jueves, 9 de mayo de 2013

FRANCISCO GRANIZO RIBADENEIRA [9.794]

Francisco Granizo Ribadeneira

Francisco Granizo Ribadeneira 

Poeta ecuatoriano nacido en Quito el 8 de noviembre de 1925 y fallecido en esa misma ciudad el 21 de enero de 2009.
Estudió en el colegio San Gabriel. Siendo estudiante ganó la Espiga de Oro en un concurso poético en Riobamba. Proveniente de una familia de bajos recursos, no consiguió acabar en su Ecuador natal sus estudios.
En la obra del autor destacan sus poemas, aunque también escribió novelas cortas, cuentos y numerosos artículos periodísticos.
Cursó Derecho en la Universidad Central del Ecuador. Fue destacado diplomático llegando a ser representante alterno ante la OEA y encargado de negocios en Venezuela y Chile. Ejerció como catedrático en la Universidad Central y dirigió la radiodifusora de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.
De él dice Hernán Rodríguez Castelo: "Pienso que una selección de los mayores poetas ecuatorianos del siglo, así fuesen diez o menos, no podría faltar Granizo".


De ti, exacta, la cifra
del principio y el término,
la plenitud del cero,
la frecuencia infinita.

La total armonía
de tu cuerpo en mi cuerpo,
tu sonido y tu tiempo
y tu peso de vida

Traspasada del nombre
ningún nombre te acoge
más, audible, inefable,

y la mano te sabe
por tu olor y tu porte
de dulcísimo alfanje 


*

Este es mi amor y nada más, acodo
recurriéndote, así, terriblemente,
nacido, desnacido, adolescente
en las albas dulcísimas del lodo.

Sólo de esta mi suerte, de tu modo,
talud de sangre, cántaro cayente,
ordenarás dolor, asiduamente,
zafado peso, acaecer de todo.

Abierto a mi hambre de tus hambres. Duro
pájaro, por la piel, enfurecidos
acúdenme tu olor y ligereza.

¡Tacto! Desde la carne del conjuro,
atacado de todos tus sonidos,
vuélame el corazón, alto, tu presa.


MUERTE Y CAZA DE LA MADRE

Anima, vagula, blandula
Adriano
Amor meus, pondus meus
San Agustín 
O si viderent internum aeternum
San Agustín
Mamá Etabía de Nayío, a tu pato yebayoto 
habla infantil 
Divídame, dureza,
y en agua sal su escama y su sigilo 
alfanje que no empieza
y de la sirte en vilo
toda la luna pájaro y rehílo.

Ninguna travesía,
nao feroz, su timonel cenceño, 
al alba proseguía
a fallecer isleño,
pobre el yantar y consumido el leño.

Ni quilla, su deseo,
a la abismada sed de la serviola, 
ni de alto devaneo
qué son de caracola
toca la evanescencia de la ola.

A prisa, su pecado,
la dulce valva y el delfín herido, 
del fondo desvelado
y del arpón sumido
toman, divinamente anochecido.

Divinamente, a prisa
y anochecer, qué arena gemidora
detiene y martiriza 
desvanecida prora
en tal escollo de frambuesa y hora.

Y de presentimiento,
en su profundidad y su atadura, 
por alga y vencimiento 
despavorida y dura
el ave breve de la luz madura.

En ángel de pavesa,
en noche de amarantas y sandía, 
ya recrudece y pesa,
asombro y alegría,
la mariposa cálida del día.

Mas, indecible estela
por alígeras cales combatido, 
aventurada tela,
y sordo desoído
navega y tarda el corazón medido.

Socaire de su salto,
lábil cantil resguárdale dolores, 
y, lengua de basalto,
le ha atravesado azores
al vuelo de sus peces amadores.

No su aterida brasa,
no la encendida nieve de su lecho, 
ni de la urdida hilaza 
deshilvanado trecho
bajo el pétalo místico del techo.

