miércoles, 13 de marzo de 2013

LUIS CORDERO CRESPO [9434]




Luis Cordero Crespo  (1833-1912)
Luis Cordero Crespo fue un prominente hombre político ecuatoriano quien llegó a ocupar la Presidencia del Ecuador en dos períodos; el primero en 1883 y el segundo de 1892 a 1895.

Luis Cordero Crespo se destacó porque, a pesar de haber nacido en un hogar muy pobre, con muy pocos recursos, en un lugar alejado de las grandes ciudades, llegó a instruirse, a obtener el título de abogado y a ejercer la Presidencia de la República.
Nació el 6 de abril de 1833 en la hacienda de Surampalti, en Déleg, provincia del Cañar. Sus padres fueron Gregorio Cordero Carrión (1775-1863), agricultor de pocos recursos y comerciante, y Josefa Crespo Rodríguez (1818-1908), ambos venidos a Déleg como consecuencia de varios saqueos de su almacén en Cuenca durante las guerras de la Independencia en 1830 [cita requerida].

El primero de los catorce hermanos Cordero Crespo pasó toda su infancia en el campo, en la propiedad de sus padres, en contacto con la naturaleza. Por ello fue que en su edad adulta estaría tan interesado en la botánica y en la agricultura. En su infancia aprendió el quichua gracias a familiares y a sus amigos indígenas.

En sus primeros años de vida, su padre Dn. Gregorio le enseñó a leer y a escribir, y de él recibió toda su enseñanza primaria. A catorce años de edad, y gracias a las grandes deudas adquiridas por sus padres, Cordero pudo ingresar al Colegio Seminario de Cuenca, conocida y renombrada institución a la cual entró el 22 de noviembre de 1847, y en la cual estudió bajo la tutela del maestro Dr. Justo León.
Al haber terminado sus estudios secundarios en el Colegio Seminario, viajó a Quito para hacer sus estudios universitarios en la Universidad Central del Ecuador, mediante la cual obtuvo el título de abogado en 1862. Cuando se encontraba en Quito, procreó una hija con la guayaquileña Juana Paredes, la cual se llamó Ángela, nacida en 1863 y fue esposa de Ricardo Cornejo Naranjo.
Después, volvió a Cuenca, en donde contrajo matrimonio el 15 de julio de 1867 con la joven cuencana de 14 años Jesús Dávila Heredia, con quien tuvo diez hijos, formando así un hogar lleno de felicidad. Sus hijos fueron: Luisa de Jesús, monja, (1869-1913), Clementina de Espinosa (1870-1947), Aurelia de Romero (1872-1922), Teresa de Jesús, Luis (1876-1940), Miguel (1878-1937), Eufemia (1880-1885), Rosa de Jesús, Inés (1885-1936) y Gonzalo Cordero Dávila (1887-1931).

Trayectoria política y vida pública de 1869 a 1891

En enero de 1869, subió al poder Gabriel García Moreno, enemigo de Cordero, que comenzó a seguir a sus opositores para fusilarlos[cita requerida]. Cordero cayó prisionero bajo el pretexto de que quería hacer una rebelión contra García Moreno y fue llevado a un cuartel por soldados[cita requerida]. Cordero estaba en el medio de la escolta, cuando un soldado furibundo garcista, tomó su rifle y le dio culatazos y golpes muy duros en la cabeza. Este salvaje abuso causó mucha indignación a las autoridades, las cuales estaban avergonzadas y balbucearon algunas disculpas y lo pusieron en libertad ese mismo día.
En marzo de 1869, dos meses después de la agresión, el gobernador del Azuay, Carlos Ordóñez Lazo, lo desterró a Loja bajo la falsa acusación[cita requerida] de haber apoyado el golpe del general José de Veintemilla en Guayaquil en contra García Moreno. El Gobernador Ordóñez también desterró al suegro de Cordero, Dn. Miguel Heredia Astudillo, con quien Ordóñez mantenía una vieja pugna por ser ambos exportadores de cascarilla y competidores en dicho negocio. Cordero partió con su suegro a Loja, en donde murió este último, quien era un anciano. Poco después de una revuelta de estudiantes en Cuenca contra el Gobernador Ordóñez, Cordero fue liberado.
En abril de 1875, realizó una de las primeras exploraciones a Gualaquiza, publicando sus relatos en un libro de viaje: Una excursión a Gualaquiza, aparecido el 4 de agosto de ese año.
En agosto de 1875 viajó a Lima, ciudad de donde trajo nueve pequeños ejemplares de árboles araucaria excelsa, y a su regreso a Cuenca sembró a ocho de ellos en la plaza Vargas Torres, actual parque Calderón de Cuenca, y el restante en el jardín de su casa en esa ciudad. En la actualidad (2011), esos árboles todavía están en pie. Durante el Gobierno de Antonio Borrero, amigo suyo, Cordero ocupó las funciones de Jefe Político de Cuenca desde 1875 hasta 1876.
En el año de 1877, publicó algunas artículos en los que demostraba su contrariedad con el Dictadura del Gral. Ignacio de Veintemilla. En 1880 envió a la Exposición Nacional de Guayaquil una colección completa de cereales azuayos, minerales y plantas de esa provincia, obteniendo Medalla de Oro y de Bronce, así como la designación de Miembro Honorario de la Sociedad Filantrópica del Guayas.

