domingo, 8 de septiembre de 2013

FERNANDO GONZÁLEZ OCHOA [10.477]

Fernando González Ochoa (1895 - 1964) - Fotografía © Guillermo Angulo (1959)
                                                             Fotografía © Guillermo Angulo (1959)


Fernando González Ochoa


1895 – 1964
Nació el 24 de abril de 1895 en Envigado, Antioquia, COLOMBIA y vivió intensos 69 años.

Fernando González Ochoa es considerado el más original de los filósofos colombianos y uno de los más vitales, polémicos y controvertidos escritores de su época. Se enfrentó a la mentira colombiana y sus contemporáneos no le perdonaron la franqueza con que habló. Por eso fue rechazado y olvidado. Sin embargo su verdad, que golpea y azota en sus libros, está aún tan viva que ha cobrado vigencia con los años.

Fue un espíritu rebelde y pugnaz, pero al mismo tiempo hondamente amador de la vida y de la realidad colombiana que fustigó. Logró forjar un pensamiento filosófico a partir de nuestra idiosincrasia, utilizando un lenguaje tan propio de nuestro pueblo que le valió ser calificado de mal hablado. Fue un “maestro de escuela” (1) que escandalizó y al mismo tiempo abrió derroteros hacia la autenticidad. Lo condenaron por ateo y, no obstante, fue un místico. Escribió en una prosa limpia e innovadora, pero “para lectores lejanos”. Se proclamó maestro pero, según sus mismas palabras, no buscaba crear discípulos, sino solitarios. Su obra es siempre nueva, fresca y conturbadora. Y su vida fue un viaje de la rebeldía al éxtasis.

Desde niño su espíritu original y rebelde se manifestó con ímpetu y le llevó a “vivir a la enemiga”. Sobre su infancia, él mismo nos dice:

Yo era blanco, paliducho, lombriciento, silencioso, solitario. Con frecuencia me quedaba por ahí parado en los rincones, suspenso, quieto. Fácilmente me airaba, y me revolcaba en el caño cada vez que peleaba con los de mi casa (2).

Hizo sus estudios de primaria en una escuela religiosa, y luego estudió hasta quinto de bachillerato como interno en el Colegio de San Ignacio de Loyola, dirigido por los padres jesuitas, año del cual fue expulsado por sus precoces y excesivas lecturas, por transmitir sus inquietudes filosóficas a sus compañeros y por su desatención a las estrictas normas religiosas (como por ejemplo la inasistencia al tercer día de retiros espirituales, o por abstenerse de comulgar el día de la Asunción), según se desprende del informe que enviara el rector del colegio a don Daniel González, padre del muchacho.

La versión del protagonista de este acontecimiento es también sugestiva e interesante: en Los negroides relata algo de su diálogo con el padre Quirós, profesor de filosofía:

Soy el predicador de la personalidad; por eso, necesario a Suramérica. Dios me salvó, pues lo primero que hice fue negarlo, donde los Reverendos Padres. Tan bueno es Dios, que me salvó, inspirándome que lo negara. Luego le negué todo al Padre Quirós. ¡El primer principio! Negué el primer principio filosófico, y el Padre me dijo: “Niegue a Dios; pero el primer principio (3) tiene que aceptarlo, o lo echamos del colegio...”. Yo negué a Dios y el primer principio, y desde ese día siento a Dios y me estoy librando de lo que han vivido los hombres. Desde entonces me encontré a mí mismo, el método emotivo, la teoría de la personalidad: cada uno viva su experiencia y consuma sus instintos. La verdadera obra está en vivir nuestra vida, en manifestarnos, en auto-expresarnos.

Gracias a esta expulsión —su marginamiento del mundo académico duraría tres años— surgió su primera obra: Pensamientos de un viejo, que saldría a la luz pública en 1916, presagiando ya lo mucho que tendría por decir en años posteriores.

En 1917 se graduó como bachiller en filosofía y letras de la Universidad de Antioquia, y en 1919 la misma institución le otorgó el título de abogado. Allí validó un buen número de materias gracias a sus excepcionales dotes. Su tesis de grado El derecho a no obedecer fue censurada por las autoridades universitarias, que lo obligaron a realizarle algunos cambios, y en consecuencia la tituló simplemente Una tesis. Su actividad como abogado la ejerció esporádicamente como complemento a su intensa labor de escritor.

