sábado, 15 de febrero de 2014

ARTURO CAMBOURS OCAMPO [10.952]


Arturo Cambours Ocampo 

Nació en Buenos Aires, ARGENTINA en 1908 y murió en dicha ciudad en 1996.  Fue poeta, narrador, dramaturgo, ensayista, crítico, docente y gran polemista. En una entrevista publicada en 1966 en el diario El Día, él mismo se encargó de apuntar sus vínculos con La Plata: “Yo nací en Buenos Aires, pero mis abuelos siempre vivieron en La Plata; tengo muchos parientes a los que quiero y recuerdo permanentemente. Las vacaciones de mi niñez las pasé en esta ciudad. Mis primeros pantalones largos los estrené en La Plata... Hice la conscripción en el 7° de Infantería. Viajé, recorrí el mundo y volví a La Plata”. En esta ciudad, también ejerció la docencia en establecimientos secundarios y en la Universidad, fue Director del Instituto de Investigaciones Literarias y del Instituto de Literatura Argentina e Iberoamericana, ambos organismos dependientes de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, y Director del Instituto de Literatura de la Provincia de Buenos Aires. En La Plata, asimismo, fundó las revistas Poética, Hipocampo (con Marcos Fingerit y Vicente Barbieri), Movimiento (con Marcos Fingerit) y El potro en el viento (con Pedro José Peláez Vildósola). Publicó seis libros de poesía: El reloj de la hora bailarina (1929), Suburbio mío (1930), Mucho cielo (1931), Sur Atlántico (1932), Naufragio en la tierra (1938) y Poemas para la vigilia del hombre (Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires, 1939, reeditado en 1940 y 1966 con la inclusión de “El rostro de la patria”, poema publicado en forma independiente por Hipocampo en 1940). Dichos libros fueron reunidos, posteriormente, en un solo volumen: La soledad entre las manos (1949). Fue muy difundida y comentada, además, su antología La novísima poesía argentina, aparecida en 1931. Su único libro de relatos es Historia de la noche (1942). Como dramaturgo, dio a conocer las siguientes obras: Max, la maravilla del mundo (1935), Rumba de muerte (1936), Paralelo 28 (1937), Una mujer vestida de silencio (1940) y El delirio del viento (1947). A partir de la década del 50, abandonó la poesía y el teatro para abocarse exclusivamente a la investigación literaria, convirtiéndose en un crítico implacable y publicando interesantísimos y polémicos trabajos; entre ellos: Indagaciones sobre literatura argentina (1952), Verdad y mentira de la literatura argentina (1962), El problema de las generaciones literarias (1963), Teoría y técnica de la creación literaria (1966), Lenguaje y creación (1970), Literatura y estilo (1985) y Literatura y polémica (1987). En la solapa de este último libro, Horacio Salas lo describe como “el máximo conocedor de literatura argentina, el mayor hurgador de movimientos literarios, el hombre que guarda en su biblioteca los volúmenes más increíbles de las letras nativas”. En cuanto a su obra lírica, reunida en La soledad entre las manos, escribió Ildefonso Manuel Gil el 24 de junio de 1951 en el Heraldo de Aragón, España: “En uno de sus poemas amorosos hay dos bellos versos, que se me antojan clave de toda su poesía: ‘Este mar sin orillas que hoy invento/ va desde el corazón hasta la rosa’. Desde el propio corazón, desde su entrañable intimidad, va el poeta hacia todas las cosas. Su unión con el mundo exterior, sublimada, es la fuente de su poesía”. Y agrega más adelante: “En los sucesivos libros, la poesía de Arturo Cambours Ocampo va ganando una mayor amplitud; su firme raíz porteña se universaliza, ensancha su mensaje y alcanza los mejores frutos. Y siempre con una gran riqueza expresiva, con brillantes y originales metáforas, con una belleza mantenida tanto en el verso libre y blanco como en los poemas estróficos”. Cambours Ocampo perteneció a la generación del 30, también llamada “intermedia”, y fue uno de los más acérrimos defensores de la misma cada vez que se cuestionó su existencia.




MARÍA

Mujer de obrero;
sucia y cansada como baraja de almacén.

