martes, 3 de septiembre de 2013

BERNARDO NAVIA [10.441]


Bernardo Navia
Bernardo Navia nació en Chillán (Chile) el 14 de agosto de 1967. Estudió y vivió en diferentes ciudades chilenas, así como también en diferentes países (Argentina, Perú, Puerto Rico y Estados Unidos). Se graduó con una licenciatura en español del Antillan Collage (Mayagüez, Puerto Rico) el año 1990. Posteriormente se trasladó a la ciudad de Chicago, en donde completó su maestría y doctorado en Literatura Latinoamericana. Ha sido traductor para diferentes compañías y como instructor de lengua y literatura para diferentes institutos y universidades del área de Chicago, y profesor asistente de literatura latinoamericana en la Universidad DePaul. Es autor varios libros de poemas y cuentos; así como de numerosos artículos y ensayos publicados en diferentes revistas y periódicos, tanto de Estados Unidos como de Europa y Latinoamérica.
Publicaciones: Doce muertes para una Resaca, Betania: Madrid, 2001; and co-published a book of short stories as well (Vocesueltas: Cuatro cuentistas de Chicago, Vocesueltas: Chicago, 2007). He has also been published in several literary magazines: Abrapalabra, Fe de Erratas, Zorros y Erizos, In Other Words, and Contratiempo, among others. 



Declaración

A solas y en inglés
hice una lista de lo que adeudo
y le pagué a un notario
que la hará oficial:

me declaro en quiebra
en humo y estampida
me declaro un camello
una lechuza nómade
me declaro un niño
un pescado ciego
y un canario tonto
me declaro un cigarro
de arena y ceniza
me declaro un ñandú
con un tic nervioso
me declaro en la banca
o con tarjeta roja
me declaro en fuga
harto triste y loco
me declaro muerto y desaparecido.

en Viaje en dos jornadas, 2011






Señales

nosotros los nuestros
sabemos reconocernos
llevamos un rastro
como de luna enferma en las ojeras
y como un olor
a calles solas en las manos
nos hablamos en la lengua
de los libros ebrios
y los bares lentos
y movemos los labios
sal compás de un reloj muy largo
que nos odia y que nos ama
retozamos con sapos
en las inútiles camas
y con búhos en los ojos rojos
y sabemos colgar la risa
en los murciélagos
sí nosotros los insomnes
sabemos reconocernos
movemos como salamandras las pisadas
nos zumban demonios en los bolsillos
y tenemos algo de muerte en la mirada

en Abra palabra, Chicago, 1995







Defensa

Se me acusa, amable público oyente ,
de haber perdido el rumbo
y el compás de navegante
(capitán o inmigrante)
con que un día me arrojaron
a flotar en las calles.
Y se me acusa también,
a escondidas por supuesto,
y de haber ahogado un libro
desahuciado por los versos
contagiados del insomnio;
y han dicho, queridos oyentes todos,
que no se regar palomas,
ni sé lavar las horas
silenciosas de la noche;
y que ya no sé hablar la lengua
de las hojas en otoño,
ni la de sal de un océano
que lleva ya de ausente
tantos años, por Dios santo.
Queridos miembros
del jurado aquí presente,
no es verdad lo que dicen:
que abandoné en un parque
repleto de las risas
de unos niños que jugaban,
el poema que me dieron
a cuidar y a alimentar
mientras llegaba la primavera;
que, sea  dicho de paso,
ni siquiera me ha llamado
la muy mal educada.
Yo sé lo que les digo:
soy inocente de lo que me acusan,
y del espejo que tengo
y de las voces que aletean
como cartas del olvido
o como pájaros de muerte;
si no creen lo que digo
los invito hasta mi casa,
a que vean con sus ojos
las flores en mis cosas
y la calma en mis zapatos;
a que prueben por sí mismos
la miel de la inocencia
que destilan los juguetes que 
que se instalaron en mi casa;
y a que se convenzan
de una vez por todas,
amables señores oyentes,
que no he abandonado el barco
sino que he llegado a un puerto
donde anida la alegría,
y no me halla la tormenta;
un tranquilo puerto
de calma y esperanza
del que ya no he de zarpar,
aunque haya cuervos y sombras
y fantasmas que no duermen jamás,
que muy  de tanto en tanto
les gusta de mí burlarse
y hacerme sangrar
unas llagas que no curan
y me queman todavía, a veces, en el alma.