Restauración de 1883

Cordero era miembro del Partido de los Progresistas, partido político católico liberal, y fue miembro de la Junta Provisional de Gobierno de 1883.
A fines de la década de 1870 y a comienzos de la 1880, el Ecuador se encontraba bajo la dictadura del tírano Gral. Ignacio de Veintemilla, el cual no era querido por su patria.
En diciembre de 1882, Cordero se incorporó a las tropas restauradoras que combatían al dictador Ignacio de Veintemilla, las cuales entraron a Quito el 10 de enero de 1883 y atacaron la ciudad, hasta apoderarse de ella. Primero tomaron el poder, expulsando del país al terrible Dictador Veintemilla.
Es de esa manera que el nuevo gobierno fue el Pentavirato, grupo formado por varios hombres para gobernar provisionalmente al país, del cual Cordero se volvió miembro el 14 de enero de ese mismo año. Los otros miembros de ese grupo eran: José María Sarasti, Agustín Guerrero, Pedro Carbo, José María Plácido Caamaño, Rafael Pérez Pareja, Pedro Lizarzaburu y Pablo Herrera.
Un mes más tarde, el 14 de febrero, Cordero fue nombrado Presidente de la República, prestigioso cargo que ejerció hasta el 9 de julio de 1883, pocos días antes de cumplirse su quinto mes de gobierno.
Durante su corto mandato, el Presidente Cordero expidió, el 23 de julio de 1883, el decreto para iniciar los trabajos de construcción de la Basílica del Voto Nacional, aunque las obras se comenzaron durante la Presidencia de José María Plácido Caamaño, el cual en su gobierno (1884-1888) lo nombró Ministro Delegado en Colombia, cargo que no aceptó.
De regreso a Cuenca, fue designado en 1885 senador de la República por la provincia del Cañar. Su esposa, Jesús murió el 9 de julio de 1891, a los 38 años de edad. Cordero le dedicó un gran poema que publicó en un libro titulado El adiós, gran poema fúnebre.

Presidencia de la República Ecuatoriana

En el año de 1892, se acercaba el fin del mandato del Presidente Antonio Flores Jijón y en el mes de Enero se prepararon las elecciones. Cordero se presentó como candidato para la Presidencia de la República.
Tuvo un resultado muy exitoso, pues ganó las elecciones presidenciales de 1892 con 36.357 votos, habiendo vencido a su adversario el Conservador Camilo Ponce Ortiz con más de 10.000 votos, ya que éste obtuvo tan solo 26.321 votos.
El 1 de julio de 1892, se posesionó de la Presidencia de la República. En este Gobierno, se designó como vicepresidente a Pablo Herrera, que renunció al cargo en enero de 1894, volviéndose así nuevo vicepresidente el señor Vicente L. Salazar. En esos días Cordero se estableció en el Palacio de Carondelet, en el cual vivió con sus hijos e hijas.
Entre las obras de su gestión presidencial, están la creación de escuelas y colegios para niños pobres y las mejoras para la educación, enseñanza, etc... Puso empeño en arreglar los problemas fiscales que había desde las Presidencias anteriores. Asimismo, se encargó personalmente del pueblo de Chone, en Manabí, al que cantonizó el 24 de julio de 1894.
En 1893, para el importante evento de la Exposición Universal de Chicago, Cordero decidió que era necesario mostrar la belleza de su país en obras fotográficas y pidió a los mejores fotógrafos del Ecuador que realizen obras para que estas sean presentadas en ese evento. Esas fotografías se publicaron en el libro El Ecuador en Chicago.

