viernes, 8 de marzo de 2013

MERCEDES GONZÁLEZ DE MOSCOSO [9371]


Cubierta delantera

MERCEDES GONZÁLEZ DE MOSCOSO
(1860-1911),    Ecuador
Fue la poetisa mayor del segundo romanticismo ecuatoriano, surgió al rescoldo de la primera generación de los años 1.840 al 70 y sus composiciones fueron serias y sentimentales, llenas de un goce interior y misterioso por el hogar, su hija y la memoria de sus seres más íntimos, que guardaba en lo profundo de su corazón.

Había nacido en Guayaquil el 12 de octubre de 1.860 en el hogar de Nicolás Augusto González Navarrete, natural de Ambato cuya biografía puede verse en este Diccionario y de Guadalupe Tola y Dávalos, guayaquileña.

Su padre, agente secreto de Rocafuerte en Guayaquil hacia 1.844, se dedicó al comercio y contrajo matrimonio. "Cuando ocurrió el degüelle de Jambelí en 1.865, era amigo del General Urbina y en unión del abogado argentino Dr. Santiago Viola, le escribía al campamento… la niña Mercedes oyó los disparos cuando fusilaron a Viola, vio lágrimas en todo el vecindario, presenció la angustia de su madre a causa del gran riesgo de su padre, quien se refugió en la fragata de guerra española Blanca y fugó al destierro, a poco siguióle la familia y en Lima permanecieron diez años. Este acontecimiento determinó, en cierto modo, el carácter profundamente melancólico que había de revestir su numen". /Fue mi primer dolor dejar mi suelo,/ mi estrella se nubló desde esa hora/ y no hubo para mi juegos ni risas,/ brillante sol ni sonrosada aurora.//

De su padre heredó el gusto por las letras que compartió desde los primeros años con su único hermano el también poeta Nicolás Augusto González Tola y sólo en 1.875, al ocurrir el asesinato de García Moreno, pudieron regresar a Guayaquil, habitando en la casa de su abuelo en la esquina del Malecón y Víctor Manuel Rendón. Meses después quedó huérfana y casó con su pariente lejano Aurelio Moscoso, con quien se trasladó a vivir a Ambato.
En breve tuvieron un hijo que falleció de meses y una niña, María, "la alegría de su corazón, el encanto de aquel hogar y la fuente purísima e inexhausta de inspiración en que abrevó su alma de artista soñadora y delicada y de madre virtuosa, amorosa y tiernamente abnegada.

En 1.890 de regreso a Quito editó el folleto "Reminiscencias" y el país comprendió que había surgido la heredera del grandioso lirismo de Dolores Veintemilla de Galindo, "modestamente contenido dentro de una subjetividad recatada, melancolía discreta, intimismo sano".

En 1.898 viajó con su esposo e hija a San José de Costa Rica donde vivieron algunos años. Allí editó un año después su poema "En el Nido", folleto en 65 páginas y prólogo de Lastenia Larriva de Llona, y quedó viuda y en estrechísima situación; pero, no obstante, logró dividir su tiempo entre su hija y sus versos, manteniéndose de pequeños trabajos de mano y en permanente arrobamiento, dentro de la línea feminista de la Iglesia Católica de imitación a las virtudes de la Virgen María en el hogar de Nazaret.

Muy jovencita su hija contrajo matrimonio con el coronel Carlos Andrade Rodríguez, miembro de una prestante familia liberal radical, hermano de Roberto Andrade y cuñado de Abelardo Moncayo y desde entonces doña Mercedes vio nacer sucesivamente a sus nietos Carlos, Aurelia y Esmeralda, para quienes compuso en 1.903 su poema "Abuela" que editó en 28 págs. en la Imprenta Nacional en Quito, con prólogo de Roberto Andrade.

Ese año ingresó como socia honoraria a la "Sociedad Jurídico Literaria" y escribió para esa revista varias composiciones entre las que sobresalió "Rimas". En 1.905 colaboró en la primera revista femenina quiteña "La Mujer", de Zoila Ugarte de Landívar, con el cuento o alegoría "Los zapatos de boda", donde defendió la posición de la mujer cristiana y culta que desecha el matrimonio sin amor, como solución al problema de su vida, prefiriendo estudiar y mejorarse a si misma.

Ese año ocupó la dirección de la Biblioteca Nacional de Quito y en 1.907 editó sus dramas para teatro: "Martirio sin culpa" en tres actos y en verso, estrenado por la compañía "Saullo Romero y "Abuela", drama también en tres actos y en verso" llevada a las tablas por la compañía "Millanes", igualmente en la capital. Ambas piezas se imprimieron en Guayaquil en 1.907, en un volumen de 50 págs.

