jueves, 27 de junio de 2013

JORGE ARTEL [10.142]



Jorge Artel

(“Agapito de Arcos”) (1909-1994). Poeta, periodista, crítico literario, profesor, abogado y novelista colombiano que sobresalió por su exaltación de los valores de la raza negra y del sentir y el vivir caribeños.

Jorge Artel nació en el barrio Getsemaní de Cartagena el 27 de abril de 1909. Obtuvo el título de Bachiller en Filosofía y Letras en el Instituto Politécnico de Martínez Olier. En 1945 se recibió como abogado de la Universidad de Cartagena, con la tesis “Defensa Preventiva del Estado o el Derecho penal, frente a los problemas de la cultura popular en Colombia”. Realmente nunca ejerció la profesión como abogado litigante; el periodismo, los viajes y la poesía fueron sus ocupaciones predominantes. No obstante, por escaso tiempo ocupó el cargo de Jefe de Instrucción Pública en el Departamento de Bolívar y también fue Inspector de Policía en el Corregimiento de Santa Elena, un populoso sector de Medellín.

Por sus ideales de izquierda fue perseguido y encarcelado desde muy joven en su natal Cartagena. Salió al exilio a raíz de los hechos violentos del bogotazo, acaecido el 9 de abril de 1948 en Colombia, y vivió la mayor parte de su vida en otros países. Residió en Panamá; Puerto Rico; El Salvador; Guatemala; Honduras; México, donde ejerció el periodismo y fundó El Porvenir; y Estados Unidos, donde estuvo vinculado a varias instituciones de educación superior como conferencista, además de ocupar la redacción del Readers Digest y ser consultor para la Organización de la Naciones Unidas (ONU).

En 1972 retornó del exilio. Ocupó en universidades locales las cátedras de Español y Derecho. Más tarde fue nombrado Director de la Biblioteca de la Universidad del Atlántico. A su salida de esta se convirtió en uno de los fundadores y directivos de la Corporación Educativa Mayor del Desarrollo Simón Bolívar en Barranquilla. Sostuvo por muchos años su columna “Señales de Humo” que se publicaba en el diario El Colombiano de Medellín.

Su primer libro, Tambores en la noche, que apareció en 1940, muestra ya la valía del poeta. Está dividido en dos partes bien definidas: la poesía negra, la verdaderamente suya, situada en la primera parte del libro y su poesía anterior muy influida por poetas como Pablo Neruda y el poeta de Santa Marta Gregorio Castañeda Aragón.

Jorge Artel publicó, además, otros libros de versos, entre los que se encuentran Poesía Negra; Poemas con botas y bandera; Sinú, ribera de asombros jubilosos; y Coctail de estampas y antología poéticas. Otros libros suyos son el drama De rigurosa etiqueta y la novela No es la muerte… es el morir.

También publicó ensayos críticos y científicos; entre ellos: Modalidades artísticas de la raza negra, Santander y su influencia en la fisonomía de Colombia, y Defensa preventiva del Estado. También publicó tratados sobre el Derecho Penal en Colombia.

La obra de Jorge Artel encierra el imperativo de señalar el camino a un continente que quiere abrirse paso en la historia, enfrentando adversidades y consolidando un pueblo. Su poesía negra está marcada por el tono marino del tambor y las gaitas aborígenes, con las que nació y creció. Según la crítica literaria la obra de Artel a veces peca por descuido en la forma, pero es ardiente en el contenido, con toda la fuerza del trópico. Para Luis María Sánchez, Artel es un cantor de la alegre tristeza en versos populares y humanos, en sus composiciones vibran el dolor y la protesta; el lenguaje de los bogas, las olas, las costas y los ríos se vuelven sonido y color de sombra en sus palabras; en ellas tiemblan toda sensualidad y se agita el lirismo de la cultura negra.


La voz de los ancestros

A doña Carmen de Arco

Oigo galopar los vientos
bajo la sombra musical del puerto.
Los vientos, mil caminos ebrios y sedientos,
repujados de gritos ancestrales,
se lanzan al mar.
Voces en ellos hablan
de una antigua tortura,
voces claras para el alma
turbia de sed y de ebriedad.
¿De qué angustia remota será el signo fatal
que sella en mí este anhelo
de claves imprecisas?
Oigo galopar los vientos,
sus voces desprendidas
de lo más hondo del tiempo
me devuelven un eco
de tamboriles muertos,
de quejumbres perdidas
en no sé cuál tierra ignota,
donde cesó la luz de las hogueras
con las notas de la última lúbrica canción.