Venta de la bandera

En noviembre de 1894, China y Japón se encontraban en guerra, y Japón necesitaba con urgencia y eficacia conseguir armas de guerra para poder defenderse. Al ser notificado de dicha guerra, el gobierno ecuatoriano se declaró ni neutral ni beligerante, pues no tenía mucho interés en ese tema. Chile se declaró neutral. Sin embargo, el gobierno de ese país quería vender a Japón el crucero de guerra Esmeralda, acción reñida con su neutralidad declarada. Entonces, para consumar su propósito, los chilenos vendieron el buque de guerra al gobernador de Guayaquil, José María Plácido Caamaño, quien luego lo vendió a Japón.
Las negociaciones de la venta del barco se hicieron por medio de Caamaño, que mantenía excelentes relaciones con Chile y con el cónsul del Ecuador en Valparaíso, Luis Noguera, quien hizo a su vez la doble transferencia del buque Esmeralda, figurando como que Ecuador lo compraba a Chile y lo vendía luego a Japón. Este asunto no habría tenido mayor importancia y no habría terminado tan mal si el barco hubiera zarpado de Valparaíso llevando izada la bandera japonesa, que era lo correcto, pues ya había sido comprado por Japón. Pero, por error, zarpó con la bandera ecuatoriana y de esa forma cruzó el océano Pacífico con destino a la ciudad de Yokohama, Japón. Al haberse enterado de esto, Juan Murillo, quien había sido desterrado a Chile en ese entonces, hizo en enero de 1895 una denuncia enviando una copia del contrato de venta del buque.
Estalló entonces el escándalo y la denuncia fue presentada a la opinión pública por los enemigos de Cordero, sin decir que fue Chile el que ocultó la intención de utilizar nuestro emblema durante el viaje del buque[cita requerida]. Los enemigos de Cordero manipularon toda la información e hicieron creer que él hizo todo esto por dinero, cuando desconocía en realidad este asunto[cita requerida]; dijeron también que Cordero había traicionado la soberanía de la patria, que había hecho contrabando, que era un ladrón, etc...[cita requerida]
No sirvió de nada que Caamaño haya confesado su abuso de confianza y se haya declarado como único culpable de no haber conocido las intenciones chilenas con respecto al uso de nuestra bandera, pues la oposición no podía desaprovechar esta oportunidad para desacreditar al Gobierno[cita requerida].
Este hecho, cuyos únicos responsables fueron José María Plácido Caamaño y el cónsul del Ecuador en Valparaíso, Luis Noguera, puso fin en al Gobierno de Cordero y al período del Progresismo instaurado en 1884[cita requerida].
Llegó el 10 de abril de 1895, Miércoles Santo, cuando terroristas, los sublevados y los anti Cordero gritaron: ¡“Viva la revolución, abajo el Gobierno!” y decidieron que era el día perfecto para sacrificar a su enemigo[cita requerida], comenzando así una violenta lucha en las calles de Quito, que quedaron llenas de sangre. El presidente, junto a sus hijos Luis y Miguel, los soldados y el pueblo, luchó con el fusil en mano durante seis horas, desde las ocho de la noche hasta las dos de la mañana, hasta que dominó a los sublevados que habían prometido matar al presidente[cita requerida].
Cordero, para no poner su vida en más peligro y buscando la paz, renunció la Presidencia el 16 de abril de 1895, tomando la posta Vicente Lucio Salazar, quien tendría a su vez que renunciar el 5 de junio del mismo año, día en el cual el general Eloy Alfaro subió al poder. Cordero volvió a Cuenca, en donde tuvo una vida tranquila y pacífica.