No alcoba ni postigo,
y de la aleve brevedad absuelta, 
su perecer, el trigo,
y la miga disuelta,
y desasosegada el alma suelta.

Por pan y de reposo
tan excedida ausencia desahuciada, 
azahares y retozo
al agua reparada
deja, sobrevenida y resbalada.

¿A dónde, desandando,
aquellas liviandad y desventura 
veníanse? ¿Hasta cuándo 
tardaba su figura
toda desvalimiento v cortadura?

Veníanla siguiendo,
a tientas de su gozo y de su vino, 
pasos, adolesciendo,
y líquido el espino
ahogando la su huella y su camino.

Veníase doliendo
de la su soledad y su hermosura, 
y tanto desviviendo
la línea y la tersura
en ala de jazmín y arquitectura.

Letal, la retenida
anémona de sal, a su cilicio, 
y desde la roída
mudez, al precipicio
finados dulcedumbre y maleficio.

Sólo solana y eco
a los suaves lebreles acudidos 
su litoral reseco,
y a flor de sus ladridos
el duelo de los rastros perseguidos.

Alzada y gemebunda 
desnídenla, gacela engañadiza, 
su cántara jocunda, 
vaciada y quebradiza, 
de polvo y hora en la sazón concisa.

Crisálida sufriente
a rama de estos silbos ascendrados, 
de sueño, de repente,
los peces insoñados
sobre los arrecifes acabados.

Qué tierra y desvarío
á la magnolia súbita del celo, 
qué ruiseñor de hastío
al árbol de su pelo, 
enlunecidos música y consuelo.

Cuello que declinaba,
los pechos avenidos, deseosa, 
y de solar y aldaba
el aire en que reposa
la durísima abeja presurosa.

Vilano, la caricia,
aparecido cierzo, su peldaño, 
¿Cuándo, celada, inicia 
desdén y desengaño,
asido el hierro si plegado el paño?

A nada, blanda, plugo,
apuradas la casa, la cancela, 
a cáscaras y mendrugo
su voz y cantinela,
la sucedida puerta, la cautela.

A nada, voz, detiene
recogida de suelo, sus andrajos, 
de nada se enajene
su nada de uva y tajos,
para nada accedidos los atajos.

Comparecida, vaga,
sus indecisos términos, huyente, 
y ardido y a la zaga, 
inconsoladamente,
recae y calla el corazón urgente.

¡Ay, alma!, paso a paso,
qué deleitosamente tropezando, 
huíame, al ribazo
la planta recatando,
el aromado suspirar dejando.

Y desaparecía
por la ladera de empinado canto, 
y más la perseguía,
pisadas y quebranto,
roto mastín de cólera y amianto.

Exilio, su desnuda, 
azucarada hiel y su punzada,
y en la distancia cruda, 
atada, desatada, 
desventuradamente aventurada.

La lejanía, el alto
revuelo de su lengua tornadiza, 
escombro del asalto
la torre caediza,
la derruida espadaña de su risa.

Desala, posadero,
de la su tarda broza y de su grano, 
la mesa y el brasero,
la toalla y el temprano, 
desfallecido trance de tu mano.

Estibador ileso
de su dulce desliz y tesitura, 
al nardo de su peso 
cordeles de pavura
y orinecido clavo, tu presura.

Amada y amadora,
para largo el silbido y la distancia 
la muerte olvidadora,
y a vuelo por la estancia,
la enfurecida noche de fragancia.

¿Era la desviada
cuchilla de suavísimo elemento? 
La poza vulnerada
y en su perecimiento
toda la soledad del movimiento.

Toda, en sí misma, inmersa 
caracola, a la grava del desvelo
nada diga que tuerza, 
y la reclame el suelo
ahogada, dura, forma su recelo,

la magra pesadumbre
de recatadas pieles, al tropiezo 
del porte y la costumbre,
a su caído hueso,
de sus salinas oquedades preso.

