domingo, 26 de mayo de 2013

JUAN FELIPE ROBLEDO [9888]



Juan Felipe Robledo
Juan Felipe Robledo. Es un poeta y ensayista colombiano nacido en Medellín en 1968. Se graduó en la Universidad Javeriana de Bogotá, donde más tarde, se desempeñó como profesor de pregrado en Literatura del Siglo de Oro Español. Pertenece a la generación de poetas en transición del siglo XX al XXI que, sin romper sistemáticamente con la tradición, renuevan sin embargo, una visión, un lenguaje, un tono poético abiertos a las exigencias más rigurosas de la modernidad literaria. En tal sentido ha hecho publicaciones y estudios críticos en torno a Francisco de Quevedo, Luis de Góngora, San Juan de la Cruz, el Romancero Español , Rubén Darío como también de poetas vivos y escritores del mundo contemporáneo.

Obras 

De mañana (2000)
La música de las horas (2002)
Luz en lo alto (Antología, 2007)
Dibujando un mapa en la noche (2009)

Premios 

Premio Internacional de poesía Jaime Sabines (México, 1999)
Premio Nacional de poesía Ministerio de Cultura (Bogotá, 2001)
Sus textos han sido difundidos en diferentes periódicos y revistas de Hispanoamérica y de Colombia, así como traducidos parcialmente al inglés, portugués e italiano.






Nubes

Formaron cabezas de caballos,
fueron ijares y escudos,
una piedra que nos mira desde el fondo de un pozo.

Siguieron un camino trazado mucho antes,
en una época en la que todo se decidía en un billar.

La iglesia gris que vio pasar estudiantes confusos sigue vacía,
nunca sonó la campana en ella.

El atento salmodiar de los vendedores de pizza
no ha molestado el lejano rumbo de las nubes.

Pero nuestro corazón no cede.

El curso de la eternidad se dirimió en esta oscura barraca,
y así como arriba, abajo el día es de los navegantes que el cielo respetan,
y, de vez en cuando, miran otra cosa, una lejana. 








Nuevo tiempo

                    Para Catalina González Restrepo


Nace el amor cuando menos lo piensas,
se acaba el tiempo reseco de las nomeolvides, del deseo marchito 
               y agobiante,
los corazones laten de una manera misteriosa, callada,
y nuestras fotografías son láminas de un álbum que nadie más llenó.

Los zapatos hacen cantar al pavimento su romanza de antaño,
y sin que podamos evitarlo nos sorprendemos saltando un poco,
nos hacemos estampa de esta dicha que ha nacido después de la lluvia,
bajo un sol de enero.

Las mañanas son calladas cuando pienso en ti, tienen un rumor venturoso, 
son mejores que el salmón y la champaña de hace tiempos.
No has nacido del fondo de una mente turbulenta,
tu rostro tiene el don de los ídolos pequeños, 
no hace falta llamarlo para que acuda a la cita.

Nuestro afán es distinto, y podemos asegurar que es pasto, es agua  clara,
volvemos a repetir el nombre amado, y los días se van sin amargura.
Algo hay en esta risa tuya que ha encontrado el sendero, no vacila,
y me ofrece un amor que es bueno, bueno como ron sin disparates.






De
DE MAÑANA
Bogotá: Planeta, 2003
Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines, 1999


ESCENA PARA CONVOCAR A PETRARCA

Un hombre cree haber olvidado las rutas de la sangre
y amnésico, pesa y algo culpable, atreve sus pasos por
distante concierto.

El sonido de las ajenas palabras,
la extraña voluntad com que los otros se arrojan a la Liza,
lo dejan más cansado que a un pastor en plena esquila,
y maldita la gracia que le hace el recuerdo de las nomeolvides.
Acostumbrado a tratar con el tédio responde y se calla y también ríe.

Hay, entonces, una picazón, golpe tierno de deos que
         semejan ejercito de diestras abejas
y el rostro de la Donna vuelve a surgir indemne.






VINDICACIÓN DE LA ALEGRÍA

Y mi dicha es la del aguacero que regará los campos, la del leproso que contempla su piel en el piso, mi alegria es la del corsário, la del ladronzuelo, se alimenta de pequeñeces cuando el sol declina, estoy alegre y triste como las ratas en los charcos, dormito en la explanada cerca de los radiadores de Studebakers, sin prisa.




EL HABLA

Luchamos por hacer brotar del oscuro silencio
un momento distinto
en el que los árboles nos recuerden el hogar
y en paz estemos con los hombres.
Nos atrevemos a este himno,
Sabiendo que en el alado mañana
hay una sonrisa que nos espera
y una confesión que brilla entre los nombres
y también en los verbos.
Aguardamos concluir el canto que jamás termina
para no tener que cruzar el Leteo
y saber que, en albo tiempo,
luego de las tardes,
habrá sosegada dicha y abrazos y amor comentado.






NOS DEBEMOS AL ALBA

Traicionar las palabras,
canjear su peso, su color,
en el sucio mercado de los días
es acto que nos llena de muerte
y ceniza y vago afán.
Ha de ser castigado
con el hierro, la soledad,
el tedio y la miseria.
Nos debemos al alba,
plateros, a la dicha,
y al canto y al remo
y al ensueño trazado en la garganta
y a mañanas sin prisa
en las orillas de un mar que ya no es.
Porque al final todo es olvido
para el que al tráfago su sangre dona,
a la parla chi suona
y a conversaciones con tontos
y mercachifles,
y comete delitos en descampado
con las pequeñas,
las terribles y mansas
y arteras palabras.






LA MANO QUE TE SALVA

Sentir el agua golpeando la espalda,
advertir que la vida se nos va en este suave golpeteo,
que es mucho mejor sentir el chasquido de la manzana en la boca,
su increíble cercanía, su tardo acercarse,
pues ni la biblioteca de Alejandría
o los papiros del viejo Aristarco
serán mejor medicina que la presión de una mano,
el vislumbre de la alegría en esos ojos,
la morosa delectación con que una frase se extiende hasta el infinito.
No hay dicha más definitiva en este gastado mundo sublunar
que el mágico arpegio de unos dedos,
esa compartida manera de evadirse.
Decir con Lezama:
“Ah, que tú escapes en el instante
en el que ya habías alcanzado tu definición mejor”,
no nos librará del temblor que nos sube por la garganta
cuando recordamos su dichosa manera de estar allí
como lo están la música o el sabor de una fruta
o el juguete que en celebrado día nos dieron
y no habíamos visto en manos de niño alguno.
Ahora, soñar con la lejana, invencible, sagrada Moscú,
no nos hará olvidar el sitio en el cual deseamos
aquello que da fuego a la existencia.





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