viernes, 26 de julio de 2013

FRANCISCO LÓPEZ MERINO [10.273]


Francisco López Merino
Francisco López Merino, "Panchito" (06/06/1904 - 22/04/1928).
Nació en La Plata el 6 de junio de 1904 y se quitó la vida en la misma ciudad el 22 de mayo de 1928 en uno de los baños del Jockey Club, disparándose un tiro en la cabeza. Fue hijo de América Merino y del escribano Francisco Toribio López, ambos de nacionalidad uruguaya. Tuvo cinco hermanas a las que dedicó algunos de sus poemas y con las cuales compartió la infancia en una casa palaciega de la calle 49, entre 12 y diagonal 74, donde hoy funciona la Biblioteca Municipal que lleva su nombre. Si bien no se conocen claramente las razones de su suicidio, cierto es que la muerte temprana de una de sus hermanas, María América, en 1922, lo sumió en una profunda y crónica melancolía. De trato afable y comunicativo, López Merino tuvo muchos amigos y desarrolló una vida social intensa que le permitió relacionarse rápidamente con los poetas vanguardistas de Buenos Aires nucleados en torno de la revista Martín Fierro, aunque mantuvo distancia respecto de sus parámetros estéticos.  Con algunos integrantes de ese grupo –Borges, Marechal, González Tuñón, entre otros– formó parte, en 1927, del “Comité Yrigoyenista de Intelectuales Jóvenes”, entidad de efímera duración. En su breve existencia, sólo llegó a publicar tres libros de poesía: Canciones interiores y otros poemas (obra de adolescencia que él mismo retiró de circulación, 1920), Tono menor (1923) y Las tardes (1925). Dichos libros le bastaron para granjearse la admiración de Jorge Luis Borges y Juan Ramón Jiménez, entre otras personalidades destacadas de la época, y le hicieron decir a Rafael Felipe Oteriño: “En ellos, traslúcido, percibo el clima espiritual de esa ciudad nueva, de ese domingo que es igual a otros muchos, de esos jardines donde transcurrió la infancia. Poesía del encantamiento y de la recreación es la que encierran. También poesía del dolor”. Como integrante de la “Generación del 17” o “Primera Generación Platense” (conocida, asimismo, como “Primavera Fúnebre” y “Primavera Trágica”), López Merino contribuyó a dar vida a la llamada “Escuela de La Plata”, caracterizada, principalmente, por el tono elegíaco, el equilibrio formal y la claridad y la economía expresivas; escuela que habrá de pervivir, con distintas modalidades, hasta la actualidad.

Sus poesías

En el año 1920 publicó en forma de folleto Horas de amor un conjunto de nueve poemas que luego fuera víctima de autocensura. En el año 1921 escribió otra colección de poemas titulada Fragmentos de un libro inconcluso, dividida en tres secciones: "El espejo de mi interior", "Del eterno femenino" y "Cantos". Estas composiciones nunca fueron publicadas.
El poema "El alma se me llena de estrellas..." ya estaba presente en este grupo de textos y con posterioridad fue incluido en su libro Tono Menor (1923).
López Merino publicaba sus poesías en diferentes diarios y revistas del país, fundamentalmente en los periódicos El Día y El Argentino de La Plata, la revista Crónica Social, de la misma ciudad y El Cronista, diario de Chascomús.
En la revista Valoraciones, editada por la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), escribió dos notas bibliográficas: la primera se refiere al libro de poesías El árbol, el pájaro y la fuente (1923), de Córdova Iturburu, y la segunda se ocupa del libro de poesías El Imaginero (1927), de Ricardo Molinari.
En 1925 publicó su libro Las Tardes. Los diarios más significativos del país (La Nación, La Prensa, La Razón, Crítica, El Día y El Argentino) elogiaron los méritos literarios del joven escritor.

