martes, 1 de abril de 2014

CARLOS MARIO URIBE ÁLVAREZ [11.417]


Carlos Mario Uribe Álvarez 

(Manizales, Colombia 1968). Poeta colombiano que halló su ‘maldición’ literaria desde temprana edad. También incursionó en el periodismo. 

Diplomado por la Universidad del Rosario en Cultura Latinoamericana 2001
Diplomado por la Universidad de Caldas en Crítica y Teoría de Arte, 2002
Taller de cine Imaginando Nuestra Imagen I y II, 2002
Seminario Identidad Regional I y II, Gobernación de Caldas, 2003
Seminario / Taller Proyectos de Cooperación Internacional [PNUD], 2002
Consejo Editorial revista Papeles de Plata, 2002 / 2003
Editor general Periódico Cultural Ludimia, 1999 / 2002

Publicaciones:
Final del viaje [Poemas]. Manizales, 1999
Novísima Poesía, Musa Levis Antologías. Manizales, 2000 y 2003
Ulrika Revista de Poesía y publicaciones en periódicos y revistas literarias
Premios:
Premio Nacional de Poesía 'Carlos Héctor Trejos' Riosucio 2003
Premio Departamental de Poesía Cámara de Comercio Manizales 1999
Premio de Poesía Cine Club Borges Pereira 1995
Premio Casa de Poesía 'Fernando Mejía Mejía' [Finalista] Manizales 1991








Ausencia

Un golpe seco en el piso,
Un rumor de piedras
                                  Desmoronándose
Por ausencia del aire.
Los vestidos cárdenos llevan caricias
Que en horas grises anhelan
Una descripción más temblorosa.
Volverte a ver
                             En las esquinas del espejo
Verte caer
Convertida en esquirlas
Que me atraviesan
                         Con los rostros
De un sueño fugaz y sangriento
Un golpe seco en el piso
Un rumor de piedras desmoronándose.






Lo que queda

El corazón lanza sus dentelladas.
Lo he visto beber y embriagarse de orgullo
encarnando el placer de la daga citadina.
También el corazón guarda su rosa
y esta su misterio de pantano.
Solo sobrevive una mujer desnuda
que me ama, a la que yo deseo,
aunque nos separen
espirales de humo, el color del hierro
y los abrazos que hurtamos a la desesperanza.
Sobrevive la soledad
estrujada entre los objetos de mi cuarto,
una bujía que llamea
breves sombras en el rostro, en los rostros.







Para matar la muerte

Para matar la muerte
habría que estar en Hispahan
o en un París con aguacero…
Habría que cruzar el Trabocco,
ese hilo de araña,
recorrido por un tren que se eleva sobre Italia
donde D’Anunzzio noveló el suicidio.
Habría que enseñarle a jugar a Emily Brönte
en el cementerio
que fue su patio de infancia.
Habría que recorrer un ajedrezado jardín
de múltiples u circulares senderos en el tiempo
atados a una luna intemporal.
El peor agravio
para la muerte
es no hallarnos solos.






Soledad

Escucho en mi interior
leves crujidos
de hojas secas
muriendo en el bosque.
Lejanos gemidos
de aguas
hundiéndose en el cauce
de ríos profundos.
Y las palabras del amor
se instalan como una batalla
que no alcanza a derrotar
la inasible desesperanza
de la soledad.








La palabra

No pongas tu mano en la palabra.
Te puede quemar su nieve negra.
Y la sombra de su reloj de arena mancha
con sus demonios los manteles de la luz.
La puedes llevar en los bolsillos para compras urgentes,
hacer malabarismos mortales en sus trapecios,
robarle sus delirios a la historia o fabricar
espejos de hielo con su faz de aluminio.
Úsala. No te enamores de ella. ¡es traicionera!
Hunde su garra en el alma y si no la tienes
te provee de una para tener donde mejor hincar su zarpaso.
No es relevante si la seduces y la pones a tus pies
o la despojas de sus vestidos y coronas.
Ella siempre vuelve a la mañana siguiente
y te arrastra a su reino de polvo y olvido
como trofeo de guerra.







Altares ajenos

Oficio un rito antiguo en altares ajenos, otros cuerpos;
allí encuentro deshecho el alfabeto que murmura tu nombre,
cada letra nombrada se torna acechanza, un desvelo;
vuelo de gritos en el parpado del alba, el martirio
del chocolate derramado en tu blusa, el infinito
de los bolsillos donde se prostituyen las monedas,
lo peor de la película impreso a fuego en la retina.
en fin, un desarreglo del universo, oficios sagrados
en la tiniebla de la desnudez,
altares ajenos, sin duda.







El lugar de tu cuerpo

Se ha ido borrando el mapa,
lo han desfigurado y manchado los racimos
de ceniza y vino que maduran en los bordes.
Los arbustos ya son árboles frondosos en cuya espesura
se agitan nubes bronceadas por el sol.
Puertas que eran acceso al paraíso de tu aliento
son ahora esa ventana urgente a nostalgias ya desesperanzas.
Se ha descascarado la plata de la foto donde ardías
en tu definición mejor, se ha borrado de mi retina
la impresión de las más sencillas satisfacciones.
¡Ya no es más mi piel el lugar de tu cuerpo¡



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