domingo, 13 de octubre de 2013

CÉSAR TIEMPO [10.687]

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César Tiempo

César Tiempo, nacido Israel Zeitlin (Ekaterinoslav, Ucrania, 3 de marzo de 1906- Buenos Aires, 24 de octubre de 1980), fue un escritor, periodista, editor, dramaturgo y guionista argentino. Libro para la pausa del sábado, Sabatión argentino, Sabadomingo y Aviso para encontrar a Jordana son algunos de sus poemarios más reconocidos.

Biografía

Con el nombre de Israel Zeitlin nació en la ciudad ucraniana de Ekaterinoslav (actual Dnipropetrovsk) pero cumplió su primer año de vida en Buenos Aires. En 1924 obtuvo la ciudadanía argentina. Formó parte del Grupo de Boedo. Fue cofundador de la editorial argentino-uruguaya Sociedad Amigos del Libro. En 1930 obtuvo el Premio Municipal de Poesía. En 1937 fundó y dirigió la revista «Columna» -que editó hasta 1942- y recibió el Premio Nacional de Teatro. En 1945 ganó el Premio Municipal al Mejor Libro Cinematográfico. Entre 1952 y 1955 fue director del suplemento literario del diario La Prensa, en 1957 de la página literaria del diario «Amanecer». Entre 1973 y 1975 se desempeñó como director del Teatro Nacional Cervantes. En 1978 mereció el Premio Sixto Pondal Ríos (correspondiente a 1977).
Entre sus obras teatrales destacan Pan criollo y El lustrador de manzanas. Eliahu Toker dijo: «Uno de los momentos más altos y significativos de la palabra poética de César Tiempo es su Arenga en la muerte de Jaim Najman Biálik [...] Tiempo se identifica con Biálik: ¡Cuidado con los poetas/ cuyos puños golpean sobre las mesas de los verdugos!, dice dirigiéndose sin duda también a los nazis locales. Y a la judería porteña, a la que reprocha su indiferencia pequeñoburguesa. Y se burla de ellos amargamente.[...] La condición judía y porteña de Tiempo empapa todas sus páginas».

Filmografía

Guionista

Safo (2003)
Proceso a la infamia (1978)
No hay que aflojarle a la vida (1975)
Las procesadas (1975)
La pequeña señora de Pérez (1972)
Deliciosamente amoral (1969)
Curse of the Stone Hand (1964) (episodio Suicide Club)
Amorina (1961)
Matemática Zero, Amor Dez (1958)
La sombra de Safo (1957)
La novia (1955)
Misión extravagante (1954)
El muerto es un vivo (1953)
Paraíso robado (1952)
Donde comienzan los pantanos (1952)
Martín Pescador (1951)
Pasaporte a Río (1950)
El baño de Afrodita (1949)
Otra cosa es con guitarra (1949)
La muerte camina en la lluvia (1948)
Los pulpos (1948)
Al marido hay que seguirlo (1948)
El hombre que amé (1947)
Con el diablo en el cuerpo (1947)
El último guapo (1947)
La dama de las camelias (1947) (Chile)
Los verdes paraísos (1947)
El ángel desnudo (1946)
Adán y la serpiente (1946)
La dama de la muerte (1946) (Chile)
Las seis suegras de Barba Azul (1945)
La señora de Pérez se divorcia (1945)
El canto del cisne (1945)
La pequeña señora de Pérez (1944)
La verdadera victoria (1944)
Safo, historia de una pasión (1943)

Actor

Esta tierra es mía (1961)






Arenga en la muerte de Jáim Najman Biálik

¿Qué otra preocupación que la del día presente
puede tener un pueblo que se arrastra
en sus tinieblas y en sus abismos?

Biálik

El 5 de Julio la Associated Press dio la noticia al mundo:
falleció en Viena Jáim Najman Biálik.

Pasaron veinte días y en la misma ciudad
ultimaron a Dollfuss, el “Millermetternich”.

¡Cuidado con los poetas
cuyos puños golpean sobre las mesas de los verdugos!

