domingo, 18 de mayo de 2014

ALEJANDRO GALAZ JIMÉNEZ [11.725]

Alejandro Galaz


Alejandro Galaz Jiménez 

(Casablanca, Chile,  1905 - 1938). Poeta. Escribió crónicas para los periódicos “La Estrella” y “El Mercurio” de Valparaíso. Su obra poética cuenta con “Molino” (1929), “El Romancero de Pipo” (1935); en el vigésimo aniversario de su muerte, bajo el auspicio de la Ilustre Municipalidad de Valparaíso, se publicó su obra póstuma “Sonido de Flautas en el Alba”, en que aparece la mayor parte de la producción poética de Alejandro Galaz. Fuente: A. Galaz, poeta de Casablanca.

Poeta chileno, introducido en la bohemia porteña y santiaguina, muerto prematuramente a consecuencia de una enfermedad nerviosa. En el año 1935 publicó Molino, único libro que editó en vida; el resto de su producción se perdió en su mayoría o fue publicado póstumamente, así sucede con el libro del año 1958 titulado Sonido de flautas en el alba.



¡Oh noche, a ti regreso, sólo tú no entristeces
la paz del alma sola, ni haces mal, ni envenenas.
Abeja enamorada de tus altas colmenas,
mi alma busca tus mieles cada vez que floreces.
Con tu santa presencia toda cosa embelleces.
En ti afinan sus flautas las fontanas serenas,
en tus playas rutilan argentadas arenas
y en tus mares de sombra los planetas son peces.
De ti aprendió Pitágoras su lección de armonía,
en tus viñas Virgilio se embriagó de poesía
y de ti vino al mundo la primera mañana.
Como siempre engrandece cuanto copia tu espejo,
y -poeta y mendigo- cuando en ti me reflejo.
¡Soy un dios, soy un dios que contigo se hermana!


ROMANCE DE INFANCIA

Trompo de siete colores
sobre el patio de la escuela,
donde la tarde esparcía
sonrisas de madreselva,
donde crecían alegres
cogollos de hierbabuena;
trompo de siete colores,
mi corazón te recuerda.

Bailabas mirando al cielo,
clavada la púa en tierra.
Fingías dormir, inmóvil,
y dabas y dabas vueltas…
y florecida en ti mismo
danzaba la primavera,
porque tu cuerpo lucía
pintura de flores nuevas.
Pedazo de alma fragante
de los peumos de mi tierra,
que parecías un huaso
llevando manta chilena,
al son de tu propia música
-bordoneo de vihuela-
cuando te hallabas cucarro
sabías bailar la cueca.

¡Arcoíris, choapino,
maestro de la pirueta,
elefante diminuto,
caballito de madera,
al huir de nuestras manos
que te ceñían la cuerda,
en la pista semejabas
un carrusel de banderas!

Trompo de 7 colores
mi corazón te recuerda
y en su automóvil de sueños
a contemplarte regresa…
¡y qué suavidades tiene
la ruta que el alma inventa,
para volver a su infancia
que se quedó en una aldea!




CRÍTICA APARECIDA EN LOS TIEMPOS EL DÍA 1926-06-07. AUTOR: CARLOS CASASSUS
Siguiendo su trayectoria ascendente, como el ave que busca altura para erguir su vuelo prepotente, ha llegado, desde las orillas del mar, Alejandro Galaz.

Como todos lo que se han preocupado de acumular riqueza en el espíritu, este muchacho soñador, sólo trae debajo del brazo su pequeño tesoro de ilusiones, maná para las almas, sus versos, porque es un poeta…

De mediana estatura; como todos los que han sido y serán; con una fisonomía sonriente y optimista (alma del mar luchador), que habla de la salud y de la conciencia de su propio valer; con dos ojos castaños, vivos e inteligentes, despistando su tristeza verdadera, y con una silueta cortante y desafiadora, Alejandro Galaz, trae consigo a uno de los poetas chilenos de más seguro porvenir. Tiene su obra la característica cierta de lo que está llamado a perdurar, “malgré tout…”

Viene de Valparaíso, donde a pesar de sus escasos veinte años, su personalidad ha ido haciéndose avasalladora por la fuerza de su espíritu juvenil, fuerte y original.

