sábado, 15 de marzo de 2014

OLEGARIO VÍCTOR ANDRADE [11.238]


Olegario Víctor Andrade

Olegario Víctor Andrade (Alegrete, Rio Grande del Sur, Brasil, 6 de marzo de 1839 – Buenos Aires, Argentina, 30 de octubre de 1882) fue un poeta, periodista y político argentino de origen brasileño.

Era hijo de Mariano Andrade, santafesino, quien ejercía como juez de paz, y Marta Burgos (entrerriana). A causa de diferencias políticas entre su padre y el gobierno, deben abandonar la Argentina rumbo al Brasil, donde nace Olegario, el mayor de tres hermanos. Poco después de haber nacido, regresan a la Argentina, donde se afincan en Gualeguaychú, ciudad donde transcurriría toda su infancia y juventud. Queda huérfano de padre y madre a muy temprana edad (1847) y se hace cargo de sus dos hermanos menores, Wenceslao y Úrsula.
Estudió en el Colegio de Concepción del Uruguay, Entre Ríos, donde se mostró dotado para la literatura y la polémica.
En 1848, a los nueve años de edad, Olegario despierta en la escuela la atención del delegado de Urquiza, el coronel Rosendo María Fraga, por la habilidad que poseía para la literatura. La impresión lo lleva a recomendarlo vivamente ante el gobernador, quien dispondrá de inmediato velar por la continuación de sus estudios.
Sería compañero en el Colegio del Uruguay de grandes figuras que llegarían a destacarse en la vida política nacional: Onésimo Leguizamón, Julio Argentino Roca, Victorino de la Plaza, Benjamín Basualdo y Eduardo Wilde entre otros.
Al terminar los estudios oficiales, se casa con la uruguaya María Eloísa González Quiñones (1857), con quien tuvo cinco hijos: Agustina, considerada la principal poetisa entrerriana del siglo XIX, Eloísa, Mariano, Olegario y Lelia.
Urquiza, entonces gobernador de la provincia, le ofreció viajar a Europa para completar su formación, junto a Juan Bautista Alberdi, que era entonces ministro de la Confederación Argentina. Andrade rechazó la oferta y se dedicó al periodismo en Entre Ríos.
Desde 1859 se destacó por su pluma y a los 21 años fue nombrado secretario personal del presidente de la Nación, Santiago Derqui. Por esa misma época comenzó a redactar columnas apoyando la causa federal en El Pueblo Entrerriano, de Gualeguaychú; en 1864 fundó su propio medio, El Porvenir, en el que criticaba vehemente la política porteña y sobre todo la Guerra del Paraguay. En 1866 publicó un inteligente folleto, titulado Las dos políticas: consideraciones de actualidad, donde explicaba la divergencia entre los intereses porteños y los del interior del país.
El presidente Bartolomé Mitre ordenó al año siguiente la clausura de El Porvenir, lo que motivó a Andrade a mudarse a Buenos Aires para publicar en El Pueblo Argentino. Colaboró con Carlos Guido y Spano y Agustín de Vedia en la redacción de La América, en apoyo a la candidatura presidencial de Urquiza. Dirigiría luego La Tribuna Nacional, además de enseñar historia clásica en el Colegio Nacional de Buenos Aires. En 1878 fue electo diputado nacional y reelecto tres años más tarde.
Fue poeta de cariz lírico y épico, aunque dio poco a la publicación. Las obras épicas abordaron los mismos temas de la historia nacional que había tratado como periodista. Posiblemente sus mejores versos podamos hallarlos en sus obras El nido de cóndores y Prometeo.
Sus restos se encuentran en el cementerio de la Recoleta, y un busto suyo se encuentra en el Jardín de los Poetas de El Rosedal de Buenos Aires.

