viernes, 21 de marzo de 2014

FELIPE DE OLIVEIRA [11.304]


FELIPE DE OLIVEIRA

(Rio Grande do Sul, Brasil   1891-1933. Aunque murió muy joven y solo publicó dos libros: Vida extinta, 1911, y Lanterna verde, 1911, ejerció importante influencia sobre la generación modernista, en el momento en que diversas tendencias debatían su predominio en la poesia brasilera. A su muerte, una sociedad de amigos se constituyó con su nombre, y editó sus Obras en 1937. En su segundo libro mostró una poesía libre, fuerte, original, de la que es una buena muestra el poema que traducimos, que es el más conocido y admirado.)





EL EPITÁFIO QUE NO FUE GRABADO

Todos sintíeron cuando entró la muerte
con un vivo temblor retardatário.

La que había de morir —la que esperaba—
cerró los ojos
fatigados de ver el mal entendido de la vida.

Los que la lloraban sabíanla sin pecado,
consoladora de los afligidos,
boca para el perdón y la indulgência,
cuerpo sin deseo,
voz sin amargor.

La que había de morir cerró los ojos,
fatigados pero tranquilos....
porque los que la lloraban nunca sabrían
del rencor despiadado de su boca,
dei deseo saciado de su cuerpo,
la amargura de su voz,
la angustia de arrastrar hasta el fín el alma postiza que le hicieron,
el cansancio inmenso de ahogar, secretos, en la carne ansiosa,
la perfección y el orgullo de pecar.

La que había de morir cerró los ojos para siempre
y los que la lloraban
nunca supieron de aquel que, junto al lecho,
cuando paróse el corazón exhausto,
fue el más distante,
el más indiferente,
el que no sollozó,
el que no pudo alzar los párpados pesados,
el que sintió clamar en la sangre la desesperación de sobrevivir,
el que estranguló en la garganta el grito desgarrado de los solitarios,.
el que depositó, sobre Ia serenidad de la muerte purificadora,
la redención dei silencio
como votiva piedra de sepulcro.

(De Lanterna Verde, trad. de Simón Latino.)







O Epitáfio que não foi Gravado

Todos sentiram quando a morte entrou
com um frêmito apressado de retardatária.
A que tinha de morrer, — a que a esperava, —
fechou os olhos
fatigados de assistirem ao mal-entendido da vida.

Os que a choravam sabiam-na sem pecado,
consoladora dos aflitos,
boca de perdão e de indulgência,
corpo sem desejo,
voz sem amargor.

A que tinha de morrer fechou os olhos fatigados,
mas tranquilos...
Porque os que a choravam nunca saberiam
o rancor sem perdão de sua boca,
o desejo saciado de seu corpo,
o amargor de sua voz,
a sua angustia de arrastar até o fim a alma postiça que lhe
                                                                  [fizeram,
o seu cansaço imenso de abafar, secretos, na carne ansiosa,
a perfeição e o orgulho de pecar.

A que tinha de morrer fechou os olhos para sempre
e os que a choravam
nunca souberam de alguém que foi de todos junto ao leito
                            [à hora do exausto coração parar
o mais distante,
o mais imóvel,
o que não soluçou
o que não pôde erguer as pálpebras pesadas,
o que sentiu clamar no sangue o desespero de sobreviver,
o que estrangulou na garganta o grito dilacerado do solitário,
o que depós, sobre a serenidade da morte purificadora,
a redenção do silêncio,
como uma pedra votiva de sepulcro.

Lanterna Verde — Edição de Pimenta de Melo e Cia. - 1926 - Rio de
Janeiro — págs. 66-69.








ENCRUZILHAMENTO DE LINHAS

Núcleo de convergência no bojo da noite oval.
Lanterna Verde
(amêndoa fosforescente
dentro da casca carbonizada)

Longitudinal, centrífugo,
o trem racha em duas metades
a  espessura do escuro
e, cuspindo pela boca da chaminé
as estrelas inúteis à propulsão,
atira-se desenfreado
nos trilhos livres.

Mas se o maquinista fosse daltônico
a locomotiva teria parado.

         (Lanterna Verde, Rio de Janeiro: Edição Pimenta de Mello, 1926





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