domingo, 18 de mayo de 2014

ARTURO TORRES RIOSECO [11.720]


Arturo Torres Rioseco 

El profesor y crítico chileno Arturo Torres Rioseco (1897-1971) fue uno de los fundadores del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana y ex-director de la Revista Iberoamericana. Por su decidida participación en la vida de nuestro Instituto y en la continuidad de sus publicaciones, es de rigor que la Revista Iberoamericana le rinda este homenaje.

Arturo Torres Rioseco, a quien Gabriela Mistral llamó justamente “el chileno universal”, nació en Tasca, CHILE el 17 de octubre de 1897. En su ciudad natal pasó su infancia y su adolescencia. En 1909 ingresó en el Liceo de Tasca, donde cursó los grados de la enseñanza media, hasta 1915. Ese año fue a Santiago, se inscribió en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile y obtuvo el título de Profesor de Estado en 1918. Ese mismo año, designado traductor del Comité de Información Pública del gobierno norteamericano, viajó a Nueva York, donde permaneció poco más de un año. Se vinculó al grupo “Poetry Society” en donde se reunían artistas, políticos y hombres de letras. Allí conoció a dos destacados voceros del modernismo: Amado Nervo y José Juan Tablada, y al ya notable crítico e historiador de la cultura de la América hispánica, el dominicano Pedro Henríquez Ureña.

Durante el año académico de 1920-1921 enseñó en el Williams College, en New England. En 1921 fue designado instructor en la Universidad de Minnesota, donde encontró un excelente departamento de lenguas y literaturas romances, cuya sección española respiraba el alto clima intelectual que había creado, en buena parte, el maestro dominicano. Al mismo tiempo que enseñaba español y daba sus primeros cursos de literatura hispanoamericana, también estudiaba las disciplinas reglamentarias para obtener los dos títulos superiores de la carrera académica: el “Master”, en 1924, y el doctorado, en 1931.

En 1922, Torres Rioseco, continuador de Pedro Henríquez Ureña en los cursos de Minnesota, fue invitado por el humanista dominicano para enseñar en la Escuela de Verano, recientemente establecida en la ciudad de México. Allí intimó con importantes intelectuales y escritores, como José Vasconcelos, Antonio Caso, Gabriela Mistral, Carlos Pellicer, Jaime Torres Bodet y Salvador Novo. Vuelto a Minnesota y adquirido su título de doctor en 1924, Torres Rioseco pasó a la Universidad de Texas como profesor asociado, en 1925. En el verano de 1927 va como profesor visitante a la Universidad de Columbia y en 1928 se incorporó como profesor asociado a la Universidad de California (Berkeley) donde fue ascendido al rango máximo de profesor en 1936, a jefe del Departamento de Español y Portugués en 1956-1960 y donde se jubiló en la cátedra de Literatura hispanoamericana. Además de estos puestos, Torres Rioseco ha honrado con su enseñanza a numerosas universidades de Estados Unidos y de Latinoamérica: Universidad Autónoma de México (1930), Universidad de Stanford (1931), Universidades de Columbia y Colorado (1939), Universidad Central de Chile (1941), Casa del Estudiante de Río de Janeiro (1944), Duke University (1945), Universidad de Guatemala (1946), Universidad de Guadalajara (1960), Universidad de Washington (1961), y Emory University (1962), entre muchas otras.

La producción crítica de Torres Rioseco comprende libros que abarcan todo el panorama de la literatura de Iberoamérica, períodos, épocas o movimientos, siguiendo la evolución de un género, un tema, un estilo o corrientes de ideas, la historia literaria de un país, estudios y notas sobre un autor, un libro, un aspecto sobresaliente de nuestra cultura y sus relaciones con otras. Dentro de su extensa producción cabe mencionar: Precursores del modernismo (1925); José Ingenieros (1926); La gran literatura iberoamericana (1945); Nueva historia de la gran literatura iberoamericana (1960) y Aspects of Spanish American Literature (1963). Artículos, notas y reseñas de Torres Rioseco se han publicado en las mejores revistas y suplementos de diarios dedicados a la difusión de nuestras letras.

