lunes, 26 de mayo de 2014

BENJAMÍN MORGADO [11.827]


Benjamín Morgado 

(Nació en Coquimbo, Chile,  1909 - 2000). Escritor chileno vanguardista, participó del movimiento "runrunista". Se dedicó sobre todo al teatro, llegando a tener su propia compañía dramática. Como poeta, publicó los libros: "Cascada silenciosa" (1926), "Esquinas" (1927), "Estaciones equivocadas" (1929), "Festival de agua y viento" (1936), "La noche del náufrago" (1973).




JUSTAMENTE AL FINAL

Justamente al final, cuando la vida
se ha saturado ya de primaveras,
cuando mis noches son como mis días,
muralla que aromó una enredadera;

justamente alfnal, llegas henchida
de juventud, de música y quimeras.
Y te miro pasar como se mira
pasar en la vejez la luna nueva.

Sírveme el fuego de tu amor como una
puerta de escape a mi pasión que busca
renacer otra vez de sus cenizas.

Y en la batalla que el amor perfuma,
sin que pudieras comprenderlo nunca
mi pobre corazón rueda hecho trizas.






SONETO PÒSTUMO A LA LUNA

No me importa que te hayan estropeado
rus colinas, tus valles o tu cara
conocida del sol, o tus costados
y digan que no vales una làgrima.

Què saben los que te han fotografiado
de lo que es la ilusiòn o una metàfora
si no te vieron nunca en los tejados
ni en el agua dormida de una charca.

Y aunque todos me dicen que eres una 
hechicera en desuso y sin fortuna,
una golfa que aguaita en las ventanas,

yo sigo enamorado de tu bruma,
de tu luz de almidòn, de tu nocturna
languidez de viajera enharinada.




Esquinas
Autor: Benjamín Morgado
Santiago de Chile: Círculo de Artes y Letras, 1927

CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1927-11-20. AUTOR: JUANA QUINDOS
Modernismo de último figurín.

“Cuando el crepúsculo echaba garbanzos en el aire y la luna se parecía a una gallina cacareando, nos hundíamos en las cantinas que abrían los abismos para ir a cambiar ideas con los otros y descansar de la labor estúpida del mundo”.

No dejan de ser interesantes este atardecer haciendo juegos malabares con legumbres, y este astro ascendido a categoría de ave de corral…

Para la descendencia literaria de Marinetti ya son añejas las bizarrías del boxeador:

“Habla en voz alta y grita creyendo que está rodeado de hombres que no conocen el fósforo o de infelices que se acuestan y se levantan todavía de día, e hincha el pecho y muestra los tendones entretenidos hasta la hora de sentarse en el ring y esperar que otro estúpidos abran el hocico y le aplaudan su punch de saco basurero, al mismo tiempo que se levanta a barrer el suelo con sus zapatillas y entran tres idiotas tiritando de frío.


La estadística de sus derrotas la lleva en la nariz”.

“Soy el hombre que anda de perfil para siempre” –dice el autor. Exponiéndose a la respuesta: ¿Será necesario que nos dé la cara para que lleguemos a conocerle?

Firmado como Ginés de Alcántara.




Las aldeas de vidrio
Autor: Benjamín Morgado
[s.n.], 1930

CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1931-01-11. AUTOR: ROBERTO MEZA FUENTES
Anatole France en un prólogo póstumo que va al frente del último libro de Benjamín Morgado asegura con cómica gravedad: “Ahora que la imbecilidad de las personas se demuestra por las antologías o panoramas literarios que publican, este muchacho lanza “Las aldeas de vidrio” con el fino propósito de desconcertar a los coleccionistas de poetas”.

Bueno. Por la fidelidad guardada al estilo de Monsieur Bergeret el prólogo lo mismo pudo haber sido de Fedor Dostoievski que de don Miguel de Cervantes y Saavedra. Lo importante es dar la nota novísima de que los nobles manes antiguos presidan el nacimiento de la obra de los poetas de hoy. Y que, desde ultratumba, se sientan conmovidos ante la aparición de sus émulos y liberados de toda pasión terrena, sean capaces de escribir prólogos cordiales y hasta admirativos para los libros de quienes han aparecido en las letras con ademán de borrar de un solo golpe y para siempre todo lo que antes de ellos se pensó, se hizo y se escribió.

Después de “Cascada silenciosa”, versos de romántica entonación; de “Esquinas”, prosas de febril y desesperada busca de sí mismo; de “Cartel runrúnico”, frenética apología del disparate fraguada en colaboración; de “Estaciones Equivocadas”, versos en varios idiomas y palabras en libertad, publica Benjamín Morgado “Las aldeas de vidrio”, libro en el que, no por cierto triunfalmente la métrica y los versos, como soldados disciplinados, se alinean obedientes a la voz de mando de su impetuoso y paradójico capitán.