Obras

El nido de cóndores (1881)
El arpa perdida
Prometeo
Atlántida
San Martín (1878)
Ensayos[editar]
Las dos políticas (1886)





A la memoria del malogrado sacerdote don Gregorio M. Céspedes

Amó la libertad con patriotismo.
Abrazó la virtud, y del civismo
A todo un pueblo iluminó la huella.
M. A. M.

¡Silencio! que la brisa murmura en la ribera,
las ondas agitando con fúnebre clamor;
y un eco misterioso repite por doquiera
fatídicos acentos que mueven mi dolor.
Los gritos aterrantes de un pueblo condolido
se lleva por los aires el céfiro veloz,
y un canto de ternura cual lúgubre gemido
se eleva hasta el alcázar magnífico de Dios.
¡Ha muerto! todos dicen ; el pérfido elemento
robó las esperanzas de un bello porvenir,
cual flores arrastradas al ímpetu del viento,
que pierden su belleza, su mágico vivir.
¡Ha muerto! cuando apenas su frente levantaba
mecido por los sueños de paz y de virtud;
¡ha muerto! y a ese pueblo que tanto le adoraba
le ofrece un bello ejemplo su tierna juventud.
Dejad al pobre vate que, trémulo, la lira
pulsando en el momento levante su cantar,
y el eco lastimero del pecho que suspira
consagre a ese virtuoso ministro del altar.
Y arroje en esa tumba que cubre sus despojos
diamelas y jazmines con hojas de cipré,
que borren del sepulcro los ásperos abrojos,
naciendo blancas rosas, emblema de la fe.
Ceñid su frente con esas flores
que altivo el viento no marchitó ;
pues ya la luna con sus fulgores
bosques y llanos iluminó.
Mece la brisa del manso río
las blancas olas sin murmurar;
noches hermosas las del estío
para el que siente triste pesar!
Venid, amigos; todos unidos
alcen plegarias del corazón,
que si lo agitan fuertes latidos,
cede al impulso de una emoción.
Venid, amigos; con tierno llanto
bañemos todos ese ataúd ;
nadie suspire, calle mi llanto,
que es el asilo de la virtud.








A mi hija Agustina en su cumpleaños

Ardua montaña es la vida,
de misteriosa pendiente
en que a veces no se siente
lo que cuesta la subida
    tan soñada !
En la primera jornada
el impaciente viajero
halla más suave el sendero,
verde y florido el zarzal,
en cada soplo tina nota
y una perla en cada gota
del sonoro manantial.
Como un arpegio celeste
rueda en el aire liviano,
y los rumores del llano
forman la música agreste,
    la armonía,
de un mundo de poesía
que habitan bellas quimeras,
misteriosas mensajeras
de otra vida, de otro cielo,
do flota el alma serena
indiferente y ajena
a las miserias del suelo.
¡ Qué dulces son esas horas !
pero también ¡qué ligeras!
¡ Cuan risueñas las auroras !
Las brisas ¡cuan lisonjeras!
    Una lira
es cada árbol que suspira
con languidez o ardimiento
bajo los soplos del viento,
el músico vagabundo
que en notas dulces o graves
canta el amor de las aves
o los destinos del mundo.
No entolda el alma tranquila
ni una nube, ni una pena;
negra o rubia es la melena,
limpia y clara la pupila.
    ¡ Edad breve !
Aun no ha caído la nieve
de los desengaños hondos,
que hasta los cabellos blondos
convierte en hilos de plata :
aun el cauce no se ha abierto
del llanto, que deja yerto
el corazón, y lo mata.
Ya vendrán, hija del alma,
ya vendrán, hija querida,
los nublados de la vida
que fingen mentida calma ;
    ya vendrán
con su misterioso afán,
con su efervescencia ruda
las tormentas de la duda
que barren las ilusiones,
que destiñen los matices
y remueven las raíces
de la fe en los corazones.
Un año es un paso más
hacia la cumbre lejana
que llaman la dicha humana
y no se alcanza jamás;
    hija mía,
larga y penosa es la vía,
de mil abismos surcada;
no hay arroyos, ni enramada,
a veces en el camino ;
sólo la virtud sustenta
y en las fatigas alienta
las fuerzas del peregrino.
¡La virtud! perfume santo
que los contagios aleja,
que hace dulce hasta la queja
y da hasta al dolor encanto.
    Hija amada,
esa es la joya preciada,
el talismán prodigioso
que trueca el pesar en gozo,
que las querellas concilia,
que hace a la niña más bella,
y a la mujer una estrella
del altar de la familia !







