jueves, 23 de mayo de 2013

ESTEBAN FEUNE DE COLOMBI [9875]




Esteban Feune de Colombi
Esteban Feune de Colombi (Buenos Aires, 1980) es poeta, actor y fotógrafo. Estudió Ciencias Políticas y Letras, se formó como actor en el taller de Agustín Alezzo y obtuvo el título de periodista en TEA. Fue intérprete de francés e inglés en la sede de la ONU, en Ginebra, y redactor del diario Le Figaro, en París. Trabajó como jefe de redacción de la revista G7 durante cuatro años y desde 2008 dirige Galera Intelectual & Frívola, una publicación mensual que escribe, corrige y edita. Publicó Pasante (poesía, edición de autor, 2000), Lugares que no (poesía, Huesos de Jibia, 2010) y No recuerdo (prosa, Pánico el Pánico, 2011). Protagonizó las películas Por el camino (2010), dirigida por el brasileño Charly Braun y premiada en distintos festivales internacionales, y Buenos Aires Conversations (2013), dirigida por el belga Pierre-Paul Puljiz. Presentó dos muestras individuales de fotos: Americanizado (galería do Bispo, San Pablo, 2011) y F*** Me I’m Famous! (galería Holz, Buenos Aires, 2012). En 2011 integró el elenco de Entrevistas breves con escritores repulsivos, una propuesta escénica basada en un libro de David Foster Wallace y dirigida por Marc Caellas, con quien llevó a escena El paseo, de Robert Walser, que fue representada, en 2012 y 2013, en Buenos Aires, Bogotá y Montevideo.



Temporada de frutillas
Forma parte de un librín llamado “Literatura”

NOV 2009

¿y de la chica española
con padre argentino?
a ella hubiera querido decirle
que en casa
no hay mosquitos
o
es temporada de frutillas
y yo también pienso que
cuando hablamos
somos hablados
o
basta, para que veas mi basta
desde el principio
me corto la cabeza
la llevo agarrada de los pelos
y la hago balancearse
de un lado        para                 otro
como               un                    farol
o
me paseo dividido
por el inframundo
de las matemáticas
o
vivo con los ojos
¿ves?
tu padre fuma
deja caer los cigarrillos
a medio fumar
en las grietas de las baldosas
adonde encastran perfecta-
mente
sé que necesitás plata
“tengo cinco pesos, papi”
decís con tu acento catalán
y tu cara de falsa niña
del inframundo
cada vez que miro
el reloj
son las 11:11
quizá tengas
veintiún dedos
quizá jamás nos acostemos
pero sé muchas cosas de vos
tu fanatismo por la pimienta
y por tu sobrino eneas
tu deseo de sacar fotos
sin cámara
el desprecio
por la higiene de tu padre
quien dice
“juli: me corté el pelo-las uñas-los bigotes”
cuando lo mirás
con cierta piedad
sé de tus miradas piadosas
más que de tus miradas cortantes
sé que mi amor
es verdadero
¿verdadero o verosímil?
sé que mi amor
duró media hora
tiempo suficiente
para casarnos
tener hijos
divorciarnos
no me mires ahora
como acechada
ya te tuve
ya te quise






El campo
Largo poema pastoril

MAR 2005
El campo

Ginebra: 3, 4, 5 y 6 de marzo de 2005

La herida voluptuosa me guarda
como a una lagrimita de sangre
coagulada.
Que me guarde, en su plegaria.
Las grietas del asfalto –ciudades–
que el calor ablanda.
Formas tristes de la infancia. Formas
vueltas tristes: huellas, la marca
de una rueda con barro, coronas
de chapa, multicolores sombreros
de vicios antiguos.
Roderas.
Y esa virtud de alinear autos;
adiestrarlos como a un regimiento
de soldaditos de plomo.
Mi colección de palabras.
