lunes, 17 de junio de 2013

ENRIQUE ZÁTTARA [10.093]


ENRIQUE DANIEL ZÁTTARA nació en Venado Tuerto, provincia de Santa Fe, Argentina, el 29 de octubre del año 1954. 
Cursó estudios primarios y secundarios en aquella ciudad, comenzando en 1972 estudios de Psicología en Rosario, que abandonó al año siguiente.

En 1969 fundó y dirigió “La Revista del Club Colegial” (luego “Crónica Estudiantil”,1970)
El 13 de febrero de 1970, con 15 años, comenzó a publicar su primera columna periodística, en “El Alba”, de Venado Tuerto. Se llamaba “Enfoque Juvenil”. En ese mismo año organiza un ciclo de conciertos en varios pueblos de la zona presentando a músicos locales. Aunque ya conoce varias provincias argentinas (Córdoba, Mendoza, San Luis), ese año viaja “a dedo” durante un mes y medio conociendo Corrientes, las cataratas de Iguazú, y las ciudades brasileñas de Curitiba, San Pablo y Río de Janeiro. Es elegido Secretario de la Biblioteca Popular "Florentino Ameghino", de Venado Tuerto.

Publica sus primeros poemas y textos literarios en el periódico “Alberdi” de Vedia (Pcia. Buenos Aires)
Entre 1970 y 1973 publicó colaboraciones fijas en “La Voz del Pueblo” (V. Tuerto); “Ecos” (Canals); “Alberdi” (Vedia) y “La Opinión” (V. Tuerto). Es elegido Secretario de la CD de la Biblioteca Popular “Florentino Ameghino”. En 1973 es Redactor de “La Opinión” y luego Secretario de Reacción de “El Diario” (V. Tuerto). En octubre de 1973, obtiene el Segundo Premio en el Concurso Nacional de Relatos Cortos de Vedia.

En Mayo de 1974 viaja a Buenos Aires, designado Secretario de Prensa de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la Universidad de Buenos Aires. El gobierno de Isabel Perón interviene la Universidad en Septiembre y es declarado Prescindible e incorporado a las Listas Negras del régimen.

En marzo de 1989 presenta su primer libro de relatos: “Fotos de la derrota”
Asume la propiedad y dirección del mensuario independiente “Alsur”, periódico barrial de San Telmo, La Boca y Barracas (barrios de la Capital Federal, Buenos Aires), que continúa ejerciendo hasta su venta en 1992, poco antes de radicarse en España.

OBRA:

-1971 Publica su primer libro de poesía “Desde lo más profundo de mí”.
-1974 Aparece su segundo libro de poemas: “Testamento de Adolescencia”. 
-1989 Presenta su primer libro de relatos: “Fotos de la derrota”
-1990 Publica otro libro de poemas: “La ley de la selva”
-2006 BAILEMOS Poesía. Ayuntamiento de Vélez-Málaga
-2007 Publica un nuevo libro de poemas: “Omertá”.
-2002 Publica “Libreta de Apuntes”, recopilación de sus mejores ensayos periodísticos y culturales desde 1975 hasta la actualidad.
-2008 Libro de poemas "Anatomía de la melancolía"
-2008 LA VILLA DE ALMANZOR, Segunda Edición Corregida y Aumentada. Historia. 
-2009 INTRODUCCIÓN AL ARTE Y LA LITERATURA ARGENTINA. Historia del Arte.






Trayectoria de la luz

Primera luz

Cómo vuelve uno al espacio de la luz primera?
Al abrigo de qué temblores?
Con qué palabras interrogar al limonero,
qué preguntas hacer a la calle polvorienta
tras la pasarela oxidada que cruza rieles muertos,
donde una vez recogíamos chapitas de bebidas
caídas de unos trenes que viajaban hasta el infinito?

Hoy, que un cercado abandono de pastizales crecidos
ocupa el lugar de la antigua fábrica
donde se agotaban los sueños de tu padre,
y ni siquiera el aire conserva la huella
de las sábanas secándose en el fondo de los patios,
una desesperanza indolora asume
el desafío de aceptar lo inaceptable:
                                                que el viento tiene prisa.
Y sin embargo, allí mismo, esta mañana,
sobre la rama de un frondoso paraíso
has visto repetirse el laborioso nido del hornero,
espejo del tiempo que pasa
y que no
pasa.
Porque también es cierto que fue allí mismo
donde la libertad del gorrión encontró su excusa,
y allí donde empezaron a morir los grandes ademanes
con que espantabas vanamente las moscas de la tarde.

No tiembla ya el resplandor de la luz primera:
sólo un espejismo que obliga diariamente
a volver atrás ansioso la mirada
sin haber sabido al fin si has sido príncipe o mendigo.






Nunca supe el nombre de los árboles

Hoy que he disfrutado la luz
del almendro rosado en las colinas,
compruebo qué penoso es para un poeta
no haber sabido
nunca
el nombre de los árboles.

Daba pesar no poder imaginarme
“un olmo seco, hendido por el rayo”,
los álamos dorados de Granada
o con Serrat, ver llover
“sobre los chopos medio deshojados”.
Del roble,
sólo su hoja estrellada en la bandera canadiense;
y el acebo, unos adornos navideños
colgando en el vano de las puertas.
Enebros, flamboyanes y alcornoques,
apenas exóticas palabras extranjeras;
y del alerce un prestigio literario sin imagen.