A Víctor Hugo

I

¡La negra selva por doquier! el viento
como inquieto lebrel encadenado
aullando en la espesura!
¡La noche eterna por doquier! el cielo
como un mar congelado,
y el mar como una inmensa sepultura.
De tarde en tarde brilla,
de la aurora boreal el rayo frío,
y a su vislumbre pálida, los astros
que ruedan lentamente en el vacío,
enormes buques náufragos semejan,
que al ronco son del trueno,
van llevando sin rumbo
cadáveres de mundos en su seno!
Hay vida en la creación, vida embrionaria
pero embotada y fría. — Allá a lo lejos,
en la extensión inmensa y solitaria,
islas y continentes van surgiendo
de la muriente aurora a los reflejos,
como monstruos del mar que se dirigen
en confuso rebaño hacia la orilla;
y los montes lejanos,
gigantes de armaduras de granito,
parece que esperasen de rodilla,
el mandato de Dios, para lanzarse
a escalar la región del infinito!


II

Era la edad en que la densa noche
del polo sobre el mundo se extendía,
la noche de la calma aterradora,
en cuya soledad, lóbrega y fría
como raudal helado, dormitaba
la savia engendradora !
No hay noche sin mañana...
En el cielo, en la historia, dondequiera
la sombra es siempre efímera y liviana,
la nube, por más negra, pasajera;
y aquella noche al fin iba a rasgarse
como inmensa, flotante vestidura.
Preludios de gorjeos, ruidos de alas,
la alegría del nido en la espesura,
flotaron en la atmósfera ligera,
y antes de desplegar la luz sus galas
entonó un ave la canción primera!
Al eco de la insólita armonía
la tierra despertó. — La selva obscura
con ansia de volar, batió las ramas ;
misteriosa y extraña vocería
se alzó del mar en la siniestra hondura,
cual si ensayasen sus salvajes himnos
la borrasca y la tromba asoladora,
y de la informe larva del abismo,
mariposa de luz, surgió la aurora!


III

También la historia tiene
torvas noches de horror, como el Océano,
noches glaciales en que duerme todo:
la vida, el arte, el pensamiento humano.
También como en la selva primitiva
de mustias cicadeas,
la savia del espíritu dormita,
sin reventar en frutos, ni cuajarse
la flor de las ideas!
¡Qué lentas son las horas de la historia!
¡Qué largo y qué sombrío
el imperio del mal! — cuando parece
la conciencia pasmada,
profundo cráter de apagada escoria,
desierto cauce de agotado río,
y en la noche callada
no se oye más rumor que el de la orgía
o es áspero crujir de la cadena,
mientras del cielo en la extensión vacía
la ronca voz de los espantos truena!


IV

Tarda el amanecer, pero al fin llega,
¡oh mal! ¡no eres eterno!
Así como en la noche de la tierra,
profunda noche de aterido invierno,
el mundo despertó cuando en las ramas
de la selva dormida
el primer himno resonó del ave
que desplegaba el ala entumecida
presintiendo a la aurora:
Así la humanidad despierta inquieta
en la noche moral abrumadora
cuando surge el poeta,
ave también de vuelo soberano,
que en las horas sombrías,
canta al oído del linaje humano
ignotas armonías,
misteriosos acordes celestiales,
enseñando a los pueblos rezagados
el rumbo de las grandes travesías,
la senda de las cumbres inmortales.