En 1922 contrajo matrimonio con Margarita Restrepo Gaviria, mencionada a menudo en sus libros como Berenguela, en quien encontró no sólo una gran compañera sino una lectora sensible e inteligente. Cuando salió la primera edición de Viaje a pie, escribió para ella: “A veces creo que no eres mi cónyuge, sino mis alas”. Margarita era hija de Carlos E. Restrepo, ex presidente de la República de Colombia, quien con el tiempo se convertiría en buen amigo y confidente de Fernando González. De esta unión hubo cinco hijos, cuatro hombres y una mujer: Álvaro, Ramiro, Pilar, Fernando y Simón.

Se desempeñó como magistrado del Tribunal Superior de Manizales, juez segundo del Circuito de Medellín, asesor jurídico de la Junta de Valorización de Medellín y cónsul de Colombia en las ciudades europeas de Génova, Marsella, Bilbao y Róterdam.

La producción literaria e intelectual de Fernando González fue abundante, particularmente entre 1929 (Viaje a pie) y 1941 (El maestro de escuela). Durante estos años escribiría la mayoría de sus obras: Mi Simón Bolívar (1930), Don Mirócletes (1932), El Hermafrodita dormido (1933), Mi Compadre (1934), Salomé, concebida y registrada en sus apuntes de esos años, aunque sólo vería la luz pública en 1984, contenía las ideas madre de una de sus mejores obras: El remordimiento, publicada en 1935. Otras obras de esa época fueron Cartas a Estanislao (1935), Los negroides (1936) y Santander (1940).

Desde mediados de la década del 40, la vida de Fernando González entra en una etapa de receso como escritor y vive una mayor introspección, gracias a lo cual en los últimos años de su vida sorprende con nuevas obras: Libro de los viajes o de las presencias (1959) y La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera (1962). A todo esto se suma la producción intelectual de su correspondencia, entre ella la sostenida con su suegro Carlos E. Restrepo, el sacerdote catalán Andrés Ripol, el jesuita Antonio Restrepo y su hijo Simón, así como la actividad en su revista Antioquia, de la cual entre 1936 y 1945 editó 17 números.

Su obra es polémica, original, prolífera y multifacética. Recibió el elogio y la admiración de importantes escritores como Gabriela Mistral, Azorín, Miguel de Unamuno y José María Velasco Ibarra, entre otros. Se dice que en 1955 el filósofo francés Jean Paul Sartre y el estadounidense Thornton Wilder incluyeron su nombre en una lista de candidatos al premio Nobel de Literatura, pero esto no está comprobado. (Ver “El Nobel de Fernando González”).

La escritora chilena Gabriela Mistral, primer premio Nobel de Literatura en Latinoamérica (1945), con quien sostuvo correspondencia, dijo alguna vez:

Los libros de Fernando me sacuden hondamente. Hay en él una riqueza tan viva, un fermento tan prodigioso, que ello me recuerda la irrupción de los almácigos en humus negro. ¡Es muy lindo estar tan vivo!

Y Ernesto Cardenal, poeta nicaragüense, dice:

¿Quién es Fernando González? Es un escritor inclasificable: místico, novelista, filósofo, poeta, ensayista, humorista, teólogo, anarquista, malhablado, beato y a la vez irreverente, sensual y casto… ¿Qué más? Un escritor originalísimo, como no hay otro en América Latina ni en ninguna otra parte que yo sepa.

