viernes, 8 de marzo de 2013

ADOLFO BENJAMÍN SERRANO [9372]




Adolfo Benjamín Serrano (ECUADOR  1862-1935), pertenece a la generación azuaya en la que figuran Miguel Moreno, Honorato Vásquez, Crespo Toral. Entre los poetas que, sin fundar propiamente una escuela, establecen un «marianismo» original en los lares de Tomebamba y anotan efusiones líricas de tono religioso en los sábados de mayo o dicen de sus amores y de sus cuitas en El Libro del Corazón, Serrano es el meditativo, a trechos fervoroso y desengañado, cuyos primeros versos se trazan en aires becquerianos, buscando   -10-   aclimatar una rima de las que se propagan en los países de América de la época, más que en continuación de romántica gesta, como la modalidad que se aviene con la inquietud de fines de un siglo que ya fuera en pos de anuncios realistas a través de las mismas evanescentes imágenes de las que se alimentaron algunas de las rimas. También las golondrinas de Bécquer agitaron sus alas entre los filos de la dura realidad y entre sus azules campanillas se alcanza más de uno de los agudos suspiros del hombre. Brisa costanera aligera las rimas de Baquerizo Moreno y en las de Serrano tiemblan aires morlacos, mientras en las de Antonio C. Toledo, el de temperamento más próximo al del sevillano que dio fe de la eternidad de la poesía, entre días de cielo de unánime azul e invernadas quiteñas, se forma el contraste de la bruma.
De los poetas cuencanos de la época, es Adolfo Benjamín Serrano el de obra más parca y de más retraído destino frente a los días de la publicidad. Poco revela de su lírica que se contiene dentro de un recatado tono que justifica su visión comarcana, por más que hubiera viajado y en el poema extenso que de él se conoce se refiriera con alguna insistencia a su extrañamiento, a la condición del destierro.
Dispersa rimas en revistas y hojas literarias y el poema que le define, «Recuerdos del camino», escrito en 1889, réplica a «Mi poema» de Remigio Crespo Toral, es un registro en el cual explora la memoria, a partir de los días de la infancia, deteniéndose en lugares y paisajes, pero buscándose más en los sitios interiores, como en retrospectiva suerte. No es posible fragmentar «Recuerdos del camino» y el lector debe seguirlo en sus sesenta y seis estrofas que parecen trazadas como a tiempo lento. Especie de liras, como las del primero y célebre poema de Crespo Toral, más bien construidas clásicamente, saben, sin embargo, a romántico. Desde la ronda de niños y los escolares afanes, allí, como en «Mi poema», frente a los perfiles de la alquería, las ramas y las flores de   -11-   cuencana raíz, la oración y el incienso, y para medir el tránsito que desarrolla interrogantes, y prueba de frutos agridulces de adolescencia y juventud, aquel examen íntimo que al poeta no deja de parecer escabroso porque arrugó la quieta superficie del agua en cuyo espejo temblaban las desiguales luces de un rostro en antes inocente. Dúplice estado de ánimo para esa búsqueda de lo desconocido en que emprende el corazón: «... Sentía/ de ignorada tristeza la alegría/ de ósculo misterioso el aleteo...» Hipérbaton que acuerda con la golosa errabundez de los estudiantes: «Salvar queriendo la aldeana astuta/ árbol que daba codiciada fruta,/ de agudas moras singular muralla/ ponía al tronco, ¡cuántas veces supo/ de colegiales el travieso grupo/ subir al árbol sin tocar la valla!...» Y en una meditación que se pinta de madureces, como en el rubor de las manzanas o en la oscura sangre de los capulíes, cuando se desgrana la familia, cuando la distancia señala desdibujados trechos y el destino se interpone así para el recuerdo como para la desmemoria, el rostro de la Virgen de la Escuela, guardado de antaño como de ayer, y tal como en las liras de Crespo Toral, el anhelo de regresar al alero del campanario, así fuese sólo como la doliente golondrina. Serrano aumentó, veinte años después, doce estrofas a sus «Recuerdos del camino», en memoria de sus padres, de sus patrias montañas, del valle de sus mayores.




Recuerdos del camino

Al leer las estrofas del poema
-sublime grito de ansiedad suprema-
en que palpitan el dolor sagrado
y la nostalgia que tu pecho siente,
cuando con las tristezas del presente
comparas las venturas del pasado;

asomar a mis ojos he sentido
el llanto dolorido
que vierte el alma, cada vez que vuelve
las miradas atrás, y a la distancia
ve que el tiempo, los sueños de la infancia,
en las tinieblas del olvido envuelve.