V

Olvidada de Dios, Judá apuraba
la copa del placer. — En sus altares,
los ídolos extraños recibían
cobarde adoración. — No era la esposa
sencilla del Cantar de los cantares,
no era la Virgen de Israel, gallarda
como las palmas de Samir: ajada
la tez de rosa y ulcerado el pecho,
con inquietud febril se revolcaba
del vicio impuro en el candente lecho!
¡ Viento de corrupción ! viento de muerte
soplaba sobre el mundo. — Babilonia,
del deleite en los brazos reclinada,
ceñida la guirnalda, flaco el brazo
para blandir el hierro,
y a la orilla del Eufrates sentada,
a los pueblos vecinos daba cita
en las lúbricas danzas del Becerro
o a la sombra del mirto de Mylita!
El mundo iba a morir — como Bacante
ebria al compás de báquicas estrofas,
al son de besos, al rumor de orgías, —
cuando a las puertas del cerrado templo,
torvo y airado apareció Isaías!
Y tronó en los espacios vengadora
su voz, hondo murmullo
de rayos, fulminando
al crimen, a la guerra y al orgullo,
prediciendo a la plebe pecadora
largas horas de llanto, tras las cuales,
purificada y bella, surgiría
la ciudad del Señor; y a Babilonia,
a Babilonia la soberbia, el día
en que el Medo feroz, los vasos de oro
y las sedas de Persia, el arpa siria
con que encantaba al mundo,
las águilas do bronce, los jardines
aéreos, todo, todo,
iba a hollar insensible
de sus corceles bajo el casco inmundo!


VI

Dos razas batallaban
en campo estrecho con furor insano, —
la vieja raza de la historia, aquella
señora un tiempo del destino humano,
abuela de naciones;
la que templó sus armas
al sol de Arabia y abrevó en las ondas
del Indus y del Tigris sus legiones, —
y la raza nacida
del sol levante al ósculo de fuego,
que llevaba en la frente
la centella de luz del genio griego!
¿Cuál iba a sucumbir? La raza vieja
esclava del destino, mar volcado
do Tesalia en el valle sonriente,
avanzaba tenaz.— ¡Ya estaba mudo
de Maratón el bosque consagrado!
Ya no brillaba en el combate rudo
de Leónidas la diestra refulgente,
cuando la musa helena,
la musa de alas de águila de Esquilo,
hendió los aires y voló a la escena,
de la rapsodia enervador asilo,
y con voz que aun resuena
del mar Egeo en la sonora playa,
ceñida de laurel la sien divina,
al cadencioso son del ritmo jonio,
y entre el fragor de la feral batalla
lanzó el himno triunfal de Salamina!


VII

Ya Roma no era Roma, la que un día
encadenó a su paso la fortuna,
la Roma de los grandes caracteres, —
mudo el Foro, desierta la tribuna,
en sus plazas y circos no se oía
más que el rumor de esclavos y mujeres
en bulliciosa confusión danzando
al son lascivo de los himnos griegos,
o el palmotear de cortesana impura
del vil histrión en los obscenos juegos, —
ya Roma no era Roma. — No anidaban
del Aventino en la gloriosa cima,
emblema de una raza gigantea,
las águilas de Júpiter Tonante,
sino en mansa, blanquísima bandada,
las palomas de Venus Citerea!
Dormido estaba el rayo — como duerme
en el monte la lava rugidora
y en la cumbre el turbión. — Llegó la hora,
y el rayo despertó. — Vibró en la lira
de Juvenal, no en caprichoso alarde,
de dulce verso o de canción sonora,
de torpe mofa o de cobarde duda ;
sino implacable, acerbo, burilando
en carne viva la común afrenta.
Némesis vengadora, el duro azote
alzó sobre la sien calenturienta
de aquel rebaño humano,
y fué marcando con eterno mote,
a la falsa virtud, al crimen pálido,
al vulgo y al tirano!