Los diarios de la colectividad
pudieron publicar la noticia en “Sociales”
junto a la crónica de la fiesta
con que la familia Barabánchik
celebra la circuncisión de su vástago.

Tengo un corazón violento
y una voz áspera.

Cruzo la calle de la judería
con mi rencor y mi dolor a cuestas.

Hermanos de Buenos Aires:
nuestro más alto poeta ha muerto.
Como en los Salmos
Dios le ciñó de fuerzas e hizo perfecto su camino.

Minkowsky fue la lágrima,
Biálik la imprecación.

Y ambos se pudrirán bajo la tierra
frente a los ojos ciegos de la noche tremenda.

Un cielo en mangas de camisa corre sobre los tejados.

Los buhoneros juegan en el “Pilsen” su diuturna partida de dominó.

Las muchachas que quieren casarse no pasan bajo los andamios.

Señores burgueses que infringís todos los Mandamientos
y estáis los sábados sobre vuestros libros de tapas negras
pasándoles las manos por el lomo a las cifras
para que se alarguen como gatos,
os he visto en los templos resplandecientes
-apartados como los pur sangs en los bretes suntuosos-
con los ojillos redondos y desvaídos
y las altas galeras y los thaléisem de seda pura,
queriendo sobornar a Dios
que os conoce mejor que vuestros empleados.

Jáim Najman Biálik ha muerto.

Hoy en el “Internacional” hay pescado relleno
y un buen stock de doctores para vuestras pobres hijas lánguidas.

¿Quién se acuerda de las masacres de Ukrania,
de la tempestad delirante de los pogroms,
cuando los juliganes violaban a vuestras madres
y estabais en los sótanos temblorosos e inútiles
como la luz que lame los espejos?

Biálik clamó, tronó sobre las negras aguas
y su risa iracunda corrió como un viento loco sobre las aldeas.
“El pueblo es una hierba marchita,
se ha puesto seco como una madera.”
Y hubo jóvenes que supieron sacudirse como lobeznos
y sus dientes agudos despedazaron nuestra humillación.

Jáim Najman Biálik ha muerto.

Los chamarileros sonríen en las puertas de su pandemonio.

Los Lacrozes están más verdes que nunca.

Echa tu pan sobre las aguas, dice el Eclesiastés.

Da gusto oír a Mischa Elman desde una muelle butaca del Colón.

Gorki dijo que con Biálik el pueblo judío había dado una nuevo Homero al mundo.

¿El Banco Israelita le daría un crédito a sola firma?

Voces:
-Esta noche cuando cierre el negocio, mientras mojo la tostada en el vaso de té, le voy a decir a mi señora que me lea El Pájaro y El Jardín, y después de comer vamos a ir al Teatro Ombú; para ser de la “Comisión” hay que estar “preparado”.

Jáim Najman Biálik ha muerto.

-Mamá ¿me lavo la cabeza con querosén y me pongo el vestido de raso celeste para ir a la Biblioteca? -Bueno, querida, a ver si consigues un novio como la gente, que ya es tiempo.

Jáim Najman Biálik ha muerto.

En la puerta de la Cocina Popular nuestros hermanos, los que no se atreven a morirse de hambre, esperan su ración.

Jáim Najman Biálik ha muerto.

Nuestras piernas se arrastran en las más profundas ciénagas de la noche y sobre nuestras cabezas brilla una luz pura.

En Tel Aviv hubo un poeta.

¿Y ahora?









Algunos poemas de Clara Better


QUICIO

Me entrego a todos, mas no soy de nadie;
para ganarme el pan vendo mi cuerpo.
¿Qué he de vender para guardar intactos
mi corazón, mis penas y mis sueños?





VERSOS A TATIANA PAVLOVA

¿Te acordarás de Katiuchka, tu amiga de la infancia,
esa rubia pecosa, nieta del molinero,
la del número 8 de Poltávaia Úlitcha
con quien ibas al Dnieper a correr sobre el hielo?

¿Te acordarás de aquellas temerarias huidas
para oír la charanga de la Plaza Voiena;
de los kopeks gastados en la Dom Bogdanovsky
en verano en sorbetes y en invierno en almendras?