Después de la Presidencia

Durante su Presidencia, conoció a la quiteña Josefina Espinosa Astorga, de quien se enamoró. Se casaron el 4 de enero de 1896. Había una gran diferencia de edad entre ambos, pues él tenía 63 años mientras que ella, apenas 32. Tuvieron dos hijos: Enrique, nacido el 30 de noviembre de 1896, y Ricardo, nacido en Déleg el 8 de enero de 1898. El matrimonio sólo duró tres años, pues ella falleció en Cuenca el 3 de enero de 1900, de una pulmonía, a los 36 años de edad, en la víspera de cumplir el cuarto aniversario de matrimonio.
En 1898, tres años después de haber renunciado, Cordero fue llevado a juicio en la Corte Suprema de Justicia, la que lo reconoció inocente y dictó su veredicto, en el que decía:
Que el Gobierno no intentó contrabando.
Que el Gobierno no pudo cometerlo.
Que el Gobierno no lo perpetró ni cometió.
Que, por tanto, el uso hecho en Chile de la bandera ecuatoriana, por ningún motivo fue imputable al gobierno, por ningún concepto fue capaz de escarnecer a la Nación.
En 1904, Cordero escribió la letra del Himno de Azuay, que luego también sería conocido como el himno de Cuenca, mientras que la música fue compuesta por Luis Pauta Rodríguez. Cordero la dio a conocer al público el 12 de abril de ese año, durante la Primera Exposición Artesanal del Azuay. En 1909, publicó una de sus últimas obras, a la cual llamó Nociones de Apicultura.
En 1910, Eloy Alfaro, a la sazón presidente de la República, lo designó como ministro plenipotenciario del Ecuador en Chile, para la celebración del primer centenario de la Independencia de ese país. Viajó a Chile en compañía de sus hijos Luis, Miguel y Gonzalo.
De regreso a Cuenca, fue designado Rector de la Universidad de Cuenca el 10 de enero de 1911, cargo que ejerció hasta su muerte, ocurrida en Cuenca el 30 de enero de 1912, a los 78 años de edad. Curiosamente, murió dos días después del asesinato Eloy Alfaro y de otros caudillos liberales.

Obras

Una excursión a Gualaquiza (1875)
Dos cantos a la raza latina (1883).
El rimini llacta y el cuchiquillca (1884).
El adiós (1891).
Diccionario quichua-español, español-quichua (1892), premiado con la Gran Medalla de Oro en la Exposición Internacional de Madrid en 1892.
Poesías serias (1895).
Poesías jocosas (1895).
A mis conciudadanos. Explicación circunstanciada de lo ocurrido en el odioso asunto del crucero de guerra Esmeralda (1896).
Josefina Espinosa de Cordero: Libro de sus huérfanos (1900).
La plenipotencia especial del Ecuador en el Primer Centenario de la Independencia de Chile (1911).


Eminente varón, tipo auténtico del autodidacta, llegó a encumbrarse gracias a su viril energía, desde su humilde cuna al solio presidencial y a las más brillantes esferas de la cultura.
Las letras del Ecuador débenle algunos de sus bien ganados lauros. Fue, además, el raro ejemplar de un gran poeta bilingüe, que utilizaba con igual soltura y maestría la lengua de sus antecesores hispanos y la de los desheredados aborígenes entre los cuales pasó, su infancia: la quichua, lengua imperial del Incario.
Puede decirse así que en su alma se verificó el milagro de la amalgama de dos culturas, de dos conceptos de la vida; mejor dicho, de dos emociones vitales: la primitiva, naturalista, y la cristiana, ultracivilizada.
Versificador fácil y, en sus poesías jocosas, chispeante y epigramático, era en sus comienzos, cuando trataba de alzar el tono, amanerado y convencional. Pero cuando las circunstancias le obligaban a dar de mano a los amaneramientos y convencionalismos de escuela -la vergonzante escuela neoclásica de los Quintana, Martínez de la Rosa, Cienfuegos y Hermosilla- sabía remontarse a las alturas de la verdadera inspiración, en un lenguaje poético amplio y sonoro, de   -394-   ritmo rotundo y poderoso que recuerda al Cervantes de los más felices momentos, en que venciendo sus timideces atinaba a ser poeta, y gran poeta, como en la «Canción desesperada» de Grisóstomo, de la cual el «Adiós» de Cordero y conserva el tono solemne y el acento apasionado y sincero.
A su primera manera pertenece la mayor parte de sus poesías serias; a la segunda, triste es decirlo, muy pocas; pero, entre estas pocas, se cuentan sus sonetos «Al glorioso Cervantes Saavedra» y su «Adiós» que es, si no la más grande elegía de la lengua, uno de los más profundos lamentos que se haya exhalado de un corazón cristiano bajo la garra del dolor inevitable, fuente de toda sabiduría para los que se atreven, como nuestro poeta, a mirarle cara a cara.
Ésta es también la opinión del fino crítico doctor Rigoberto Cordero León, el antologista más reciente de la poesía corderiana (Presencia de la Poesía Cuencana, 1956), cuando llama al «Adiós»: «una de las más bellas elegías que el castellano nos ha dado, conmovedora hasta la ternura, patética hasta el borde mismo de la suprema desesperanza».
Y como basta una palma real para hermosear un declive montañoso, basta esa elegía para hacer que nuestro Parnaso se destaque sobre todos los demás de la grandiosa cordillera que, en América, han formado las letras castellanas.




