miércoles, 9 de abril de 2014

HILDA HENRÍQUEZ DE FLORES [11.501]


Hilda Concepción Henríquez de Flores 

Nació en la ciudad de San Salvador, el 2 de julio de 1942. Se graduó como Profesora de la Escuela Normal de Maestras "España", en el año 1960. Trabajó como docente en Educación Básica, durante treinta años. Su afición a la literatura la lleva a escribir su primer libro "La ventana encantada", que nos pone en contacto con el entorno de su tiempo (1942-1958) en un ambiente rural a orillas de la ciudad capital.

Su poesía despierta sensibilidad, haciendo retornar a un mundo real del pasado, lleno de encanto.






LA NUEVA LUZ 

Mi vida se volvió nueva y ahora 
Una inefable luz en mi reposa, 
Mi pulso de armonía se colora 
Un renacer alado en mí rebosa. 

Una infinita voz he descubierto 
Palpitando en la estrella que lejana 
Revela el encantado eco de un huerto 
Cuyo acento es palabra y filigrana. 

Como si el alma me sonríe siento, 
Cuando la voz inmensa de las cosas 
Me habla con el lenguaje de las rosas. 

Éste bien de los cielos que presiento 
De la poesía es numen sublime, 
Ahora anida en mi alma y me redime. 






LA MUERTE DEL ARCO IRIS 

Un manto de carbono insostenible 
Abraza a la ciudad con saña 
Implorando al cristal, los árboles se mueren 
Y se llevan del agua los misterios. 
En las calles se asfixia la sonrisa de los niños. 
El trajín aleve del metal, 
Ondeando su fiebre cotidiana 
Me asedia y me doblega. 
Frente a mi ventana 
La muerte del arco iris se desnuda 
Coronada por pálidos celajes 
Y un réquiem de nostalgia ensombrecido. 
Para recrear el principio de la vida 
Invoco un cáliz de palabra y tiempo, 
Busco la puerta de signos y presagios, 
Develo el fuego de rosas y raíces. 






TODO EL SILENCIO DEL MUNDO 

Aquí, 
su vida era palabra de esperanza. 
era una casa intensa 
germinando sueños y preludios. 
De su remanso verde nacía la aurora. 
Yo, viajera sedienta, 
mi languidez hundía 
en su oasis de catedral sonora. 
El árbol fue testigo 
de guerras y huracanes, 
de flamas y galaxias. 
Sintió infinitos soles besándole la frente. 
El amor florecía junto a su cuerpo mítico. 
El árbol ya no está. 
Una mano tremenda menoscabó su entraña. 
En su lugar creció un páramo olvidado 
y un vacío donde cabe 
todo el silencio del mundo. 






EL AMOR A LOS DELFINES 

Amo a los delfines 
Porque son más 
inteligentes que las armas. 








LOS NIÑOS DE IRAQ 

La palabra de una flor sombría 
me seduce. 
Traspasa mi lengua 
un verso alegre y triste. 
Alegre como la vida, 
Alegre como la paz. 
Triste como el canto mutilado del cenzontle. 
Triste como la esencia lívida 
de los niños en Iraq. 





EL VENDAVAL 

Conmueve mi memoria 
un vendaval que me persigue. 
Desde su corazón un rostro blanco 
me ama, 
y yo lo amo. 
 En su espesura 
también crece un rostro gris, 
Mirándome con fuego. 
Cuando despierto 
soy sólo cenizas. 







PÁJAROS DE FUEGO 

Mientras la sed de tus ojos 
 se hundía en mi ternura, 
muchos ojos ajenos nos miraban, 
querían vivir 
el misterio que unía nuestras vidas. 
Ser la promesa bajo el dintel del tiempo, 
la entrega total en cada aurora, 
el ardor de la piel 
tornándonos de fuego. 
Ahora, 
los mismos ojos se preguntan 
por qué la soledad del parque 
y los pájaros tristes 
buscando nuestra risa. 
Por qué mi piel desnuda 
y la nostalgia deshojándome las horas. 
Se derriba mi voz si alcanzarte. 
Vencidos por la ausencia 
Ya no se ven nuestros rostros 
En los cristales del día. 







DOS MUERTES 

El desvelo de los gallos 
va dibujando la noche. 
Van pasando los luceros 
floreciendo entre las sombras, 
llevan en hombros su risa 
envuelta en hilos de luna. 
Pero al doblar el camino 
los esperaban saetas 
de colmillos afilados. 
Una guirnalda de espanto 
ha detenido a los gallos 
al ver el cristal deshojado 
que lloraban los luceros. 






LA VISITA 

Su presencia 
penetró nuestra casa 
sitiando nuestras vidas con miles de inviernos 
y miles de noches que no tenían alba. 
Esparció por todos los rincones 
y aún sobre nosotros, mantos de tinta y sombra. 
En el aire vagaba su presencia de hielo. 
El eco de su verdad 
acechaba las horas. 
Sentada a la cabecera de la cama, 
toda ella invisible, 
esperó por el cuerpo de mi madre. 







ELOGIO A MI VIDA 

Yo tengo en el alma 
una fuente de alegría. 
En cada amanecer 
la aurora me renueva. 
La luz de mi mirada 
es un fulgor supremo. 
La plenitud de los mares me posee, 
acrecienta mi alma y me serena. 
 De la eternidad tengo lo eterno, 
por lo infinito también soy infinita. 
Una pasión anima mis entrañas 
como la euforia de la fértil tierra. 
También me anima 
la mansa realidad del agua pura. 
Yo guardo dentro de mí 
el ritmo perfecto que anima la materia. 
Y en la cima de todo lo que soy, 
El sublime prodigio de la razón. 
Yo soy humana. 


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