¿Te acordarás de Pétinka, tu novio del Gimnasio,
de quien yo te traía las cartas y los versos;
de las fiestas aquellas cuando vino el Zarevitch
y sus fieros cosacos a visitar el pueblo?

¡Oh, los días felices de la infancia lejana
en el rincón humilde de la Ucrania natal:
la vida era un alegre sonajero de plata
y toda nuestra ciencia: cantar, reír y amar!

Mas, pasaron los años y nos llevó la vida
por distintos senderos: tú eres grande ¿y feliz?
y yo... Tatiana, buena Tatiana, si te digo
que soy una cualquiera, ¿no te reirás de mí?

¿Comprenderás el torpe fracaso de mis sueños,
verás el patio oscuro donde mi juventud
busca en vano la estrella que solícita enjugue
mi angustia con su claro pañuelito de luz?

¡Mas no quiero amargarte con mi vaso de acíbar,
tú también tus dolores y tus penas tendrás;
cerremos un instante los ojos y evoquemos
los días venturosos de la aldea natal!





AMORÍO CIUDADANO

Saloncito reservado
de lechería de barrio.
Este pobre muchacho
pálido
me cree una novia ingenua
que va a brindarle sus encantos
—un anticipo del estío
para la primavera de sus años—
y unta de miel sus palabras,
viste de seda sus manos,
me quema la boca impura
con el lacre de sus labios
(máscara de castidad:
mis labios no están pintados)
y perfumándome de promesas
—con salacidad de fauno—
ante mi leve abandono
y mi fingido recato
comienza a desabrocharme
la bata con torpes manos.

Acariciándome el pecho
refulgen sus ojos claros
y me prodiga adjetivos
dulzones de enamorado.

Fiesta de los sentidos
impúdicos y castos:
mutuamente
nos hemos engañado.






PRESENTIMIENTO

La luz de este prostíbulo apuñala
las sombras de la calle.

Paso delante suyo y se me enciende
un pensamiento cruel en la cabeza:
¿Terminaré mi vida en un prostíbulo?






VISIÓN

Cae sobre la ciudad
la ceniza minúscula y tenue de la lluvia.
¡Qué grato es en un día como éste acariciar
un inocente sueño de ventura!

Mientras cae la lluvia, yo acaricio mi sueño:
un día las mujeres serán todas hermanas;
la ramera, la púdica,
la aristócrata altiva y la humilde mucama.

Irían por las calles llevando como emblema
una sonrisa alegre y una mirada franca,
y así, sencillamente,
se ofrecerían a todos los hombres que pasaran.

Ellos se tornarían
tan buenos como el sol, como el pan, como el agua:
su dicha cantarían todos los oprimidos
suavizadas sus manos, su gesto y sus palabras.

Bajo los cielos límpidos, banderas de alegría,
desplegados sus paños como alas
cual si quisieran cobijar a todas
las mujeres que un día supieron ser humanas.

(Sigue cayendo sobre la ciudad
la ceniza minúscula y tenue de la lluvia.
¡Qué grato es en un día como éste acariciar
un inocente sueño de ventura!)






A UN OBRERO

Toda desnuda me ofrezco a tu instinto,
muerde mis pechos, estruja mi cuerpo,
quiero brindarte esta fiesta de carne
para que olvides tus días acerbos.

Sé que padeces, tu vida es amarga
vida de todos los tristes obreros,
sin una luz de esperanza en su noche,
sin la caricia cordial de un consuelo.

¡Cómo conforta sentirse piadosa,
dulce es la simple bondad de mi gesto;
tú que así sufres, mereces la efímera
fiesta que quiere brindarte mi cuerpo!






LO IRREMEDIABLE

En una misma pieza
un macho y una hembra
el “yo” mujer
que no sabe cómo desaparecer.






EN LA CALLE FLORIDA

Paso azorada por Florida, el vivo
escaparate de la farsa urbana:
viejas extravagantes, niñas cursis
y hombres-hembras desfilan en majadas.