Fuera de la cátedra también observamos un registro de actividades sobresalientes: Presidente del Instituto Internacional de Catedráticos de Literatura Iberoamericana durante el bienio de 1943-1945, y por segunda vez, de 1953 a 1955, ahora llamado Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana. Ha sido Director literario de su órgano oficial, la Revista Iberoamericana, en varias oportunidades.

Puede decirse que la biografía de Arturo Torres Rioseco no es otra cosa que el registro de una voluntad puesta al servicio de una vocación, cumplida con el fervor de un apostolado. Estudiante, profesor, creador, autor de textos escolares, traductor, crítico, historiador y difusor de nuestras letras, concurren por igual a cimentar el prestigio de una vida consagrada totalmente al servicio espiritual e imponderable de las relaciones interamericanas. Su muerte, acaecida el 3 de noviembre de 1971 en California, tras una larga y penosa enfermedad, priva a las letras y cultura de Hispanoamérica de uno sus más activos y eficaces difusores.

Alfredo Roggiano

* Extracto y adaptación de la nota “Homenaje a Arturo Torres Rioseco (1897-1971)”, escrita por Alfredo Roggiano y publicada en la Revista Iberoamericana XXXVIII-78 (enero-marzo 1972). Republicada en el número 200, “Antología Conmemorativa”, LXVIII-200 (julio-septiembre 2002): 663-73.




CIELO DE LA GAVIOTA

Esta triste gaviota desolada,
sonora de silencios y de viajes,
nieve de espumas y oro de oleajes,
prodigiosa de fuegos coronada,

vuela como una niña atormentada
entre claros cristales y mirajes,
tristeza congelada en los paisajes,
de alguna playa ausente y destrozada.

Vuela con una languidez de pluma,
ave de estrella, corsa de la espuma
al sonoro cristal perlas tirando.

Y sin violar la espuma ni la estrella
breve ceniza de recuerdo es ella
que en aire desnudo va flotando.





Ausencia. Poemas de Arturo Torres Rioseco

CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1932-11-08. AUTOR: MANUEL VEGA
Arturo Torres Rioseco, escritor y maestro, ha permanecido catorce años ausente de Chile. ¡Fecundo alejamiento! Vuelve ahora por breve tiempo y, como primer homenaje de cordialidad, nos ofrece este libro de poemas, con título sugerente: “Ausencia”. Bello y claro mensaje de artista que, desde la portada, predispone en su favor. Esta roja carátula, con gruesas letras negras, recuerda la presentación primitiva de “Don Segundo Sombra”. El autor chileno nos hace pensar, también, en el novelista argentino. La distancia no ha borrado de las amorosas retinas de Torres Rioseco las imágenes pintorescas, bañadas de color y de luz, de la tierra natal. Por el contrario, diríase que la obligada perspectiva del tiempo fue tornando más hondos sus ensueños de poeta, intensificando sus angustias de hombre, depurando sus inquietudes de insatisfecho intelectual. No se vive impunemente.

Por la expresión juvenil de su rostro, ligeramente tostado, el rápido mirar de sus ojos que se mueven tras el cristal de los lentes de carey, el cabello en desorden, la corbata anudada con negligencia, Torres Rioseco da la impresión de un muchacho centroamericano que recorriera el mundo en gira de estudio. Lleva una cartera debajo del brazo y habla con soltura y con inteligencia de los más variados temas. Y, sin embargo, en el fondo de sí mismo, allá en lo íntimo del alma y del corazón, se conserva netamente chileno, amante de su país y de su raza.

El primer poema, que da título al volumen, es un delicado y armonioso romance de saludo a la patria:

“Ausencia de catorce años,
marinero en tierra extraña,
por acordarme de ti
tengo las sienes de plata
si quieres guardarme el vuelo,
acaríciame las alas,
¡qué dulces ojos me pones, 
qué suaves manos, oh, patria!”



