lunes, 19 de mayo de 2014

CARMEN CASTILLO OYANEDER [11.740]



Carmen Castillo Oyaneder

Carmen Castillo Oyaneder (1916 - 1993). Poeta de Chile. Publicó “La lámpara de arcilla” en 1948, “Cantos rebeldes” en 1954, “Vivencia” en 1961, libro por el cual obtuvo el “Primer premio Municipal de Poesía Gabriela Mistral” del año 1959, y “Salada miel” en 1978.




PREGUNTAS PARA QUE NADIE RESPONDA

¿De dónde vienes, sangre, de qué mares,
de qué cielos, qué astros, qué heredades...
qué soles incendiaron tu estatura
que ardiente me amaneces toda frase?

¿De dónde vienes, sangre, ramo ardido,
violenta pleamar de brusco oleaje
que azotas el velero de mis huesos
y en tormenta rebelde me lo bates?

No corres, no deslizas, sólo vuelas
por la altísima hondura de mi carne
y vas estrelleciendo las penumbras
de lóbregas comarcas cerebrales.

¡Eres sabia y ardiente y misteriosa,
eterna portadora de una clave...
una clave que asciende sugestiva
del tiempo de los tiempos sin edades!

¿De dónde vienes ola dolorida,
amarga, dulce, alegre, ¡oh, flor de sales!
Roja gracia de Dios, águila insomne
que aquí en mi corazón vino a anidarse?




Vivencia
Vivencia
Autor: Carmen Castillo
Santiago de Chile: Nascimento, 1961


CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1961-03-16. AUTOR: RAÚL SILVA CASTRO
Ante los versos que acaba de publicar, bajo el título de “Vivencia”, Carmen Castillo, dan ganas de preguntar dónde están los poemas que corresponden a esos borradores y por qué se han publicado estos y no los frutos ya logrados, maduros. Pero Carmen Castillo no es la primera ni será la última. Pertenece a una época que ha declarado cruda guerra al arte elaborado, fino, sutil, y que prefiere en todo lo tosco y lo inarmónico, y aun cuando su talento sea garrido y aparezca, de vez en cuando, entre las líneas a medio ejecutar, le faltaron fuerzas para rebelarse contra la moda que la cerca y la oprime. En vista de esta carencia de fuerzas para rebelarse contra la moda que la acerca y la oprime. En vista de esta carencia de fuerzas habremos de juzgarla, pues, por la forma embrionaria de los versos que ha querido escribir y que acaso algún día escriba.

Y antes de seguir adelante, una remembranza. Hace algunos meses leímos en un número de la “Revista Literaria” que publica la Sociedad de Escritores de Chile, un soneto de Carmen Castillo, anunciado como del libro próximo “Viña negra”. Lo leímos y nos gustó. Cuando recibimos “Vivencia” creíamos encontrarlo allí, pero, según parece, se trata de dos libros distintos, y el soneto referido aguarda su turno. Pero no estaría completo el cuento si no oyéramos a Carmen Castillo su “Soneto negro”:




“¡Cantarle a qué, si todo desmorona
en lodo cruel su forma florecida
en la hoguera turgente de la vida
donde el ojo de Dios nos selecciona!...

¡A quién donar la luz de esta corona
si todo viboreando va en caída
hacia el fosco portón de los suicidas
donde el ojo de Dios nos abandona!...

¡Lodo negro, maldita marejada,
sin alma, sin cabeza, desmembrada,
torbellinas el mundo con tu espanto.

Juventud, ya sin luz, descoronada
quebrando toda lámpara del canto
te arrastra el siglo veinte hacia la nada!”




Algunas advertencias debemos hacer. Como la revista de la Sociedad de Escritores se publica siempre con un número realmente increíble de erratas de impresión, hemos debido rectificar en este soneto la colocación de los versos del segundo terceto donde creímos percibir un trastrueque. Puede ser que también nos hayamos equivocado en el cambio, pero que en la revista hay erratas, eso sí que no podría negarlo nadie.

Otra advertencia. Hemos suprimido algunas mayúsculas. Habrá podido notar el lector que el pensamiento de Carmen Castillo tiende al énfasis, y algunas de las expresiones que aquí le vemos usar van más allá de lo que la ponderación permite. ¡Imagine el lector paciente y comedido cuánto mayor será el énfasis con las mayúsculas que pone la autora a palabras como mundo, vida, siglo veinte, etc., que no tienen por qué llevarlas, por lo menos en un contexto como el que hemos leído!

Pero “Soneto negro” es una pieza que revela talento. La sola negación, el ímpetu y el denuedo de quien pronostica que todo tiende a la nada es un valor tiende a la nada es un valor literario que debidamente cultivado podría llevar lejos. A mí, personalmente, no me agrada que se pretenda hacer rimar caída con suicidas, tanto más cuanto que la falta ocurre en un soneto que sigue, casi fielmente, las leyes clásicas de la forma métrica recomendada por la preceptiva al sonetista.

Pero el que a uno le desagrade algo no basta para condenar el todo en que ese algo forma parte o constituye una porción. Quedamos, pues, en que el “Soneto negro”, sin ser una pieza maestra en su totalidad, llama la atención sobre el nombre de la autora.

