jueves, 24 de abril de 2014

LUIS ARTURO RESTREPO [11.576]



Luis Arturo Restrepo


(Medellín, Colombia  1983) 
Profesor de la Universidad de Antioquia. Ganador de las beca a la Creación Artística Ciudad de Medellín, en la modalidad Poesía, en el año 2009 y el 2013.  En 2010 Tragaluz Editores publicó Apuesta de cenizas, su primer libro. En 2011 participó en el XXI Festival Internacional de Poesía de Medellín como ganador  del Primer Premio de Poesía Joven, organizado por dicho festival, con el libro Réquiem por Tarkovski, libro publicado en 2012 en coedición del Ministerio de Cultura de Colombia y Sílaba Editores.




De Apuesta de cenizas (2010)



siento sed de mí, de ti, cuando me tienes y no
estoy
y sólo soy ese instrumento raído por tus manos

Siento sed de mí, de ti, arenas ambos diluidos
en aguas distantes

Siento sed de mí, de ti y sólo el vértigo de la
caída
logra saciar la desnudez que me impones









el tiempo. Parquedad que agrieta la espera. Hoy
será, quizás, el día señalado

En la vertiente de un río que huye de sí mismo
voy dispuesto a la distancia que se me
imponga. Nadie sabe de mí, mas sé que me
esperan, todo en ellos es una reunión de
secretos olvidados

El horizonte es siempre el mismo, un ápice que
inventa respuestas

Sopeso el olvido, la espera, la calma. Sigo
buscando la palabra en que se funda esta
huída








¿vendrá alguien a visitarnos?

Aquella idea del horizonte sólo nos sirvió
mientras vivimos
Ahora nos queda el silencio, el temor
innombrable de su vacío

Parece que su voluntad fuera este olvido







mujer, te llevo en mí como quien lleva en la
espera su destino

Soy de ti en la palabra, en cada despedida que
guardo en los ojos

Cuerpo inmerso en el tuyo, devorado en otros
cuerpos

Soy quien va sobre el mar, inútil al viento.
Lejos ya, carne muerta piel desnuda, y tú,
bella sombra de mis días, la sal que cura, la
palabra que tiembla, el temor constante que
clama por la espera







De Réquiem por Tarkovski (2012)


tiento en el vaho la posibilidad de descifrar las palabras que por mis dedos salen.  Descubro entonces que mi mano es sólo un puño al que se anudan la escarcha y la sangre. Cuando abro los ojos el perro que me lame huye de mí.

Nuestra mirada es un solo trazo que nunca más borrará la noche.





he guardado las aguas con la devoción de quien alberga una roca ante la dureza del frío. Llevo años siendo en ellas el vapor en que se van. Su secreto no lo pretendo, únicamente inquiero el calor, la calidez de sus burbujas reventando en el rostro de quien respira.

Sólo así, cada vez que vuelva el invierno con su inmovilidad, podré detener sobre su cauce una gota de agua que nos recuerde para siempre la temida esperanza.





el techo de mi casa es ahora la lluvia. Descubre tus pies y deja que se aten al suelo hasta echar raíces. Tus lágrimas serán las semillas germinando sobre el agua.

Todo lo que intentes de aquí en adelante será un golpe vano sobre la tierra. La piel es el fruto que han de comer los cuervos. En ellos alcanzaremos el cielo.

Tus pies y los míos hacen parte del mismo nudo.





La mano hace un recodo que alberga la luz. En cada paso advierto el corazón que late bajo mis huesos. Entre la garganta la niebla aspirada se aferra al hilo de sangre en que sucumbo.

Ahora lo comprendo: el sustento del mundo es el fuego que del hombre mana, no la voz sino el callar que celoso lo consume.





No camines en línea recta, aunque a tus pies la tierra los reciba con cariño. Aquí el mundo es hostil con quien tercamente se aferre a él.

Planta ya tu piel a la corteza del árbol. Insta cada rayo de sol a que fecunde en ti la vida que te falta. Sólo el silencio guiará para siempre los recuerdos de tu infancia. El horror no crecerá en tu frente ahora que los hombres de ti se alejan. Respira hondo, todo aquí carece de olor y la resina espera desde su nacimiento por cristalizarse a tu voz.





Cuando es el cielo el que persevera, hacia dónde entonces dirigir nuestra mirada. Sabemos que la nube se impone sobre el azul y la tardanza de la lluvia viene a demorar también la dureza de la voz.

Queda sólo la palabra que se anega en la garganta, no hay oración que valga cuando la súplica es sólo un suspiro. Llegado el momento la piel se resiente con las primeras gotas. Cantas entonces celebrando el prodigio, ya poco queda de aquel primer impulso, entonces prefieres callar. Sobre la hierba, la dulce lluvia lo dice todo por ti.