El recuerdo de Chile llega a ser punzante en este hombre que va, por la vida, cargado de dulces añoranzas. En “Romance de Talca”, leemos:



“Yo voy en busca de un sueño
de engañosa perspectiva,
ciego voy de los dos ojos,
guiado por las esquilas.
Y voy diciendo hacia adentro:
voz de Talca, tú me guías;
por mis venas pasan voces lejanas y nunca oídas,
y otra vez el repicar
lento y largo, las esquilas…
Calle tres sur y once oriente
donde mi madre vivía,
esponja de todas hieles,
de todo dolor sonrisa,
plegaria dulce, tormento.
¿Quién me los devolvería?”




En “Estrellas”, al final del libro, leemos todavía:



“En San Francisco
bajo la bahía
sois las pescadoras
de melancolías,
porque pienso, estrellas,
en la patria mía”.




Este grande cariño hacia su suelo, no es en Torres Rioseco el simple y hermoso motivo de muchas inspiraciones líricas. Va más lejos. El creador de belleza, hombre de sensibilidad múltiple, es también ciudadano que siente, como propias, las desventuras de la República. Arturo Torres Rioseco es el primer poeta –aparte de Carlos Mondaca, en su magnífica “Elegía civil”- en cuyo verso encontramos reflejados los dolores de una nación sin libertad. Escuchamos su lamento varonil, en esta estrofa de “Ausencia”:




“Por el costado sangriento
se asoman lenguas moradas,
ogros y carabineros
te tenían secuestrada,
volaban bajo tu cielo
gavilanes de uñas largas,
las palomas del recuerdo
llegaban aliquebradas…”



Este mismo tono, aunque más fino y elegantemente expresado, se repite en “Estrellas”:



“En New York la noche
de acero me hería,
y en el Hudson una
estrella caía,
como cae el alma
de la patria mía.
La princesa estrella
cautiva vivía
de un Ogro tirano
que la perseguía
como vive el cuerpo
de la patria mía”.




El corte moderno de los versos transcritos denuncia el temperamento de quien los compuso: toda la agitada existencia de nuestro tiempo, imbuida de materialismo y enemiga de la más simple poesía, pasa por los cantos vibrantes, vigorosos y audaces de Torres Rioseco. Admira en las ciudades el empuje y el fragor de los hombres que se agitan, como fantasmas errantes, con sus apetitos y sus pasiones y entona un himno, cuyo acento de apóstrofe recuerda a Guerra Junqueiro, a la humana miseria que gime en los hospitales. El estilo del poeta adquiere aquí tonos inesperados, su lenguaje es fuerte y siempre armonioso. No le teme a las palabras ni tampoco se detiene para llamar a todas las cosas por su nombre. Así, su canto se eleva y, sin perder la armonía de su música, tiene como una frescura agreste y varonil. Las ciudades encienden su lira. Al leerlo, recordamos el pensamiento de Eugenio d’Ors: “hay que espolear al verso para llegar a decir con él una cosa concreta”. En cambio, de los campos, trae esa pena y amor que no alcanzan a turbar la serenidad del espíritu. Estos elementos alternan revelando la riqueza de su musa. El romántico soñador cede el paso al lírico realista, y viceversa. Y a ratos, la burla intencionada del satírico juguetea en ágiles estrofas de una versificación fluida, libre y segura.

A pesar de su fuerza expresiva, nunca pierde cierta delicadeza. Y hay momentos en que llega a la más exquisita finura, como esas “Manos de mujer”, que hemos leído una y otra vez:



“El corazón doliente de mi lira
está enfermo de un dulce apetecer;
quiere, para encenderse como pira,
unas manos ardientes de mujer.

Corazón que se crispa y desespera
en la sonrisa del amanecer,
sería el leño grande de una hoguera
acariciado en manos de mujer.

Nudo apretado de emoción y llanto
deshaciéndose en el atardecer
se trocaría en harmonioso canto
entre unas manos blandas de mujer”.




El verso de Torres Rioseco canta y sopla como el viento sobre todas las cosas, y trae consigo idílicas reminiscencias de la niñez, inquietantes reacciones del hombre frente al tumulto de las ciudades “fantasmales” y una gran aspiración hacia la altura cuando, levantando la vista, parece el poeta enamorado de las estrellas. Por todo esto, que son sus dones más propios, quisiéramos ya “guardarle el vuelo y acariciarle las alas”, como él mismo dice al comienzo de su obra.








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