Tanto lavar la copa
se humedeció tu alma.

Mujer de obrero;
esperanza cuajada en el trabajo.

Todos los días luchas contra el hambre,
todos los años tienes un hijo,
toda la vida traspirarás miseria.

En la trayectoria de la honradez,
eres el final incomprensible.







Diálogo con O. V. de Milosz

Bajo la lluvia, más tarde,
en la terrible tarde, levantarás los ojos del libro vacío
y yo veré las chalanas amarradas, los barriletes, el carbón...

Ahora que ya no grita la sirena sobre el río;
ahora puedes desatar las preguntas.

¿Qué hacer? ¿Huir? ¿Pero dónde? ¿Y para qué?

Y ésta es la verdad.
Así como el tiempo repite los días,
el hombre repite las preguntas.
Así como los días repiten las horas,
con esa pálida monotonía de paisaje,
el hombre deja correr el manantial de sus preguntas
a lo largo de la patria, en torno de los bosques,
junto a las altas tumbas
y en la ribera estrellada de las cunas.

¿Qué hacer? ¿Huir? ¿Pero dónde? ¿Y para qué?

El hombre, como los pájaros que plegaron las alas,
ya no puede viajar hacia las lágrimas.
El mar, la piedra, el árbol: uniformes, ciegos de luz,
estancados, sujetos a la naturaleza.

En cambio, él tiene las pupilas despiertas y encendidas,
tiene la pasión de la noche y el corazón ardiendo;
él es el espectáculo del mundo,
renovado en la estela invisible de la muerte,
renovado en el amor y en el odio;
destruido en las llamas implacables del tiempo,
destruido en la soledad sin orillas del otoño.

Así es el hombre,
y así lo ven el mar, la piedra, el árbol, por todos los caminos.

Cuando te preguntaron, respondiste:

Mis días son como los poemas olvidados en los armarios
que huelen a tumba.

Los días del hombre tienen cara de olvido
y una voz sin eco, sin color,
cansada de llamarnos.

¡Oh, vida! ¡Oh, amor sin facciones! Toda esta arcilla
ha sido removida, rastrillada, desmenuzada,
hasta los tejados donde el propio dolor encuentra un sueño en una llaga.

Después, la sombra desconsolada del llanto
nace junto a los muros en la casa del hombre.

Es el dolor sin peso ni medida.

Es el horizonte que se acerca a nosotros
sin tener en cuenta su propio destino.

Es la angustia de saberse en la vida
como el barro en el charco,
como la flor en la rama de la primavera.

Es la felicidad de saberse, también, por encima del barro,
del charco, de la flor y de la primavera.

De saberse en el cielo, quemado humildemente por el cielo.

De saberse hombre iluminado de preguntas.

Fuente: Poemas para la vigilia del hombre, Arturo Cambours Ocampo, El Ateneo, Buenos Aires, 1939.






Mar sin orillas

Estás en mi recuerdo, misteriosa,
diáfana y fugitiva como el viento.
Tengo en mi voz el estremecimiento
de tu voz, encendida y prodigiosa.

Estás en mi recuerdo, temblorosa,
con el misterio de tu triste acento.
(Este mar sin orillas que hoy invento,
va desde el corazón hasta la rosa.)

No consigue matarte mi ternura
ni logra mi pasión aborrecerte.
Eso eres tú: ausencia que perdura.

Sólo en sueños de nácar puedo verte,
mujer del alba y de la tierra pura,
como se ve la sombra de la muerte.

Fuente: Boletín del Instituto de Investigaciones Literarias N° 4, Universidad Nacional de La Plata, Buenos Aires, 1949.







POEMA

Vecina;
has retenido la tarde
en tus pupilas.

Linda tu ventana con flores vibrantes.

Pájaro niño - Vecina,
el sol es un juguete.

El día se escurre entre tus manos
como agua de bendición.

Reivindicas palabras olvidadas.

Voz mojada de ternuras
la tuya,

voz para la oración de un imposible.

Pálida y sufrida,
a través de la calle

he besado tu voz.

Publicado en Suburbio mío, Buenos Aires, 1930




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