Al glorioso Cervantes Saavedra

A los trescientos años de haber nacido su inmortal don Quijote de la Mancha



I

 Para irrisión de andantes caballeros,
lanzaste el tuyo, de figura triste,
tempestuoso filántropo, que embiste
doquiera que barrunta desafueros.

A su lado pusiste el de escuderos
perfecto tipo, que al Manchego asiste
sólo porque el Fidalgo le conquiste
ínsulas en que hartarse de pucheros...

¡Tal es la sociedad! Almas ardientes
pugnan por el derecho conculcado,  
provocando la risa de las gentes;

mientras un maula rústico y taimado
sirve de Sancho Panza a los valientes
por el plebeyo gaje del bocado.



II

Loco es tu paladín; mas, su manía  
de amparar a dolientes desvalidos,
castigando a bellacos y bandidos,
a punto está de ser sabiduría.

Al otro mandria, de cabeza fría,
que todo lo refiere a los sentidos,  
¿qué le importan fazañas ni cumplidos,
si al sórdido interés tiene por guía?

Hidalgo el uno, la hermosura crea
que corazón le acepte y homenaje,
férvido adorador de Dulcinea.  

Villano el otro, sueña con el gaje,
y, si en algo más noble se recrea,
es sólo al recobrar a su bagaje.


III

Desazones, derrotas, penitencia,
todo lo arrostra el ínclito Manchego,  
que, encendido de amor en vivo fuego,
milita en protección de la inocencia.

El paje es un modelo de indolencia,
a injurias mudo, para lidias ciego,
muy discreto, eso sí, cuando entra en juego  
el tema de la propia conveniencia.

El adalid, que al débil presta auxilio,
deplorará, con frases peregrinas,
la suerte de Cardenio o de Basilio.

El mozo, de Camacho en las cocinas,  
vagará como en propio domicilio,
engullendo perdices y gallinas.


IV

Don Quijote es el noble visionario,
por altos ideales aturdido;
Sancho es aquel plebeyo buen sentido,  
que prefiere a la gloria el numerario.

Si embiste el Caballero temerario,
el mozo queda oculto o encogido,
y ni palabra chista, si, vencido,
no abandona el palenque el adversario.  

Blande el Hidalgo la pujante lanza
sólo por la justicia y por su hermosa,
que así de caballeros es usanza.

El zafio una piltrafa apetitosa
les pide a las alforjas, como Panza;  
don Quijote es poema: Sancho es prosa.


V

El uno al natural, el otro al vuelo;
aquél con su sarcástica simpleza;
éste elevada siempre la cabeza,
confundiendo al Toboso con el cielo.  

Arranques de piedad en todo duelo;
lujo de cortesana gentileza;
contra follones, varonil fiereza;
de honrosos lances insaciable anhelo.

Socarrón, el criado, le acompaña,  
sobre enjalma de mísero borrico,
sólo por el botín de la campaña;

y olvida el manteamiento y cierra el pico,
porque su burdo cálculo le engaña
con Baratarias que han de hacerle rico.  



VI

Tal es el mundo, ilustre Romancero:
algunos, con la mente perturbada,
imitan la ideal, pero arriesgada,
profesión del Andante Caballero.

Otros, como su rústico escudero,  
buscan lo material de la tajada,
aunque agujas los pinchen; porque nada
los enamora más que don Dinero.

Armemos los Quijotes por docenas;
montemos por millares a los Panzas,  
y tendremos del mundo las escenas,

donde, al romperse quijotescas lanzas,
estallen burlas y se lloren penas,
producto de estrambóticas andanzas.


VII

¡Cervantes inmortal!, ¡cuánta cordura
acertaste a encarnar en la demencia,  
haciendo de tu artista la excelencia
perpetuo asombro de la edad futura!

Moral, erudición, literatura,
milicia, poesía y elocuencia,  
¡todo con la fantástica apariencia
y el bizarro color de la locura!