También se conoce de su pluma la obra "Nobleza" que no llegó a imprimir. "En las tres se dan las mismas características; sus diálogos son sanos y en versos fluidos, pero les falta naturalidad a sus personajes y acción al argumento, tornándose la trama muy lenta y moralizante".

En 1.909 apareció su poemario "Cantos del hogar" en 275 págs. con versos escritos en romances endecasílabos que más parecen cuadros, "donde campea la gracia de su tierno estro, nimbado de confidenciales tristezas y angustias y de recuerdos de ternezas para sus seres queridos", enriquecido con afectuosa introducción de su hermano Nicolás Augusto en 6 páginas titulada "Leyendo tus versos".

El 18 de septiembre publicó "El Grito del Pueblo" su poema "Gloria al Obrero", en homenaje al pueblo chileno que celebraba el Centenario de su Independencia.

En 1.911 reincidió con "Rosas de Otoño", en 193 págs. con poesías, cantos y poemas y falleció poco después, el 23 de septiembre, en Quito, dejando sus "Memorias" en prosa que aún permanecen inéditas y un vacío en las letras femeninas de la patria. En Guayaquil se conformó en Comité que costeó la erección de su mausoleo en el cementerio general.

De regular estatura y más bien blanca, pelo que el tiempo de negro hizo cano llenando su cabeza de hilos de plata como ella solía decir, fue madre, esposa y abuela con un romanticismo añorante y doloroso, sutilmente humano, que nada tenía que envidiar al del autor de las "Rimas". Su vida fue un gran dolor dignificado por el arte y la poesía y su obra se caracterizó por reflejar las limitaciones de la sociedad de su época; sólo cantó al hogar, los mitos y las intimidades familiares.

Fragmento.- Es el llanto mi armonía;/ cual vierte perlas la aurora/ Mi alma, cuando canta, llora,/ Yo soy toda sentimiento,/ y lloro si gime el viento,/ si una nube se evapora…//.



COMO ESCRIBO

La luz del sol me daña; por la tarde
llamo a mis compañeras, a las sombras,
y pensando en mis muertos y en los que amo
de memoria compongo mis estrofas.

Surgen del alma débiles y tiernas
para arrullar mi sueño, son palomas
que abandonan el nido ya muy frío,
pues cayeron las flores y las hojas.

Las dejo que me arrullen, con el alba
abro mi libro azul con líneas rojas,
y las diseco allí como si fueran
pensamientos o blancas mariposas.

Así es como las creo y nunca cuido
del sentido del verso o de la forma,
que broten como brotan de las plantas
lirios azules y encarnadas rosas.

Mi cerebro sin luz, jamás podría
forjar idilios de color de aurora,
esos que surgen bajo forma extraña
llevando una caricia en cada nota.

Yo desconozco el arte; no construyo
estancias con jacintos ni magnolias,
mi musa no se envuelve en el ropaje
del azul de los cielos y las olas.

Se presenta muy triste y enlutada
envuelta en el misterio de las sombras,
sin otro adorno en la cabeza rubia
que un ave blanca con las alas rotas.

Por eso mis estrofas tan amadas
son de aquellas que gimen y sollozan;
con la noche despiertan a la vida
sin anhelos de aplausos ni de gloria.

Allí en el libro azul, muy en secreto
guardo mis avecitas melancólicas,
como guardé de niña las muñecas
de claros ojos y cabezas blondas.

Ya sabes como escribo… Te sorprende,
tú que conoces mis tristezas hondas?
Deja que las exprese en mi ignorancia
como expresan sus quejas las alondras.

Cantos del hogar, 1910.




Un cuadro

Sin modelo ninguno, sobre el lienzo
trazó ayer mi pincel una cabeza,
la contemplo extasiada y me parece
una espiga del campo, pura y fresca.

El dorado cabello forma aureola
que, como luz entre las olas, tiembla,
y mientras más la miro, me pregunto
cómo pude crear tanta belleza.

Soy artista, también, más nunca labro
dorado bronce, enmohecida piedra,
mis cuadros son más bien hechos de sombras,
la musa que me inspira, la tristeza.

¿Cómo surgen, entonces, en el lienzo
de ventura, dulcísimos emblemas?
Acabo de trazar dos grandes ojos
que parece que me hablan y me besan.
-30-

Sigamos trabajando. Las mejillas,
la frente blanca como lirio y tersa,
barba redonda, cuello sonrosado
y la boca rasgada y entreabierta.