Como punto final a esta breve biografía, valga mencionar su célebre Otraparte, hoy convertida en casa museo. Como hecho coincidencial, el tatarabuelo materno de Fernando González, Lucas de Ochoa, había sido propietario de ese terreno, que tuvo distintos dueños hasta 1937, cuando el escritor lo adquirió. Allí construyó una bella casa, de estilo colonial, con la ayuda del arquitecto Carlos Obregón, el ingeniero Félix Mejía Arango (Pepe Mexía) y el connotado pintor e ingeniero Pedro Nel Gómez. En el libro Fernando González, filósofo de la autenticidad, Javier Henao Hidrón relata:

En los últimos años de la vida de Fernando González, Otraparte se convirtió en un lugar casi mítico. El nombre se hizo popular, y solía ser pronunciado con admiración y respeto. Al maestro empezaron a llamarlo, unos “El mago de Otraparte” y otros “El brujo de Otraparte”. Con frecuencia era visitado por jóvenes e intelectuales ansiosos de conocerlo.

Entre estos personajes figuran autores como Manuel Mejía Vallejo, Carlos Castro Saavedra y Gonzalo Arango.

Sin embargo, lo importante para encontrarse con Fernando González no es oír hablar de él, sino hundirse en la lectura de sus obras. Para quien se acerque desprevenidamente, esa lectura será un descubrimiento. Ahí, en sus libros, hay que abrevar para encontrar un mensaje de salvadora rebeldía, de autenticidad, de vitalidad, de emoción ante la vida, de búsqueda incansable de la verdad, de sinceramiento ante uno mismo, ante los demás, ante Dios. Porque Fernando González, del que siempre se ha presentado un estereotipo de irreligioso y ateo, de pensador asistemático y contradictorio, de iconoclasta empedernido, fue un místico que viajó a la intimidad con fervor, que plasmó una filosofía con un hilo conductor desde el principio hasta el fin, un forjador de idearios para nuevas juventudes, más allá de su tiempo, más allá de él mismo. Esa fue su labor de “maestro de escuela” en una Colombia que no lo comprendió pero que ahora empieza a redescubrirlo.

Murió a causa de un infarto el 16 de febrero de 1964.

Obras

(1916) Pensamientos de un viejo
(1916) El payaso interior
(1919) Una tesis - El derecho a no obedecer
(1929) Viaje a pie
(1930) Mi Simón Bolívar
(1932) Don Mirócletes
(1933) El Hermafrodita dormido
(1934) Mi Compadre
(1934) Salomé
(1935) El Remordimiento
(1935) Cartas a Estanislao.
(1935) "Hace tiempo" de Tomás Carrasquilla
(1936) Los Negroides
(1936) Don Benjamín, jesuita predicador
(1936) Nociones de izquierdimos
(1936 - 1945) Revista Antioquia
(1940) Santander
(1941) El maestro de escuela
(1942) Estatuto de Valorización
(1945) Cómo volverse millonario en Colombia
(1950) Cartas a Simón Bolívar
(1959) Libro de los Viajes o de las Presencias
(1962) Tragicomedia del padre Elías y Martina la Velera
(1963) El pesebre
(1963) Las cartas de Ripol





Los mitos

(Balada nueva)

Caminar por encima (¿entiendes?),
sumirlos en profundo olvido (a estos),
muertos,
y habitar con los suyos,
hijos del alma, (¿Epifanio?)
sosegados y alegres
(los mitos).

No existen, no existen
ya para mí (estos);
nací para el amor y el odio me quema.
Inervado, inervado entre vosotros
hijos míos, 
(los mitos).

¡Amor, amor,
que Roma es!
Allá iremos. En Roma habitan
(los mitos).

Roma, amor, luz dorada
y fugaz amapola,
cuna, clima, ambiente
mitológicos.

A, eme, o, ere,
Roma, amor,
arrullo del mar ostiano,
propicio al tacto
y al ojo del escultor y del pintor
(de mitos).

Luz dorada, forma llena,
eco amigo, golondrinas
y día y noche habitados
por mitos.
¡Roma, amor!

En el odioso Ponto,
Ovidio recordábate,
llorando…
¡Urbs amoris, Roma!

Agosto, 1945



De vez en vez tenemos que ocuparnos de música,
si queremos progresar en la vida filósofa.


A mi tumba

El balso, las guaduas,
las tres palmas
me convidan a comprar finca
en Envigado.

Soy tan joven ahora, que
                       los deseos
me hacen cosquillas dolorosas.
Casi todo el día lo gasto
engañando los deseos.

