domingo, 2 de junio de 2013

LEIDY YANETH VÁSQUEZ RAMÍREZ [9971]


Leidy Yaneth Vásquez Ramírez 
(Medellín, Colombia, 1981) es magister en Educación de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, especialista en literatura con énfasis en producción de textos e hipertextos y licenciada en Educación con énfasis en Humanidades y Lengua Castellana de la Universidad de Antioquia.
Su obra hace parte de la exposición Itinerante Mujeres de la tierra florida (Secretaría de la Mujer, Medellín-Colombia, desde 2011), donde se le destacó al lado de reconocidas escritoras contemporáneas del Departamento de Antioquia. 
Obtuvo mención en el II Premio Nacional de Poesía Joven Isaías Gamboa (Cali, 2005). En el año 2007, obtuvo el Gran Premio con Edición de Ediciones Embalaje (Museo Rayo, Valle del Cauca-Colombia), por su libro Las horas de la espera, editado en el año 2008; en este mismo año se le concedió el Primer Galardón al Mérito Literario por parte de la Secretaría de la Mujer (Medellín-Colombia), destacando su obra poética. 
En el 2012 obtuvo Mención de Honor en el Concurso Internacional de Poesía «Rumbo a Grito de Mujer» (2012), organizado por Mujeres Poetas Internacional y la Promotora Cultural Diablos Azules en Trujillo- Perú.
Se desempeña como docente universitaria y de educación básica en la ciudad de Medellín, donde desarrolla proyectos vinculados con la didáctica de la lengua y la literatura, la formación de maestros y la escritura literaria.






Hipatia

Si Cirilo, santo de estrecha visión,
hubiera presentido como yo
que las conchas marinas,
calientes y jóvenes, son estrellas azules
que al rasgar la piel nos transfiguran
en rincones de luz,
tal vez no me habría condenado
a este vagar circular por anaqueles cósmicos;
tal vez Alejandría no sería
la pira ardiendo eternamente
en mi vientre vacío,
ni él sería tan despreciable
como a esta hora en la que los hombres
de siglos venideros,
los que presiento en las noches
cuando me embriago
y me danzan en sueños,
lo maldicen…
yo tampoco sería la llama viva
que te alcanza a esta hora
mientras abres el libro de la vida y lees:
Soy inmortal, nací para este momento.
Fe





I

Estoy ebria de juventud.
Desafío a dios, llegando de rodillas al altar
con estas piernas hechas de tiempo
que tienen memoria.
Merezco el juego ganado
Que desprecia la miseria del hincado.

En el ocio invento alguna tarde hasta el hastío
y me quedo mirándola diluirse en la ventana;
detrás tengo un animal oliéndome los pasos
como un fantasma de esta ciudad de polvo
con olor a incienso en sus capillas.





II

Las palabras escuchadas en el templo,
son ahora piel del animal que me cubre;
finjo una muerte, aunque le temo,
escondida en el sermón de mi pasado.
Retazos de las cosas que insultamos
con una culpa pendiente en algún lado,
en las palabras escondidas entre dientes
de los padres con pasos desandados.
Se trata, pues, de volver a lamerse las heridas,
de creer que no hay nada en que creer,
se trata, pues, de lloviznar palabras,
de reclamar una muerte con los ojos desnudos
sin un espejo dios que nos increpe.

Del libro Las horas de la espera (2008)




Puntualidad

Teníamos un colibrí encarcelado en la garganta.
Lo sabíamos bien:
la desdicha era un ave puntual.








Nadie

Me olvidaron en este pedazo de madera
que me arrastra por el agua
como las pulgas en las alas de un ángel.
Voy sin más riqueza que la tierra entre las uñas,
con la sangre seca de mi falda,
mis gritos desatando la codicia
de un viento que todo se lo traga.
Nadie me dijo que la vida sería una canción
donde la chinita del bosque nunca regresa.

Despojo de mi voz, nadie me mira;
me vuelvo un tronco consumido,
habitado por gusanos que no se sacian.
Desnuda sobre la arena, mudo mi piel,
pero el agua ya no lame mi constelación de piedra,
ni se apiada de mis heridas la sal enmohecida de las rocas.

Nadie me mira; hicieron un pantano con mi rostro
y los cerdos se sacian con la arena de mi lengua.
Me repudia el fango en que me hundo,
una espina de la hierba en el cuerpo de los límites,
la risa de los pozos con su boca llena de moscas.

Soy el resto de un gorrión dormido,
una canción de cuna que olvidaron las nanas.
La memoria es una barca destrozada;
en ella las palabras sumergidas
ya no me nombran.

Del libro inédito Las grietas del tiempo.





LA TIERRA DE MI ABUELO 

La tierra de mi abuelo no era mucha;
un poco más cabía entre sus manos,
manchadas con los afanes cotidianos.

La tierra de mi abuelo,
el plátano creciendo de sus venas,
balcones de heliconias flotando en sus palabras.

