domingo, 16 de marzo de 2014

ANTONIO CONTE [11.247]


Antonio Conte 

(La Habana, Cuba 1944 - Miami, EE.UU. 31 Julio, 2012)
Poeta, narrador, periodista, profesor universitario, guionista cinematográfico. Obra publicada en poesía: Afiche rojo (1969), Con la prisa del fuego (1978), En el tronco de un árbol (1983), Ausencias y peldaños (1986). Ha publicado los libros de cuentos: Agua del recuerdo (1985), Y vendrá la mañana (1986)

El poeta y periodista cubano Antonio Conte -1944-2012- murió la madrugada del 31 de julio,  en el exilio de Miami. Como los poetas no mueren, mucho menos en una noche estrellada, es la vida que lo puso a dormir definitivamente.

Eran los años setenta del siglo pasado cuando nos saludábamos por las calles de La Habana, donde nació. Flaco, nervioso y enamorado como un loco de Aurora, una negra más bella que Nefertiti.

En todos sus libros publicados de poesía –Afiche rojo, Con la prisa del fuego, En el tronco de un árbol, Ausencias y peldaños, Definición del humo, y otros de cuentos y novela- Antonio Conte le cantó no sólo a cada una de las mujeres que pasaron por su vida, sino a la Mujer universal y total como madre de la humanidad.

Sufrió el exilio. Lo sabe el dictador cubano. Como cada uno de los millones de víctimas que pueblan el mundo y que pudieron escapar del infierno castrista. Me consta también su nostalgia, que se moría de deseos por caminar las calles del Vedado, atravesar la bahía en las lanchitas de Regla y Casablanca, por tomarse un guarapo, su bebida preferida desde pequeño.

Hizo, no hay dudas, versos de los mejores, de los que nos representarán a través del tiempo como valiosos supervivientes  de nuestra tristeza común, la de vivir en tiranía y casi morir en ella.

Es por eso que El Niño Conte –así le decíamos  los que lo amábamos-, no quiso alejarse demasiado  de su suelo patrio y partió de Bogotá a Miami; tampoco olvidarlo a través del humo cruel de la distancia y se consagró en cuerpo y alma a la prensa independiente de Cuba, dedicándole  sus viejos conocimientos como redactor y corrector de estilo en la página de Cubanet, donde trabajó durante doce años.

El, que sabía contar cómo las muchachas lo resucitaban de las balaceras del destino, que era capaz de llorar en un cementerio de Angola, o por la muerte de su amigo Roque Dalton, ahora quizás nos pueda explicar cómo es de difícil morirse en el exilio, con tanta patria enferma doliendo en el corazón.

Él, que murió mientras contemplaba cómo dormitaba la pasión de las calles libres, en una apacible madrugada, tal vez  pueda explicarme si en el fondo de un espejo roto está escondida la muerte y si la muerte es ese pájaro enloquecido que entra de súbito por la ventana, para avisarnos que se nos acaba el tiempo.

Al final de su libro Definición del humo, dejó escrito lo siguiente: ¨…les digo a todos, alegre como un niño, que si muero mañana me incineren temprano, para que mi ceniza descanse en claridad, me lancen sobre el manto marino, y que no se vaya nadie¨.

Antonio Conte murió antes del alba, pensando en sus hijos lejanos, en los amigos de joder la pava, en los muchos que hoy aquí se nos hace un nudo en la garganta para decirle nuestro último adiós.




REVOLUCIÓN

disparato inclusive las trastiendas.
el amor es un tango, me dijeron dos vírgenes
creadas por la imaginación.

que nadie crea que mañana estaremos complacidos
de tener lo que sea.
cuando se piensa en ti, suave es el sueño, y el pensar
ambiciona la ternura más honda; pero escucha:
nunca te vayas a creer que el mundo
se puede componer sembrando panes.






HACE CALOR AQUÍ

Vivo callando en juego con las balas,
cañones de dos filos, aguaceros;
y tantos, tantos besos prisioneros
como versos habitan en sus salas.

Vivo al sol, al insomnio, a las galas
de ser sin ser yo mismo, franco y fiero,
empuñando la noche en el acero
de un fusil y un recuerdo con dos alas

para volar a donde usted responde
por las cosas ocultas y habituales;
para hablar con usted, que se me esconde

en tiernos laberintos tan amables,
que estamos, usted y yo, quién sabe dónde,
peleando con mis armas y sus sables.






INFANCIA

los niños, allá afuera
gritan, despedazan el césped,
ambicionan la esfera musculosa para patearla; 
se escurren entre cercas, se golpean, 
se abrazan fuera del tiempo
como si con eso entrelazaran los continentes.

los niños, allá afuera
les van creciendo el corazón a travesuras,
a rasguños, a reírse de los mayores,
y se sienten felices de tirotear los pájaros.







