirigida por un gusto que no es muy de esta época pero que nadie podrá confundir con la vulgaridad. Lo importante, lo revelador, es que el autor de “Cantos de Aysén” descubre un escenario que la mayoría de los chilenos apenas sospecha, y que tiene definidos caracteres y encierra paisajes y ambientes de gran belleza. En Ibar Schepeler impera un lirismo auténtico ceñido a una expresión medida y a imágenes de suelto y elegante giro. No se ha anquilosado en formas superadas por las poéticas de hoy y sabe arrancar a su instrumento cadencias melódicas y acentos de íntima emoción.

El poeta nos cuenta lo que descubrió en Aysén, lejos de la estridencia de las grandes ciudades, junto al murmullo del río, a la caída del agua en las tejas de alerce y mientras llega de vez en cuando el breve anuncio de un barco.

En “Aysén” describe el medio en que actualmente vive:



“Casas de juguete. Cielo siempre en nubes.
Río revoltosos, de fuente ignorada.
Cerros imponentes, que desde la cumbre
descuelgan sus claras, graciosas cascadas.
Rebaños de otoño, que llegan cansados
de frío, de noche, de hambre y de marcha
abiertos os ojos de asombro infinito,
y el dorso nevado de niebla o de escarcha.
Barcos que amanecen, silenciosamente,
traídos en brazos de la alta marea
y que al cielo helado despiden en calma
el penacho tibio de sus chimeneas”.



En “Llegaron primero”, y en “Moraleda, el Cazador del Mar” hay también excelentes muestras de las facultades descriptivas y pictóricas de Eusebio Ibar. En “Invierno”, y en “Polar”, vuelve a aparecer la nota original que provoca una tierra en formación, donde el hombre chileno tiene grandes esperanzas y en cuyo seno se está formando una civilización desde hace pocos años. Gran parte de este libro canta a las regiones australes y da a nuestra poesía una perspectiva desconocida que se manifiesta briosa y fina, a la vez, en las composiciones “Camino que va a Coyhaique” y en “Barcos de Guerra”. En “Suerte que soy marinera!”, relata un episodio característico de la vida de los pescadores chilotes, y “Sirena” se consigue una bellísima escenificación de las leyendas y supersticiones del Archipiélago.

En el resto del libro hay variadas pruebas de talento poético de Eusebio Ibar y algunos brotes de su humorismo, que alcanza vuelo y logra matices de vivo ingenio en “Nupcial” y en “Bïblio”. Lo picaresco aparece allí envuelto en formas impecables y en imágenes de gran sutileza.

Otro poema que da la medida de la capacidad de este poeta, que hoy está escondido en las nieblas australes, “Canción de cuna”, que con dos o tres más lo consagran como cultor de la poesía para niños.

Aunque las formas de “Cantos de Aysén” no están siempre de acuerdo con los rumbos actuales de la poesía chilena, la novedad de los asuntos y el ambiente ignoto que abunda en la mayoría de sus versos hacen de este libro algo que interesa y que revela a su autor como un depurado y selecto espíritu.



CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1945-01-15. AUTOR: CARLOS RENÉ CORREA

En la madurez de los años, después que se ha hecho la trasiega del vino, y cuando ya la tierra ofrece un migajón seguro para el grano, Eusebio Ibar publica su primer libro.

Hijo de Constitución, nacido a las orillas del río Maule, aprendió a amar la belleza en una tierra opulenta de colores, de ensalmos mitológicos, de mares bravos y de faluchos que personifican al maulino. Desde esos años Eusebio Ibar comenzó a tejer la red; en su noble hogar, junto a la lámpara de las noches de invierno, el poeta leía sus estrofas a la madre que lo mimaba y aplaudía; ella, mujer de extraordinaria sabiduría y de espíritu que sabía comprender la belleza en todas sus más nobles manifestaciones, comunicaba al poeta un fervor poderoso y cristalino. Cuántas veces nos habló de los versos de su hijo Eusebio y cómo ansiaba la publicación de un libro suyo.

Eusebio Ibar ha llevado una vida de viaje y aventura; ahora, bajo los lluviosos cielos de Aisén, cerca del laberinto de la tierra que no se sabe si es mar o isla, surge su voy para cantar la belleza blanca. Su barco ha enfilado la proa rumbo a los mares del sur y el poeta ha sentido el deslumbramiento de la maravilla de esas tierras australes.

Se ha identificado Eusebio Ibar con el paisaje y cierto sentido racial; sus poemas adquieren colorido local y penetración sentimental; por eso en su romance “Invierno”, dirá:

“Llueve en Aisén. Llueve, llueve,
y cuando no llueve, nieva.
Hace ciento veinte noches
que no se ven las estrellas”.

La poesía de Eusebio Ibar que demuestra una mayor sensibilidad y elegancia es aquella que se inspira en la pequeña canción, en la cosa diminuta, en la línea de luz que se ha perdido. Ibar es poeta contemplativo y al narrar sus impresiones adquiere una fuerza poética notable.

Admiramos con verdadero deleite su poemita “Mancha” que reúne las virtudes del poeta sencillo y diáfano. Dice:

“Cielo vacío
de primavera.
Un caserío
y una ribera.

Allá distante
se balancea
un bote amante
de la marea.

La noche aprieta
callada y quieta
su negra esponja.

Sale la luna
clara como una
frente de monja”.

Integran el libro varios poemas de intención picaresca, algunos de emoción conseguida, otros muy acertados por la composición del paisaje y las imágenes, “Cantos a Aisén” no es un libro que guarde unidad perfecta de estilo y temática; sin embargo, brinda una poesía que se nutre con los mejores elementos espirituales: poesía de emoción y evocación reflejo en último término, del poeta que ha vivido sus versos después de identificarse con la tierra.






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