¡Sublime Manco, si llegase el día
en que la humana sociedad agote,
por deplorable caso, su alegría,  

para hacer que otra vez la risa brote
en sonoros raudales, bastaría
abrir ante los tristes tu Quijote!

    


Aplausos y quejas

(Fragmentos)


Al inspirado cantor de la raza latina, don Olegario Víctor Andrade


    Oí tu voz, y a la celeste esfera
volé contigo, poderoso vate,
cual cóndor de la andina cordillera,
que, con sublime aliento,
arranca de la roca solitaria
a los mares de luz del firmamento.

    ¡Oh prodigio! las sombras del pasado,
noche de las edades tenebrosa,
huyeron ante mí. ¡Se abrió la fosa
que en sus entrañas lóbregas encierra,
polvo tras polvo de las muertas razas,
la vieja humanidad cambiada en tierra!
Y se extendió a mis pies, cual mapa inmenso,
del orbe la amplitud, vasto escenario,
donde el drama grandioso de la Historia,
ya de baldón colmadas, ya de gloria,
a impulso de frenéticas pasiones
o de eximia virtud, ante los siglos
absortos, representan las Naciones!
-402-

    He visto a Eneas, con el peso augusto,
salir de entre las ruinas polvorosas
de la infeliz Ilión; verter el llanto
que al alma, no a los ojos de los héroes,
arranca de la Patria el duelo santo,
y al capricho entregarse de las ondas,
buscando peregrino,
en ignota región, tierra lejana,
dónde plantar los vástagos tronchados
de la estirpe troyana.

    No los vientos, el soplo del destino
las velas infla, que a occidente vuelan,
cual banda de gaviotas asustadas
por trueno repentino...

    Brama la tempestad en el Tirreno
Ponto, que ruge airado
alzando montes de encrespadas olas,
que ocultan todo puerto al desgraciado...

   Pero Marón despierta,
y la empolvada lira
del túmulo retira,
donde, a par del cantor, cayera muerta...

   Él nos sabrá decir cómo se cambia
el sañudo huracán en manso ambiente,
fácil surco en la mar hiende la proa
y su dorada luz la rubia aurora
vierte sobre la linfa transparente.

    ¡Peregrino feliz! En los confines
del piélago ignorado
Italia está, bellísima sirena,
que con lazo de nardos y jazmines,
cautivo para siempre, le encadena.

   Halló el hijo de Anquises pïadoso
la patria que buscaba. Nacen pueblos;
levántanse ciudades;
guerreros bullen, y, en el noble Lacio,
(póstuma de esa Ilión que se desploma)
más grande y más audaz, yérguese Roma!

[...]


    Cantor preclaro de una raza de héroes
que es el fénix eterno de la historia,
bien puedes entonar épicos himnos
a su perpetua gloria,
ya que la excelsa Cruz abre sus brazos
y con ellos cobija
al romano y al bárbaro, a los hombres:
¡La Humanidad es su hija!

    Primogénita ilustre, el cetro de oro
empuñe de los Césares Iberia;
ocho siglos batalle con el moro;
extermine sus huestes en Granada;
recobre la usurpada
heredad, y en un rapto de hidalguía,
desate la diadema de su frente,
para comprar con ella
joya de más valor: ¡un Continente!

   De pie, sobre la orilla
del Gaditano mar, lance a la América
la romana semilla;
que, en el suelo profundo
de esta virgen comarca, que latente
el juvenil calor guarda del mundo,
germinará lozana y vigorosa,
doblando presto la española gente...

    ¡Perdón, oh madre amada!
¡Perdón si un día tus audaces hijos
libertad te pedimos con la espada!
Tú nos diste la sangre de Pelayo;
tú la férvida sed de independencia:
español el arrojo,
castellana la indómita violencia,
fueron, con que esgrimió tajante acero
el que probó en la lid... ser tu heredero.

   Si, para siempre roto,
cayó el antiguo lazo en la jornada,
ese lazo, no fue, madre adorada,
el del filial amor, vínculo tierno,
que ha de ligarle a ti con nudo eterno.


    Mientras tu dulce sonoroso idioma,
raudal inagotable de armonía,
su ritmo musical preste a los bardos
que en la floresta umbría
del Ande entonan cantinela indiana,
no morirá tu amor, y tuyo el lustre
será, si en el concento,
entre las galas del primor latino,
luce el hispano varonil acento...