Al galope de un caballo; al galope
firmes ancas, sueltas de una sombra
con crines largas: piel
de libélula, enredos tiernos.
El guiño de tu amigo, el caballo
cuyo olor, a veces obsesivamente.
Un olor que no encontrás –obsesiones–
en ninguna sílaba.
Nada calma la ausencia.
Para remedar: una sonrisa y un
beso: hubo una chica, muy alta,
de ojos de intratable verde.
Te dijo en secreto, una vez, que,
en la punta de los dedos, eran
iguales el olor del tabaco y el olor
del pochoclo.
Una imagen, una sensación, el olfato
que reemplaza a otro, mejor
que un sinónimo, su tratado de códigos
y equivalencias.
Las palabras tuvieron su destino,
otro amor. Tu silencio de palabras:
hormigueo, como el erizo erótico
en la piel de los duraznos.
Dora el sol. Enriquece un cantar
de pájaros, ahuecado: cosquillas,
sus piquitos pobres donando.
¿Y esas palabras? ¿Quién pregunta
por ellas?
Una distancia.
El circuito de señas trazado
en el mantel, con las migas
como insectos suspensivos.
Junto a ellas, reptando,
artistas después de una
función, nómadas vueltos de viaje.
Un retorno.
Paisaje
desde un barco.
El negativo.
Entre rieles y pasadizos, prensadas,
las piernas en sepia. El contorno
de la boca en amarillo y el contorno
del contorno, en fino rojo.
Desconsoladas.
Al árbol su corteza y sus escudos
arrugados. La rima proyectada
en venas, venas de venas; un mapa.
El mapa del dorso de un árbol. Suena
el interior, hueco sonido. Del nido:
gotera de sangre tibia.
Y afuera espera –mi reino
por no decir “aguarda”– el territorio.
Ciudad bombardeada.
La tristeza imperante, de puñal
desafilado.
De atardecer, acechando.
Una. Otra pequeña fuga.
Como la estela de una
fábula: por el áspero canto de la
montaña, medio volteado va entonando,
el ocaso, tan árido de sí,
arisco y solo.
Ronco.
¿Quién obra en el silencio?
Vení, dulcemente; no, ahora no,
que nos van viendo. Ha muerto alguien
en el pueblo. Con las luces de las velas
cesan; las luces; el cortejo anémico.
Los muertos. No se dice lo que se ve
por respeto. Araña
un frío de escopeta: su caricia
de hierro despide la máscara.
Duerme, oscura, se hace temprano
noche.
Los presagios de las lechuzas.
En cada poste erguido, sus anteojos
grandes detrás de las noticias
grises.
Vení, dulcemente, ahora. No disimules.
Nos arrulla el agua, que se va,
apagando el camarote. Dejá
que tu cuerpo.
Vamos a ver si el invierno
la hizo hielo. Sigue, empujando
la cola, otros vagones limpios,
despoblados.
La tetera de bronce con su
vestuario de noche ocre. Antes
de acostarse.
Otra despedida, en campanas
alientan. Prometido: me salí
en puntillas de mis versos. Vení,
en la nieve no hay tus pasos.
Taller: tiembla una vacante;
el cementerio de autos y en cada ojo
los postigos apostados. Nubes
rompedizas, a trasluz, trenzándose
una pluma encendida: luciérnaga.
Zurzo mi trampa: aquí vengo
desde chico a espiar. Mi piedra
iluminada, este año con menos
escamas. Desnudándome –un dado
sin números– a todos ojos.
Un comodín incómodo, sin
sus espuelas. Del bigote un ciempiés
inagotablemente tallado.
Rompiendo el hechizo: los he visto
amaestrar los soles que prendidos
al duraznero. Hasta que la lluvia.
Todo estaba florecido. En el
cajón las palabras, al abrigo,
maquilladas con su polvo.
El cazador buscando combinar
en su minúsculo cielo dos destinos.
Uno siempre anda escapando.
Con puntería.