Brazo torneado de apretada nieve,
turgente el seno, la cintura estrecha,
mano de niña, suave y delicada,
y el porte majestuoso de una reina.

¿Es creada por mí tan dulce imagen?
No puede ser, ¡Oh no!, mi alma la sueña,
tal vez es rayo pálido de luna
que sobre el lienzo nítido refleja.

Pero no, yo he besado en otro tiempo
esa frente tan pura y tan serena;
es un grato recuerdo de otros días
que en el fondo de mi alma se despierta.

Dejadme arrodillar ante ese cuadro,
de mi vida sin luz única estrella;
he trazado la imagen de mi madre
y hay en él para mi todo, un poema.

  




A Esmeralda

Te sorprendes al ver las blancas hebras
que en mi cabeza brillan como plata;
el fuego del volcán es siempre rojo
y las cenizas de color de escarcha.

Con los años se van las ilusiones,
se deshojan ensueños y esperanzas,
la fe se agosta, el corazón se queja
y del yermo sin luz brotan las canas.

El nimbo de oro que tu frente luce
fulgura de la vida en la mañana,
cuando hay fragantes flores en capullo,
luciérnagas de rosa y esmeralda.

Después; vuelan insectos; ruedan hojas,
a las risas suceden tristes lágrimas;
moribunda la llama apenas arde, 15
la cima del volcán cubre la escarcha.

El frío arrecia, las temblantes sombras
invaden nuestro ser, nublan el alma:
a medida que avanzo, todo muere,
por eso tengo la cabeza blanca.

  





Magdalena

El Cristo agonizante: de las heridas
mana sangre a torrentes; y en la capilla
reina el silencio augusto de los misterios
entre flores que ruedan y paños negros.
El sacerdote oficia las manos trémulas
elevan hasta el cielo la santa enseña
y en un rincón oscuro de la capilla
la triste pecadora reza y medita.
De la bóveda cuelgan anchos festones,
colgaduras hermosas de albos colores;
sobre el altar, en medio de finas blondas,
como sol vierte rayos una custodia.
Y doblan las campanas, los fieles rezan
y asoma luz de aurora temblante y fresca.

El Cristo agonizante, la pecadora,
el viejo sacerdote, la blanca hostia,
el nítido perfume del incensario
y del altar el fondo blanco, muy blanco,
llevaban a las almas de cosas idas,
las hermosas y vagas melancolías,  
esas que se nos vienen como un ensueño
en la luz apacible de los recuerdos.

Del órgano las notas lentas y graves
eran como gemidos de soledades;
y de la pecadora la faz marchita
el punto más obscuro de la capilla.
Magdalena lloraba pasadas culpas
y en el seno bramaban terribles luchas.
El rostro macilento, juntas las manos,
cantaba conmovida límpidos salmos,
manantial que brotaba de su garganta
con cadencioso ritmo de serenata.

Se vuelve el sacerdote de cara al pueblo.
Océano sin fondo que copia el cielo
son de la cortesana los ojos grandes,
al anciano deslumbran sus claridades.
Y mirando el semblante triste, muy triste,
¡con caridad sublime cual la bendice!
Ella ocultando el rostro tiembla y solloza.
Del órgano resuenan las claras notas;
se aspiran como aromas de nueva vida
y el sol quiebra sus rayos en la capilla.

    




Oyendo a Chopin

Filtran menudas perlas por los cristales,
el teclado recorre tu mano blanca,
y se juntan del viento las notas tristes
con las alegres notas que al piano arrancas.
Yo te escucho acallando penas muy hondas;
despiden tus canciones olor de acacias,
es el salmo sublime, salmo a la vida,
con mariposas de oro de grandes alas;
con sueños que despiertan, risas que nacen
y pájaros que trinan entre las ramas.
Sigue tocando, sigue, mientras el viento
y la lluvia sollozan:
Oh, niña pálida,
la de negras pupilas y rizos blondos,
supieras cómo mueren las esperanzas,
las que besan tu frente, las que murmuran  
en las temblantes notas de esa romanza.
¡Sigue tocando, sigue!... Ruede mi llanto
mientras tú, soñadora, como ave cantas
y la augusta princesa de la armonía
en tu mente de niña perlas desgrana.  
Chopin, en sus delirios, sobre las olas
puso de la ventura la débil barca
y allá se va, juguete de la tormenta,
rota la negra quilla, la vela blanca.
De pie sobre la arena, ríe el artista
con risas que sollozan:
Oh, niña casta,
la de los rizos blondos y ebúrneo cuello,
imprimes a las notas de las cascadas
alegres vibraciones: es que no sabes,
lo que son las tristezas y las nostalgias.  
Ignoras tú las luchas de la existencia;
del corazón las tristes, hondas batallas
y sueñas con querubes, aves y flores
porque llevas un cielo dentro del alma.
Un cielo azul y puro, sin tempestades  
que rugen y sollozan:
Oh, niña amada,
la del ebúrneo cuello, boca de fresa
y corazón de luna, clara, muy clara.
Toca, como ahora tocas, en mi agonía;
cuando te deje sola, cuando me vaya
allá donde la vida no tiene sombras
y la ilusión despliega radiantes galas,
que se mezclen del viento las notas tristes
con las alegres notas que al piano arrancas.