[...]

    Pero ¿por qué los ojos
apartas del Oriente,
a ver cuál se derrama
sobre nuevo país latina gente,
antes de que los vuelvas al extremo
de la tostada Libia, donde azotan
solitario peñón rudas tormentas,
que el no surcado piélago alborotan?...

   El cielo se oscurece; el viento zumba;
furioso el Ponto brama;
la combatida mole se estremece,
y, al clarear del relámpago, aparece
(poeta, vedle allí) ¡Vasco de Gama!

    Si hasta el Índico mar el rumbo sigues
que traza el arrogante lusitano,
un náufrago verás... Las ondas bate
con la siniestra mano,
y, ansioso de salvar lo que mil veces
más precioso reputa que la vida,
en la diestra levanta,
con afán infinito,
un objeto inmortal: ¡el manuscrito
en que las glorias portuguesas canta!

   ¡Cuna de Camoens! a injurioso olvido
tu nombre relegar ¿cómo un poeta
de América ha podido?
Cuando aún parece que la sombra inquieta
del claro Magallanes
escudriña la brecha misteriosa,
al nocturno fulgor de los volcanes;
-405-
cruza de mar a mar; graba su nombre
en la roca vecina,
y, bogando a las islas de Occidente,
cae, para marcar perpetuamente,
con tu tumba, la ruta peregrina.
Viuda tornará su nave heroica,
por opuesta región, al mismo puerto,
y, testigo intachable del profundo
dictamen de la ciencia,
probará que, del sol en competencia,
pudo dar un bajel la vuelta al mundo.

   Mas siga ya tu canto, y la hechicera
Nereida que, del fondo de las aguas,
bañada en perlas, levantó la frente,
al sentir que Colón mundos perdidos
buscaba entre las brumas del poniente;
América, la virgen prometida,
que, de gala vestida,
bajo un dosel de palmas y de flores,
al porvenir aguarda,
y en lánguidos suspiros
se queja de su amante porque tarda;
ella, que el regio manto,
bordado de esmeraldas y rubíes,
ha tenido en las costas de sus mares,
ansiosa de que salten a millares
los obreros del bien que el siglo admira,
oiga, en elogio suyo,
los pindáricos sones de tu lira.

   Exenta un tiempo de afrentoso yugo,
libre, como la luz, como las auras,
creció lozana y bella,
hasta el aciago día
en que, siguiendo de Colón la huella,
la vino a sorprender la tiranía.

    Por luengos años, prisionera ilustre
de extranjero señor, lloró en silencio
su desdichada suerte;
pero, cansada, al fin, de oprobio tanto,
a la ignominia prefirió la muerte;
la perdida altivez cobró iracunda,
deshizo en mil pedazos
la bárbara coyunda,
y, amazona terrible en la batalla,
¡al pecho disparó de sus guardianes
los grillos, convertidos en metralla!

   Hoy es la poderosa
soberana que extiende sus dominios
del uno al otro polo,
y al opresor antiguo, generosa,
le tiende amiga mano,
que quien fue su señor es ya su hermano.

   Las páginas no escritas
que el misterioso libro de la historia
guarda para el futuro,
ella sabrá llenarlas con su gloria.
Ante ella han de librarse
los postreros combates del progreso.
No importa que el exceso
de vida, de entusiasmo, de energía,
en que el fecundo seno le rebosa,
la inflame alguna vez y la enloquezca;
en sus entrañas arde todavía
aquel fuego interior que hundió los valles,
alzó los montes, trituró las rocas
y sacudió el planeta,
antes que, dócil, a la ley cediese
que a reposado giro lo sujeta.

   Si aún hoy su veste cándida
mancha con sangre la matanza impía,
si el humo de las lides pestilente
le inficiona el ambiente,
le agosta el campo, le oscurece el día;
presto de la discordia el monstruo infame
caerá a sus pies, rendido,
y, al dispararse la sulfúrea nube,
de mortíferos rayos negro nido,
América radiante y majestuosa,
moderna Egeria del linaje humano,
futura institutriz de las naciones,
las tablas de la ley tendrá en la mano.

   Y, con regio ademán, el noble coro
mostrará de sus hijas predilectas,
de progenie romana,
que su honra, su decoro,
su timbre, su blasón serán mañana.

[...]