Te contiene lo que queda
del cartucho: un repiqueteo, teclas,
el humito con polleras en trastienda;
nada.
Cubre la noche, en tierra,
el autor de sus bestiales chillidos.
(No develarás el misterio.)
Empuñar una historia sólo
con un fragmento. De niño con pies
indios. Y flechando el claro,
bosque palpita, en la roca,
sombreada, gime la virgen.
El pedestal profanado.
Con la niebla que acuesta el río,
ha soñado.
La rompiente.
Por donde se acuesta el río;
cuesta arriba se fueron yendo…
…un pianista, un pianito
y un girasol revuelven la tierra:
el pie de la letra.
¿Por qué lado la noche nos irá evacuando?
Sueñan con verte venir
desde la tranquera, arrastrando
el pasto seco en tus dobladillos.
La alerta: el chasquido con eco
del metal herrumbrado, vestido
de encaje, con pompones de cardo
violeta.
Sueñan con verte. Porque no
pueden escribir hachan un camión
de leña. Los troncos más chicos
al Rastrojero, que todavía anda…
Y por todo lo que anduvo, en su
volante de nácar el jinete y su
barba mullida.
Bajo la oruga del sauce.
Asesinan a las loras. Gritonas
y melancólicas, cayendo; sus nidos
pinchudos. También caen,
en tirabuzón, plumas como hélices
demasiado livianas y pierden
su calor. Su calor de hogar
entre nosotros y lo alto.
Todo se parece al verde,
que reúne, agolpa mil y un
colores en el suyo, en su
máscara, en el rayo.
¿Quién se esconde?
¿A quién le aúllan?
Vendrá una brigada de loras
socorristas, brillando en sus trajes.
Las manos reverdecen, las
manos con tierra y con espiga.
En el recorrer por el campo
la flor del espinillo, perfumada,
espía por el desorden de una
melena. Y al lado otra, de pierna
cruzada. Conversan, como dos
damas de peluquería.
Espejuelos en la fábrica
abandonada. Los tornillos
descansan, reposan quietos. El
cristal laminado en capas, fijando
el reflejo de cosas muertas.
¿Y con esos objetos?
Ya nadie los objeta. La
custodia del candado, como un
mordisco, los músculos inflados.
Ese rito de mirar desde lejos. De
estar, ausente. Descubrirás las raíces
solo. Irás hurgando, los dedos
–cardumen de lombrices– con
lupas y antenas.
Para ir diciendo.
Sólo irás diciendo.
Ahí está tu tarea.
Trasplantar las raíces, alisar
las letras, sostenerlas con estacas.
Irás tutelando. Estacando.
La urdimbre de la historia,
toda otra historia, recién enterada.
Desenterrada.
Estirándose al sol. Y a modo
de acompañante, discreto, un balde
cargado con engrudo.
Las trufas secándose.
También la malaquita y
la mica, absorbiendo la luz,
dos reptiles entibiándose.
No todo es maleable. Algunas
tiranteces terminan por quebrarse:
por eso, no vayas enyesándolo
todo. Dejá los quiebres.
Andá desplegando.
Los malheridos con la lluvia
van cicatrizando. Con el olor
fresco que deja la lluvia.
Y los otros, desapercibidos,
con el rocío.
Y los menos, inéditos y,
por lo general, taciturnos, con magia.
Con un toque.
Con las preposiciones bien
predispuestas del diccionario, en
su lomo, cruzando el río, y
dejándose, como piedras,
para los próximos.
Un sendero de piedras trazado
con sus lomos.
En la oscuridad se ve
un cordón de lunas maleando
el cauce del río.
En la oscuridad te ven y
al verte no murmuran, ni
entretenidas, para darte su espalda.
Podés cruzar con los ojos
vendados.
Irás tanteando.
Dijo alguien, cuando pisabas
descalzo, que la colonia de piedras
era tu planta, una extensión
de tus pasos.
Un solo lugar para pisar
seguro.
El mejor entrenamiento, la
infancia, y volvés a ese lugar.