Fue el desarraigo quien primero prometió otro trozo de tierra. Luego, las hojas de los robles iniciaron su huida siguiendo el trastabillar de mis pasos. El rastro de la sangre sobre la nieve fue su perdición. Otra vez fueron las aves, a pesar de la insistencia de los cazadores, buscaban la sombra propicia para el sosiego en las grietas de mi rostro.

Hoy vuelvo la mirada atrás, todo es confusión y hastío. El trozo de tierra que soy se pudre bajo las hojas que nunca tuve, y los pájaros que hicieron nido en mí vuelan ahora agujereados por sus propias crías. Nunca antes conocieron el temor de ser padres. Quizás a ellos como a mí, las llagas les cubrirán los ojos, volarán en torno sacudiendo sus plumas y el errar será desde entonces su único destino.





Tu vientre es una catedral donde los pájaros anidan. No hay ahora sobre ellos un cielo abierto que convoque sus alas. Sólo la piel soporta el canto en que se reinventan.

Ahora la luz le nace al día: revela en tu desolación el cobijo de sus plumas y el punto negro de tus ojos es el centro de las miradas que tiemblan cuando el viento arremete en las orillas.

Podrás entonces retener el canto cada vez que el cielo sucumba en sus temblores, pero una vez el milagro se realice, no habrá asidero posible sobre las tablas de la salvación ni sol ni nubes para soportar tu orfandad. La muerte es la única respuesta que llega tarde, no olvides de ella más que las palabras que nos fueron dichas justo al momento de nacer.





No digas noche, sólo porque la luna madura sus gajos bajo la mirada exangüe de cada estrella. No digas madre, sólo porque en la oscuridad ofrendada desaparece el vestigio de los animales que reclaman de ti tu negra leche.

Guarda cada palabra. Oculta cada vocablo tras tu lengua, no dejes que el cielo los descubra; si esto ocurre, huye a las aguas sedosas, siempre han esperado por ti. Prefiere siempre la lengua de las mariposas al ronco gemido de los enfermos. Recuerda que cada sílaba pone en evidencia al mundo. Sólo así será tuyo el silencio que todo lo nombra.





La vigilia ha hecho de ti la masa de un hombre que camina al vacío. Tus palabras, padre, son desde la niñez un plácido rincón hecho de espejos. Con cada una de ellas tolero la oscuridad en que sucumbo, con todas al tiempo, oculto el cuerpo ajado que todavía me soporta.

La vida no ha merecido de mí ningún diezmo. Para qué la llama que impertinente alumbra la cueva. Todo es oscuridad y en ella la conciencia de la muerte roe la piel de todo hombre. Prepararlo para qué entonces, si desde la altura de su mirada vislumbra ya el abismo en el que caerá.

Sé que lo bello queda oculto a los ojos de aquellos que no buscan la verdad. Lo grité mil veces ante la pantalla, ante el lienzo en blanco, ante la hoja que sé te cegaba en su soledad. Lo grité ante aquellos que preferían la guerra, la mordaza, el poder del silencio y el silenciar, pero la verdad se impone como fallecimiento y temor, cuchillo en el pecho que arranca de un tajo lo que creíamos nos hacía humanos.

Vuelve pues sobre mí la esperanza, zanja en mi garganta y en mis ojos la palabra, rastrilla con tu poesía, si es posible, un lugar para arar de nuevo el grito en que reconozca el tenue equilibrio por el que se avientan desde antiguo, mis obstinadas noches.





Fragmento de la consagración

Fragmento de la consagración
hinca en mi piel el alivio de tu engaño

***

El grito: soga que se tiende

Escucho tu desgarro

Lo uno al mío para morir de abismo

***

Respira cada uno de mis cabellos

Reconocerás las raíces

a las que se atan nuestras voces

***

El sueño lame las paredes de la habitación
y es desde ya la cal un animal asido a mi lengua

***

Intento descifrar las palabras
escritas con sangre sobre el muro
pero cada sílaba lacera las cuerdas de mi voz

***

Todo en ti recuerda la vocación del fuego sobre la madera

Lenta comunión
que acrecienta el olvido

***

El relámpago se revela como herida impuesta sobre el agua

***

Las hojas del árbol caen en la tormenta
y son ahora brasas que vienen a morir en el fango

***

Los pájaros descansan en un nudo de plumas

Ahogados
suman su canto a mis palabras de muerte

***

La sed escucha el goteo del agua

Tanteando

en sus pasos nace el desierto

***

A qué la noche si está fundada en sueños la vida
A qué el rojo si todo lo que perdura en el fuego es disipado por el viento

***

Brasas encendidas y abandonadas sobre la arena
A qué tanta furia si se consumen solas en su ira




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