Resignación 

Hay un país hermoso
al que ya no puedo entrar;
con sus playas y sus bosques
y montañas sin tocar
en donde charlan con amor
animales con la luna
y los duendes con el mar.
Y en ese país hermoso
hay también oculto
un castillo de cristal
en donde duerme un  dragón
a los pies de la princesa
o habla con las hadas
una lengua que olvidé.
Y de ese país de ensueño,
al que ya no puedo entrar,
me llega un rumor a veces
escondido entre las voces
de Inti, Leaf y Rain
que hablan esa lengua
que hace años olvidé.
Era frágil y de magia,
y de canciones de color,
como es el país de ellos
al que ya no puedo entrar.

            Agosto, 2011





Secretos

Yo y mi sombra hacemos cosas
de las que la gente
―creo yo, señores―
se ríe callada

Esperamos silbando un tranvía de niebla
y calendario empolvado
que no pasa nunca;
o brindamos callados
como secreto de novia
por los pasos perdidos
en madrugadas heladas
de bares marchitos
por brisas de nostalgia inmigrante
e impotencia “ilegal”;
también escribimos,
muy de vez en cuando por cierto,
cartas de amor y silencio obcecado
por los sueños no habidos,
por palabras que nunca
quisieron volar;
por las cosas de siempre,
por las risas de amigos,
y por tus labios untados
en vértigo y olvido
que se fueron a jugar
con mis otras memorias
a la orilla del mar.




“Carta abierta a Augusto Pinochet”, de Bernardo Navia





General: 

Era yo un niño cuando se hizo del poder político en Chile. Desde entonces viví sabiendo de usted, escuchándolo a usted, viéndolo a usted (las emisoras radiales y la televisión se encargaban siempre de traerlo hasta mi casa); no pudiendo escapar a la presencia casi omnipotente de usted.

General, a mi adolescencia y a parte de mi vida universitaria llegaron siempre perturbadoras nociones, ideas y noticias sobre sus terriblemente famosos métodos de ‘justicia’ y ‘programas’ para imponer ‘orden’ y ‘bienestar’ en un país que quedará en mi memoria para siempre marcado por la sombra de su nombre.

Hace veinte años que vivo fuera de Chile. Por eso que la noticia de su muerte no me llegó ni la sentí de la misma forma que la que podría haber sentido estando allá. En estos veinte años me han sucedido muchas cosas, General. Entre ellas aceptar el hecho de que, tal como se lo menciono más arriba, el Chile de los ’80 y gran parte de los ’90, quedará grabado en mi memoria junto a los fantasmas del terror impuesto por usted. Ese Chile es el que recuerdo siempre. No sé si me entiende usted. Es decir, no sólo se llevó hoy a la eternidad el dolor, el miedo, el olvido, el horror, la tristeza eterna que sembró en el corazón de tantos, no; también se llevó usted las memorias de mi infancia y adolescencia en un Chile castigado y oprimido. El país de hoy, aquel del cual siempre intento estar informado, es un país que no puedo hacer coincidir con el que recuerdo. Cuando digo que se lleva usted me refiero a esa especie de sonrisa burlona que me parece ver se dibuja para siempre en sus labios: se va usted de entre nosotros sin haber sido castigado nunca por esa inimaginable barbarie con la que asoló a ese país de mis memorias. Sí, se lleva usted una sonrisa de burla. Pero si “el que ríe al último ríe mejor”, entonces sepa usted, General, que la historia y las generaciones siguientes reirán al último.

General, nunca me tocó experimentar en carne propia el dolor innombrable de tener a un papá, hermano o hijo ‘desaparecido’. Pero conocí a seres humanos que sí lo vivieron. Por eso hoy, mientras leo las noticias de su muerte, no puedo dejar de mirar a Inti, mi pequeño de dos años que juega con su pelota, tan ajeno y tan lejano a todo esto, ni puedo evitar pensar que, gracias a su muerte, General, se le ha evitado a él conocer a uno menos de tantos hijos de puta.

Sinceramente,

Bernardo E. Navia
Chicago, diciembre 10, 2006






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