Volver no es perderlo. Tus pies
de piedra.
El recibimiento de los álamos
torcidos, entre parras trepadoras.
¿Quién orquesta?
…un concierto croando…
Y en batería, borrachos perdidos,
los coros de ranas rascando.
La caravana sufrida de
hormigas surca el mismo camino.
Un camino que les pesa doble
o triplemente.
Y tejen, ellas también, con
su afán ritmado, el otro mapa,
su reverso, a contraluz.
Castillos de tierra negra,
conos de niebla en la frontera
del sueño.
Los tripulantes del infierno
reman por el camino de venas.
No vengas ahora, te lo ruego.
Me fui callando, me comí las
palabras, tan hambriento, tan roedor.
Señalaron las cosas con el dedo,
un señor lo hizo con el Panamá
y luego dijeron: pato, tortuga,
puma.
El gato montés, atigrado y
feroz, era un animal compuesto,
que bautizaron con sermones.
Encandilaron liebres
y buscaron perdices.
Perdieron: volvieron enfriados,
con el saco vacío.
Cuando construyeron el dique,
nombraron: piedras, truchas y
cascadas.
Nadie descubrió a la
vaca muerta, que algunos, después
de dos rondas de votos, decretaron:
se ahogó, se ahogó. Es decir,
vaca ahogada.
En invierno, a orillas
del río seco, los huesos formaban
un altar. Y entremedio, ofrenda,
un matorral florido.
Los huesos despellejados
por los caranchos.
Que monitorean, en círculos
negros, desde el cielo, como un
desgarrar presagioso de más arriba,
las nubes.
Una avalancha.
Aterrizajes amortiguados, carne
putrefacta. Y otros vuelos
famélicos: las moscas.
Mosqueando.
La presa enorme, ya sin forma.
Del todo deforme y deglutido,
salvo los dientes.
Desviamos el curso del río
que nadie nombró. Por eso, quedó
el río, llano y sin compromisos.
No existen otros ríos, tal vez
por esa razón.
Hay quienes miran como en un
autocine, los cuerpos tostados,
tatuados con ronchas.
Roca con roca, el choque
saca chispas y el ruido no se
puede pronunciar.
Un repertorio de dibujos
redondeados. Oasis.
Se atrevieron a unir: dientes,
ronchas y rocas.
La contratapa del día o el
prólogo, recién.
Una olla en medio del río-río:
inauguración con chapuzones
diáfanos.
Dejarse flotar, irse con la
corriente, hundirse: un circuito
de nuevas expresiones, el diálogo
del agua, sin duda.
Un mundo nuevo.
Otros códigos.
Mojar, nadar, salpicar y
aletear.
Prender un fuego y rodearlo
con festejos.
Abrir la compuerta del dique
y dejar salir el agua, que se
arremolina y se impacienta.
En un cuadrito del castillo
posaban dos tigres iguales.
¿Y el agua, pareciéndose?
Irreconocible.
Demasiado fácil de reconocer.
¿Y para nombrar?
No quedaron alternativas:
el agua del río.
El agua-agua del río-río.
Y palpitando, como algo todavía
joven, estos hallazgos: ágapes,
tertulias, tentempiés.
Lo indomable. El rigor
de aguijones.
¿Infecciones?
Campanazos de rigor.
El herrero limando los
cascos perfectos de los caballos.
El oculto manicuro.
Ahora el galope mecánico,
casi militar. Muy civilizado.
Había que lustrar las botas.
Y los frenos. Y monturas.
Había que soltar los bozales.
Otro barco que se fue.
La consistencia inverosímil
del aceite de pata.
El olor fortísimo de las
uñas de los caballos, limadas,
esparcidas en el corral.
El complejo sistema de signos:
dientes, ronchas, rocas. Y limadura de
uñas de caballo.
¿Cómo juntar los pedazos?
¿Qué hacer con ellos?
Cosas nobles en frascos, potes,
recipientes.