Es un poeta, y lo es no porque haga versos, que estos los puede hacer cualquier señor que sepa métrica y que sea tonto, sino porque él existe antes que los poemas que crea, así como el rosal es primero que todo rosal y después da rosas y no copos de nieve de papel…

Su poesía abre caminos como la Primavera brotes nuevos, con vida propia, y vida para todos. Es hijo del siglo y sus versos tienen la filosofía de todos los siglos.

Por favor, no le preguntéis a este poeta cuánto gana…Es un poeta, un pastor de imágenes audaces, un altruista que reparte su alma a manos llenas, alma que se multiplica como los peces de la parábola…

Dice:

“Puñal o escalera de veinte peldaños
cada día perforo más el cielo.
Dentro de cincuenta, cien o mil años,
los telescopios buscarán mi vuelo!”

Tiene poemas que desconciertan, de una modernidad que entusiasma, sugerentes y armoniosos. Su temperamento tiene toda la gama y todos los registros. Su obra poética es múltiple, pero siempre personal. Su próximo libro, MOLINO, seguramente será una revelación y hará saber, una vez más, que Valparaíso, la ciudad de las letras de cambio y de los “rascacerros”, entrega como paradoja, los poetas más vigorosos y originales de la nueva generación.

Sus poemas, más bien breves, son ricos en ideas, en imágenes y en emoción. Suelen llegar a tener tres versos, como Las Gaviotas:


“Una tarde,
los pañuelos blancos de todos los adioses,
se fueron volando por sobre los mares…”


O bien, la Canción a la Ausente, que es de una livianura encantadora:


“Oye, di
¿te recuerdas un poco de Alejandro Galaz?
El corazón me ha dicho que él se acuerda de ti,
y sus ojos te buscan sin saber dónde estás…
Tú que le repetías con ingenuo candor:
Yo te quiero, Alejandro, porque sabes soñar,
tú que fuiste el primero de sus versos de amor,
¿le has podido olvidar?”

Tiene en preparación varios libros: “Molino”, “Otoño de Emma Dahlberg”, “La santidad del prostíbulo”, y “El niño de las linternas azules”, que seguramente serán saludados por la crítica como un valioso y remozado aporte para las letras nacionales. Alejandro Galaz, es de los valores nuevos, más bien de los cóndores nuevos a quien no podrá el lastre de los mezquinos detener en su vuelo sobre las más altas cimas…





Aspas del Molino


CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1930-05-25. AUTOR: ROBERTO MEZA FUENTES
En cuatro “aspas” que llevan los números 1, 2, 3 y 4, divide Alejandro Galaz su libro “Molino”, que ilustra Lupercio Arancibia (lupercio arancibia, para seguir la tipografía del libro) con dibujos que a veces nos convencen como en el caso de la “Canción del nuevo corsario”. Pero esta es una cuestión extraña a nuestra competencia y la consignamos apenas como un simple parecer.

Tratemos de interpretar el lenguaje de estas “Aspas”.

Pertenece Alejandro Galaz a la última generación de nuestros poetas. Es un nombre nuevo y un poeta nuevo. En este su primer libro ya nos anuncia como escritos y por publicar: “El niño de las linternas azules” (poema); “Otoño de Ana María” (poema); “La ciudad enferma” (prosa); “Sonido de flautas en el alba” (poesía pura). En preparación: “Marimba” (prosa nueva) y “Primavera de Luto” (poemas). Labor excesiva y hercúlea para un escritor mozo. Pero en fin, la serenidad que ya se anuncia en el poeta hará a su tiempo la necesaria selección y esta obra copiosa quedará reducida a sus debidas y naturales proporciones.