Mi pensamiento vuela
sobre el ala más fuerte
de esos vientos ruidosos del puerto,
y miro las naves dolorosas
donde acaso vinieron
los que pudieron ser nuestros abuelos.
—¡Padres de la raza morena!—
Contemplo en sus pupilas caminos de nostalgias,
rutas de dulzura,
temblores de cadena y rebelión.
¡Almas anchurosas y libres
vigorizaban los pechos y las manos cautivas!
Una doliente humanidad se refugiaba
en su música oscura de vibrátiles fibras…
—Anclados a su dolor anciano
iban cantando por la herida…—
¡Oigo galopar los vientos,
temblores de cadena y rebelión,
mientras yo —Jorge Artel—
galeote de un ansia suprema,
hundo remos de angustias en la noche!



La cumbia

Hay un llanto de gaitas
diluido en la noche.
Y la noche, metida en ron costeño,
bate sus alas frías
sobre la playa en penumbra,
que estremece el rumor de los vientos porteños.

Amalgama de sombras y de luces de esperma,
la cumbia frenética,
la diabólica cumbia,
pone a cabalgar su ritmo oscuro
sobre las caderas ágiles
de las sensuales hembras.
Y la tierra,
como una axila cálida de negra,
su agrio vaho levanta, denso de temblor,
bajo los pies furiosos
que amasan golpes de tambor.
El humano anillo apretado
es un carrusel de carne y hueso,
confuso de gritos ebrios
y sudor de marineros,
de mujeres que saben
a la tibia brea del puerto,
al yodo fresco del mar
y al aire de los astilleros.

Se mueve como una sierpe
sonora de cascabeles,
al compás de los chasquidos
que las maracas alegres
salpican sobre las horas
desmelenadas de ruidos.

Es un dragón enroscado
brotado de cien cabezas,
que muerde su propia cola
con sus fauces gigantescas.
¡Cumbia! —¡danza negra, danza de mi tierra!—
¡Toda una raza grita
en esos gestos eléctricos,
por la contorsionada pirueta
de los muslos epilépticos!
Trota una añoranza de selvas
y de hogueras encendidas,
que trae de los tiempos muertos
un coro de voces vivas.
Late un recuerdo aborigen,
una africana aspereza,
sobre el cuero curtido donde los tamborileros,
—sonámbulos dioses nuevos que repican alegría—
aprendieron a hacer el trueno
con sus manos nudosas,
todopoderosas para la algarabía.

¡Cumbia! Mis abuelos bailaron
la música sensual. Viejos vagabundos
que eran negros, terror de pendencieros
y de cumbiamberos
en otras cumbias lejanas,
a la orilla del mar…


Tambores en la noche

Los tambores en la noche,
parece que siguieran nuestros pasos…
Tambores que suenan como fatigados
en los sombríos rincones portuarios,
en los bares oscuros, aquelárricos,
donde ceñudos lobos
se fuman las horas,
plasmando en sus pupilas
un confuso motivo de rutas perdidas,
de banderas y mástiles y proas.
Los tambores en la noche
son como un grito humano.
Trémulos de música les he oído gemir,
cuando esos hombres que llevan
la emoción en las manos
les arrancan la angustia de una oscura saudade,
de una íntima añoranza,
donde vigila el alma dulcemente salvaje
de mi vibrante raza,
con sus siglos mojados en quejumbres de gaitas.
Los tambores en la noche
parece que siguieran nuestros pasos.
Tambores misteriosos que resuenan
en las enramadas de los rudos boteros,
acompasando el golpe con los cantos
de los decimeros, con el grito blasfemo
y la algazara, con los juramentos
de los marineros… en tanto que se anuncia
tras los gibosos montes
un caprichoso recorte de mañana.
Los tambores en la noche, hablan.
¡Y es su voz una llamada
tan honda, tan fuerte y clara,
que parece como si fueran sonándonos en el alma!


Velorio del boga adolescente

Desde esta noche a las siete
están prendidas las espermas:
cuatro estrellas temblorosas
que alumbran su sonrisa muerta.
Ya le lavaron la cara,
le pusieron la franela
y el pañuelo de cuatro pintas
que llevaba los días de fiesta.
Hace recordar un domingo
lleno de tambores y décimas.
O una tarde de gallos,
o una noche de plazuela.
¡Hace pensar en los sábados
trémulos de ron y de juerga,
en que tiraba su grito
como una atarraya abierta!
Pero está rígido y frío
y una corona de besos
ponen en su frente negra.
(Las mujeres lo lloran en el patio,
aromando el café con su tristeza.
¡Hasta parece que la brisa tiene
un leve llanto de palmeras!)
Murió el boga adolescente
de ágil brazo y mano férrea:
¡nadie clavará los arpones
como él, con tanta destreza!
Nadie alegrará con sus voces
las turbias horas de la pesca…
¡Quién cantará el bullerengue!
¡Quién animará el fandango!
¡Quién tocará la gaita
en las cumbias de Marbella!
Lloran en llanto de cera
las estrellas temblorosas
que alumbran su sonrisa muerta.
¡Mañana, van a dejarlo
bajo cuatro golpes de tierra!





