sábado, 1 de marzo de 2014

EVA M. VERGARA [11.115]

Eva M. Vergara (Foto de R. M. S.)

EVA M. VERGARA 

(La Habana, Cuba, 1966) llegó a los Estados Unidos en 1989. Cursó estudios de Literatura Inglesa en el Miami Dade College. Ha publicado el libro de relatos, Mirada desde un submarino blanco, Editorial Silueta, 2009. Uno de sus cuentos fue incluido en Palabras por un joven suicida (Editorial Silueta, Miami, 2006). Tiene inédito el libro de relatos Ceremonia de salutación.







Hasta que su silencio me alcance

a Rolando Jorge


Se voló la tapa de los sesos and missed!
Andar el corredor, los jóvenes pasan a tu lado,
sus manos distraídas en el teclado minúsculo
voces en ocasiones indescifrables, la velocidad las domina
bajas las escaleras el rótulo vuelve a llamar tu atención
¿cuántas veces al día te tortura con su presencia?
down, contrapones el up y tu cerebro momentáneamente se contenta.
Otro escalón y otro, el joven autista casi te atropella,
apartas tu cuerpo en un segundo físico salvado
tu mente se aleja sobre su espalda, reposa en la maleta roja, te sonríe
su mano en un perpetuo hasta luego.

Se voló la tapa de los sesos y falló.
La conversación incoherente, el miedo en ti y la ira como única arma
lo sabes, y no hay control en tu voz
la explicación repetida, enumerar argumentos
este lunes, como el domingo anterior y el pasado jueves.
Tu madre te escucha obediente, en el espejo su rostro envejecido
bajo la gorra el cráneo desnudo
abre el vanity y cubre su rostro de polvo
pasa el creyón crema sobre los labios
y repite la obstinada pregunta
como en este lunes, aquel domingo y ese distante jueves.

Se voló la tapa de los sesos y falló.
La una y treinta, el gato sobre tus muslos no te permite mover
su barriga expuesta a la caricia, pasas tu mano por su panza,
aprovecha tu debilidad y te muerde.
De la ventana, temes, los ojos rojos del cerdo, ¿quizás?
De la puerta al ático en el baño, temes, la bocina de un barco, ¿tal vez?
De tu cerebro, bajo la nuca, temes, el recorrido de unos pasos y su voz,
                          [¿acaso?
Un puente legendario, el mar recibiendo al simio,
en el horizonte las columnatas, entrada a la ciudad, se disuelven
un hombre te muestra el feto lacerado de un animal
un corredor a oscuras, una habitación a la derecha, y una frase insistente
el lavabo incrustado en el piso,
un chorro de agua transparente se pierde en la cloaca
te inclinas…
Ozu se sobresalta y corre lejos de ti
extiendes las piernas libres de su peso, el glúteo izquierdo adormecido
ocho horas sobre una silla, cuatro o más sobre el sofá
de una pantalla a otra y viceversa, hasta el infinito
y una frase insistente:
Aguardando siempre hasta que su silencio me alcance.







Siento envidia de mi vecino,
con su Regaetton y Dyango.
Su desafinada voz proyectada sin pudor contra el crepúsculo.
No pensamiento a retorcerle el cuerpo
no vacío en el estómago, el pecho.
Los domingos de Dominó y cerveza,
el equipo de música en el patio
amigo del insomnio.

Siento envidia de mi vecino
su natural desenfado,
sólo cuenta la felicidad inmediata.
El auricular al oído
La conversación anunciada,
la llamada a Cuba entre gritos y
frases que se cortan.
Lázaro bien, y nada yo aquí en la lucha.
Sí, sí me sale gratis.
Na’ tú sabes, se resuelve.

La mañana fría, y su silueta –máscara compungida–
recorre el estacionamiento.
Frente a la reja interrumpe “la hora”
de visitas obligadas,
su rostro serio y su boca pidiendo disculpas.
Usted sabe, es Noche Buena y tengo invitados.
No se preocupe, le digo instintivamente.
Retrasa sus pasos,...
con qué orgullo se vuelve a casa,
mi mirada fija en su espalda desnuda.
Cumplí bien, imagino escucharle.
Sonrío a pesar de...







Todo está bien, el tropezar del agua sobre la fuente
la frialdad contenida tras la puerta, este banco,
la mesa roturada: un ojo, un yes, una fórmula,
la fecha de un aniversario, quizás,
corazones y nombres amarrados
caligrafías finas y otras indescifrables.
Bajo el toldo verde,
acurruca su mirada, escapa de sí.
Todo está bien, las palmadas de una joven
en la distancia,
el estallido de la puerta al cerrarse,
el golf cart asustando peatones…
y el silencio de las plantas.
Todo está bien –en orden–,
la mujer en la silla de ruedas, el Parkinson
atragantándole la voz en la tráquea
la amenaza del tubo y el alimento obligado.
El pensamiento honesto, irrealizable
y la mano inmutable a saldar esta cuenta.
Todo está bien.


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