viernes, 6 de septiembre de 2013

MAXIMILIANO DAPONTE [10.475]


Maximiliano Daponte 

[Morón, ARGENTINA   1984], es Licenciado en Psicología por la Universidad de Buenos Aires, donde cursa una Maestría en Estudios Literarios vive en Buenos Aires, ha participado en la publicación de la revista literaria Megafón y publica ensayos en revistas literarias impresas y digitales. 

Ha publicado: Concreto en flor (El barco ebrio, 2012)






Hoy llovizna en Buenos Aires

Hoy llovizna en Buenos Aires.
El día es lindo de ser de los días feos.
La llovizna nos da besos microscópicos
y de a miles a la vez.
Por eso esa chica se volvió jazmín.

El cielo es violeta,
la calle se cubre de un negro
metálico como la luna que se refleja en él.

De sólo mirar las baldosas la gente se patina
y las ruedas de los autos braman
“¡Cuidado!” a transeúntes y conductores.

No es el piso transpirado,
sino balcones y marquesinas lacrimosas,
las que nos marcan por dónde ir.

Los pelos de las señoritas
prefieren descansar largas siestas,
usando las capuchas como camas.

Los burócratas se vuelven cuervos
de sobretodo y corbata,
que estrangulan a sus paraguas
y los dejan tirados en la calle,
negándoles entierro digno.

Los poetas nos guarecemos en nuestros pilotos,
guarecemos el anotador donde construimos estos versos,
que nos protegen de los burócratas cuervos,
personajes oscuros que aborrecemos.






Primavera en el lago

Es primavera también en este
lago de aguas podridas,
que no se definen
ni en fangosas ni en acuosas.
Y es primavera
en el bosque que lo posee,
bosque de infamia y de miedos.

Entre los colores oscuros
que se difunden en el agua;
entre olores penetrantes y nauseabundos,
sobre una piedra suavizada por verdes musgos,
ahí, desde un pedazo de tierra negra,
la rosa roja y morada,
como los pezones de una virgen
en la plenitud del frío.
Ahí la rosa a la intemperie.

Esta flor que define sus peligros
con el filo de sus espinas,
sabe definir con colores también
sus estados de ánimo y
con aperturas y clausuras
invita a los demás
a acercarse o alejarse.

Dentro de la flor
hay una grata semilla,
entre suavidades, humedades
y temperaturas perfectas.
A la semilla la recubren
paredes tersas, que son pétalos.
Es ése el hogar del universo.

Un zorro que pasa,
que ve a la flor con sus pétalos abiertos,
corre esquivando su peso entre el agua
y hace confundir a las garzas
que creen encontrar una con cuatro patas.

Una vez sobre las rocas y el musgo,
una vez desprendida la rosa de ahí,
una vez la rosa en tierra firme,
de un solo mordisco,
que indicó placer a las papilas del zorro,
los pétalos yacieron en el suelo.
La semilla quedó sepultada por ellos
y por otro poquito de tierra negra  fértil.

El lago, la flor, la semilla, el zorro y el bosque.






El río Sarmiento

El río Sarmiento
y el dorado de las luces del Tigre,
una o dos por casa,
que hacen de perlas
en el negro infinito del río.
Son más bien lunas,
de ese río negro que imita al cielo.
Pienso en el agua
y me figuro al tiempo,
y lo figuro difuso,
como la luz de un ciego.
Esta negrura del río,
será mañana puro color,
marrón de pampa,
y se atreverá al dorado
si es que el sol lo ayuda.






El pequeño deseo de la mujer del siglo XXI

El pequeño deseo de la mujer
del siglo veintiuno:
Temeroso, ajeno, expectante.
Un conejo de dos meses,
esperando salir a la pradera.
¡Es tan tuyo mujer,
es tan tuyo tu deseo,
que ya no tienes que pelear
por él, contra los otros!
No hay zorro ahí,
no hay hiena, ni cuervo.
Te has apropiado del mundo,
lo has vuelto tuyo.
Ya no sirven las metáforas,
ni las estadísticas desfavorables.
Nada dicen hoy las pruebas
de laboratorio con animales.
El que alguna vez te maltrató,
es hoy un imbécil frente al televisor.
Haz que ese conejo descanse, maduro.
Que pueda correr libremente,
con otros a su lado. 






I

Ignoraron
que al poeta
se le negaba
la palabra “poeta”
y que a cualquier frívolo
la televisión
lo llamaba “artista”.
Ignoraron
al filósofo y utilizaron,
tiempo después,
sus teorías,
justificando matanzas.
Ignoraron
al pensador, que pensaba
para el bien de otros
y oyeron al charlatán
que creyó que las palabras
no eran cosa seria.
Ignoraron así
al soñador,
al esperanzado,
al virtuoso
y siguieron construyendo,
con jovial indiferencia,
eso que ellos llaman
“mundo”.




IV
  
Te veo y ni falta hace que cierre los ojos,
porque te siento alegre, firme, apacible, linda.
Te veo entre otras casas coloridas de un barrio tranquilo.
Te escucho a la noche conversar con tus compañeras,
que sorprendidas abren sus bocas de ventana iluminada
y miran con ojos de bueyes en los picos más altos.

Veo a veces como se enojan y fruncen el ceño
con esas cornisas anteriores a los barrotes que cubren las terrazas.
O las veo llorar llantos verdes, colgados de sus macetas.

Algunas, para disimular paredes de viejas melancolías,
se cubren con azulejos azules o imágenes de la virgen.
Otras, furiosas, se tatúan formas irregulares de gárgolas
y las más pobres, sin la pintura adecuada ni arreglos,
prefieren ser pintadas de arlequines – imaginación de los enamorados-.

Los árboles de la vereda toman vino tinto a la noche.
Los escucho conversar.
Además los veo bambolearse, bien temprano a la mañana,
mientras ven a las chicas volver a su casa.

Las baldosas de la vereda, panza arriba,
cansadas ya del maltrato y del hacinamiento,
intentan aflojarse y mojar a algún burócrata en los días de lluvia.

A las paredes les agarra fiebre en verano.
Debe ser porque siempre pasa alguna chica enamorada,
que las acaricia mientras camina a otra casa del barrio.

Las camionetas rugen bocinazos de impotencia
cuando ven un par de piernas deslizarse en la vereda,
así es que las baldosas obtienen su merecida recompensa.




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