Este cuerpo se me volvió
un ansioso de propiedad:
toda la luz para mí,
la noche toda para mí,
para mí “LA MANGADA DE FRANCISCO”,
“LA CASA DE DON ALVARO”
que tiene palmera
y en donde
hicieron los santos de Envigado.

Vamos a ver fincas, le digo
        a Margarita...:
Desde la mangada de los Carvajales
    se ve el campanario...;
En el viejo solar del doctor Manuelito
hay palma, arizá y el canelo
    único en Envigado.

Antes eran las muchachas...
Ahora son los prados
para edificar la casa
en donde vivan los pensamientos
sanos y maliciosos
como animalillos salvajes
de ojos
“más allá del bien y del mal”.

Son las luces, las sombras, los
matices
que hay en el camino para
        la estación,
en donde los guayacanes
        hacen guiños
a mi corazón.

Un día me dije, para engañarme,
que todo era mío, porque
en todas partes
podía orinar, y pensar
echado en decúbito dorsal.

Pero ¿los pensamientos? ¿Los
pensamientos, cuidados por
dos fieros mastines
para que no los contamine
        el pueblo vil?

Mi carne, alma hecha fibras,
tiembla ahora por el ansia de propiedad,
así como curva y múltiple hoja
de “La palmera de don Álvaro”
al soplo del vendaval.

Una casa, un prado, un huerto,
dos mastines, una vaca y un
        Maestro.

Todo en un alto, para contemplar
                            el espacio
por donde llegarán
                mis pensamientos.

Y para amojonarme.
Me urge el deslinde...:
unas tapias, dos mastines,
porque el contacto del
                pueblo vil
me duele.

Vagar sin casa: eso
era en la juventud.
La mujer encinta y el pensador
exigen casa, y dos mastines
para cuidar
        al que llegará...

Fui cazador, andarín
mirón y perseguidor;
    pero ya exige
el que está para llegar
que hunda nudosas raíces
como las umbrosas ceibas
            de la plaza.

Pero nada puedo comprar
                y, así,
hoy me fui al cementerio
                y vi
que allí abrazarán mi ansioso cuerpo
las barbudas raíces de las palmas.

¡Esa mi casa! Y los mastines
serán dos cipreses
grávidos de silencio...
Cipreses oscuros, quietos,
hieráticos mastines...
¡Esa mi casa! ¡Y todo en Envigado!

1935









Bajo los guayacanes

Salud: adorámoste;
también a tus hijos:
                la belleza
y el proteico dinero.
¡Eres madre prolífica!

Tuyos los frutos todos
que alimentan al guerrero:
concentración, irradiación
y la bella serenidad.

Pero ¿cuál ese bailarín,
ágil como lagarto luciente
y duro como vergajo?...
Es
el claro concepto mental.

Y como tú, Salud, eres mía,
yo soy el joven,
soy el irresistible
bailarín cósmico;
soy
¡El brujo!

1935







Mi hijo

Me voy del tiempo
huyendo de mí.
El mí lo he creado
en 34 años
de cochinerías.
¡Me persigue mi creación!
Creé un muñeco diabólico
que me hace gestos
                inmundos.

Detrás de mí corre el muñeco;
mi creación no me abandona...
Huyo a los astros lejanos
para no ver a mi hijo monstruo.

¿Cómo es este misterio?
¿Yo me creé a mí mismo?
¿Yo soy mi padre?
                ¡Enigmas!

Quiero matar a mi hijo:
matar lo que me he realizado;
se llama Mi
y me hace horribles muecas.

Me hace caer y me escupe;
se esconde bajo las camas,
se sienta a mi mesa
y me sopla palabras.

Está en mis ojos,
dentro de mis oídos,
en los bolsillos de mis ropas
                y me escupe.

Medellín, 1930






Poema a la vida carnal

¡Llueve! También en mi corazón carnal...,
pues hay en él
un remoto anhelo de morir ya:
estoy fatigado de lluvias y de soles,
de amores y de odios, d’ estas estaciones
en mi corazón carnal.