  

  


Rimas

Me pediste un collar de piedras finas,
y yo, que nada tengo,
tomé pétalos blancos de una rosa
y los uní con hebras de mi pelo.
Escribí emocionada en cada pétalo
un dulce pensamiento,
y lo encerré después en un estuche
hecho sólo de besos.
¿Qué hiciste tú con él? Como una reina
lo ceñiste a tu cuello,  
y estabas tan hermosa, que los ángeles
bajaron a mirarte desde el cielo.
Tú tienes en ti misma oro muy fino
y zafiros muy bellos;
adórnate con flores, los diamantes  
son serpientes de fuego.

Cubrieron los cristales
frondosas madreselvas,
y desde allí las aves por la noche
hablaban con la luna y las estrellas.  
Era un idilio dulce sin palabras,
eran sonrisas, quejas,
temblaban en la luz las armonías
como de amor las tiernas confidencias.
Y yo pensaba en ti, mi bien amado,
con tan profunda pena,
que de los nidos arrojé a las aves
y les volví la espalda a las estrellas.


Qué triste es en la tarde silenciosa
pensar en los ausentes
y mirar que en el alma nuestros sueños
como astros palidecen.
Yo me siento a la orilla del arroyo
donde los lirios crecen
y al impulso del agua cristalina
se entreabren y se mueven.

Y en medio del silencio de la tarde,
un acento solemne
murmura dulcemente a mis oídos,
«no temas, te ama siempre».

Vuelve al valle la alegre primavera
con sus noches azules,
y de fulgores pálidos y suaves
naturaleza cubre.
¡Que volvieran así las esperanzas!
y del dolor las nubes,
huyeran cual las sombras al influjo
de las noches azules.

  




Nada2

Ya la pasión no vibra aquí en mi seno.
      La nieve de los años
brinda al paisaje tintes muy extraños.
No hay reflejos, no hay flores ni cascadas;
      mariposas cansadas,  
oscuridad y frío
y la inmensa nostalgia del vacío.

      Y te amé con locura:
olvidé a Dios cuando te di mi vida,
de mi adorada madre la ternura,  
y fuiste tú mi religión, mi encanto,
       el ídolo de mi alma soñadora,
para quien fue tu amor luciente aurora
que nubló del dolor el desencanto.

¿Qué se hicieron las blancas margaritas
que pusiste, temblando, en mis cabellos?
-40-
       Deshojadas, marchitas,
de mi joyero azul en lo más hondo,
conservan el perfume
de tu voluble amor y mis ternuras;  
y se queja en el fondo
mi pobre corazón hoy tan herido,
cual pájaro sin nido.

¡Oh, si volviera a hallar todas mis dichas
del moribundo sol a los reflejos!
¡Pero quedan tan lejos...!
Es blanca la ilusión, blanca la calma
      de la mujer que sueña,
y era muy pura yo, ¡pura y risueña
cuando te di mis sueños y mi alma!  

Y negra la ilusión y el alma fría
       cuando nada se espera;
¡no hay luz, no hay primavera!
      Por la extensión sombría
pasó tu amor cual loco torbellino;
¡te miro junto a mí y estoy qué sola!
      y me arrastra la ola
invencible e inmensa del destino...

Hojas secas alfombran mi sendero;
allá, tras la llanura, tras el monte,
en el fondo sin luz del horizonte
       no brilla ni un lucero.
Ya viejo el corazón, apenas arde;
      cual cansado viajero
me siento a descansar sobre mis ruinas;
llegó bien pronto para mí la tarde
y mis sueños se van cual golondrinas.




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