El “Aspa número 1” de este “Molino”, se titula: “Las cosas [amadas] y dolorosas”. Reminiscencia del romanticismo sentimental y gemebundo de antaño. El poeta se busca a sí mismo. No se puede, en realidad, citar una nota que defina una personalidad fuerte y firme. Todo es débil e inconsistente. Vaga saudade de la adolescencia. Nos lo advierte el poeta en las palabras iniciales del libro: “Voz de otros días, no me avergüenzo de escuchar tu rumor de viejo instrumento, tu sostenido sollozo que viene desde la ausencia y aun sostiene lámparas sobre mi corazón iluminado”. El poeta pone a estas palabras unos exclamativos con los que quiere subrayar su emoción y poner un toque patético a sus iluminadas palabras. Y prosigue con sus exclamativos: “Oh, poesía del corazón en el alba, inevitable como la lluvia que estalla […] cantando. Oh, soledad, […] resplandores, del hombre que detiene y recuerda”.

Penetremos al “Aspa número 2” que el poeta titula “La hora del Desamparo”. El poeta insiste en hablar de sí en segunda y tercer personas. En su primera “Aspa” nos decía con exclamativos, naturalmente: “Qué distintos naipes – barajan tus manos, ahora, Alejandro”. En el poema inicial de su “Aspa” segunda, dice: “Es muy ancha la flor de angustia – nacida en el corazón Alejandro”. Pero aquí nos encontramos […] ante una mayor conciencia de la arquitectura de la forma y del sentido de la expresión poética. [No] faltan los exclamativos, pero tampoco escasean los versos hermosos. En “Angustia” encontramos un lacerante grito humano. “Si mi dolor soltara su salvaje alarido – temblarían de espanto las estrellas serenas”. En “Playa de Santo Domingo” hay un poema que pudo haber sido hermoso. Hay versos que no se olvidan fácilmente:



“Estoy vestido de silencio
[frente] a la música del mar.
Ya no está en mi pensamiento.
Ella me dio esta soledad.
Tal vez a veces la recuerdo,
mujer de otoño y de bondad.
Se parecía a este momento,
suave mujer crepuscular”.




No faltan las pequeñas arrogancias verbales: “Toma, niña, el alma de mi vida judía”. Estamos hechos a prueba de alarmas en los desplantes de la poesía nueva y novísima; pero, a la verdad, no alcanzamos a divisar la belleza de la metáfora envuelta en esa “vida judía”. Dos bellos versos para compensarnos: “mientras alcen su vuelo por las rutas del sueño – las gaviotas azules de mis versos errantes”. Otros dos versos hermosos: “En la cruz de tu espíritu quede mi rebeldía – y caigan a tu carne mis caricias maduras”. Aparecen otra vez, cuando menos los esperábamos, los exclamativos y “la vida judía”.

Imágenes audaces en una moderna oración a Cristo:



“Desciende sobre el ring del planeta
y [tenga] fuerza de upper-cut tu voz
deja de ser niño y ser poeta
para que vuelvas a ser Dios”.



Nuevos exclamativos, salto de unos versos y otra imagen atrevida y muy contemporánea:



“La Torre Eifel puede ser tu calvario
y tu establo un rascacielo en Nueva York.
Hoy más que nunca es necesario
tu retorno, Señor”.



(En la trascripción he eliminado los exclamativos y los suspensivos. Seguiré haciendo lo mismo sin decirlo a cada rato para evitar el estribillo).

En el “Crepúsculo del Padre” nos encontramos ante el bello poema logrado:




“Padre, tu hijo es solo
como tu voz y tu silencio.
Mordido de aventura, nevado de abandono,
vengo por los caminos interiores del verso.
Persigo el andén imposible,
las semáforas verdes, los paisajes lejanos.
Atrás la aldea inmóvil es un sauce triste.
Las estrellas extranjeras caerán a mis manos.

Rayan mis cantos con espuelas de plata
los corceles andariegos del sueño
(Padre, cuando tu alba cantaba
eras mi silencio).

Ahora en la lluvia amarilla alzas la sien, vencido.
Anda tu pena en mi voz errante.
Suelto el ancho poema. Arde el amor del hijo.
Y tus ojos ruedan más allá de la tarde”.