Ya no me gusta el estrujón... ¿Para qué
vivir más
en el corazón carnal?...
Mi voluntad está zangoloteada
por la eternidad...
Pero aún amo, ¡ay!, aún amo
la juventud
y así
renacería en algún útero
d’ envigadeña paludosa
para saciar
mi corazón carnal!...

¿Cuándo estará afeitada
mi corporal mansión
para el fúnebre banquete?
Entonces quedaré
estático
mirando
la eternidad.

¡Ay!, esta pierna temblona
y este cerebro semiescleroso
me hacen aburridora
la tierra
como mansión.

¡Echa ya, echa ya la eternidad!

Pero, ayer vi una joven
cuyas tetas eran como nido
de ametralladoras
y comprendí
que debo habitar
el corazón carnal:
porque si no, retornaría,
atisbaría desde los tejados
el coito d’ envigadeños paludosos
para renacer y volver
al cruel apretujón;
para volver a sentir
el vaivén
de los tejidos
comprimidos
de las jóvenes
contra mi corazón.

Ya sólo de vez en cuando
se encabritan mis tejidos
al paso de las jóvenes.
Soy a los cuarenta años
como el anciano toro
que parado en un otero
atisba a las novillas
que no lo ven...
Soy el viejo toro que medita
así:
Bella es la elástica novilla
aunque no se bañe.

Es preciso trascender; debo
aprender
de los coitos con la eternidad.
Mis tejidos
pierden la elasticidad
terrena;
me abandonan las juventudes
tan bellas, pero ¡tan pendejas!

Ayer dialogaban las jóvenes
en el prado de mi casa
y me parecieron
muy bellas, pero
¡tan pendejas!

¡No era diálogo! Era
baraúnda
para disimular
el anhelo
de apretujones violentos...
Esos que se fueron de la Tierra,
impreparados,
las urgían,
para renacer
y, por eso,
desde lejos eran muy bellas,
bellas para el tacto,
y, de cerca,
pendejas para el oído y
para aquello que en mí
está fatigado de la rueda
de las estaciones.
¡Echa ya, echa ya la eternidad!






Vejez

Triste equivale a viejo:
Inútilmente pasan las horas;
metal sin eco, campana rota,
vaso con fisura
es el cuerpo viejo.
El cansancio del viejo es anticipado:
es desgano
como de líquido espeso en el tubo.

Hay cansancio, y cansancio de viejo:
aquél, hasta cosquillas hace de gusto.
Y hay tristeza y hay mil cosas,
pero sólo hay una vejez,
asquerosa,
lo único asqueroso y lo único infernal.

El aura del viejo es húmeda y fría
como los vientos de noviembre,
que son brujas
arropadas en sudarios
sudados por muchos muertos
colombianos.

Lo más asqueroso que hizo Dios
es Colombia 1943.
¿Comprendéis?
¡Llegar a viejo en Colombia!...
“¿Dónde está el maestro?”
preguntan unos borrachos colombianos
en mi puerta...
El maestro será vuestra p...1 madre,
vuestra p...1 patria y
vuestra p...1 crónica,
alias “historia”.
Un hálito de sudarios sudados
por muchos muertos es Colombia;
muertos ensuciados, hedientes,
presidentes muertos,
y sus hijos y sus madres
que fueron unas trilladoras.

Choferes, de automóviles traídos de U.S.A.
a cambio de todo...
El hijo del Manco es del Sindicato;
es rey de choferes,
y el hijo de Eugenio
es el que manda las escuelas...
Un hálito de sudarios nos enfría.
Y mi vecino Chucho Marulanda
está bebiendo con Arango Tavera
hace días... Ahítos de ganancias,
vinieron a digerir lucros,
y sus almas son frías y húmedas,
y lisas y se sienten en
La Huerta del Alemán.

Lo peor fue que ese López
se paró en la alambrada
de mi Huerta del Alemán,
y enantes vino y entró a casa
“a ver al maestro”...
“Maestro” será vuestra crónica,
alias historia,
¡vuestra p... madre!

Y creí que bebiendo olvidaría
y no sentiría los hálitos.
Beba, beba la bebida
y reciba las escupas,
¡Las babas de las Américas!