Voy a cruzar la calle cuando escucho:
“Mamá, ¡qué desvergüenza, esa cocotte!”
Me vuelvo, miro y quiero preguntarle
quién será más ramera de las dos...






COMPASIÓN

En la calleja solitaria y triste
de este fosco arrabal,
como un ladrón acecho agazapada
la ocasión de saltar sobre mi presa.

Llega un hombre, se acerca, me descubre;
y cuando sin recelo se aproxima,
a la luz de la luna veo su rostro
de adolescente, contener no puedo
una sonrisa franca y, entreabriendo
el ocho extravagante de mi boca
doblo el cuello a la hiena de su instinto.






EPISODIO

Iba tan mal trajeado y fue tan honda
y dolorosa su mirada, que
detuve el paso y leve, dulcemente,
le dije: “¡Ven!”

Pero quizá sin comprenderme, irguióse
con altivez, borrando su tristeza,
y con tono zumbón me dijo: “¡Vete,
no me acuesto con perras!”

[De Clara Beter: versos de una..., Buenos Aires, Rescate, 1977]



La verdadera historia de Clara Beter 

Revista Mercado, 7 de junio de 1979

Es tres nombres al mismo tiempo: César Tiempo, Israel Zeitlin, Clara Beter. En esa trilogía esconde, o guarda su identidad, un escritor cuya trayectoria se vincula estrechamente con la ciudad de Buenos Aires, aun cuando su nacimiento data de 1906 en el pueblo de Ekaterinolav, Ucrania. César Tiempo, su seudónimo más conocido, pertenece a esa raza de hombres que participaron, desde hondas raíces inmigratorias, de todo el proceso cultural argentino que abarca desde la década del veinte hasta nuestros días. Protagonista incesante e intenso, dueño de una ironía intelectual que le permite ver a la vida con pasión y compasión a la vez, Tiempo se ha dado un lujo casi inédito en nuestra literatura: dar vida a dos personajes a la vez. Sí, porque bajo el supuesto nombre de Clara Beter escribió aquél famoso libro de poemas "Versos de una..." cuyos conmovedores versos causaron conmoción en el Buenos Aires de 1927, donde se alcanzaron a vender doscientos mil ejemplares.

El teatro ("Pan criollo", "La dama de las comedias", "El teatro soy yo"); otros poemarios ("Sabatión argentino", "Sábado pleno"); guiones de cine ("Amorina", "Los verdes paraísos") y sus casi infinitas colaboraciones en periódicos y revistas de todo el mundo son fragmentos de su extensa y calificada obra. Amigo de los viajes y amigo de los amigos, cada vez que se lo requiere para el diálogo se confía sobre todo en su vasta visión de trotamundos lleno de recuerdos. "Creer, creer siempre... Simplemente para enloquecer pasado mañana", ha aconsejado a los más jóvenes. Asediado por continuos homenajes no deja de ensayar su causticidad contra sí mismo: "Asisto de cuerpo presente a cientos de homenajes póstumos. Y no deja de ser estimulante, porque de otro modo, en la posteridad, nunca sabré seguramente si alguna calle merecía llevar mi nombre..." Sonriente, aun ante una paulatina pérdida de la visión, se obstina por hábito en seguir escribiendo durante horas sus propias carillas... "Porque la máquina de escribir es como una prolongación de mis brazos..." Sobre la tibieza de un prólogo dedicado a las memorias de la actriz Milagros de la Vega, sobre las reverberaciones de un trabajo suyo sobre Alvaro Yunque - protagonista con él del grupo de Boedo- Israel Zeitlin se acomoda para el diálogo: "Tengo tan poco que contar que no sé si alcanzará a llenar media página...". Pero alcanzó.

MERCADO -Una impostura literaria -digamos- causó sensación hace cincuenta años. Cuando aparecieron los primeros versos de Clara Beter, críticos y lectores creyeron que estaban frente a la obra de una mujer "de vida airada", como dicen los diarios. ¿Cómo sucedió ese episodio? ¿Cómo lo fabuló usted?