Una dinastía inquietante de
objetos desperdigados y de apariencia
insignificante.
Un batallón impermeable.
Sensación de convertirse en
algo impermeable…
…el pelaje impenetrable
de un mamífero.
Ir detrás del cortejo, alzando
la cola, el fulgor de las coronas
de novia, su ir espolvoreando
motas de piel blanca.
Notas intocables, de un
oído superior. De una música
irreproducible.
Sentir los límites que
establecen lo posible, como un
prefijo que deberíamos profanar.
La suma de signos anónimos,
como la lluvia entre los dedos.
Partes de partes prófugas.
¿Quién se anima a buscarlas?
Había que dar la vida
por esa búsqueda. Agotarse buscando,
trepándose a cualquier árbol.
Láminas cortantes, hojas
peligrosas. Reunir las astillas
y contar otro cuento.
Antes de la herida…
Los parentescos incestuosos.
El ensamblaje.
Y la facultad curativa
de crecer confabulando. Torcer.
Torcer el curso. Hacerlo
desembocar en otro lado
sin solución de continuidad.
Con desazón. Porque el
cuento no es la historia.
Hasta que la historia
por sí sola –una cuestión
de tiempo– deviene cuento y calma.
Sale de los sueños, de un
ser dormido que abre los ojos
en países nuevos que parecen
conocidos.
Y del dejarse estar en el
sueño: la osadía. El temerario.
Más aun, el temerario decide
meterse en el sueño y habitarlo.
Ser el sueño, realizarlo;
jugar a fondo y mentir con ese
mazo de cartas que semejan
el azar.
Disponer las cartas en la
mesa, defender su destino marcado.
Fatalmente. Un pie del lado
del abismo.
¿Y el otro?
El otro se dedica a armar
y clasificar –entomólogo–
la fortaleza de los fragmentos.
Deconstruye cada célula
de luz disparatada.
Un afortunado embalsamador.
Le va otorgando el gesto vivo
a la cosa muerta.
Reconstituye y redefine.
Inyecta, volviendo vida
y respiro lo lánguido.
Y mortecino.
Hace aparecer el dibujo
que no existía uniendo los
números del cero al cien.
Despunta la silueta.
Y luego el contenido atrae
los tonos de un crepúsculo,
prestados.
Donaciones.
El efecto de donaciones
causales o de falsos préstamos
tiene por fin el esclarecimiento.
Las pistas de un crimen
absurdo: sin víctima y sin
asesino.
Un juego sin
muchas precisiones.
Como testigos están el dolor
lancinante –¿crónico?– y las
marcas de sangre carmín:
guantes de vidrio.
Retumban latidos.
Latidos fantasmales.
Latidos trayendo su
inmensa fragilidad, invisibles
sobre las teclas de un órgano.
Con teclas reales, el marfil
reluciente.
Sonidos lapidarios que
puntúan las pausas de una larga
despedida.
Pautas de una prosa
centenaria.
En su origen, el ojo
de agua.
Un manantial despreciado
y pasado por alto injustamente.
Resuena otra vez la obra
del silencio. Rasguños. Epitafios.
También, latente, el pavor
a las sobras, a lo que quede de
inservible después del uso.
¿Del uso de qué, si son
palabras?
Inofensivas.
La mano secreta suelda
fragmentos, fragmentos con
categoría de ignorados.
Como si hiciese falta un
supuesto asesino para explicar la
historia.
Una coartada.
Irrefutable.
La urdimbre, su textura
impalpable, pero hecha materia.
La prosodia que dictan
los muertos, bajo tierra.
Que manipulan tumbados,
boca abajo.
Algodón en las mandíbulas,
hay que impedir esas revelaciones.
¿Imagen de qué?
Suplican una prórroga,
un último soplo, salvador.
El auxilio coronado
de laureles.
Tanto exotismo harta…
Nombrar: cáncer, leucemia,
infarto.