Pero, moro viejo no puede ser buen cristiano y, de cuando en cuando, el verso se burla del poeta y estalla en franca rebeldía sin importarle nada, ni sus admoniciones ni sus amenazas de dejarlo fuera del libro. ¿No hizo durante largos años, el autor, alarde y aspaviento de burlarse del ritmo y la medida del verso? El verso responde ahora con su alegre e irónica indocilidad y nada le importa no figurar en el libro con tal de proporcionar un mal rato al antiguo adversario que inesperadamente busca su amistad.

No se crea, por lo que hasta aquí llevamos dicho, que se trata de un libro de versos totalmente malos. Se ve que el autor camina por un terreno que no es el suyo. Pero se ve también que es poeta y que el día que se preocupe de ahondar en sí mismo y prescindir de la manía pueril y no olvidada de espantar al burgués, podrá escribir estrofas dignas de figurar en los cementerios de las antologías que por hoy constituye su desesperación que mañana, cuando comprenda que no es el mundo únicamente el triste y menguado momento en que le tocado hacer y vivir, serán su obsesión de buscador de la belleza.

Ya hay algún indicio de lo que adivinamos cuando sorprendemos al poeta diciendo: “Todavía en mi puerta golpea tu recuerdo – y el eco ha respondido desde mi corazón”. Se inicia un ensayo de penetrar en la propia intimidad, de conocer el mundo que cada uno de nosotros lleva entre pecho y espalda. Por cierto que solo se ve la intención. Los versos no están a su altura. El error del poeta consiste en creer realidad lo que es solo deseo, buen deseo.

De repente nos encontramos con una nota fresca, cristalina, serena. Es un oasis en que nos detenemos con amor. Le debemos el milagro a unos ojos de sombra. Vale la pena conocerlos:

“Hoy que tus ojos alumbran mi senda
y hacen más claro el camino a la cima,
voy a ofrendarte unos versos que tengan
la vibración de mi gran alegría.

Porque es tu cuerpo de malvas sonoras
como un crepúsculo azul en el mar,
voy a dejar enlutada la aurora
para que brille tu voz de cristal.

Porque en tus ojos de sombra se encierran
los suaves himnos de amor y esperanza
y frente al viejo dolor que se muere,
mueren también las eternas nostalgias.

Niña te llamo, porque eres más buena
que la divina ilusión del amor,
porque tu voz es la voz nazarena
que hace una raya de cruz ante el sol.

Y cuando unamos los dos nuestros besos
bajo el enfermo mirar de la luna,
ha de ser fruto la flor del cerezo,
y elevará una oración la laguna.

Y mientras siga cantando una estrella,
crucificada entre el norte y el sur,
yo seguiré deshojando a tu vera
todo lo bueno de mi juventud.
Llevo en el alma cantares hermosos
que han de llegar algún día hasta el sol
para decirle que hay en tus ojos
una hechicera y fragante canción.

Hoy que no llevo ninguna desgracia
entre mis labios sedientos de besos
quiero estrujar para siempre tus parras
en nuestro claro y sonoro universo.

Si estamos lejos, no importa mi niña.
Porque llegó a nuestro alero el amor
es siempre tuya mi buena alegría
y es siempre mía tu boca de flor”.

Como amigos del poeta, pero más de la verdad, urge decir que no buena parte del encanto de esta poesía reside en el ritmo, que también tiene su pequeña caída y que nos hace olvidar más de alguna vulgaridad y algún subrepticio verso de relleno. El lector puede encontrarlos sin menciones especiales que nos harían perder tiempo y espacio.

El poeta no olvida su amor por las imágenes y las reparte bellamente en sus versos. Recordamos algunas: “…pienso - que soy un libro viejo rayado de recuerdos”. “Y te busco lo mismo que una estrella en el agua”. “Solo queda tu sombra que se pega a mis manos”. En otras estrofas, que siento no citar, porque ello nos llevaría muy lejos, realiza el poeta la ecuación perfecta entre el anhelo grande y la realización pequeña. Quiere decir cosas enormes pero no puede porque no se adapta a la forma antigua, que es para él nueva, o porque sus fuerzas no alcanzan todavía a coronar su ensayo ambicioso.

