viernes, 23 de mayo de 2014

ALEJANDRO ISLA ARAYA [11.799]




Alejandro Isla Araya 

(1930-2006). Poeta y ensayista chileno. Autor de: “Condena embrional”, (prólogo de Luis González Zenteno), Imprenta Escuela Nacional de Artes gráficas, Santiago de Chile, 1957, “Sólo dejen mi palabra”, (prólogo de Antonio Campaña e ilustraciones de Silvia Espinoza de Ramírez),  Imprenta Arancibia Hmnos, Santiago de Chile, 1961, “La aldea secreta del viento”, 
(Prólogo de Carlos Rene Correa y Antonio Campaña), Ediciones del Grupo Fuego de la Poesía, Santiago de Chile, 1978, “Opresión del mundo en la poesía de Antonio Campaña”, (ensayo), Ed de la Frontera, Santiago de Chile, 1992. Su obra se encuentra publicada en diversas antologías chilenas.







PERPLEJIDAD

Los vi,
cuando miraba mis ojos
que se oscurecen                            
mientras pasa el día.
Iba la noche
Abrazada del viento.

De mi cara
salió
corriendo la risa.
Desesperada
se colgó
de mis ojos,

Lloró
gritando
defendió su estadía
Desconcertado
corrí
en busca de ellos.
Estaban danzando
alrededor de una tumba.






REGRESIÓN

Camino por mis cejas
bruscamente enceguecido.
Mis ojos
han huido tanto de la soledad
que el cansancio
se ha sentado
a dormir
en el fondo de mi garganta.

Mi voz enloquecida
se ha colgado
de mis entrañas,
obligándome
a escuchar a la sed
su oración mortuoria

La oscuridad
envuelve mi pensamiento
Araña mi lengua
mi espíritu.
mi alegría.

Espanta mi inquietud
cerca mi desesperación.
No quiero escuchar mis alaridos
Sera mejor
Que vuelque mi esperanza
Y regrese a mi regreso.






ESPERANZA PERDIDA

Fue en vano que mirara
al horizonte.
El día se llevaba la nostalgia ensombrecida,
la pestilencia
de un sueño enrarecido.
El error diáfano
de una locura sinuosa
mis ojos
tiritaron de fuego,
la escarcha
rodó
por mis mejillas
entumecidas
por la primavera polvorienta.
Pero esa tarde
arrugada por el tiempo,
fue inconmovible.
Cercenó con su espada
la aurora
del viaje inesperado.
Allí quedó
en el camino
junto a una cruz de viento.

Saltamos.
y nos embriagamos
con canciones solitarias.
Aramos y
sembramos la felicidad
llamamos al viento.
Con una ventisca
construyó
el puente
para que pasemos al olvido.

Fue en vano que mirara
al horizonte.
Estaba
donde tenia que estar.





ME VOY SIN HERIDAS 

Sin más dudas voy al exilio. 
No llevaré trozos de raíces de esas muertes 
ni mis camisas de juegos violentos. 
Tampoco esos himnos ennegrecidos 
que cantábamos en las cervecerías 
al vernos inmersos 
en la hoguera de contaminaciones que ayudé a crear, 
sin haberme dado cuenta 
que una flor es un acto tremolante del amor, 
una esencia para ser más hombre, 
un color para adornar el alma. 

En esta huida cuento con mi soledad 
que logró crear un olor a juguete de niño 
e inundó las arenas de mi corazón. 
Llevo las imágenes de semillas de luz 
para sostener los amaneceres 
y la transparencia 
del secreto de tu risa lluviosa.

Me voy sin heridas 
y con un algo que es vida. 
Aunque tarde, me di cuenta que tu alegría 
siempre la llevé en el canasto 
con el que compraba el día de mañana, 
perdido en la lluvia, que nacía de tu voz. 






LA LEJANÍA DE MI VOZ 

Envuelto en una memoria vertebrada 
he buscado las imágenes de los antiguos pueblos 
de mi infancia como la sonrisa de los peces 
que me invitaron a recorrer 
ese corazón que fue inocente. 

En este caminar, sin saber ser superficie, 
logré aspirar el olor de mi madre 
por una flor nacida que quiso ser luz 
y que a hurtadillas ha vivido diciéndome adiós. 

Divisé la muralla involuntaria del ser, 
ese tiempo extraviado 
que pregunta porqué estoy adentro 
y desde afuera me sirve para saber que vivo. 