 "Clara Beter soy yo" 

La literatura desde un punto de vista o desde todos es siempre un fraude. Un maquinaria retórica construida para engañar; que tiene, si se quiere, como única ancla segura al autor. Nos desvelamos por conocer siempre al hacedor o hacedora del cuento o del poema. A él o a ella recurrimos para que ate los cabos que unen la realidad con la obra. Desasosiego nos provoca una obra anónima o un autor desconocido u oculto.

Oculta, desconocida era Clara Beter, autora del mayor escándalo literario de los años veinte en Argentina. Gracias a los oficios de un amigo, Clara Beter, se las arregló para que su libro de poemas llegara a la editorial Claridad; centro difusor del grupo de Boedo que unía a una serie de nombres que buscaban una literatura social, comprometida con las clases populares.

En el prólogo que Elías Castelnuovo compuso para la primera edición en 1926, destacaba: "Esta mujer se distingue completamente de las otras mujeres que hacen versos por su espantosa sinceridad"; señalaba además -y en esto hacía un tiro por elevación al grupo de Florida- que sus poemas eran "un paradigma digno de oponerse a los nuevos poetas fanáticos de la imagen por la imagen".

Inmediatamente el libro fue publicado, con gran éxito de crítica y público, con el título por demás sugerente de "Versos de una p..." En realidad lo que verdaderamente causó conmoción fue el oficio de la autora: prostituta. Una prostituta judeo-ucraniana que fue engañada y traída a Buenos Aires por una vasta red internacional de prostitución.

Como dicen ciertos amigos psicólogos, en todo hombre late un deseo secreto de redimir a la prostituta, las razones las desconozco aunque conjeturo alguna de ellas. Quizá ésta sea una explicación para analizar los "desbordes" y el pietismo de muchos varones escritores de la época; además de lectores que se enamoraron al contacto con una poesía de una sensibilidad y agudeza poco frecuentes.

Así hubo una verdadera pesquisa de la Clara Beter de carne y hueso que se había tornado literalmente un fantasma. Fiel a sus extravagancias, Roberto Arlt, el autor de "El juguete rabioso", propuso que se le instalara un prostíbulo y que las ganancias se usaran para un premio literario. Había excursiones por diferentes barrios en busca de Clara; así una anécdota contada por un integrante de la bohemia literaria ilustra hasta qué punto habían llegado las cosas: "¡Vos sos Clara Beter! -saltó Abel Rodríguez tomando por los hombros a una mujer rubia que esperaba a sus clientes en una esquina e inmediatamente quiso besarla a los gritos de '¡Hermana! ¡Venimos a salvarte!'. Tuvo que intervenir la policía de Sunchales para calmarlo."