Obras publicadas

Tono Menor (Poesía), publicación del autor, La Plata, 1923.
Las Tardes (Poesía), Editorial Latina, Buenos Aires, 1925.
Obras Completas, La Plata, Secretaría de 
Cultura de la provincia de Buenos Aires, 1931.





El alma se me llena de estrellas

El alma se me llena de estrellas cuando pienso 

que moriré. Imagino espirales de incienso 
decorando la caja mortuoria; luego el canto 
triste de las campanas.  (Igual que en viernes
santo
llorarán las campanas porque yo fui creyente, 
porque yo hablé de Cristo melancólicamente.) 
Después, ese silencio divino que buscaba 
día a día en la vida, pero que no encontraba. 
Después, la paz profunda.

Y al poco tiempo, acaso, 
se esfumarán mis ojos en el pálido ocaso 
del recuerdo... Y entonces el compañero amado 
dirá que fui una llama de luz que se ha
apagado.
Y la amiga lejana de mis días adversos 
abrirá el cofrecillo lírico de los versos 
y volcará las hojas pálidas de las rosas 
que yo gusté ofrendarle en las tardes hermosas. 
Mientras tanto la muerte no llega...
Pienso en ella 
y en mi alma florece de emoción una estrella.







DE VIAJE

Un niño, frente a mí, va mirando el paisaje; 
sus ojillos descubren las flores campesinas 
y como el tren se lanza por valles y colinas 
este niño se llena de emoción en el viaje.

Silabea palabras que apenas oigo, asombra 
esta mirada suya penetrante y tranquila, 
se dijera que ansia que su clara pupila 
aprisione los bellos pormenores que nombra.

Los demás, abstraídos, el paisaje olvidamos. 
El pensamiento nuestro cesa de hilar, reposa... 
Yo me he dicho ante el niño que admira el
cielo rosa: 
él es el más poeta de los que aquí viajamos.

                                     (Tono menor)






VERSOS A LA CALLE DE MI NOVIA

Vives en una calle donde siempre es domingo. 
Por esa calle única se derrama septiembre 
con sus campanas lentas, su aroma de glicinas 
y su tristeza casi alegre.

Un ángel invisible limpia la luz del aire: 
la luz eternamente fácil que te contiene. 
En sus cielos pacíficos una tarde sin nombre 
se ha detenido para siempre.

Tal vez por esa calle llegara hasta tu infancia: 
seto de lilas, libro de oraciones celestes, 
agua de primavera, tu nombre y senda clara 
que conduce a una calle donde es domingo 
siempre.






Calle

Amo el silencio humilde de esta calle
ennoblecida de árboles serenos
por donde nunca pasó otra alma
que no sea la del viento...
Las nubes se detienen a mirarla
con sus ojos etéreos,
y saben, por la ausencia de las hojas,
si está en ella el otoño o el invierno.
Amo el silencio humilde de esta calle
ennoblecida de árboles serenos
por donde caminé tantos domingos
con mi pequeño huerto de recuerdos...
Cuando yo muera, amigo, habrá quedado
en esta calle lo mejor que tengo:
El rosal escondido de mis penas
y la música vaga de mis sueños. 






Las tardes

Siempre estás como ausente de la tarde. ¿Qué lago
invisible y lejano recogerá tu imagen?.
Líquido estremecido por un perfil tan vago
se tornará sensible cuando los astros bajen.

Temo quebrar la magia de tus vírgenes sendas
con la torpe palabra que mi labio pronuncia.
Tendré que ser más leve para que me comprendas,
o tú bajar al mundo como agua que renuncia.

Siempre estás como ausente de la tarde. ¿Qué brisa
se lleva tu silencio cargado de leyendas?.
De paisajes soñados se nutre tu sonrisa
Tendré que ser más leve para que me comprendas. 






La emoción del silencio

Ésta es la hora en que todos los enfermos se agravan.                                                                               Charles Baudelaire

En los largos crepúsculos profundos
poblados de un recóndito silencio,
recuerdo el verso aquel que me emociona:
la hora en que se agravan los enfermos...

