lunes, 27 de mayo de 2013

PASCUAL GAVIRIA [9901]


PASCUAL GAVIRIA

Nació en Medellín, Antioquia, COLOMBIA en 1972.
Pascual Gaviria Uribe. Abogado en uso de buen retiro. Columnista de prensa desde 1998. Ha publicado columnas en di­versos periódicos regio­na­les y ac­tual­men­te sus notas aparecen semanalmente en la revista Cambio. Co­labora además con la revista de la Uni­ver­sidad de An­tio­quia y la revista Yesca y Pedernal editada por la Universidad Eafit de Medellín. En 1997 obtuvo el pri­mer lugar en el con­cur­so de poesía Ciu­dad Vivida, en Medellín, y en 1999 el premio departamental de poe­sía en An­tio­quia, organizado por el Mi­nis­terio de Cultura. En ese mismo año la editorial de la Universidad de Antioquia publicó su libro de poemas Pacientes ca­ligra­fías. En compañía de otros tres auto­res publicó, en 2001, un libro de crónicas ti­tulado Medias tintas, como parte del pro­­yecto editorial rabodeají. Es fundador y codirector de la revista digital www.rabo deaji.com.





Hormigas

Al final de la larga hilera
cargada de verde
en la pequeña hoja se dibuja
el armazón de un barco.
Los trozos que ya han sido cortados
y por cuya ausencia
el esqueleto del casco adquirió forma,
serán las futuras velas;
disfrutarán ahora del viento
de manera diferente.
Jamás olvidarán su ocioso
e incierto vaivén en la delgada rama.
Viajarán cansadas para siempre
sobre y bajo el extraño azul.





Paolo uccello

Uccello vio el mundo reflejado
en la dilatada pupila de Dios.
Todo era trizas para quien intentaba
en un gesto, todos los gestos;
para quien unía, en líneas,
una sonrisa, las olas, las plantas...
Sólo sus ojos bien abiertos por la locura y la
                           muerte,
Pudieron ver La Forma,
el trazo que habían dibujado,
para él, los uccellos.
En su mano cerrada, rígida,
el secreto.






A la Habana y a Cernuda

|La Habana es su cielo y este
no parece parte del cielo común
a toda la tierra, sino proyección
del alma de la ciudad.
Luis Cernuda



Crean su propio cielo las ciudades.
Minuciosas;
con el aliento de cada hombre,
con sus pasos,
la mirada perdida de un gigante de bronce,
    dios de otros tiempos,
la inútil gloria de sus muertos,
con las vueltas de la luz en su faro,
dan forma a las nubes.
Y las cruzan con sus agujas de hierro,
                            coronas,
que ofrecen sacrificios, que imploran
                            protección.
Crean el cielo del que pueden ser sólo reflejo.
Ese cielo que tú viste Luis Cernuda.







Pacientes caligrafías

Se han ido trazando lentos, duros,
ocultos a todos.
Bajo innumerables vaivenes
bajo vientos que redondean follajes
y cambian sus colores;
se han ido trazando los precisos círculos.
Allí están escritas las lluvias,
las sombras,
y del pájaro, el nervioso ojo naranja.






EL TIRO INFANTIL, DESPREVENIDO
marcará siempre el centro.

La piedrita cae lentamente en ese mundo
oscuro,
y el ojo comienza a extenderse, a grandes
círculos,
inmenso,
recorriendo el fondo, abarcando el cielo.

Morirá lentamente. La pupila en lo más
hondo,
La pequeña mano ociosa.







Tiene sus días ese río

Pero tiene sus días ese río venido a menos,
ese río que llamaban de fiebre y de aguas modestas.

Alguien le presta sus poderes,
lo despierta de su ocio atareado y le aconseja la furia,
                                                                               la embestida.

De nuevo puede esconder misterios entre sus aguas pardas,
dejar asomar el lomo de algún animal muerto
para tragarlo de nuevo con la avidez de una fiera mayor,
o mostrarnos orgulloso algunos restos de los estragos
que ha dejado entre los hombres,
arrastrando el botín que ha rapado a sus cuidados,
un botín raído de colchones, ruedas de bicicleta y alguna silla desresortada;

y es posible que su furia sea cruel
y que en medio de los despojos, como otro más,
baje el cuerpo de la muchacha ahogada.
Y puede oírse de nuevo su paso,
no la alegre canción de las aguas sino un rumor oscuro de piedras y troncos,
un ronroneo de malos presagios.

Cuando llegan esos días de gloria
me extraño del poco aliento
que parecen tener los encargados de cuidar su fuerza desbocada.
Desde sus orillas lo miran pasar,
escuálidos y curtidos de vivir entre las grutas 
que traen las tintas de la ciudad al río.

No tienen problema en regalarle sus hilachas,
saben que bajarán los ímpetus
y de nuevo será hora de esculcar entre su lecho de piedras,
sacar sus arenas y arrullarse con su música más leve,
sólo a ellos concedida.

Celebran su arrebato
con la alegría del amo ante la gracia insolente de su perro. 
Son las ondinas y los genios tutelares del río.
Famélicas y desgarbados.








Naos

No tienen las nubes sólo el lento ritmo de las
naos,
tienen además
el tardo y fúnebre paso del ultimo barquero,
mensajero que anuncia y trae la muerte;
y el blanco de las velas,
henchidas contra el viento y el sol.
Las frágiles velas,
en las que Conrad sólo viera telarañas e hilos.
Y sus sombras recorren nuestro mundo
sin emblemas, sin banderas
como si sólo fuese un sinuoso fondo.

(agosto de 1998)









Nervaduras

A contraluz el sol nos muestra los
intrincados caminos
sobre las brillantes hojas verdes.
Vemos sus venas, casi las sentimos bullir.
Más tarde cuando se hacen lisas,
de un mismo verde,
el sol afila, aguza el borde de una montaña
como si apenas fuera una nervadura.

(julio de 1998)









A vuelo de pájaro

A vuelo de pájaro
he visto la ciudad recostada al río,
tendida en su orilla
como una bestia exhausta tras la
persecución.
Tal vez beba un poco de agua
con la mirada fija e inquieta en la oscuridad.
Adivino su respiración agitada
sus costados que se ensanchan y se encogen,
en el titileo de las luces desde lo alto.
Está acorralada y temerosa,
es una presa fácil. 



Guijarros


 Y la voz del gran tonante clama: ¿pensáis en mí?
Y resuenan las entristecidas olas del Dios mar: ¿ya nunca,
como antaño, os acordáis de mí?

F. Hölderlin


Luego de la furia
y de las grandes batallas
luce exhausto el mar.
Parece arrullarse en su paciente murmullo.
Ahora su labor es propicia al sueño y el
silencio:
labra ocioso los restos que han llegado a él
por azar o desdén.
Hay en sus batientes orillas algo así como
cementerios sagrados,
guijarros divinos:
ahuecados, macizos,
brillantes y ondulados.
Como un Dios bondadoso, pule los
diminutos seres que le son
encomendados,
dejando siempre de ellos lo mejor,
construyendo su liturgia con migajas.
¿Podríamos venerar esos despojos rituales?




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