El ministro es uno gordo
como un tonel;
contrata las carreteras
y trabaja con la lengua.
Vuestra crónica,
vuestra madre,
¡patria de los “Santos”!...

1 ¡Qué lástima!





Hiro-Shima

(Pre-sentimiento)

A los muertos y a los que van a nacer:
porque el presente es un ñudo.

—Dos días ha que estoy derrotado (¡ay!)
revolcándome sobre mi cadáver…
revolcándome sobre mi amor
derrotado…
—¿Amor derrotado? ¡Pleonasmo!
Amor es siempre sin ruta…
¡Sosiégate! Sosegar, so y segar,
cortar las erectas espigas…
Sosegar es lograr que Psiquis
no tenga erupciones.

—¡Ya estoy sosegado…!
—¡Escucha esa música!
El sosiego, estar sosegado.
No es aquietar,
no es apaciguar.
Por eso:
su mano buena
me sosegó (¿Teanós?)

—El Emperador a los samuráis:
«Padeced lo indecible».
No es sosiego; es aguantar:
Sidarta Gautama
sentado a la turca,
aquietado y padeciendo,
silencioso y entendiendo,
detenido y viendo:
Es la Venganza,
la furia de los ojos quietos
dormidos pasos y palabras mudas.

Aquí estoy sentado sobre la piedra dura,
sobre mi destino.
Robármelo nadie puede:
lo que nace de mí no nace de otro.

—¿Qué te pueden robar?
Lo que no eres: la apariencia.

—¡Eso es! Soy el desnudo
y no tengo que esperar,
ni temer
ni pedir…

Pero pueden coger;
los transeúntes pueden coger
frutos
del hombre que está sentado
sobre sus vestiduras,
desnudo,
sosegado.

Los transeúntes gritan
que bueno y que malo
y el hombre sigue sentado
sobre su cadáver.

Soy como una muchacha
que cierra la ventana,
y luego la puerta
y después el postigo,
y ya está consigo misma,
conforme
in se ipsam.

Así: no oigo, ya no oigo;
no veo; voy no viendo,
ya no veo;
ya no huelo,
ya no siento…
¡Ya entiendo!
Estoy sosegado,
no estoy derrotado,
no soy
«criminal de guerra»:
¡Ganamos la guerra…!

Ganamos la guerra,
porque bregamos,
descontentos,
no lanzamos «la bomba»
y porque la muerte es el éxito.

¿Cómo no?
Siempre que uno nace, murió,
y siempre que murió, nació.

Por eso, el almirante
Tashijiro Onishi
escribió a los espíritus de los Kamikaze:

«Seguros de la victoria, caísteis,
proyectiles humanos;
pero esa convicción
no se ha cumplido todavía,
y voy a reunirme con vosotros
los que naceréis».

Y el Emperador, el 16 de agosto:
«Sobrellevad lo imposible
y sufrid lo indecible,
para ser cimientos eternos».

Y Narvashito Kuni
ordenó
reprimir estallidos emotivos,
padecer lo insufrible
y hacer gala
de espíritu imperecedero».
¡Esto es ganar la guerra!

«Naciones Unidas» murieron
con Delano Roosevelt;
con él se fue la Victoria:
El Mujic,
José Stalin,
pagado
($1.000.000.000.00 U.S.D.)
por Truman,
ataca al Sol,
ya arrasado
con la «bomba» comprada
a los que la sacaron
de Berlín.

¿Para economizar?
Coventry, ¿para qué fue?
¿Quién será el juez?

Tormentos pequeños,
lacerantes:
esculcar las encías
a los héroes vencidos…

Están inflando a las Furias;
han llevado muy lejos
el badajo del péndulo,
y el péndulo vuelve.

Es ley
que la burla engendra burla
y dolor el puñal.
Y sólo hay un modo
de vencer a la ley
y es, trascendiéndola;
renunciar
y consumirse en amor.

Parece que Cristo
es el padre de la ley
y el padre de toda
Victoria.

Pero el Mujic
jura y perjura
que destripará
al pensamiento
y que nadie habitará la Tierra
sin estar marcado.
El animal tricéfalo quiere reinar.

Agosto, 1945











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