   ¡Ecuador! Ecuador! patria querida,
por cuyo amor es poco dar la vida,
¿cómo, cual tribu oscura,
entre incógnitas breñas olvidada,
incapaz de progreso y de ventura
te desdeña el cantor? Pudo la osada
perfidia de un bastardo encadenarte,
romper tus leyes, abrogar tus fueros,
oprimirte, humillarte;
pero exhalaste un ¡ay! y mil guerreros
se armaron a porfía,
para vengar tu afrenta
y pedir al malvado estrecha cuenta
de tus desdichas todas. Patria mía,
caíste so la inmunda
planta de un criminal; pero ¿qué pueblo
dejó de ser atado a vil coyunda?...
¿Manes del gaucho infame
que desoló las pampas argentinas,
decidme si enturbió vuestra memoria
del Plata las vertientes cristalinas?

    ¡Yergue, Ecuador, la frente!
¡Yérguela con orgullo! Cuando yaces
abatido y doliente,
los mismos que lloraban consternados,
hijos idolatrados,
en rabia y frenesí truecan el duelo,
despedazan intrépidos el yugo,
furiosos arremeten, y estrangulan,
con sus propios cordeles, al verdugo.

    ¿Qué pompa te negó pródigo el Cielo?
Ardiente sol en tu cenit enciende;
con mágico primor tus campos viste,
y, si al ocaso tiende
océano inmenso que tus costas baña,
acá, tras la granítica montaña
que rasga con sus crestas el nublado,
otro mar portentoso de verdura
despliega para ti, donde ignorado
guarda el secreto aún de tu ventura.

    Grande es tu porvenir, virgen del Ande,
porque, muerta Colombia, el patrimonio
de sus hijas fue grande.
Copiosos frutos de diversas zonas
ostenta tu regazo;
ricos veneros tu comarca cría;
tus canales son Guayas, Amazonas;
tus montes, Cotopaxi, Chimborazo,
y aun tus tiranos mismos son... ¡García!

    ¿Te falta gloria? ¡No! Cuando, entre sombras
lóbregas de ignorancia y servidumbre,
la colonia dormía torpe sueño,
tú, de las sierras en la enhiesta cumbre,
dabas la voz de alarma, convocando,
contra la turba inicua de opresores,
el de oprimidos infelice bando,
y, al resonar el imponente grito,
conmovidos los ecos, contestaban:
¡Luz de América, Quito!

    ¿Y después?... En silencio pavoroso
volvió a quedar sumido el Continente;
no hubo quien acudiese a tu defensa,
y, en bárbara hecatombe, la inocente
sangre de tus patricios corrió un día,
sangre con que el bautismo
la libertad obtuvo, pues nacía...

   Despertaron, al fin, los que en inerte
sopor adormecidos,
sordos a tus inútiles gemidos,
a merced te dejaban de tu suerte.
Truena la tempestad en Carabobo,
estalla en Boyacá, brama en Pichincha.
¡Y Bolívar, el dios de la tormenta,
su tronó de relámpagos asienta
aquí, en el diamantino
culmen excelso del coloso andino!

   El teatro contempla de su gloria;
dicta, para los siglos posteriores,
inauditos portentos a la Historia;
inspirado delira;
águila poderosa, tiende el vuelo,
buscando en la del sur esclava tierra
siervos que libertar; y fue en tu suelo,
Guayaquil hechicera, codiciada
por todo malhechor, donde, avistados
uno y otro gigante,
el argentino resignó la espada
y el colombiano audaz... pasó adelante.

   ¡Patria del corazón! Cuando, extinguido
el último estampido
del cañón formidable de Ayacucho,
ebrio de sangre se inclinó el acero
y enmudeció el clarín, sobre la tumba
del poder extranjero,
Bolívar, en el éxtasis divino,
en la embriaguez suprema de la gloria,
oyó sublime canto,
¡música celestial de la victoria!

    ¿Y quién era el cantor?... ¡Insigne Olmedo,
lustre envidiado de la patria mía,
sal de la selva umbría
en que, a la margen de tu caro Guayas,
descansas, arrullado
por el dulce murmurio de las olas,
cabe el rosal pintado.
¡Sal y descuelga tu laúd sonoro,
y el canto, que dormido
yace en sus cuerdas de oro,

mientras tú lo despiertas atrevido,
derrámese en armónico torrente,
para que sepa, si lo ignora, el mundo,
que es honra, no baldón del continente
la patria del poeta sin segundo!

  

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