miércoles, 9 de octubre de 2013

GABRIEL GÓMEZ SAAVEDRA [10.671]


Gabriel Gómez Saavedra 

Nació en 1980 y es oriundo de la ciudad de Concepción, provincia de Tucumán, Argentina. Sus obras han sido incluidas en diversas antologías, medios gráficos (La Gaceta Literaria de Tucumán y Nuevo Diario de Santiago del Estero, entre otros) y digitales de alcance nacional e internacional.
Publicó la plaqueta de poesía “Huecos” (Ediciones del Té, San Salvador de Jujuy, 2010) y el poemario, "Escorial" Editorial Huesos de Jibia 2013.
Ganó el Primer Premio Municipal de Literatura San Miguel de Tucumán en el género Poesía (Región NOA). Fue seleccionado por el Fondo Nacional de las Artes como becario del programa "Pertenencia: puesta en valor de la diversidad cultural argentina".
E-mail: ggomezsaavedra@gmail.com



Poema de agosto

Colando las agallas
entre las rendijas del sol,
se apronta la danza de la mariposa 
y su falda durmiendo a la tarde.

El lila del día camina ya su letargo iniciado.
El salto del cordón a la calle
y un pequeño dulce suicidio 
sudándole a los dedos
me van entregando
la falsa liviandad de una brisa de cobre,
que al lamerme,
revuelve 
la tierra en que asiento férreo mis raíces
y taja el espesor de mi secreto,

quitándomelo,
para derramarlo
como un sacudimiento de brasas
sobre el albino regazo
que ya insinúa tu pecho.

Así transito agosto
o agosto me llega así
(animal inestable
robándole encajes al corazón).

Ahora que el lila se pierde bajo el adoquín
y tras tu risa muerde un temblor:
apura niña el silencio
que al amor y a la muerte
los arrastran trancos largos
hacia el sueño susurrado
que cuelga
por el alma de una flor de lapacho.






Ruta 38

Todavía tengo este dolor desorientado
y la boca seca…
Estoy recién salido
de una ascensión algodonada,
del paisaje donde el blanco lo pisa todo
y uno no termina
de ser engullido.
Ahora me aquieto en esta síntesis
diagramándose de voces superpuestas
y de pasos que gotean con el suero,
cayéndome ajenos
por la baja guardia de la yacencia.

Hay un pedazo de conciencia que se me debe
atrasado entre el caucho frenado,
los metales retorcidos del auto
y los de la rastra cañera;
como si a la luz del oxígeno
temporalmente la enterrara
un golpe de ceniza.

Supongo que es domingo.

Los azulejos
de la sala del hospital
se cuadriculan con las filas
de las hormigas del hielo.
El alto yeso del techo,
el ácido olor de las esterilizaciones
y el cavernoso hueco
del que abandonó la cama de al lado
se intercalan
perteneciéndome.

Sí, debe ser domingo,
la descuidada lluvia
afuera
va como afirmándolo.







Mano

Y sí,
podría no estar
y sin embargo
hace su aporte cortando
el tacaño airecito de la siesta.
Uno la mira y se dice:
“no sirve ni para dar
la más elemental de las señas,
ni para ahuyentarse los mosquitos”.
Es mano mendiga.
De su estirpe es propio
sostener un hoyo
como musgo empollado.

El que está detrás de la mano
ciertamente
no está.
No sabe
que podría ser
una estatua trepada
por las bocinas que se reproducen
en el celo de la calle 9 de Julio
o la improlija caligrafía
trazada
en el fresco cemento
de la vereda.
No sabe que no está
pero no le importa.
Sabe muy bien
que ha fusilado
el límite geopolítico de los días
y que,
si nos atreviésemos a tropezar con sus ojos,
los andamios
sobre los que andamos
se partirían en toda su fragilidad.
Y ya no habría noche
en la que podamos dormir solos
y a oscuras.
Por eso
aunque no esté,
aunque nunca estuvo,
saca la mano
y pide.