Nombro para ahuyentar,
diseño un método de brujería
conspirativa.
Mi conjura.
La redacción de un
prospecto milagroso.
Toda la lógica
inestable de insistir en los
precoces nombramientos.
Precipitarse.
Uno con uno; esto es, sin
amontonamientos, prolijamente.
El tiempo va ordenando
mientras el espacio separa los
hechos, sin fijarse en la intención
que los ha movido.
Destripar.
El objeto caprichoso de la
creación.
El mandato.
Disuelve y condensa, como
las branquias de un pez fuera
del agua.
Un reloj que cuenta para
atrás.
La sombra retrospectiva.
¿Quién activó el envión?
Estoy puesto en marcha.
Vení, acercate, no digas nada.
Que tu comprensión –cabal– no está
en el habla.
Dejate, en silencio.
No te publiques, preservate.
A vos no te pongo nombre.
No ponértelo no constituye
un acto deliberado: es también decirte.
Una omisión candoros
puede colmar la inmensidad.
Devuelvo el pez al agua,
tus manos se pasean como
candelabros en un castillo.
Y eso basta para que existas.
Otro imposible real.
¿Cuántos? ¿Y el deseo?
¿Y la carne que se robaron
los caranchos?
¿Qué arrancaron entonces?
Una formación de chimangos
revolotea sobre el nogal. Los
frutos recolectados, inmaduros,
su siesta en las bateas.
Algunos enfocan las raíces.
Otros los frutos.
Una ligera variedad en
las perspectivas: una cuestión
de altura.
De alcance.
De pudor, tema olvidado.
¿Se trata de casar los
opuestos?
El exceso. Del exceso y del
pudor.
Desde el techo a dos aguas
nos fue dada la vista general.
Un paisaje caligráfico, absoluto.
La respiración de la escultura,
mutilada, en la fuente.
La textura erótica de los
lirios.
El furor de las caricias
amansado a lo lejos.
Los relinchos y rebuznos.
La cordialidad innata y
desprolija de las formas así
dispuestas. Curadas.
Los latigazos de las hojas.
Tenues. Encaramándose.
Otra clave, despiadada: el
rebenque.
Esa cualidad, medida
con la que cosas se sostienen:
avenencia de notas afinadas.
Como el lago le pide
a los bordes que lo contengan.
Una panorámica privilegiada
desde los camarines.
El miedo a una recaída.
Al desborde.
¿Cómo se fue acomodando?
¿Por obra de qué?
Las columnas de las torres,
sólidas alrededor.
Tanta mansedumbre
rebobinada.
La foto en blanco y negro,
en sepia. Otros modos
de recordar, de narrar.
¿Qué dice? –preguntan–.
Nada –contestan–.
Contestan nada porque no
hay nada que decir.
Incontestable…
Las palabras. Los sonidos de
las palabras rebotan; buscan
su lugar como locos escapados
de un manicomio, aullándole
a la luna llana.
Hallándose huérfanas.
Ellas.
Desde el techo, sin binoculares:
el laberinto, los corrales de piedra,
la pileta con forma de huevo.
Cada forma delimita su
forma.
La encierra.
Entrás en el laberinto
ataviado de arbustos panzones y
encontrás la salida.
El ganador se lleva como
trofeo el pozo vacante.
La suma de dinero, el
total que encierra la suma y
que el vencedor ahogará
entre sus puños.
Un premio de bolsillo.
Un régimen de pistas
falsas.
El desafío: no escuchar a
nadie. Y al llegar: ssshhh,
no digas nada.
Guardarás aquello que sepas
en el bolsillo.
Una cadena de realces
naturales: la imperfección
que sosiega.
Guardarás el sortilegio…
…como en una historia de hadas:
hasta que no llegue la princesa
vagabunda, no lo saques…
Aunque sea en secreto,
el mirar se volvió activo.
El último actor del reparto…
…memorizó sus líneas: hay
una sospecha.