Ya es bien sabido que en cuestiones estéticas, más que por la intención, juzgamos por los resultados. Hay en el autor de este libro el impulso de un poeta, impulso fuerte, frenético, altivo, pero le falta todavía ese sentido maravilloso de la autocrítica que lo llevaría a discernir sobre lo que es flor lograda y lo que es fronda inútil y superflua. Tiene la materia pero le falta la forma. Cada página de su libro nos da la razón en cuanto decimos. No es extraordinario que esto suceda en Benjamín Morgado porque la crítica de sí mismo es una virtud; golpes y luchas que el autor no ha conocido todavía.

Ya es un buen síntoma que haya querido salir de su amaneramiento explosivo y escandaloso que no conducía a otra cosa que a llamar la atención en torno a quien movía los ruidos de ese “jazz band” estridente y vacío. Fue acaso saludable esa pasajera intoxicación de frivolidad y tontería para alejarnos del extremado patetismo a que nos llevaban los profetas un poco teatrales y con voz de falsete de nuestra poesía criolla. A la calcomanía congestionada y frenética del Antiguo Testamento recitado con voces dramáticas y ademanes sibilinos sucedió esta mascarada runrúnica con frenesí de disparate, de broma y de sinrazón. La verdad no estaba en ninguno de los dos extremos. Estará acaso en alguna poesía que todavía no se hace y que puede germinar, toda armonía y equilibrio, lejos de los gritos y los alaridos en la paz del silencio y del corazón.

No digo yo que vaya a ser Benjamín Morgado quien escriba esta poesía. Pero sí creo que cuando olvide más el origen estridente de su estética, cuando deje de hacer de muchas de sus páginas un curso para aprendices de sátiro, cuando no ponga frente a sus libros prólogos de Anatole France ni de ningún muerto ilustre que nada tienen que ver con nuestros débiles y vacilantes ensayos, cuando, en una palabra, se olvide de los demás y piense en sí mismo, entonces habrá descubierto la veta de una clara y perenne poesía.

Ahora, en desacuerdo absoluto con el inefable abate Jerónimo Coignard, no creo que el libro de Benjamín Morgado desconcierte ni “a los coleccionistas de poetas” ni a nadie. Sus páginas son apenas los borradores de quien tiene facultades para llegar a escribir un buen libro. Y, si como lo esperamos, llega a escribirlo, así lo reconoceremos sin que el autor tenga que turbar la paz de los muertos para pedirle un prólogo a Anatole France o a cualquiera de los compañeros de su elíseo y eterno reposo.



Distancia y cielo
Autor: Benjamín Morgado
Santiago de Chile: Senda, 1951

CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1952-04-13. AUTOR: CARLOS RENÉ CORREA
Benjamín Morgado ha realizado un balance de su labor de poeta. Numerosos libros desde “Cascada Silenciosa”, 1925, hasta “Distancia y Cielo” han sido espigados por el autor con generosidad paternal. Sin duda que esta no es una antología en el estricto sentido de la palabra, sino más bien una selección de los poemas que más ama el poeta.

Esos versos que le han dejado un recuerdo más hondo, una emoción lejana y presente… Morgado, que también es autor teatral y cuentista, despertó hace muchos años la curiosidad de los lectores de poesía con la ya fenecida “Escuela Runrunista”, de la que fue uno de sus miembros prominentes. Así el año 1927 publicó “Cartel Runrúnico” y en otros de sus libros siguió cultivando esa curiosa forma poética que consistía, a nuestro entender, en coordinar imágenes y expresar novedosas fórmulas poéticas. En su libro “Festival de Agua y Viento” incluye un poema titulado “Un barco va a entrar al puerto” que se inicia con estos versos:

“A veces como vigías las montañas
estiran demasiado el cuello
para mirar de cerca la distancia”.

De ese mismo libro es “La Escuela”, uno de sus poemas más logrados. Junto a la emoción cordial se ha ceñido la gracia de la imagen y la novedosa forma de expresión:

“Sola como una vieja bien viejita
a la orilla del camino está la escuela.
Como si fuera marinero,
tiene tatuado un corazón la puerta”.

La poesía de Benjamín Morgado es objetiva, clara, demasiado clara, ¿Por qué este poeta no habrá renunciado a ciertos romanticismos y habrá ahondado en su rico material lírico? Parece que siempre deseara jugar a ser poeta y no a vivir totalmente su poesía; de ahí que la poesía que reúne Morgado en “Distancia y Cielo” es obediente a elementos ya muy conocidos, de súbito parece que estuviésemos leyendo el mismo poema, pero es otro distinto. No se ha renovado. Y de las atrevidas estrofas runrunistas no ha permanecido nada, sino el hecho de que existió ese movimiento poético juvenil. Pero Benjamín Morgado tiene talento y es poeta y por ello está obligado a realizar una obra más depurada, humana y perdurable. Abomine de lo fácil; resígnese a lo difícil.


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