¿Quién es? ¿De dónde viene? ¿Qué ha escrito antes? Nada sé de ello; y alguna vez lo averiguaré. Por ahora lo que debe interesarnos es su pequeño volumen “Vivencia”, donde, según me parece a mí, no se confirman todas las previsiones que pudieron hacerse a propósito de la obra de Carmen Castillo quienes leyeron su soneto. Notaría el lector que inventa ella el verbo “torbellinar”, porque lo necesita para calzar la medida de un verso. Este procedimiento, aunque sea condenable sin apelación, parece que es de su agrado, porque lo emplea con reiteración en el libro que tenemos a la vista. En el poema titulado “Imposible idioma” se queja la autora del trance de inefabilidad en que a veces se sorprenden los escritores, es decir, de no poder expresar en forma súbita, instantánea y con todos los matices, lo que han concebido. Esta vieja querella se zanja, al modo clásico, estudiando mejor el idioma, para dar con todas las palabras que cuando se ignoran nos dejan la impresión de que el léxico es pobre para verter la riqueza de nuestro íntimo sentir; pero Carmen Castillo la zanja al modo moderno, primero acusando al idioma de su pobreza, y en seguida creando palabras nuevas, que son por lo demás imposibles. Veamos el primer expediente.

“Dolor de carecer de las palabras –dice la autora- con qué expresar lo humano, lo divino, idioma luminoso, sobrehumano, mezcla de sangre, lágrimas, suspiro...” Y oyéndola cantar de esta guisa, con tanta armonía, con voces tan cautas y bien concertadas, no se le puede creer que haya sentido jamás ese dolor, o por lo menos, podría asegurarse que no seguirá alegando que lo siente. Si el movimiento se prueba andando, la aptitud de escribir se prueba escribiendo, y Carmen Castillo tiene derecho a pedir que se inscriba su nombre en las letras chilenas siquiera sea solo por esos cuatro versos.

Pero después se despeña. El segundo expediente consiste en la creación de palabras, pero no palabras útiles, convenientes, bellas, necesarias, felices, sino... de las otras. Inventa por ejemplo, el verbo “materiar”, porque si hubiera empleado el usual “materializar” le habrían sobrado sílabas en el verso; y, en seguida, inventa “orgullar”, por motivos idénticos. Es triste, ¿verdad?

¿Cuál es, entonces, el balance de todo esto? ¿Qué resulta si pesamos el acierto de allí en un platillo y en otro el error, la chapucería invencible? El resultado depende del criterio estético de cada quien. A mí, por ejemplo, ya que tengo la palabra, a mí, formado en una tradición severa de apego a la letra, no me gusta que se inventen palabras innecesarias, si bien aplaudo y corroboro con el ejemplo personal, cuando me toca, cualquier creación que responda a ciertas leyes elementales de armonía y de analogía. Condenaré, pues, el orgullar de Carmen Castillo, e instaré a los demás escritores a que no la sigan por ese erróneo camino.

Pero ya dije que tenía talento; lo dije y lo repito. Hay en sus creaciones un fuego interno que no es usual, un entusiasmo lírico sin el cual la poesía se queda guardada en el seno del artista, inepta para ver la luz y salir a conquistar la adhesión de los hombres. Hay originalidad, tal y cual vez, no siempre, sofocada acaso por el deseo de llamar la atención, actitud esta última que no es siempre condenable y que por eso no habíamos puesto antes en el platillo de los deméritos.

A Carmen Castillo, autora joven según presumo, habría que recomendarle que se midiera mejor, que economizara sus fuerzas, que no cediera al camino más fácil, porque el arte es superación y selección, por mucho que estas palabras no estén en boga y sean vigorosamente resistidas en los medios por donde ella circula. Pero estos consejos que son el abecé de la crítica literaria, que se vienen repitiendo desde el tiempo de la Nanita, tampoco calzan ante los versos de tan soberbia poetisa. ¿Qué decirle entonces? Nada. A lo sumo que “Vivencia” es una palabra fea, de mal gusto, demasiado técnica, para ser empleada en un ramillete de versos como los suyos, y que a ella no le conviene desmedrar el contenido propiamente lírico de sus versos con un rótulo que huele a botica, por lo menos a botica sociológica.

No decirle nada pues, sino saludarla como recia esperanza de la poesía del inmediato futuro.




Vivencia

Aré mi corazón... ¡brotaron alas!
Cierra tus ojos asombrados, Viento.
¡No todo corazón espiga lirios
en el ardiente cóncavo poético!

Febril, violentamente, hundí mis manos
en áridas regiones de este predio...
Por ensalmo, surgieron albas yemas
entre el rojo paisaje de mi pecho.

¿Qué puñado recóndito de Olvido
roturara el arado de mis dedos?

Aré mi corazón... ¡brotaron alas!
Domina tu emoción, viejo esqueleto.
Cien mil generaciones esperaste
el mágico espigar de lo perfecto...

Y ahora, tembloroso, confundido,
ves el milagro sobre el hombro trémulo
dejando que agonicen las palabras
en los muros rosados de mi cuerpo.

¡Inútil ocultar el don divino
germinado en el surco del Silencio!
¡Imposible segar humana espiga
pletórica de rumbos y de cielos!

Asesinas mi voz, mas no mi alma...
Con brillante lenguaje sempiterno
las trigueñas muchachas de mis ojos
gritarán por el mundo tu secreto.







Milagro del soñar rebeldecido

Todo sueño imposible, en mí es posible
Lo vivo, lo aventuro, lo proezo...
Ordeno a Dios realice este proceso,
y Él, nunca me responde: ¡es imposible!

Por ello mi soñar inextinguible
desbocado cabalga su embeleso
sobre el potro rebelde de mi beso
lanzado por senderos invisibles.

¡Turbión de soledad, fuerza increíble,
milagrea el milagro en lo Clemente!
¡Sí, Tiempo!, yo te burlo, lo confieso,

alando sangre, carne, alma y hueso...
¡Que Dios abre senderos a mi mente
con su gesto de luz ineludible!











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