Cuando, recuperada
de calabozo y signo y asumida, 
adviértola su nada
feliz y desvestida,
por imposibles polvos perseguida,

no está ni pertenece
a tiempo su desdén ni su cadena, 
y queda y endurece
la nube amarga y llena
de la cortada luna de su pena.

Cundida, repentina
de pesos altos a inleudados panes, 
volada presa atina
la lengua de los canes
por los desmenuzados ademanes.

Gacela, te volvías
a solitud y siesta querenciosas 
en sombra y celosías,
y hiedras memoriosas 
abríanme las llagas amorosas.

De bruces, devolviendo
al suelo tu sudor y geometría, 
cesaste, decidiendo
mi silbo y cacería
a estadizos quebrantos y agonía.

De tu aire, en el repecho,
del tu cansado olor y tu sonido 
quedádome al acecho,
asido y atrevido
a la añosa ballesta de mi oído.

Perdida v recolecta
te intentan el olvido y el gusano. 
¡Ay, acosada y quieta!
¿cómo lanzar mi mano
para espantarte el sueño y el desgano?

Playa. Altamar. Tu lento
bajel de hierba. A vela asustadiza 
desparecido viento
v a la arrobada brisa
procela de alcanfor y de ceniza.

Vas alta arremetida,
vas a la consunción de la saeta, 
vas, heridora herida, 
desdibujada y neta,
vas a todo y a nada, pez veleta.

Vas, corza, cuando vienes
de la estación de tu cardeña y fruta 
al hambre de mis sienes,
y de tu almizcle y gruta
a despeñarme por la muerte bruta.

¡Ay, doloroso trapo!
¡Ay, a desnudo amor, amor huido! 
¡Ay, carne! ¡Ay, de mi harapo 
amor enfurecido,
en esta tela y sueños detenido!

Viajera y hortelana
del diminuto campo y del rocío; 
ni dimensión te afana,
ni al paso de tu río,
piedra, tirada exhalación, el frío.

No te afanan, mezquinos,
ni nombre, ni verdad, ni mariposa 
-celestes inquilinos-,
que, para cada cosa, 
tienes la certidumbre de la rosa.

Vuelve buida nada
por lueñe día florecer de todo; 
tu barca acoderada;
tu salto en el recodo;
y sólo inmenso corazón de lodo.

Abona y enternece
la tierra minuciosa que te junta, 
te sana y acontece
y déjate trasunta
en la disolución de mi pregunta.

Amada, descendiendo
por tus aguas y tierras, sollozando, 
me estoy como viviendo,
reclamos afilando
a mi vivo morir que va tardando.



NADA MÁS EL VERBO 
(fragmentos)

Mordiéndote, 
sacudiéndote
como el hueso que el perro extrae del muladar, 
de la vida así te arranco, Dios.
¿Eres inmundo,
medras en la náusea y el hedor de la náusea 
o purísimo,
bueno,
absorto a náusea caes, sempiterno?
¿Eres la llaga o el gusano que la devora eres? 
¿qué más da?
si en el tiempo decaeciente eres, 
sólo eres
¡oh asqueroso! 
dentro o fuera de mí, 
el mismo, vil y amado 
¿contra ti peco o tú me pecas, Dios?

En asfaltos caído
abro los ojos a tu luz
¿son estas sombras el vaho de tu verbo?

Eran ingenuos los dedos míos
y mi mano era todo el amor, 
todo el amor corriendo
como un ángel sobre la dulce piel.

Ciegos, los ojos míos eran
¡suave tiniebla, claro tacto feliz!

De alta tierra de viento, caído 
¿soy tu sombra por vagar a tu luz?

Fui gozoso.
Mordí la alegría como un pan. 
y desnudo, me amaban.