Por más que lo intentaba,
nunca supe el nombre de los árboles:
sólo el paraíso frondoso
de frutas como canicas venenosas,
el raquítico limonero de mi patio,
el vulgar y mastodóntico eucalipto;
presencias
que custodian el recuerdo de mi infancia.
¿Cómo escribir –pensaba entonces-
sin poder nombrar el arce y la magnolia?

Pues he aquí, presente, el resultado:
ciegas palabras
de las que ya el aire no extraerá un frutal aroma,
una baya luminosa,
un verdor resplandeciendo en primavera.







Godot

La caña del pescador
se tiende como una esperanza hacia el mar.
Su débil apariencia cimbrea igual que un asta
inexplicable.
Nadie ve el hilo tenso sobre las ondas,
solo el pescador aguarda:
él puede ver lo invisible y espera.
Ya habrá el débil tirón,
el súbito arquearse de la caña,
el vértice superior acercándose a las olas
en una sed que no podrá saciarse.

Pero en esta marina repetida
no debe olvidarse que es posible
que la línea no encuentre resistencia:
que su alerta tensión permanezca sin respuesta,
que apenas el aire incesante pulse su nota monocorde.







Límites

I

Hay un hueco en el cuadro del mar que no se llena:
nunca la ola se fundirá en la orilla.
Hay una grieta en la pared que no se cierra:
las telarañas sólo están para engañar la vista.
Hay una espuma banal entre las piedras
y la escollera jamás resolverá la dimensión del horizonte.

Hay un espacio imposible entre el deseo y la palabra:
ni silencio ni grito habrán de desatarme.



II

Pudo haber sido el mar
- la ventana estaba abierta –
pero era solamente una pared color pizarra.
Un sol oblicuo
registró los perfiles de la grieta
- pudo haber sido una orilla –

Asomado,
metió la vida en la grieta

lentamente








EL DESIERTO 

"Quizá esté en el momento en que vivir es errar en completa soledad al fondo de un momento ilimitado, en que la luz no cambia y todos los residuos se parecen ."
Samuel Beckett



En Sbá la muerte tiene un tono 
que rueda al vacío desde arpegios convulsos,
un tono callado como el viento que modifica el paisaje.

Sólo la muerte, sin embargo,
cambia algo. Ya no hay paisaje, no hay
punto de vista desde donde ejecutar la música.

Hasta tanto, sólo el viento:
feroz simún o la calma brisa de ciertas horas
y el sol de plomo sobre el ereg desierto.
Cambia el paisaje:
aquí y allá crecen y se derrumban dunas estriadas
como el fantasmal vaivén de un mar en cámara lenta.

A veces, una caravana atraviesa la aridez
dejando leves huellas que se borran a su paso.
Los hombres se detienen, hacen fuego,
elevan las plegarias a sus dioses.
Al cabo, demasiado rápido, retorna el silencio.

El viento no corroe:
sólo mueve de aquí para allá las arenas gualdas, 
como nieve de oro sibilante.

Hasta que el momento llega.
Sólo sabemos que por fin la música ha cesado. 
Ignoramos si es apenas un compás vacío
detrás del cual se abre simplemente un nuevo
paisaje inmóvil.






EINSTEIN

La hoja se bambolea al juego del aire,
luz, sombra, 
luz, sombra, 
el viento la mece.
Sobre la hoja avanza trabajosa la araña de patas finas: 
un solo camino recto traza sobre las nervaduras. 
Luz, sombra,
luz, sombra,
entra y sale de ellas
al compás isócrono de su posadura.

¿Quién sabe cuál es la verdad de todo esto:
el tenaz empecinamiento de la araña,
la hoja mecida al viento,
la cerca y tras de ella el paisaje luminoso
donde el árbol es apenas un detalle indiferente?






ATROCIDADES

A la hora de pensar,
pienso en una escena del bando de los buenos: 
una iglesia románica en no se qué pueblo de España
y en el atrio, desclavados como siniestros barcos con
las cuadernas vencidas, 
ataúdes abiertos donde los huesos de monjas y 
sacristanes 
se calcinan al sol de agosto después de siglos 
de sombra.

(No olvido, por cierto, los Auschwitz ni la Esma
ni las testas armenias ni la bala 
matando en cámara a quien el napalm no había 
alcanzado.
¿Dejar sin mencionar a Federico, a Paco Urondo, a 
Víctor Jara, 
a los sin nombre uno a uno degollados, fusilados, 
destrozados sin recuerdo ni epitafio?)

Es una foto que he visto hace años en un libro: 
en blanco y negro, donde la atrocidad resume
contraluces.
Esto lo han hecho aquellos hombres 
que por un mundo de justicia jugaban su pellejo.

En la cima del monte de los dioses 
se alza sombría la silueta del patíbulo 
-cruz, horca, garrote vil, tecnología-. 
Una nube de tormenta domina el cuadro, 
fotografía sin color esta vez imaginaria, 
enfocada a la manera del republicano aquel 
que muere en la famosa foto de Robert Capra (hoy 
sabemos que trucada, 
tan trucada quizás como un Nazareno 
                 que reparte perdón desde el madero).
En el ángulo interior hay varias sombras
que asoman apenas sus cabezas.
Hombres tal vez, que guardan la máquina asesina 
con la burocrática serenidad de los sin culpa.
Discuten de ascensos o juegan a los dados;
sus negros perfiles contribuyen a hacer más artística 
la escena.

La ejecución será por la mañana.

Por la noche, otros hombres o los mismos van de
juerga con una partera puta 
que gusta fotografiarse con cualquiera.










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