Bullerengue

Si yo fuera tambó,
mi negra,
sonara na má pa ti.
Pa ti, mi negra, pa ti.
Si maraca fuera yo,
sonara solo pa ti.
Pa ti maraca y tambó,
pa ti, mi negra, pa ti.
Quisiera vorverme gaita
y soná na má que pa ti.
Pa ti solita, pa ti,
pa ti, mi negra, pa ti.
Y si fuera tamborito
currucutearía bajito,
bajito, pero bien bajito,
pa que bailaras pa mí.
Pa mí, mi negra, pa mí,
pa mí, na má que pa mí.



El líder negro

¡El pueblo te quiere a ti,
Diego Luí,
el pueblo te quiere a ti!
Con too y que ere bien negro
ya lo blanco te respetan
porque dices la verdá,
y se quitan el sombrero
cuando te miran pasá.
¡El pueblo te quiere a ti,
Diego Luí,
el pueblo te quiere a ti!
Primero de consejero
en el cabildo liberá,
más tarde de diputao
y en el congreso hoy está.
¡El pueblo te quiere a ti,
Diego Luí,
el pueblo te quiere a ti!
Sabemos en esta tierra
cómo vales de verdá.
Tú eres ya nuestra bandera,
despué de ti, naide má.

Tú ere el grito y la sangre
de lo que estamo abajo,
de lo que tenemo hambre
y no tenemo trabajo,
de lo que en la huelga sufren
la bayoneta calá,
de lo que en la eleccione
son lo que luchan má,
¡pa que despué lo jobviden,
y ni trabajo ni na!

¡El pueblo te quiere a ti,
Diego Luí,
el pueblo te quiere a ti!


*

Negro soy desde hace muchos siglos. 
poeta de mi raza, heredé su dolor. 

Y la emoción que digo ha de ser pura 
en el bronco son del grito 
y el monorrítmico tambor. 

El hondo, estremecido acento 
en que trisca la voz de los ancestros 
es mi voz. 

La angustia humana que exalto 
no es decorativa joya 
para turistas. 

¡Yo no canto un dolor de exportación! 


Añoranza de la tierra nativa

A Juan Roca Lemus

Mi tierra
Es una tierra húmeda de mar
Donde el cielo posee la desnudez del agua
Limpia y azul
Como una ilusión casta.

Antes de que amanezca, los marinos
Despetalan la rosa virgínea
De sus cantos
Y se despierta la aurora soñolienta.
(Afirma el pescador de sábalos
Que hacen brotar el sol
De sus bocas curtidas...)

Las níveas atarrayas cuelgan
De los cascos
A los barcos ancianos,
Tullidos de viajar
Junto a los arsenales
Más tristes que un adiós

Sobre un monstruo de hierro
A la ciudad retornan
Los hombres de los muelles
Manchados de oro negro

Arden en la hoguera impúber de la mañana
Los mástiles
Y las proas cansadas
A donde yacen dormidas las distancias

Las playas --negras hembras
Desnudas, tendidas al sol--
Impregnadas de yodos balsámicos
Brindan al aire
Su risa rosada
De caracoles

Todos los días se curva
Algún navío
En las rutas lontanas del azul
Y en el puerto hay pañuelos
Como palomas blancas.

Lecturas dominicales El Tiempo,
8 de Noviembre de 1931


ELEGÍA A MIS VEINTE AÑOS

¡Oh, veinte años míos
que os marcháis tan pronto
y, por siempre idos,
emprendéis la fuga dejándome solo,
mientras yo muy triste 
lloro en el silencio de la negra playa
de mis desencantos
todos los ensueños que tejió mi 
infancia
aquellos ensueños llenos de 
esperanzas
y como las velas lejanas, blancos...!

¡Quien me hubiera dicho que así, tan
fugaces,
en una abrileña
en una muy rara
muy bella mañana
después de creeros tanto tiempo míos
como golondrinas batiríais las alas...

¡Siempre enamorado tenaz de mi vida
cuánto era mi orgullo de tener veinte
años...!
¡Cómo me encantaba sentirme viajero
con mis veinte alforjas llenas de alegría
sobre ignotos mares que surqué
cantando...!

Pero ya lo veis, hay que conformarse:
no ser un muchacho, un atolondrado,
un mal estudiante...