El tiempo pasaba y Clara Beter no aparecía. La presión y el hostigamiento hacia su albacea literario fueron enormes y finalmente se supo. "Clara Beter soy yo", confesó Israel Zeitlin (César Tiempo) ante la atónita mirada de sus compañeros bodeístas. El joven escritor se ganó el respeto por sus poemas y la enemistad de muchos, entre ellos de Castelnuovo que confesó que el autor del libro "no era una prostituta sino un prostituto".
C. TIEMPO -Un día recibí un regalo inesperado: los Diálogos de Platón. Quedé impresionado por la sentencia atribuida a Sócrates que reza así: "Un poeta, para ser un verdadero poeta, no debe componer discursos en verso, sino inventar ficciones. Sugestionado por la sabia recomendación y, sobre todo, ganoso de dar candonga a los camaradas mayores que se resistían a creer en el talento del mequetrefe, el tal escribe una poesía dedicada a Tatiana Pavlova, la gran actriz italorrusa que por aquel entonces arrebataba al público de Buenos Aires. Yo no había cumplido aún los dieciocho años. En el poema que se dirige a Tatiana, le pregunto si no se acuerda de su amiga de la infancia Kátinka. Firmo los versos como Clara Beter y los deslizo ante la redacción de la revista Claridad. A los pocos días de publicado el poema el crítico uruguayo Zum Felde consagró a la nueva poetisa Clara Beter su glosa de "El Día", de Montevideo, comentando la desgarradora tragedia de la desconocida. A partir de ahí tuve que seguir inventando. Por lo pronto le asigné a la autora un domicilio legal en una pensión de la calle Estanislao Zeballos, de Rosario, donde se hospedaba un íntimo amigo mío, Manuel Kirschbaum. El improvisado corresponsal era el encargado de enviar desde Rosario los nuevos poemas a Claridad, pero cometió el error de escribir a máquina algunos textos, lo que hizo entrar en dudas a Elías Castelnuovo. Como se sabe, la autora debía ser una pobre "calienta camas", según la jerga popular. Castelnuovo obstinado en averiguar más sobre el asunto envió a dos íntimos amigos suyos a visitar la pensión con resultado negativo: en la pensión no estaba Clara Beter ni se la conocía. Desanimados, los emisarios rumbearon para los barrios bajos donde encontraron increíblemente a una de las pupilas francesas escribiendo un epitafio rimado para su hijo, que acababa de perder. Aquí ya todo empieza a tornarse folletinesco. "Vos sos Clara Beter" le gritaron emocionados los emisarios. Pero también allí se dieron cuenta del fracaso, considerándose que la poetisa quería pasar inadvertida y en el anonimato. El libro "Versos de una..." tuvo un éxito resonante. Los críticos de varios países le dedicaron elogios; la fábula y la fantasía hacían aparecer a la autora en distintos sitios de Buenos Aires con nombres supuestos y todos querían encontrarla. A esta altura, la superchería adquiría proporciones peligrosas para el verdadero autor: o sea yo. El libro apareció traducido al alemán y Rómulo Meneses escribió un largo ensayo en su libro "Nuestra Unidad'' donde caracteriza a Clara Beter: "Una mujer que el duro pleito de la vida hiciera caer hasta las bajas sentinas del vicio, redimida por sí misma, por su talento, y la propia religión de sus sentimientos, nos dice ahora en sus versos y recuerdos el dolor quemante de los lupanares... etc.". Castelnuovo, en tanto, había prologado el libro de la Beter y todo seguía misterioso. Hasta que un día un amigo cometió la ligereza de enviar el libro al certamen Municipal, donde debían figurar mis verdaderos datos. Esos datos aparecieron poco después en La Prensa. ¿Es necesario que le diga que prácticamente tuve que exiliarme porque el grandote Castelnuovo me andaba buscando? Ahora ha pasado tanto tiempo y ya no sé si en realidad fue una broma...

MERCADO -Usted dice tanto tiempo... ¿Por qué no nos cuenta también sus comienzos periodísticos?

C. TIEMPO -Yo empecé trabajando en la compañía de seguros La Continental; allí conocí al poeta Aristóbulo Etchegaray, hoy presidente de la Sociedad Argentina de Escritores. Por esa época también conocí a Edmundo Guilbourg. Cierta vez fuimos hasta la casa de Alvaro Yunque que era mayor que nosotros y era una especie de divinidad caldea para nuestros ojos. Fue él quien me hizo publicar por primera vez en el periódico socialista La Vanguardia que dirigía por entonces Don Américo Ghioldi, actual embajador en Portugal. Yo sustituí después a Yunque como director de la página literaria del diario y a mi me reemplazó Enrique Anderson Imbert. Pero como periodista trabajé en La Calle, en Crítica, en La Época. Fíjese, el periodismo me facilitó el contacto con el hecho popular. Me facilitó el apearme, el despojarme del berretín literario, semántico, alambicado. Logré fraguar un estilo, digamos, conversacional; escribo como se habla y trato, cada tanto, de intercalar alguna palabra exótica, pero correcta, para evitar seguir saqueando nuestro lenguaje. Empezamos a hablar con siete mil palabras y ahora acabamos hablando con sólo trescientas por pura haraganería. Evidentemente tiene que haber una inclinación y los caminos se van bifurcando: yo he tratado de hacer siempre periodismo, llamémosle literario. Nunca mis reportajes caen en la cursilería porque no es mi manera, no es mi estilo. Pienso que el periodismo me ha ayudado a ver: países, gente, sucesos. Me hizo ser
testigo y actor, ejercitar lo que tenía de talento y lo que no tenía.