VIII

Eclipse de la historia, la Edad Media,
¡crepúsculo sin día!
Pesaba sobre el mundo, como inmenso
torrente de tinieblas despeñado
del ancho cielo en la extensión vacía,
astro sin luz, el pensamiento, mustia
lámpara de un altar abandonado
que el cierzo helado azota,
al través de las sombras perseguía
de un prometido bien la luz remota!
Dante entonces, noctámbulo divino,
bajó del corazón al antro obscuro
a descifrar la letra del arcano,
la misteriosa cifra del futuro;
y con voz, ora triste y ora grave,
mezcla a veces de cántico y lamento,
dijo a la muchedumbre horrorizada:
"¡Quien sabe de dolor, todo lo sabe!"
Y de su siglo la conciencia helada,
se despertó a su acento !


IX

Siempre al cambiar de rumbo en el desierto
la caravana humana, halla un poeta
que espera en el dintel, alta la frente
coronada de pálidos luceros,
sacerdote y profeta,
para enseñarle el horizonte abierto
y bendecir los nuevos derroteros !
¡A tí te tocó en suerte, soberano
del canto! ¡Inmortal Hugo!
la más ruda jornada de la historia, —
Ya no es una nación que rompe el yugo
de la opresión, ni el canto de victoria
tras las horas durísimas de prueba —
¡Hoy es la humanidad que se emancipa!
¡Hoy es la humanidad que se renueva!
Todo lo tienes tú, la voz de trueno
del gran profeta hebreo,
fulminador de crímenes y tronos!
El grito fragoroso del que un día
encarnó, para ejemplo de los siglos,
la idea del derecho en Prometeo,
la cuerda de agrios tonos
de Juvenal, aquel Daniel latino,
tremendo justiciero de su siglo,
y el rumor de caverna, de los cantos
del viejo Gibelino!
¡Todo lo tienes tú! por eso el cielo
te dio tan vasto sin igual proscenio.
No hay notas que no vibren en tu lira,
espacios que no se abran a tu genio;
cantas al porvenir, y los que sufren,
esclavos de la fuerza o la mentira,
sienten abrirse a sus llorosos ojos
de la esperanza las azules puertas!
Apostrofas al tiempo y se levantan —
¡mágico evocador de edades muertas! —
como viviente, inmenso torbellino,
razas extintas, pueblos fenecidos,
fantasmas y vestiglos,
para contarte en misterioso idioma
la colosal "Leyenda de los Siglos!"
¡ Todo lo tienes tú ! todo lo fuiste :
profeta, precursor, mártir, proscripto, —
gigante en el dolor te levantaste
cuando en la noche lóbrega sentiste
temblar los mares, vacilar la tierra
con pavorosa conmoción extraña,
cual si un titán demente forcejease
por arrancar de cuajo una montaña. —
Era Francia, montaña en cuya cumbre
anida el genio humano,
la Francia de tu amor, que tambaleaba
herida por el hacha del germano,
y arrojando la lira en que cantabas
la "Canción de los Bosques y las calles"
fuiste a tocar llamada
de París sobre el muro ennegrecido
en el ronco clarín de Roncesvalles!
Desde aquí, teatro nuevo
que Dios destina al drama del futuro,
razas libres te admiran y se mezclan
al coro de tu gloria, —
Orfeo que bajaste
en busca de tu amante arrebatada¡
la santa democracia,
a las más hondas simas de la Historia!
Desde aquí te contemplan
entre dos siglos batallando airado
y arrancando a la lira
la vibración del porvenir rasgado
o el triste acento de la edad que expira!
Y al través de los mares,
astro que bajas al ocaso, envuelto
en torrentes de llama brilladora, —
entonando tus cantos seculares
te saludan los hijos de la aurora!