Ese pájaro que conoce la distancia 
par& llegar a Dios, 
me ayudó a levantar la aldea 
que tiene el secreto de tu risa lluviosa 
y esa algarabía 
de mis niños que me han hecho vivir. 

Las llaves para ingresarme y poder volver 
no las he encontrado, y hoy, desde afuera 
no he alcanzado el vértigo de ser mío. 
Mi corazón, la inocencia, 
las imágenes de mis antiguos pueblos, 
esos peces que me enseñaron a reír 
y esa flor del adiós 
que vuela con el pájaro que no pregunta 
se pierden en la lejanía de mi voz.






ESE ESPACIO SONÁMBULO DEL TIEMPO 

Hay un espacio entre la razón y mi alma 
que no tiene voz ni silencios. 
Es como un algo vivo 
que quiere nacer de mi ser, 
que se sacude y se estremece, 
que busca un lenguaje 
en la memoria de la inocencia, 
allá donde la risa inunda mi voz 
cuando algún silencio preña un sendero. 

Podría ser esa libertad que horada la sencillez 
que quiere regalarme una flor de luz, 
porque al despertar de amanecida 
mis manos se ondulan como un puñado de tierra 
en espera de esa semilla del corazón 
y con ella levantar 
esa cerveza espumante de la despedida. 
Si así fuera 
podría orillar la eternidad viva, 
ese movimiento de la existencia 
de donde nace el amor, 
ese espacio sonámbulo del tiempo 
que me tiene llorando 
como las uvas 
cuando resucitan en un jarrón de greda. 

Temo que podría oscurecerme 
si no lo encontrara. 
Por esto me he ensortijado de piedras, 
y he retrocedido. 
No sentir para que se vive 
es una ausencia que no ama 
y ese espacio acaracolado, mudo, 
ese vaso agridulce que no habla, 
que no retrocede, hay que abrirlo 
para ingresar al ojo del corazón 
y ver el nacimiento de ese leñador 
que quiere burilar en un sólo bloque 
el alma. 
Con su olor desprendido 
sacar la verdad y la belleza 
de esa soledad de hombre 
que llevo pegada como una oscura canción.


Solo dejen mi palabra
Autor: Alejandro Isla
[s.n.], 1961


CRÍTICA APARECIDA EN LA NACIÓN EL DÍA 1962-02-18. AUTOR: ANTONIO CAMPAÑA
En esta poesía de Alejandro Isla Araya encuentro un sentido de absurdidad que no es mero juego, un afán de nuevas visiones, de vitalidad intensa, lanzada al existir dentro del desasimiento. En general la literatura última, y, dentro de ella la poesía, horada una roca donde la amargura desplaza a la delicia y se transforma en la vertiente natural de este, ni nuevo ni viejo, acontecer de la creación literaria. Si ya resulta difícil hablar de una nueva poesía, sobre todo en Chile, donde lo nuevo llega a ser justamente tal en su vejez, es evidente, no obstante, que las últimas tendencias poéticas se singularizan por afrontar la interioridad del mundo y de la existencia humana como problema fundamental de la sensibilidad poética.

En realidad, quiérase o no, las filosofías de la existencia influencian, en importancia decisiva, enorme cantidad de la exploración y nueva visión del poeta de hoy. Desde que los intelectuales del existencialismo, principalmente Camus, plantean la obligatoriedad de determinar si la vida vale la pena o no de vivirse, y, mucho antes que ellos, Antonio Machado, como muy pocos poetas del idioma, atraviesa la poesía de este tiempo por un sentido de la temporalidad del ser, hay un estadio que oscila sobre la cabeza del poeta, surta entre la mutabilidad de las cosas y la singularidad del lenguaje poético, el que existe solo en la realidad que él produce, buscando la trascendencia desde un estar para la vida y para la muerte. Desde luego, hablamos de la impronta existencial solo en el quehacer literario, de la historia creadora del arte, sin la agudeza y el trasfondo filosófico.