MERCADO -¿Entre tantos personajes y protagonistas que conoció, cuál le merece un recuerdo especial?

C. TIEMPO -Muchos. Por ejemplo Don Hipólito Yrigoyen. Para conocerlo un día que lo fui a visitar a su casa tuve que pedir audiencia a su secretario privado. ¿Sabe quién era?, el dueño de un salón de lustrar que estaba enfrente de la casa. Dejaba de atender a algún cliente, atendía el pedido del solicitante y se cruzaba a avisarle a Don Hipólito. De él se han dicho muchas cosas erróneas, entre tantas, se dice que fue inculto. Pero "el peludo" no sólo era profesor de la escuela normal y de la de comercio sino que era un gran lector. Cuando estuve frente a él, Yrigoyen me preguntó quién me parecía el hombre más importante del país y yo le contesté, impetuosamente, porque era joven para atarme: "Para mí, Juan B. Justo". A lo que Don Hipólito, medio molesto, me respondió: "Usted es muy joven, amiguito...". Otro hombre que me impresionó admirablemente es George Simenon, el autor francés de novelas policiales, nacido en Lieja. Simenon es un talento monstruoso, llegó a escribir más de 400 novelas, a razón de una por semana, dotadas de una imaginación increíble, inagotable.

MERCADO - Disculpe Tiempo... ¿Pero usted no considera como arte menor a la novela policial, como suelen ubicarla en algunas críticas?

 El cajetilla

"... El cajetilla cree que el alma es inseparable del cuerpo... el tipo sabe que ostentar es vivir, y la pilcha la flor de su figura. A cuidar de la vestimenta, pues, pero a cuidarla para algo, aunque ese algo consista casi siempre en zambullirse en la propia contemplación como el tero en el espejito de un charco...
"Nuestro cajetilla tuvo la suerte de descubrir en la pantalla del cine al hermoso Brummel. Todo su edificio molecular fue sacudido por una conmoción ontológica. El podía ser aquél. Comprobó en el espejo de la peluquería que su nariz no era del más puro corte helénico pero él no había nacido en Atenas sino en Pepirí y Grito de Asencio y podía lucir, en compensación, una pelambre más negra que un río de petróleo, una cejas trazadas a compás, unos ojos hambrientos, una morfología de reloj de arena y unas maneras delicadas de acomodador de teatro... La única sociedad que conocía era la del Club Social de su barrio... Se dejó crecer la porra a lo beatle y frecuentar el café "La Paz" de Corrientes y Montevideo, con un libro de Harold Pinter en la mano y una sonrisa sobradora flotando sobre sus anchos hombros de estibador. Conoció el programa furtivo, el brillo trémulo de las miradas ansiosas, los telefonemas infinitos, el catchas-catch zaguanero...
"El tiene que brillar siempre. Luego, de la peluquería al vaivén sin cambiar de tren. El vaivén es el de calle Florida... Más tarde irá a bostezar a una conferencia porque de vez en cuando conviene hacerse ver hincándole el diente a la jalea real de la cultura. La vida también tiene sus exigencias... la vida y las viudas que pueden proporcionarle tales lugares de soñoliento esparcimiento...
"La gente hace lo que hace porque es lo que es. Señalamos un fenómeno. Unamuno decía que los ateos son unos individuos que están locamente enamorados de Dios. Los cajetillas son unos desamorados locamente enamorados de sí mismos. Todo debe ser un pretexto para que la gente repare en su presencia. Aspiran a la gloria de la frivolidad. Todos o casi todos dan la impresión de tener linfa en las venas, esa especie de agua muerta que no levanta espuma...