Al general Ángel Vicente Peñaloza

¡Mártir del pueblo! tu gigante talla
Más grande y majestuosa se levanta
Que entre el solemne horror de la batalla,
Cuando de fierro la sangrienta valla
Servía de pedestal para tu planta.
¡Mártir del pueblo! víctima expiatoria
Inmolada en el ara de una idea,
te has dormido en los brazos de la historia
Con la inmortal diadema de la gloria
Que del genio un relámpago clarea.
¡Mártir del pueblo! apóstol del derecho,
Tu sangre es lluvia de fecundo riego,
y el postrimer aliento de tu pecho,
que era a la fe de tu creencia estrecho,
será más tarde un vendaval de fuego.
¡Mártir del pueblo! tu cadáver yerto,
Como el ombú que el huracán desgaja,
Tiene su tumba digna en el desierto,
Sus grandes armonías por concierto
Y el cielo de la patria por mortaja.
¿Qué importa que en las sombras de occidente,
Del desencanto el doloroso emblema,
Como una virgen, que morir se siente,
Incline el sol la enardecida frente,
De los mundos magnífica diadema?
¿Qué importa que se melle en las gargantas
El cuchillo del déspota porteño,
Y ponga de escabel, bajo sus plantas,
Del patriotismo las enseñas santas
Con que iba un héroe a perturbar su sueño?
¿Qué importa que sucumban los campeones
Y caigan los aceros de sus manos,
Si no muere la fe en sus corazones,
Y del pendón del libre, los jirones
Sirven para amarrar a los tiranos?
¿Qué importa, si esa sangre que gotea
En principio de vida se convierte,
Y el humo funeral de la pelea
Lleva sobre sus alas una idea
Que triunfa de la saña de la muerte?
¿Qué importa que la tierra dolorida
Solloce con las fuentes y las brisas,
Si no ha de ser eterna la partida,
Si con nuevo vigor, con nueva vida,
Más grande ha de brotar de sus cenizas?
¡Mártir! Al borde de la tumba helada
La gloria velará tu polvo inerte,
Y, al resplandor rojizo de tu espada,
Caerá de hinojos esa turba airada
Que disputa sus presas a la muerte.
Y cuando tiña el horizonte oscuro,
Del porvenir la llamarada inmensa
Y se desplome el carcomido muro,
Que tiembla como el álamo inseguro
Ante las nubes que el dolor condensa,
Entonces los proscriptos, los hermanos,
Irán ante tu fosa, reverentes,
A orar a Dios, con suplicantes manos,
Para saber domar a los tiranos,
O morir como mueren los valientes.


Este poema, que escribe Andrade a la muerte de El Chacho, tiene una curiosa historia. Cuando a la muerte de Andrade la Cámara de Diputados decreta que se compilen todas sus obras, Mitre, a quien Andrade se refiere como el déspota porteño vive todavía; es senador, ex-presidente, historiador consagrado, y director/dueño de La Nación. El encargado de la compilación decide cambiar el título por Al General Lavalle. Así es como aparece en las dos ediciones digitalizadas fácsimil de la Cervantes Virtual y el Internet Archive.







El ferrocarril

Lanzó a los vientos su pendón de fuego,
rasgó los aires su silbido agudo;
su aliento de humo es el fecundo riego
que anima el seno del desierto mudo

¡Miradlo!... Va tragando las distancias,
parece apenas que la tierra toca,
y devorado por febriles ansias,
nubes vomita por su ardiente boca.

¡Miradlo!... Es el guerrero del presente
el genio armado de la nueva idea
la ley del porvenir brilla en su frente
y su penacho de vapor ondea.

¡Miradlo!... Es el centauro del progreso,
es el audaz conquistador moderno.
¡Está de sangre su pendón ileso,
su gloria brilla con fulgor eterno!

¡La barbarie se esconde amedrentada
al divisar su enseña brilladora,
como las sombras de la noche alada
al centellear un rayo de la aurora!

Los tiempos del futuro, que dormitan
del desierto en las vírgenes entrañas,
a su acento despiertan y palpitan,
cual palpita el volcán en las montañas.

¡Es del progreso la primera aurora
que irradia en esta tierra bendecida,
en esta tierra, siempre vencedora,
en esta tierra, hidrópica de vida!