Y se ata a ellas como el naufragado
a un salvavidas de madera.
De puro ensayar
se ha creído lo que dice
y empieza a dudar de todo.
Hay una sospecha.
Cobra el aspecto sereno
de un detective atareado.
Por lo pronto, ahora mira
de reojo. Espía.
Sin dejarse frustrar
por la brevedad de su parlamento,
investiga. Desconfía.
Lee a través.
Participa de soslayo.
Inspecciona cada madriguera.
Sortea las trampas y anda
con cuidado.
Se mueve sigilosamente,
como un cazador.
Desde el techo a dos aguas,
se perciben los torbellinos
del viento.
Los zarpazos que hieren
las zarzamoras.
En cada sacudida
se distingue un estremecimiento,
los racimos convulsos y los
tañidos encrespados.
El borboteo intrépido
de la tierra.
Sus quejidos, que oscurece.
Y el actor husmea
en cuatro patas.
Cada esfuerzo se parece a
un buque parpadeando solo en
el océano.
Avanza sobre la profundidad
imposible de otros mundos.
Dosifica el aire de sus pulmones.
Cavidades verdes, azules,
púrpuras. Como si las formas
y los colores subsistieran a
cualquier guerra.
Cadáveres verdes, azules
y púrpuras.
Un arco iris desciende al
cementerio y las flores.
Las flores como enviadas
del cielo durante un bombardeo.
Una fiesta de vestidos
largos en el cementerio.
Un vals.
Los señores con zapatos
de charol.
Descorazonador…
Brindan con agua del deshielo:
el hocicarse mudo de las copas.
Licor de zarzamoras.
En el cementerio montaron
un banquete colosal.
Los que viven
no están invitados.
Un banquete irreal
con mozos decorosamente fallecidos
y serviciales.
Y la orquesta: infartada.
Tocados por una noche
bruja. La noche de todos
los muertos.
El periodista, orgulloso
con su bala en el ojal.
Todo muy educado. Nadie
le hace el vacío a la jineta
descabezada que, con originalidad,
ha remplazado el hueco con una
enorme calabaza.
Parece que se movieran
sobre una pista de hielo
compases simétricos y concordados.
¿O tienen resortes?
Los trillizos atropellados
por el tren…
…han adoptado formas
extrañas, pero presentables.
Nada de maquillajes pálidos.
Aromas frescos rejuvenecen
la piel: peperina, tomillo,
menta silvestre. Una sangría
de rosa mosqueta.
Lujos excéntricos, pero
moderados.
Cabelleras adornadas con
plantas exóticas. Helechos como
carteras. Cinturones con lianas.
Los más borrachos vuelven
domesticados a sus tumbas.
Hay un crepitar imprevisto
de cenizas.
Una rebelión de tormentas
grises. Los cremados insurrectos.
Por la madrugada
los fueron domando
y todo retoma el contexto
de apacible desmadre.
Sus disfraces de muerte
disimulados.
Perfiles un poco rígidos.
Los adioses reproducen
el crujir agudo de las puertas
de las bóvedas.
¿Un barco fantasma?
¿Un artificio?
El sentido de las proporciones.
El tratado de las proporciones.
Vení, te estoy llamando,
ahora que decidimos ser chiquitos.
Nos llevamos en la palma
de la mano, como langostas
del color que elijas.
Acurrucados.
Corpúsculos frágiles, de
seda.
Arrancados de la noche
con un grito escalofriante.
Mandrágoras.
En la glorieta descascarada:
el alquimista rodeado
de hongos con capelina.
Trama.
No desespera en su voluntad
de alcanzar lo que sucede
y lo que no sucede.
Da vueltas sobre sí mismo
como un trompo y lo que toca es.
Una tropa de indígenas
en sus atuendos de águilas.
Abren las alas, en forma
de saludo o hasta luego.
Agitados, venían corriendo
y resoplaban.
En sus penachos las pajas
bravas, como sanguijuelas, aspiraban
la sangre de los pies.