Camino de Harar

Arthur Rimbaud, con su cabeza de caballo loco
no visita su puesto comercial en las húmedas tardes.
No se le ven las greñas cerca de la mezquita
ni se ha visto su sombra trasnochar en las piedras.
Camino de Harar sólo se ven las cumbres nebulosas
y el frío negro de la tierra, donde no hay ilusiones
ni el fuego de las grandes capitales.
Camino de Harar los niños desolados pastorean la inmensidad
como si no tuvieran otra cosa que hacer.
Arthur Rimbaud habrá visto las cavernas del mundo 
en los ojos de un ángel pequeñito.
Pero él no está en Harar, iluminado y loco
para estrechar mi mano cuando paso.
Es otra luz, otros caminos muertos
los que salen a flote después de recorrer los años
de humana incertidumbre que anuncian la prehistoria
por la gran carretera
mientras el almuhecín convoca a los fieles difuntos
y a los fieles devotos de su congregación
elevando las manos hacia el cielo vacío.
¿Qué canta? ¿Qué cantamos los hombres
después que la memoria concurre a estas paredes
donde se multiplican la orfandad y la ruina?
Arthur Rimbaud, con su cabeza de caballo loco
ya no está aquí. Y a veces, en los huertos cercados
contra el viento y las hienas
mil voces rugen como espíritus sueltos de lejanas prisiones
para poblar las noches, camino de Harar.







Testamento de ceniza

A mis amigos,
a mis hijos,
a mis novias queridas,
a mis amantes desterradas,
a mi madre en su trono de palabras,
a mi padre, titán de las mañanas,
a la rosa que ignora su fuego natural,
a las noches que ya no serán mías
pero estarán iluminando
cuerpos desnudos y adorables,
a los torturados
por el rencor y el desencanto,
a los atardeceres otoñales de Roma
sobre la plaza España,
a las nubes que son países y animales
a la ceiba fragancia de la Fraternidad,
al Seminario de San Carlos, a cuyas puertas
ella dulcificó mi rostro para siempre,
a la curva armoniosa del Malecón
perdiéndose en la claridad de un beso,
a todos los que he visto destrozarse en la selva,
a los que he destrozado
en las calles del alba,
a las calles del barrio donde amé
un rescoldo de futuro que es arena en los ojos,
al eterno deseo,
a los versos que no verán mis manos;
les digo a todos, alegre como un trino,
que si muero mañana me incineren temprano
para que mi ceniza descanse en claridad;
y que me lancen sobre el manto marino,
y no se vaya nadie
hasta que aquella incertidumbre
que fue mi vida entera
se disuelva en la dulce pirueta de las olas.








Retablo para Wichy

Los amigos
acuden al convite de un muerto
en su único estado posible,
entre solemne y solo, entre profundo y místico,
aromado para siempre
por un mar de palabras tan hermosas
como su mano en el aire,
despidiéndome bajo un cielo que había que ver,
mientras dos muchachas se aferraban a nuestros ojos,
temerosas de que escapáramos
bajo aquel cielo cruelmente azul de mayo.
Aquí quedamos los amigos
para llorar o hacer cuentos, o recordar
cada quien a su modo,
cada cual a su abismo, porque el muerto era ubicuo
como una ráfaga de amor e ironía,
con su manera envolvente de mentir,
hacer planes, y casi siempre
contagiarnos de su ingenio;
ahora nos convida a los amigos
a los eternos deudores
de su enorme cabeza de zanahoria,
nos invita el poeta a que estemos con él,
no en su extensa morada de tierra y frío,
sino en la feria grande de la vida
que modeló su verso
porque nunca sabremos
la cantidad exacta de yerbabuena y de ternura
que nos lega un poeta cuando muere.
Excluyo, por inútil,
toda evolución filosófica,
todo intento de veivindicar
o explicar su muerte.
Sólo que es absurdamente del carajo, y posible,
aunque el muerto haya sido un gran muchacho
que siempre supo el santo y seña del problema;
que amó,
que jodió mucho,
a veces lo jodieron,
y escribió durante años
con el espectro de John Donne
y otro mundo de espíritus que rodeaba a su casa
a la santísima hora de encontrar
la palabra definitiva.
Aún puedo ver el sol encendido
tras los alambres del teléfono;
la ciudad es un canto coral
de luces y aparejos
que no repara en tu silencio,
mientras el mar se escapa a otros países
donde fuiste un transeúnte anónimo
junto a la nieve y el deseo,
un ignorado comensal de hoteles
y espantosos caminos
rociados con amores y desgracias.
Aquí están, los amigos,
estas líneas espesas son para ellos,
para hacer más humano el convite
del muerto, del poeta
que nos deja, justo a la edad
en que la confradía
ya comienza a morir
de ausencia y aguaceros.

 (Julio de 1985)







XXIII

venir de atrás, salir del tiempo
con la expresión sanguínea.
pediré que renieguen, que salgan del absurdo;
vivir con la última voz, con la noticia
del diario distinguido, esa no es la vivencia
que proclamo.

pido una pausa para que ustedes sigan
almacenando aplausos.
pero yo sigo sosteniendo
que hay que cambiar el infinito,
no porque lo prediquen cuatro burros burócratas,
sino porque es de humanos concebir la justicia
de forma que los niños no se vuelvan cotorras.

(Afiche Rojo)






Salmos

Uno
Viéndome ahora con sesenta años
y más canas que sueños en la testa,
siento que el corazón sí me molesta,
pero no alberga muchos desengaños.

No soy ni melancólico ni huraño,
y tengo el alma lista, bien dispuesta.
Voy lo mismo a un entierro que a una fiesta
y con agua dietética me baño.

Me adoro una mujer que ya ni nombro,
y en general, he amado a mi manera
sin demasiado peso sobre el hombro.

Voy a morir de infarto un día cualquiera,
sin lluvias, sin caminos, sin asombro,
con tus ojos, muchacha, en la cartera.

(Definición del humo)

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