Porque me has dado, divina, esta carne, 
este hábito brutal,
yo, herido,
pudriéndome en tu baba feroz 
¿he de amarte?
Porque, melosa, la viva cal del sexo, 
la queja de tu vientre
suelta -sacra perfidia-
estos fetos atroces, 
hombres -dices, se dicen-
¿he de amarles?
Porque de harapos viste mi mugre la llaga c 
¿tu mano lúbrica ha de rasgarlos,
violador?

¡Ay, tú me pecas! 
Y eres sucio
buen Dios que así nos haces 
de carne y sueño
¿para yacer? 
inacabable 
hueso
falo
hambre mía 
te arranco.

¡Oh desnudo lejos de ti, 
sin ojos,
devuélveme a la niebla del ángel, 
a la noche animal.
Déjame el alma, 
larva quieta, 
en el mar!

Mas, oh asqueroso, te amo.
Detente amado. 
Fija
los grandes vagos ojos vacíos 
en esta atada, pávida, agria por 
Por una sola vez,
por sólo el hoyo del segundo 
cierra
la enorme boca balbuciente d 
y de la floja fauce limpia
la bella baba eterna y estelar. 
Mira y calla y detén el bambo 
y con nosotros,
tus hijos, 
queda 
padre, 
inmenso bobo, 
amado, amante Dios.

Tus ojos, ciego bruto, y nada más. 
Tu silencio, tu verbo, y nada más. 
De ti ya no queremos más.

Mal nos hiciste, enfermo padre,
y mal nos hace tu inextinguible voz.
De tu pútrido semen, la humana lengua 
para las hórridas palabras
Amor 
Dolor
y en la ulcerada carne, 
en ti mismo
creado y devorado 
gusano
estás.

Por qué vestirnos de misterio el corazón,
si toda sombra
mata 
pura
desnuda
la dura luz del sexo?
¿Por qué rodearnos de eternidad 
para la breve muerte?

Desde la noche de retenido horror 
¿nos haces o te hacemos?
¿hijos somos de tu asco?
hijo de náusea, ¿padres, acaso, 
tuyos somos de iniquidad?

..............................................................

Hundiste, eterna mosca,
en raudo gozo,
en la triste carroña
los huevos de tu horror.
De tus voraces crías es el tiempo. 
Es tu prolífica estación horrenda. 
Y en esta primavera,
yo, de la mano te traigo, ciego,
al pavoroso aprisco de la carne doliente, 
sordo, al rumor te acerco del hato infame. 
Apacienta tus gusanos, zagal.

Pero a tu lado 
llorando 
amando 
devorando 
rompo mi corazón 
lejos de ti lo arrojo 
eternamente 
vomitando
¡llena, asqueroso, el hueco 
del devorado
del arrojado corazón!

¡Ay, no, nada de ti, que hasta tus ecos pudren nuestra voz!
Torna a tu cielo, 
Padre,
bruto amantísimo, 
sucio hueso consolador 
de la vida te arranco. 
Sobre la breve tierra soy 
y bello en la muerte 
breve
puro 
desnudo 
lejos de ti en la muerte.


Con viejos dientes muerdo

Con viejos dientes muerdo la pulpa insólita del sueño
oh adolescencia, raja, dolor de vestiduras y aguas
oh sonámbulos peces oh leves dulces piraguas
honduras, olas, algas... desgaja el minuto pequeño

del agua original... hielo de voces, medusa, leño
¿qué me despierta?, mala la noche y por los ecos larga,
pávida como el trapo que cubre carne amarga.
Y el mar, el solo mar, mar de alta mar. Todo el amor isleño.

Y tú en el movimiento fruta recuperada,
alto molusco cálido,
peso de sol. Sobre tus pechos han caído los pájaros

y una abeja de sed, desesperada.
Hay en tus ojos un polvo de unos días agrios
y yo y el mar y nada.

Incluido en La poesía del siglo XX en Ecuador. Antología (Visor Libros, Madrid, 2007, ed. de Edwin Madrid).



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