(De "El cajetilla y otros especímenes de la fauna porteña", 1974)
C. TIEMPO -No, de ninguna manera. Allí está el caso del norteamericano Raymond Chandler o del mismo Hammet. ¡Qué autores! Pero Simenon es el más grande novelista policial que existe desde los orígenes del género. Además de realizar una proeza de carácter físico, produce una proeza de índole espiritual. El es el creador del célebre inspector Maigret, lo recordará, sin duda. Una tarde estaba en Lieja y un amigo común nos presentó. Era un día de lluvia; después averigüé que Simenon era un adicto fervoroso a la melancolía de la lluvia y era capaz de tomarse un avión si se enteraba que estaba lloviendo en otra ciudad. Después mantuvimos varias charlas en su enorme residencia frente a la de Carlitos Chaplin. Recuerdo que una de sus facetas curiosas era su sentido de los celos. A su esposa, me contó, nunca le había permitido bailar porque decía que la danza era un acto sexual en público. Su rara personalidad me impresionó mucho y escribí una serie de notas para El Mundo y otros diarios de Caracas y México. También conocí a Somerset Maugham por esa época y a tantos otros...

MERCADO -Usted, amigo de los recuerdos, me ha ido nombrando autores que conoció físicamente. ¿Pero y los otros? ¿Los que marcan su emoción literaria?

C. TIEMPO -¿Actualmente? Está el premio Nobel Singer. No por el premio, sino porque es un creador de ambientes, produce una marea de acontecimientos vitales que caen sobre el lector como un incendio. El pinta, no sólo lo que muchos creen, el ambiente polaco de los ghetos, sino también el ambiente de cualquier otra comunidad; es universal, total. En otro aspecto, más personal, porque tiene que ver conmigo literariamente, Esta Cansino Assens. Ahí lo tiene, un escritor olvidado y qué interesante. El olvido es algo inexplicable: nadie tiene la culpa, pero existe. Esta es una época que fomenta la farolería y yo sigo sosteniendo que una verdadera obra se hace en soledad y silencio. Pero claro, el escritor actual tiene que ceder a todo: a los reportajes, a las presentaciones de libros, a las conferencias. Muchas veces para sobrevivir y muy pocas para vivir, realmente. Fíjese que es sorprendente cuántas presentaciones de libros hay diariamente en Buenos Aires. En Europa pasa mucho tiempo antes de que se produzca alguna. Mientras viví en Roma en todo un año hubo sólo tres actos. Además está la guía de conferencias increíbles. Se fomenta un poco el esnobismo literario, la cursilería. Gente que nunca visita una librería pero va a esos actos a comprar el libro porque está el autor para autografiarlo. Después, ese libro no se leerá nunca pero será mostrado invariablemente a las visitas, así como al descuido. Yo le recordé el olvido de Cansino Assens. ¿Y el de Cervantes, que vivió y murió en la miseria? Escribió El Quijote en la cárcel, lo desalojaron del conventillo donde vivía en Alcalá dos veces; murió y lo sepultaron en un cementerio de Madrid en una fosa común, sin identificar sus huesos. Ahora, sobre ese lugar donde se suponen están sus cenizas, hay un monumento.

MERCADO -Usted perteneció, alternativamente, a los dos famosos grupos, Boedo y Florida. Por qué no se recuerda ninguna mujer en el de Boedo, en cambio en Florida estaba Victoria Ocampo?

C. TIEMPO -A Victoria la conocí muy poco y tampoco, vaya a saberse por qué, nunca fui publicado en Sur. El grupo de Boedo estaba integrado por hombres, es cierto, como si el amor por la humanidad que proclamaban con sus plumas excluyese el amor por las mujeres, como si la única compañera posible fuera la Revolución. Sin embargo, un nombre de mujer, Clara Beter, entreveraría sus sueños con los soñadores de Boedo. Fíjese, el bíblico Jacob fue el primer hombre del mundo que legalizó su seudónimo. Pactó con Dios y le pidió que le proporcionara otro nombre. "Tu nombre será Israel" le dijeron. Irónicamente, Israel es mi nombre; después de Clara Beter, después de César Tiempo. Es lo mismo.

Fuente: www.magicasruinas.com.ar









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