Acaso la ausencia del ritmo quebrante en algunas estrofas la belleza del poema. Y es sensible que esto suceda en un poeta que expresa tan bella e intensamente su emoción en los versos de la madre:




“Madre, madre, despierta. Aullaré en cada grito,
lamiéndote las manos, pobre perro sin dueño.
Cuando te hayas dormido en el sueño infinito,
sollozando a tu lado seré un niño pequeño”.




El “Aspa número 3” se llama “Rumor de la Naturaleza”. El poeta habla de las gaviotas:




“Una tarde
los tristes pañuelos de todos los adioses
se fueron volando por sobre los mares”.


Los grillos:


“La cofradía de los siete grillo, reza sus salmos amarillos
en el corazón de los organillos”.



(El poeta escribe organillos con mayúscula. “¿Quién que es no es romántico?”).


En “Sol” hay hermosos versos que subrayar.

“Hoy el cielo celeste es una cartulina
donde escriben los pájaros el poema del vuelo.
Ha trepado al espacio la quietud campesina
y ha caído a los árboles la dulzura del cielo”.



Hay en los versos finales de la poesía una explosión viril que tiene todo el acento prometedor de un gran poeta. Acaso en un futuro poema cósmico encontrará Alejandro Galaz el camino de una estética robusta y libre. Por ahora, fuerza es decirlo, todos son anuncios, brotes, esperanzas.

“Hacia la serenidad” se titula la cuarta y última “Aspa”. En el pórtico mismo, dos versos hermosos: “Por el llanto vertido inútilmente – siento deseos de llorar”. Una imagen llena de color: “Ana María, que nuestro amor madure – mientras el rubio aromo del crepúsculo – crece y llena el mundo”.

El poeta prodiga las dedicatorias. Lo subrayo especialmente para que no se diga que me rindo a su cordial soborno al citar íntegro su “Poema de los Remolinos” que me es, en parte, dedicado. Me parece lo más hermoso del libro:



“Los cuatros lobos del viento
en ronda, como los niños, han empezado a girar.
Desde el llano polvoriento
trepan al cielo diáfano. Se quieren purificar.
Bajo las aguas de estaño
todos los pulpos del mar
como un carrousel huraño
han empezado a girar.

Sepultureros ansiosos
sueñan tal vez enterrar
entre sus vientres viscosos
toda la vida del mar.

Un ladrón enmascarado
tras antifaz de charol
a la tierra le ha robado
el reloj de oro del sol.

Los ojos de los que han muerto
giran buscando al ladrón.
En el altísimo huerto
nace una constelación.
En las manitas de un niño
volteretea una estrella.
El gato del viento envuelve
sus garras en suave armiño
y juguetea con ella.

Por sobre el trigal de sus
sedosas y rubias sienes
mi prima Aurora Jiménez
tiene una espiga de luz.

Plumilla de cardo santo
o nota de algún cantar,
hacia el celeste chamanto
esa luz quiere volar.

La vida es como una rueda
del tren de la ansiedad
pero cada muerto queda
en santa serenidad.

Amar, sufrir y morir
es la única verdad
que gira bajo el zafir.

Adentro de un ataúd
igual que yo, en éxtasis profundo
reclinarán su inquietud
todos los remolinos del mundo”.




Hay aquí todas las condiciones indudables para llegar a ser un poeta fuerte y recio. Acaso a Galaz, como a todos los de su generación, le falte todavía un mayor dominio de la técnica literaria, de la propia técnica literaria inventada por cada uno de ellos, se entiende. Hay todavía inseguridad, imprecisión, y también, no temamos a la palabra, desorientación. Pero en todos ellos se advierte un temperamento rico y nuevo que, sometido a una interior disciplina, puede cuajar en frutos de selección.

“Un molino de viento es un avión cautivo”, escribe Eugenio D’Ors. Me he detenido en cada una de las aspas de este molino porque creo que el poeta, rotas las amarras que todavía lo ligan a la tierra, ha de tender el vuelo hacia cielos más puros.




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