¡Es el acento de la audacia humana
que crece, se duplica, se agiganta;
que pone de la vida en la mañana
las alas del relámpago a su planta!








El nido de cóndores

I

En la negra tiniebla se destaca,
como un brazo extendido hacia el vacío
para imponer silencio a sus rumores,
un peñasco sombrío.

Blanca venda de nieve lo circunda,
de nieve que gotea
como la negra sangre de una herida,
abierta en la pelea.

¡Todo es silencio en torno! Hasta las nubes
van pasando, calladas,
como tropas de espectros, que dispersan
las ráfagas heladas.

¡Todo es silencio en torno! Pero hay algo
en el peñasco mismo,
que se mueve y palpita cual si fuera
el corazón enfermo del abismo.

Es un nido de cóndores, colgado
de su cuello gigante,
que el viento de las cumbres balancea
como un pendón flotante.

Es un nido de cóndores andinos
en cuyo negro seno
parece que fermentan las borrascas,
y que dormita el trueno.

Aquella negra masa se estremece
con inquietud extraña:
¡Es que sueña con algo que lo agita
el viejo morador de la montaña!

No sueña con el valle ni la sierra
de encantadoras galas;
ni menos con la espuma del torrente
que humedeció sus alas.

No sueña con el pico inaccesible
que en la noche se inflama
despeñando por riscos y quebradas
sus témpanos de llama.

No sueña con la nube voladora
que pasó en la mañana
arrastrando en los campos del espacio
su túnica de grana.

Muchas nubes pasaron a su vista,
holló muchos volcanes;
su plumaje mojaron y rizaron
torrentes y huracanes.

Es algo más querido lo que causa
su agitación extraña:
¡Un recuerdo que bulle en la cabeza
del viejo morador de la montaña!

En la tarde anterior, cuando volvía,
vencedor inclemente,
trayendo los despojos palpitantes
en la garra potente,

bajaban dos viajeros presurosos
la rápida ladera;
un niño y un anciano de alta talla
y blanca cabellera.

Hablaban en voz alta, y el anciano,
con acento vibrante,
"¡Vendrá, exclamaba, el héroe predilecto
de esta cumbre gigante!".

El cóndor, al oírlo, batió el vuelo;
lanzó ronco graznido,
y fue a posar el ala fatigada
sobre el desierto nido.

Inquieto, tembloroso, como herido
de fúnebre congoja,
pasó la noche, y sorprendiólo el alba
con su pupila roja.

II

Enjambres de recuerdos punzadores
pasaban en tropel por su memoria,
recuerdos de otros tiempos de esplendores,
de otros tiempos de glorias,
en que era breve espacio a su ardimiento
la anchurosa región del vago viento.

Blanco el cuello y el ala reluciente,
iba en pos de la niebla fugitiva,
dando caza a las nubes en oriente;
o con mirada altiva
en la garra pujante se apoyaba
cual se apoya un titán sobre su clava.

Una mañana, ¡inolvidable día!,
ya iba a soltar el vuelo soberano
para surcar la inmensidad sombría,
y descender al llano
a celebrar con ansia convulsiva
su sangriento festín de carne viva,

cuando sintió un rumor nunca escuchado
en las hondas gargantas de occidente:
el rumor del torrente desatado,
la cólera rugiente
del volcán que, en horrible paroxismo,
se revuelca en el fondo del abismo.

Choque de armas y cánticos de guerra
resonaron después. Relincho agudo
lanzó el corcel de la argentina tierra
desde el peñasco mudo,
y vibraron los bélicos clarines,
del Ande gigantesco en los confines.

Crecida muchedumbre se agolpaba,
cual las ondas del mar en sus linderos;
infantes y jinetes avanzaban,
desnudos los aceros,
y, atónita al sentirlos, la montaña
bajó la frente y desgarró su entraña.