Puede considerarse una tendencia a exagerar, en la individualización de un joven poeta, el arrojarlo, sin estruendo ni pelea, en un mundo que alcanza una contorsión ávida, de agilidad interesantísima, tras al búsqueda del conocimiento. No estoy seguro de ello, pero sí lo estoy, de la necesidad de explicar al lector una parte, más no sea ligerísimamente, del mundo que participa la poesía de hoy o, por lo menos, una parte importante de ella, del plano en que mueve su historia viva, su actualidad circundante. Personalmente creo que nuestro lector, tan artista o más que quienes escriben, por sugestiones de la amplitud de la comunicación contemporánea, más sabe sobre arqueología medieval que del problema acuciante que envuelve a la poesía y al poeta de este tiempo.

Alejandro Isla Araya, que pertenece a la generación de los más jóvenes poetas, ofrece en “Solo dejen mi palabra”, abundante ejemplo de esta absurdidad que se renueva y crece en una angustia inasible, en la cual la poesía es palabra del hombre, es decir, palabra en el tiempo, del tiempo del poeta, del cual no puede evadirse por determinante suprema de la realidad.

El primer plano de esta poesía es una rebeldía que no termina de alterarla, que suma angustias no en torno de la muerte, sino a través de la vida, fiel a una intimidad con lo más puro. El poeta aparece inerte, desvalido de tal modo por la reiteración del sufrimiento frente a la cosa sentida o contemplada, tan ajeno a la pluralidad, que ni siquiera se permite el mundo dialógico en sus formas acariciadoras e intenta originar un desprendimiento emocional directo, romper con la regularidad que lo rodea.

La vida cotidiana es la que atenaza al poeta en su absurdo, en una sedosa falsedad de punto de partida, lo lanza al escepticismo inhóspito:

“Escribo en la máquina dolorosa,
canciones que retratan
la hipocresía
cubierta de letras”.


Y más adelante:


“Debo esperar.
Mientras tanto
me pasearé por mi corbata
junto a mis hijos
entonando nuestras canciones”.



Los intentos de una poética de las cosas o cercana a ellas ha mantenido desde hace largo tiempo singular atracción para los poetas. El grito futurista y sus consecuencias están a la vista. Incluso poetas casi al borde de la poesía pura lo han incursionado, como Pedro Salinas, en sus “Underwood girls”, que, en el fondo es un canto del hombre de la ciudad a la oficina y al alfabeto mecanizado. Para Isla Araya, junto a otros motivos igualmente interesantes, este mundo paradojal constituye su angustia.

La vivificación de lo circundante yergue en Isla Araya un cataclismo de adversidad insuperable. El poeta se derrumba en una desolación sin retroceso, ladera que lo lleva, perdido, hacia el vacío:



“Fue en vano que mirara
al horizonte.
Estaba donde tenía que estar”.




Otros de sus poemas culminan, del mismo modo, en este aliento existencial, nebulosa que sostiene en el poeta un manantial [...] de deshechos, que no se preocupa, tampoco, por levantar con una [expresión] arquitectural. Isla Araya, requiere que la intencionalidad convenga en el poema hasta en el tono de esa forma interior y aplaza toda rotundidad que no reitere este predominio significante, esa actitud armónica de aspiración de núcleo integrador del transporte y las adquisiciones. No hallamos aquí una poética dual, sino un afianzamiento de la misma sensibilidad en un orden ascendente.

Esta vivificación de la realidad de Isla Araya, el ir consumiendo su interioridad en una transformación gradual, de agua que pasa firme y novedosa, emerge en el movimiento expresivo en una tonalidad simple, de rasgo desnudo, yermo o despojado de imágenes que irrumpen en el poema en sonidos vibrantes de intención elaborada. Esta utilización de lo primodial, cuya simplicidad llega a constituir casi un acierto, es una particularidad definible, que coordina la expresión y recorre el verso de Isla Araya, con un ritmo que otorga a las palabras un sendero silencioso.

“Solo dejen mi palabra” termina con una elegía en la cual la desesperación del poeta parece quebrar la uniformidad del sentimiento frente a la existencia, y, tras un viaje de rebeldía adivinadora, encuentra en el amor otra realidad que ya comparte y cree:



“Pero contemplaré
la luz
para envolvértela
en mi mirada
y aspiraré
la humedad de la tierra
para engendrar esta canción
antes de mi ida”.




Alejandro Isla Araya, solitario compartido, busca el enlace entre su visión poética y el mundo, integrándose conscientemente, no al azar de intuiciones o aproximaciones, sino a fuerte descenso y ascenso en su rebeldía.

En una palabra: un poeta que no juega al sí o al no y vive adentro de su propio corazón.









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