La tierra de mi abuelo
entre sus uñas,
de perejil y hierbabuena.
En su azabache de infantil festejo
gusanos y lombrices se debaten,
los hombres son los que construyen casas
de siemprevivas, tomateras y princesas del África.

La tierra en que crecieron mis hortensias,
la que ahora está tapada de cemento,
orada de mis muertos, la cuna del abuelo,
rincón del universo en que me siento
sólo ínfimo polvo más
muriendo.





EL OFICIO

Viertes la noche en tu botella.
Después de sembrar dientes,
cosechas un animal terrible que muerde tu mano.
Hombres desnudos de sí mismos sembraron sus ojos
y crecieron tallos como soga de ahorcado.
Ebria, desconoces
adónde te llevarán los barcos
que un día encallaron en tu boca.

Lavas en la noche los poemas,
Quedan cuerpos abiertos de mujeres.

Vas con la pequeña lámpara a tientas.
Escuchas la tarea de los insectos mientras duerme la hoja.
Te rompen la carne esas imágenes que hablan desde los árboles
donde los búhos sembraron la discordia.

Gritan tu nombre desde el centro del lago

es la niña que olvidaste como a un animal enfermo.

La hormiga traza su círculo de sal;
ella es bruja y te protege de los lazos,
del calor de las bombillas,
de los ojos del lobo blanco que te sigue.

Sepultar las palabras es tu oficio.
Nunca fuiste buena sembrando flores,
siempre te nacieron huesos.







ESTA CASA QUE SOY YO

Esta casa que soy yo
desconoce el dolor de las partidas:
poco sabe de las ruinas del relámpago
-luciérnagas ahogadas en el agua de mis ojos-,

el abandono del silencio en la escritura,
la renuncia del poema en la palabra,

los viajes de la ausencia en los amargos laberintos.

Estos muros están viejos,
sucumben a las horas
y a tu olvido,
a un antiguo susurro de ese dejarse ir
como quien abandona una moneda vieja
en mitad de un lago.

A veces pienso, ¡Cuánto te habrían gustado mis techos rojos
en esta ciudad de mediodías!

Algunas, como yo, parimos sombras;
las mías se dedican cada instante
a ser llamas en los abismos del espejo...
en el lugar donde el sueño
va dejando sus cenizas sobre el mapa de los días muertos.

Siempre regresan con el amanecer
trayendo sus carnes rotas;
yo las remiendo una a una
como si ya no las hubiera perdido
en la amarga tarea de habitar
entre luz y las paredes
de una vieja casa derrotada.






Muerte de Virginia

I

Llevo los bolsillos llenos de suficientes piedras.
El río es un niño que me llama con su llanto y yo lo sigo
hasta donde no hacen falta las respuestas…

¿qué te hace falta mujer para ser tuya? ¿acaso tu alma niña es ahora un viejo cofre que se cierra? ¿o tus lágrimas pagarán el arrepentimiento de todos los hombres que han matado algo?,
porque tienes una voz que nació para ser inmortal como la noche
no te escondas en Bloomsbury o en Ouse;
allí también te encontrarás temprano.

Abre la puerta, afuera ya no está tu sombra con su teatro de claraboyas.
Y luego, recoge tus fantasmas en la intriga del personaje que increpa a su autor, si tú misma te has creado de sueños y gritos en algún patio en donde tus alter egos juegan escondidijos o alguna mujer grita con su parto.
Ahora eres un viaje inverosímil que se niega a sí mismo cuando grita con ganas: Nadie me mate, yo me muero en mí misma y se cierra el telón.


II

Desde la gruta me aliviano más y más…; arremango mi falda para cruzar la zanja y lanzarme de un olvido a otro, para llegar traicionada nuevamente. En mis uñas me como lo poco que me queda de defensa frente al mundo. Persevero en la tarea de consumirme en un retrato pintado con agua, desde que pacté el acuerdo secreto de espantar las palabras como moscas.

Me sentaré debajo del oloroso ciprés para menearme la mano cuando pase de salida…¿sabes qué? Déjate ir.
Espero; sólo espero eso:
que respetes tu crueldad
cuando juntando los días en racimos
los arrojes en el río que se aleja
con su quitasol líquido.

¡No me pidas que defina mi dolor
las cosas fundamentales
no se pueden definir!






Tautología

Presumo saber las palabras justas para una despedida;
tal vez conozca la hora precisa en que mueren los días
tirados por los hombres en alguna esquina de sus vidas.
Sé contar hasta el infinito en mis diez dedos
y descifro la edad del universo en las líneas enlazadas de la mano.
Confío en que mis arrugas solo sean el paso ligero y silencioso de una sonrisa
y desprecio el valor de la tela blanca
con que los días me van cubriendo las ventanas oscuras
de esto que es un rostro de mujer.
Soy bruja, ardo en la hoguera que alimenta mis palabras.
Soy bruja, mujer abandonada y recogida por sí misma
que presume de todo y sabe nada.
Soy bruja, y sin embargo, no puedo interpretar
tu extraño amor de dios con muchos brazos
para matar mis preguntas
con respuestas.





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