¿Por qué veinte años,
os habéis huido, dejándome apenas
un sabor amargo
en las hondas huellas de mi doloroso 
y furtivo llanto...?

¡Lloro mis quimeras y mis rebeldías;
mis atormentados amores de antaño;
como los golfillos en la noche negra
lloran sin amparo...!
No os vayáis tan pronto:
sin mis veinte años yo me siento solo...
Da miedo la vida
con sus hombres serios
que afilan perjuicios y razonamientos.
¡Quiero mis locuras
mis extravagancias
mis noches de mujeres
de vino y de sueños...!
Quiero las canciones de música
extraña 
que forjé contento
cuyo eco profundo perforó el silencio
de las sombras vagas.
Quiero mi guitarra de cuerdas como
almas 
¡Y mis horas blancas
bajo lunas claras!

Ida sin regreso de mis ilusiones
que rasgas las tulas de mi fantasía,
rompiendo inclemente los bellos
cristales

Publicado en La Patria, Cartagena, sábado 26 de abril de 1930



Soneto a Luis Carlos López  

(Con ocasión de su partida a Nueva Orleans, donde ha sido nombrado cónsul, en 1937. Soneto inédito. Esa noche de la despedida al Tuerto, Emisora Fuentes transmitía el acto)


Te vas y tu sonrisa parece triste
Risueñamente triste en esta despedida,
Pues a pesar de todo la tierra en que naciste
Conserva algunas cosas que hacen grata la vida.

Te queda, por ejemplo, El Bodegón, lo quisiste
Como a tu propio alero y entre un partido
De naipes y una copa, entre uno y otro chiste
Muchas veces puliste la estrofa preferida.

Pero te dio la sin igual locura
De ser cónsul en Baltimore --me sabe a sinecura--
Y de tomar cocteles con música de jazz.

Por eso al irte ahora --lo cual duele y no duele--
Resulta absurdo y tonto llorar, como un pelele
Pues tu siempre estarías aún no volviendo más.



GITANA EN PUERTO

  Del libro inédito Un Marinero canta en proa

Primera versión: La Patria, Cartagena, 15 de marzo de 1930
Segunda versión: El Fígaro, Cartagena, 24 de junio de 1940

Gitana:
en la magia negra
de tus dos enigmas
traes presa la noche.
La noche del mundo.
La noche del puerto. 

(Los dos últimos versos de esta estrofa fueron agregados en la versión  de 1940)

Sobre tus labios,
en los que dijérase
que hay un beso atisbando
desde hace tiempo,
pone la sangre
su grito rebelde.

El triunfo de la línea
se presiente
bajo el faldón exótico
que te envuelve:

rojo,
negro,
blanco,
verde.

Trapos
Miseria...

Cansancio en la frente;
Cansancio en las trenzas;
Cansancio en el gesto.

¿De donde vienes?
Misterio.

Algún marino tenderá la mano    
para que leas su suerte.              

(En la segunda versión, la última estrofa fue cambiada por:)

Yo tenderé la diestra
Para que leas mi suerte.



Oyendo a Gómez Zureck

Publicado en El Heraldo, domingo 8 de Mayo de 1986


¿Quién vertió las Niágaras del cielo
para trocarlas en un  rito
de enloquecidos dioses
a sueños de nieblas y rosales?

Inauditos mundos 
Rondan tus alígeras estrellas,
Despertaban musicales consejas
Sobre los nácares muertos del féretro,
Trasmutado manantial de vida.

Demiurgo inefable
Invades el ámbito de imágenes
Que decoran el silencio de las almas.

Surge de tu mágico filtro
El melodioso lenguaje
Esencial y puro


Sensualidad negra

Por la calle del Pozo
ya viene la negra, 
por la calle del Pozo 
a buscar agua fresca.

La negra Catana,
la negra más linda,
a quien todas las negras
y más de una blanca
le tienen envidia. 

Hay que ver en sus ojos
la luz cómo brilla,
su cuerpo de junco
cuando ella camina.

Su vegetal cintura 
la gaita cenceña
la lata del agua
¡cómo la quiebra!

Los ardientes bogas
dicen cuando pasa
palabras tremendas: 

- Compadre, mírale el pie 
¡cómo arrastra la chancleta!

- ¡Cómo levanta el talón!
- ¡Los pechos cómo le tiemblan!

-¡Repare en el movimiento
de bullerengue que lleva!

- ¡Ay, negra, yo así me caso 
corriendo, por la iglesia!

- ¡Me llamo Quico Covilla,
me tienes el corazón
hecho un tiesto de cocina!

La negra catana 
sonríe con su risa 
de cascabel de plata 
que tanto le envidian. 






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