domingo, 27 de abril de 2014

CARLOS PARADA AYALA [11.584]



Carlos Parada Ayala

(San Juan Opico, El Salvador, 1956)
Ganador del premio de poesía Larry Neal de la Comisión de las Artes de Washington, DC, Carlos Parada Ayala es co-editor de la antología Al pie de la Casa Blanca: Poetas hispanos de Washington, DC publicada por la Academia Norteamericana de la Lengua Española (Nueva York, 2010). Esta obra, co-editada con el poeta argentino Luis Alberto Ambroggio, fue seleccionada en septiembre de 2010 por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos para celebrar 400 años de poesía hispana en Estados Unidos. Parada Ayala es miembro del colectivo poético Alta hora de la noche, y es uno de los fundadores de ParaEsoLaPalabra, organización de escritores, artistas y activistas cuyo objetivo fue promover las artes, la música y la literatura en las comunidades de habla hispana de la zona metropolitana de Washington, DC. Ha participado en el Encuentro internacional de poetas “El turno del ofendido” en El Salvador, en el Festival de nueva poesía y el Festival latinoamericano de Poesía en Nueva York, y en El maratón de poesía del Teatro de la luna en Washington, DC. Su poesía ha aparecido en antologías y revistas culturales y forma parte de la serie The Poet and the Poem de la Biblioteca del Congreso. Parada Ayala tiene una licenciatura en literatura española, latinoamericana y brasileña de Amherst College.





Vaivén de fantasías

Los argonautas se albergaron
en la oscuridad de mis zapatos
y un dragón azul acudió 
a encenderme la estufa.
El cielo limpio se escondió
en las gavetas del armario, 
lo que explica el silencio 
de los pájaros y el exceso 
de neblina en la ropa que me puse.
Hoy la soledad es un vaivén
de fantasías.
Mejor así.
Ayer el día desató un
huracán de anzuelos
que dejó al mar vacío 
y al sol humedecido
como ojo de ballena herida.





Marooned

The argonauts took shelter
in the darkness of my shoes
and a blue dragon arrived
to light the stove for me.
The clear sky hid
in my dresser drawers
which explains the silence
of the birds and the excess
of mist in the clothes I put on.
Today solitude is an ebbing and flowing
of fantasy.
Better this way.
Yesterday set off a
hurricane of fish hooks
that left the sea empty
and the sun slick                              
like the eye of an injured whale.

[English Translation: Andrea Johnson]







US Latino Poets en español
Por Xánath Caraza

Copatrocinado por Letras Latinas, the literary program of the Institute for Latino Studies, Universidad de Notre Dame


Carlos Parada Ayala es un poeta que celebra la vida a través de la poesía.  Usa y selecciona con delicadeza cada palabra en sus poemas invitando al lector a un caudaloso mundo lleno de metáforas.  Cascadas de ritmo atraviesan sus versos.  Escribe de manera bilingüe con orgullo, reflejando tanto su mundo hispanoparlante, en el cual creció, y el angloparlante, en el cual se desenvuelve cada día en la ciudad de Washington, D. C.  Su poesía muestra compromiso con la gente.  La gente con la que convive cada día y la gente con la que convivió en su natal El Salvador.  El comentario social no falta en su poesía y a veces, o muchas veces, refleja un tono nostálgico que viene de mundos que ya no existen en la realidad pero que en su memoria quedaron atrapados y los traspasa magníficamente a sus versos.  Parada-Ayala tiene la habilidad de reconocer la dura vida de los trabajadores, de los que han emigrado, de los que experimentaron los conflictos armados en El Salvador o del niño que se queda en medio de una guerra desconcertado.  Mas no es violencia lo que se encuentra en su poesía sino la sublimación del lenguaje entrelazado con comentario social.

Para esta ocasión seleccioné los poemas “Instrucciones para salvar al sexto sol”, “Ballena” y “Banalidades” del poemario The Light of the Storm/La luz de la tormenta (Zozobra Publishing, Maryland, 2013).






Instrucciones para salvar 
al sexto sol

De prisa estruja la noche,
escóndela en la profundidad de tu bolsillo.

Que sus ladrones no usurpen 
el poder de la palabra
y que sus meretrices 
no exploten con sus piernas 
la sintaxis del deseo.

El filo de su sombra punza 
cual búho que arremete contra el rostro.

Esas monedas falsas 
que se dicen astros o luceros
hunden sin perdón 
en su eterna bancarrota.

Antes de que el gallo cante
sácala, enciéndela con un fósforo,
lánzale astillas y sóplala con brío.

No vale la pena poner en riesgo  
el amanecer florido 
que te brota en la solapa









Ballena

Las casas caen convertidas en astillas.
Las palmeras se derrumban 
como fósforos quemados.
El cielo explota y se hace añicos 
esparciendo gotas que descienden como balas.
El sol se ha rajado escupiendo rayos,  
truenos mudos de una luz perdida en la vía láctea.

No ha quedado nadie.

Todos han huido desterrados por las sombras.
Seco, el maremoto lanza sus terribles aletazos.

Abro los ojos. Me ausculto.

Mi corazón avanza cual ballena 
a la deriva en tierra firme.
Y yo, solo en el centro del mercado,
no soy más que un iracundo cazador
afilando los arpones fríos 
de una interminable y vil melancolía.








Banalidades

Nunca imaginé la falta que me harían esas callejuelas.
Banales eran como el cuerpo inquieto de las moscas.

Por ellas no se oían voces
como terso, apacible y terciopelo;
sino más bien palabras toscas
como bajomundo, indolencia y dictadura–
cosas con olor a sangre y aguardiente.

Tomados de la mano los amantes
caminaban en la lluvia y se detenían
a la orilla de los charcos para contemplar
el baile intermitente de los renacuajos
mientras que los asaltantes, distraídos,
encendían cigarrillos en la entrada
oscura de los lupanares.

Banales eran esas calles con ventanas sin postigos,
donde el sol partía el día a machetazos
y la luna escondía su moneda en el escote.

Solo caminaba un niño en la muchedumbre.
De súbito irrumpían de la tierra
carros de combate como terremotos
y un golpe de estado atrapaba a los novios en los cines.

Banales eran esas calles con el rostro hundido 
en la impaciencia donde los confesionarios, 
implacables, desterraban a los pecadores en la adolescencia.

No me culpen por haber tomado las armas.
No me culpen por haberme defendido.
La muerte atropellaba con su parachoques de escarmiento.
La sangre todavía se apelmaza en los guardafangos.
Heme aquí ahora en el destierro,
grano puro de conciencia en el universo.
  
Nunca imaginé la falta que me harían esas callejuelas.
Banales eran como el cuerpo inquieto de las moscas
y el baile intermitente de los renacuajos.




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