Suicida

¿Por qué viene la baguala
y aquí se pone a doler?
Manuel J. Castilla-Rolando Valladares, “Canción de las cantinas”

No pensaba ya
en los templos desviscerados por las mayúsculas
con que los hombres mensuraban su nombre
y lo alejaban.
Ahora sólo quedaba espacio
para extender la mirada hacia el follaje
de los árboles de Plaza Alberdi.
Esbozaba el aire de volcar
todos los cielos ausentes para el porvenir
en el concentrado infinito
de una flor de tarco,
cuando vio pasar
a un apocado niño cargando,
en el mohoso intervalo tambaleante de las costillas,
una transparente incomodidad que se confundía
y que él reconoció
como a uno de sus cadáveres;
anoche también
había divisado otro,
pero como un ahogado
en la pulpa fatigada de los ojos del caballo
que tiraba el carro de un cartonero.
Aquello lo vistió de la angustia:
un regusto a barro de ceniza
sólo equiparable a aquel
donde se extravió, irrecuperable
y de bruces,
cuando escuchó por primera vez Canción de las cantinas
(interrogatorio
puesto al lomo irresuelto de una noche;
expiando laberintos de la osteoporosis del vino).

Entonces, Dios comprendió sus ganas
de elegir un banco,
acurrucarse, inabarcable y fetal,
y abrirse el cuello para que la muerte le entre y se abisme
a falta de madre
que lo arrulle.

De "Escorial" Editorial Huesos de Jibia 2013






LOS TURISTAS

Un casco de caballo
escarba el suspenso
en las tripas de la niebla
y hace la memoria 
de los no - nacidos todavía.

... el chico afina el tramo
de la desconfianza
por el entrecejo (ya perimetró pastizales)

o el poco tajo pájaro, a contrapiedra
lleva a la contundencia del viento 
la marea agachada en la semilla

o el río, de bermejos inyectado,
desaparece su luz.

Aquí, la herejía
por lo alto,
se paga
con la postal abollada
del oxígeno.







MAYO

Ni el cielolento de los trenes
alcanza para explicar
al dorso de mis fantasmas
aquello
que en la enrarecida mañana
naufragaban tus ojos.






DESMONTE

Era la tensión partida como de lágrima.
Flecha flechando y flechada en la memoria de los sonidos primarios.
Era enramándose el salto.

Era una corzuela.

Cuando la topadora puja
va por la reversa de las nervaduras
y el seno sofocado de las savias
cae
alimentando al engendro desorbitado
de los fuegos.

La soja ya puede abrir.

Que sea el polvo bajo los polvos y en los remolinos sean los vacíos.
Y sea la espina
saludable en la carencia
con sus ciegas lacradas y de pie.

Sea lo perdido.

Era una corzuela.







EL HUECO

Ser siendo la nada
es atraer al punzante tañido
del hueco.
Se contrae o se dilata,
se entrecorta o bien fluye
en un despojado arroyo
de pisadas lajosas;
y aquí se acurruca, 
él y el lacito que lo acompaña
trenzado con las lonjas
de mis propias células.

Que si el hormigueo de las palabras
teje la seda de la utilidad,
o si bajan con su llovizna
movedora del ritmo de los títeres…

Esto o lo otro…
La etiqueta o la carne del contenido,
y la humanidad en el medio
sin poder cerrar los párpados.

Todo es insoportable
dentro del hueco,
hasta la brisa
en las alas del colibrí
que contiene los pétalos
de mujeres lejanas;
la trama articulada
en la red arácnida
dormida en el ángulo de la habitación.

Incluso el verso me llega pesado,
bestial,
mientras el cerebro
se alborota
dentro de su líquido.
¿El camino está,
es único o espera en grupo?

Por ahora sólo tengo
un bastón blanco para reconocerlo
y la cuna cóncava del hueco
acariciando la luz
con sus vendas negras.


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