miércoles, 12 de marzo de 2014

MARTA MACÍAS [11.202]


Marta Macías 

Nació en Tres Arroyos, Provincia de Buenos Aires. Llegó a La Plata para estudiar Letras y en esta ciudad se afincó definitivamente. Es escribana. En 1965, cuando sólo tenía 16 años, publicó Sombras azules, su primer libro de poesía. A éste le siguieron: Vientos de fragua (1967), Series del ermitaño (1970), Fabularia (1990), La piel del mar (1992), Cita en Port-Lligat (1994), Arenas del ocaso (1999), Él (2006) y La casa azul (2010). Su obra fue premiada por diversas instituciones e incluida de manera parcial en publicaciones colectivas. Paralelamente a su actividad poética, realiza videos, compact disc y espectáculos donde conjuga literatura, música, pintura y fotografía. En la actualidad, ejerce la presidencia de la Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires. “En el caso de Marta Macías –escribió Luis Ricardo Furlan en Valor de la palabra N° 23, Madrid, 1990–, su tono es comunicativo, con fraternidad calórica, propicia a un entendimiento con los otros mediante la búsqueda de circunstancias compartibles, no meramente anecdóticas”. Para Enrique Sureda, por su parte, la autora “Compagina, sin cortinados ni artilugios, raíces líricas profundas, expresadas a través de entonaciones que se insinúan en lo metafísico y la sensualidad”.









AMOR (Chascomús, un cumpleaños)

Qué tiempo fue 
donde alcanzó el velero
la pausa, arena de infatigable viaje

ayer
hoy mismo
el canto de sirenas
y vamos al encuentro
esperanzados, rotos los hilos
desde siempre libres,
y más esclavos de nuestro amor,
esclavitud extraña
dibuja mis manos en las tuyas
tu piel tan conocida
el mismo hueco
la misma sombra 
el mismo rostro triste
porque se nace así

el tiempo de crear vida
sin luciérnagas,
de iluminar los torpes hoteles
hallar otro nombre para las cosas
grises, utilizadas, 
y dar sentido 
a tanto estupor que nos rodea.


Qué tiempo fue aquel, niña extraviada
de olor a menta y caramelo
y tu el viento detenido 
justo en el sitio 

donde debía ser…

Qué tiempo fue…
Hoy yaces a mi lado
puedo extender mis brazos y rozarte
mujer de siglos
gaviota que buscará tus huellas.

Tienes algo de mar en este lecho
el torrente de luz que me atraviesas,
la lucha que oscurece el horizonte,
la púrpura surcando venas voraces,
el piélago 

nos arroja al infinito espacio
para descendernos plenos 
amanecer azul.

Unívocos
puedo rozarte
cosmos
llorar por todas las hendiduras
que no se cierran
mientras me llegas 
ternura de miel a conformar.

Qué tiempo fue
quién lo marcó indeleble
Amor.

13-10-68






Por una sonata de Brahms

Por una sonata de Bramhs
me dejo ir
el teclado no se detiene
alborozadas alas 
para no plañir el triste andar del reloj,
el instante, el conocido minuto
tómame espacio partícula tuya
es tanta brevedad la que me abruma.

Callado vagabundo 
Vapuleado visir
alfa y omega.

Este danzar 
de principio a fin
alfarero de sueños
quedarme en la estadía
de cincelar el llanto 
que nos persigue…

Por una sonata de Brahms
me dejo ir 
sabor de algas y coral
aquí en el opaco brillo
del asfalto

vieja tentativa
es tanta brevedad la que me abruma. 

25-6-69






la mano dibujará una niña
y sabrás de una ciudad ronca
que se descubre, te ubica en cualquier vereda
te atrapa de un sol nuevo
y te besa de libertad.

Tu la conoces,
has aprendido andar con ella
te apoyas en su nostalgia de papel
y colectivo,
compraste una flor 
para continuar creciendo dentro tuyo
desafiaste el semáforo
encendido de rabia,
guerrillera sin metralla
paseas tu ternura nunca saciada 
--donde muere un camino 
se abre otro.
¿Quién conoce el secreto de las terminales?


Sabrás de golpes y de resistencia, de espaldas encorvadas
y de mirada firme.

Un palomar perseguirá el arrullo

que esperas.

Ah, ciudad dormida, aliada en persistencia

y en entrega. 

8-10-71





Arenas del ocaso

Ríos de desencuentros,
¿acaso tocó tu mano la fugacidad del tiempo?
La voz es una letanía,
y te vuelves sin goce hacia ella.
Veo tu sombra recorrer la casa,
tu soledad no deja resquicios,
eres un camino olvidado.
Árbol de aserradero.
La gata clava sus ojos inexpresivos
sobre los tuyos.
Oscuro duelo.
Están los objetos
aquellos que nos acompañan,
un libro, un crucigrama,
pequeña brisa.
¿Cómo retomar caminos
desenterrados por la memoria?
La fugacidad del tiempo,
la carne corruptible.
¿El pensamiento
es
lo eterno?
Te estás yendo,
en el costado está tu propia llaga.

Te vas
contra el desamor,
los tiempo venideros,
la torpeza esperada.
El sueño al que regresas cada día
como tender una empalizada,
trincheras en una guerra sin soldados,
contra el silencio,
estupor del vacío.

Mi voz se quiebra en los infortunios.
¿Dónde el mar, el abrazo salobre
que unía nuestra inmensidad?

Tu partida la preparas cada mañana
en las cosas simples
que alguna vez amamos.
Te habitas de ausencias
y el llanto es lo frustrante de toda vida,
la certeza de lo perecedero.
Suicida navegas en mares de cartones pintados
que de ficticios se llevan tu sueño.
Lo único tuyo.

Desprotegido niño,
quiero arroparte para el viaje.
Darte ese heliotropo
que nadie compartió.
Mi pie alado
en tiempos de verano,
sobre la arena del ocaso.

Fuente: La piel del mar, El Editor Interamericano, La Plata, 1992.







En la Gran Vía lo vi

En la Gran Vía lo vi,
era casi un niño.
Bello con el desenfado
de su camisa verde
de milicias
y sus botas texanas.

Respiraba en su piel
un tatuaje siniestro.

Ese muchacho en la Gran Vía
no estaba allí:
escalaba paraísos
alpinista en peligro.

¿Qué hace ese muchacho en la Gran Vía?

¿No tiene quién lo mime?

El sacará fuerzas de sus pasos torpes
con su walkman en los oídos
y la música será una frazada.

Está desnudo
y tirita de frío
en la tarde calurosa de Madrid.

Fuente: Cita en Port-Lligat, El Editor Interamericano, La Plata, 1994.









La bohème 

(Aproximación a Puccini)

No es París, pero parece París.
Sus arrabales, las Novias de la Noche.
El hospital de camas grises.
Mimí tiene la sonrisa de saberlo.
Toca lo magro de su cuerpo.
Las ojeras son opacos rastros del placer.

Vivir y morir
y el amor brota en su sangre contaminada.
Leprosa de este tiempo.
Mimí muere, en cualquier lugar.
Y las enfermeras asépticas
con sus guantes y jeringas descartables.
El sudor en la frente.

Espera a Rodolfo. Vendrá.
Alegres los llevará la noche hacia la fiesta,
el goce intenso de la piel penetrará,
dulce,
como el champagne,
en el corazón.

Mimí tiene la sonrisa de saberlo.

Fuente: Arenas del ocaso, El Editor Interamericano, La Plata, 1999.



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