Lacerados.
Llegaron al peñasco.
Perseguidos, miraron al
cielo y se miraron entre ellos.
Y se dejaron volar, los
brazos abiertos.
El último cielo.
Daba un tono restregando
el espesor de las sangres.
Refunfuñó la montaña
y se los tragó, adoptándonos.
Los perseguidores creyeron
que lidiaban con espectros, con
dioses.
Se asomaron colgados
del peñasco.
De la garganta del valle
rocoso, un ala negra y tupida
emergió y les peinó las cabezas.
Fue cuando
se sentaron a rezar.
El ala negra, con un aleteo
les rozó los omóplatos.
Ahí mismo no dijeron
más nada.
La ola misteriosa
les quitó la voz.
Y tendió su manto
de nieve oscura.
El alquimista habló de un
sacrificio. Dos insectos naranjas
remontaban los nudillos
de su mano izquierda.
Los mejores espectáculos
están hechos para no verse.
Para el relato, dijo.
Y cerró el suyo mostrando
un diente de oro y un grabado:
el ala negra.
El pasaje epifánico
de lo claro a lo oscuro.
El bosque de sombras.
Los cautivos.
Sus párpados fríos, rotos
como pétalos puestos a secar
en las ramas desnudas.
Los pálidos, los tristes.
Los huraños.
Sombrean el bosque.
¿Lo mueren?
Difuntos temblorosos dan
a la noche sus ojos.
Enciende la noche con ellos
un resplandor ciego.
Trepidante.
Las llamas de un abrazo
lívido cuando, del otro lado
celebran su fiesta, en el
vacío, los muertos correctos.
La síntesis, las dos puntas
del cordón.
Una nube de pájaros
salvajes, entre dos países.
Cortado en dos, un pájaro
ha repartido su plumaje.
Los otros detienen
la urgencia del rocío.
Estrechas alas.
Un pájaro muerto en el campo
de batalla: brilla el pico aún
como un diamante.
¿Súplicas?
Nos llegan de ambas regiones
los rumores de los muertos,
estancados.
Desde el techo a dos aguas
de la casa grande.
La visión es total y épica.
Casi un castigo. Mirar. Los que
subieron voltearon la escalera.
Una forma de refugio.
De elevación.
Los del techo pronuncian
en todos los idiomas la misma
palabra.
También lloran, desde
siempre, los abortados.
Un llanto.
Un martillazo denso,
inyectado.
Llegan las mujeres, sanas,
las panzas inflamadas.
Desde aquí arriba se ve
quebrarse el espejo del lago,
los patos engullidos, como patos
en un cuadro, inmóviles.
Tiesos.
El correr del río-río.
Petrificado.
Por él patinan, apurados,
los caballos. Algunos dan sus
pasos en falso.
Acordes de un bajo, cascotazos.
Los sapos aplastados.
El ocaso.
Y sus formas agónicas,
desproporcionadas; el camino
al olvido.
A lo que hayan sido.
Enmudecidas. Brotes
desnutridos. Huérfanos.
La circunferencia que
abarca el grito. Que aprieta.
Cabalgamos en un túnel
tenebroso, a metros del suelo,
en formas derritiéndose.
Hacia el espejo del lago.
Una estructura hecha
de imágenes. Como pilotes.
La memoria, una línea
fina, un teleférico del sueño.
¿Extirpaciones?
Los ruidos vueltos a
guardar en las bocas, enrollados.
Como monedas en una alcancía.
Sonidos encerrados.
Un trasbordador.
Labios tapiados.
Se pliegan las montañas.
Se callan.
Como páginas de un libro.
Y los árboles, succionados
por la tierra. Replegados.
Una galería de personajes
se seca las lágrimas.
Despintarse.
Desvestirse.
Cayó el telón del fondo. (Cae.)
Sobre el espejo fundido
del lago.
Vení.
Como en la foto.
Entra el sol.
El campo.




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