¿Dónde van? ¿Dónde van? Dios los empuja,
amor de Patria y libertad los guía:
¡donde más fuerte la tormenta ruja,
donde la onda bravía
más ruda azote el piélago profundo,
van a morir o libertar un mundo!

III

Pensativo, a su frente, cual si fuera
en muda discusión con el destino,
iba el héroe inmortal que en la ribera
del gran río argentino
al león hispano asió de la melena
y lo arrastró por la sangrienta arena.

El cóndor lo miró, voló del Ande
a la cresta más alta, repitiendo
con estridente grito: "¡Este es el grande!".
Y San Martín, oyendo,
cual si fuera el presagio de la historia,
Dijo a su vez: "¡Mirad! ¡Esa es mi gloria!".

IV

Siempre batiendo el ala silbadora,
cabalgando en las nubes y en los vientos,
lo halló la noche y sorprendió la aurora;
y a sus roncos acentos,
tembló de espanto el español sereno
en los umbrales del hogar ajeno.

Un día... se detuvo; había sentido
el estridor de la feroz pelea;
viento de tempestad llevó a su oído
rugidos de marea;
y descendió a la cumbre de una sierra,
la corva garra abierta, en son de guerra.

¡Porfiada era la lid! Por las laderas
bajaban los bizarros batallones,
y penachos, espadas y cimeras,
cureñas y cañones,
como heridos de un vértigo tremendo,
¡en la cima fatal iban cayendo!

¡Porfiada era la lid! En la humareda
la enseña de los libres ondeaba,
acariciada por la brisa leda
que sus pliegues hinchaba:
y al fin entre relámpagos de gloria,
¡vino a alzarla en sus brazos la victoria!

Lanzó el cóndor un grito de alegría,
grito inmenso de júbilo salvaje;
y, desplegando en la extensión vacía
su vistoso plumaje,
fue esparciendo por sierras y por llanos
jirones de estandartes castellanos.

V

Desde entonces, jinete del vacío,
cabalgando en nublados y huracanes
en la cumbre, en el páramo sombrío,
tras hielos y volcanes,
fue siguiendo los vívidos fulgores
de la bandera azul de sus amores.

La vio al borde del mar, que se empinaba
para verla pasar, y que en la lira
del bronce de sus olas entonaba,
como un grito de ira,
el himno con que rompen las cadenas
de su cárcel de rocas y de arenas.

La vio en Maipú, en Junín y hasta en aquella
noche de maldición, noche de duelo,
en que desapareció como una estrella
tras las nubes del cielo;
¡y al compás de sus lúgubres graznidos
fue sembrando el espanto en los dormidos!

¡Siempre tras ella, siempre!, hasta que un día
la luz de un nuevo sol alumbró al mundo,
el sol de libertad que aparecía
tras nublado profundo,
y envuelto en su magnífica vislumbre,
¡tornó soberbio a la nativa cumbre!

VI

¡Cuántos recuerdos despertó el viajero,
en el calvo señor de la montaña!
Por eso se agitaba entre su nido
con inquietud extraña;
y, al beso de la luz del sol naciente,
volvió otra vez a sacudir las alas
y a perderse en las nubes del oriente!

¿A dónde va? ¿Qué vértigo lo lleva?
¿Qué engañosa ilusión nubla sus ojos?
Va a esperar del Atlántico en la orilla,
los sagrados despojos
de aquél gran vencedor de vencedores,
a cuyo solo nombre se postraban
tiranos y opresores.

Va a posarse en la cresta de una roca,
batida por las ondas y los vientos,
¡Allá donde se queja la ribera
con amargo lamento
porque sintió pasar planta extranjera
y no sintió tronar el escarmiento!

¡Y allá estará! Cuando la nave asome
portadora del héroe y de la gloria.
Cuando el mar patagón alce a su paso
los himnos de victoria,
volverá a saludarlo, como un día
en la cumbre del Ande,
para decir al mundo: ¡Éste es el grande!

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