Pienso que un alma análoga a la mía
acaso ha penetrado al reino eterno
en esa hora ínfima y doliente
en que se agravan todos los enfermos...

¿Amigo, tú no sientes la tristeza
que desciende en la hora de silencio?
¿No sientes cómo tu alma también gime
cuando se agravan todos los enfermos...?

Fuente: Tono menor, edición del autor, La Plata, 1923.







Mis primas, los domingos...

Mis primas, los domingos, vienen a cortar rosas
y a pedirme algún libro de versos en francés.
Caminan sobre el césped del jardín, cortan flores,
y se van de la mano de Musset o Samain.

Aman las frases bellas y las mañanas claras.
Una estatua impasible las puede conmover.
Esperan la llegada de las tardes de otoño
porque, tras los cristales, todo de oro se ve...

Y vienen los domingos a cortar rosas. Saben
que el eco de sus voces para mí grato es.
Entre las hojas quedan sus risas armoniosas;
ellas seguramente se ríen sin saber.

Mis primas, cuando llueve, no vienen. Dulcemente
aparto los capullos que el viento hará caer;
hago un ramo con ellos y pongo bajo el ramo
un volumen de versos de Musset o Samain.

Fuente: Las tardes, Editorial Latina, Buenos Aires, 1925.







Libro de estampas

Viejo libro de estampas siempre fresco a mi anhelo
de buscar la invisible huella de sus pupilas.
Ella vivió el ambiente puro de cada cielo
y detuvo su asombro frente a un seto de lilas.

Quién sabe qué silencio musical le dio un lago
y qué ramo de rosas los canales dormidos...
Para su fantasía, del matiz tenue y vago
se elevaba una estela diáfana de sonidos.

¡Cuántos ensueños truncos errarán todavía
por las sendas sin nombre de estos quietos paisajes!
¡Cuánta leve nostalgia, cuánta melancolía
tejida en el transcurso de fantásticos viajes!

Fuente: Las tardes, Editorial Latina, Buenos Aires, 1925.







Canción de los domingos de infancia

Tout est fini, les dimanches son morts
Mes pauvres petits dimanches son morts
   Max Elskamp (Dominical)

Por mi memoria pasan como estampas borrosas
los castos y tranquilos domingos de mi infancia:
ramo azul de glicinas y campanas tediosas
entre un viento que extiende dolorosa fragancia.

Rayos de sol que quiebran la limpia superficie
de los viejos espejos que nos conocen tanto.
Rosales que se vuelcan en fragante molicie
y rosas que prolongan dominical encanto.

Niños de rostros pálidos y pupilas llorosas
que no tienen domingos ni una vez por semana.
Niños que viven entre letanías silenciosas:
carne de lirios que una brisa herirá mañana.

Nubes desvanecidas como trémulos lienzos
y nubes donde nace la tristeza del día.
Soledad un poco gris de esos patios inmensos
donde los escolares dejaron su alegría.

Musgo crepuscular de los gastados muros
que sugieren el miedo de morir o enfermarse.
Ventanas de cristales límpidos e inseguros
donde la niebla lenta fantasías esparce.

Caminar de muchachas que esperan la llegada
de este día, en que las bellas palabras se conciertan.
Angustia persistente de una rama quebrada
junto a las otras ramas que bajo el sol despiertan.

Nostalgia indefinida de que se acabe el día
y soñar que mañana no iremos a la escuela.
Crece el árbol oculto de la melancolía
y el sueño de la noche nos envuelve en su estela.

Doblan calladamente las campanas tediosas
y las brisas dispersan una antigua fragancia:
por mi memoria pasan como estampas borrosas
los castos y tranquilos domingos de mi infancia...

Fuente: Las tardes, Editorial Latina, Buenos Aires, 1925.




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