Y ¿cómo no dejar que mis pupilas
cubra el llanto en mis horas intranquilas,
si de tus cantos al doliente arpegio,
mi alma de nuevo contemplar anhela
las castas alboradas de la escuela,
las benditas auroras del Colegio?...

¡Tiempos aquellos!... Pan de cada día
nos era la alegría
que la miel guarda del materno beso;
luz del alma, las dulces oraciones
cuyos trémulos sones
interrumpían el jugar travieso.

¡Cuán bello es el hogar! Santuario donde
la eterna llama del amor se esconde,
la llama de ese amor que nace y brota,
al beso que se dan almas hermanas
que emprenden juntas y cantando ufanas
del humano dolor la senda ignota.

Allí, la madre, cariñosa y buena,
con la plegaria endulza la faena,
y siempre en el deber los ojos fijos,
para el esposo, que a luchar se lanza,
es el Tabor de gloria y esperanza,  
la estrella de Belén, para sus hijos.

Allí, por siempre la bondad paterna
con las caricias el consejo alterna,
y nos enseña que la vida es lucha
que al corazón redime y engrandece,
y así a medida que el trabajo crece
el himno santo del deber se escucha.

¡Qué hermoso es el hogar! Es arca santa
que flota y se levanta
entre las ondas del dolor sombrío:
arca que siempre al corazón escuda
cuando nos hiere con traición la duda,
¡cuando nos hiere el sempiterno hastío!

Dentro el hogar, la Virgen de la escuela,
alegre centinela,  
guarda el tesoro de la ciencia humana:
allí, bandada de ángeles traviesos,
alternando los juegos con los rezos,
soñaban en las glorias del mañana.

Siempre contentos: la conciencia blanca,
tranquilo el corazón, la risa franca,
¡con qué afán de la escuela en el santuario,
mientras el alma en el hogar vivía,
nuestra mirada inquieta recorría
las páginas del viejo silabario!...

Cual de activas abejas el enjambre
busca gotas de miel en el estambre
de flor, rica en matices y fragancia;
buscábamos almíbar y ambrosía,
en la flor de la ciencia que se abría
al cuidado del ángel de la infancia.

Y juntando al estudio el casto juego,
a locas risas el fugaz sosiego,
en poco tiempo, a descifrar llegamos
los negros caracteres de lo escrito  
y a comprender que el hombre es un proscrito
del Paraíso que buscando vamos.

Como recuerdo que al rayar la aurora,
con insistentes golpes, la sonora
campana del Colegio, nos llamaba,
mientras muy quedo el maternal cariño
nos decía: «Despierta pronto, niño,
y de rodillas al Señor alaba».

Y en el Colegio, del aurora al frío,
se escuchaba el alegre vocerío
de la turba infantil que parecía
bandada inquieta de parleras aves,
que, del vecino templo entre las naves,
ensayaba sus notas de armonía.

Cuando los claustros el bedel
atento recorría con paso grave y lento,
cesaba el vocerío, y ¡qué deprisa
los juegos a su término llegaban
y en los labios pendientes se quedaban
la frase alegre y la fugaz sonrisa!...

Cuantas veces y cuantas el maestro,
con ceño adusto, o con mirar siniestro,
-¡orden! -gritaba... Cuantas otras, coro
hacía a nuestras risas infantiles,
recordando tal vez de sus abriles
el libre vuelo y el trinar sonoro.

Al llegar la alborada de un asueto,
¡cómo latía el corazón inquieto!...
Por los campos cubiertos de maizales,
en las orillas del cercano río,
derramaba su alegre vocerío
la turba de traviesos colegiales.

Como la abeja que al hallar sabrosa
miel en el cáliz de preciada rosa,
bate las alas, vuela, se detiene,  
se aleja y vuelve y al zumbar silencia,
y luego agota con afán la esencia
que el áureo cáliz de la flor contiene;

así, en las horas del asueto breve,
la turba juvenil salta, se mueve,
trepa la cuesta, trisca en la pradera
y canta, y bulle, y sin hallar sosiego,
cuando le cansa bullicioso juego,
busca descanso a la veloz carrera.

Alegres, proclamando la comuna,
era nuestra del campo la fortuna:
allí do había flores y frutales,
eran barrera inútil los cercados,
bajo la hilera de ágaves cruzados,
obstáculo pequeño los tapiales.  

Salvar queriendo la aldeana astuta
árbol que daba codiciada fruta,
de agudas moras circular muralla
ponía al tronco. ¡Cuántas veces supo
de colegiales el travieso grupo
subir al árbol sin tocar la valla!...

Buscando nidos y sabrosas frutas,
¡qué de locas reyertas y disputas
que terminaban al llegar la noche
en explosión de risa y alegría!
¡qué dulce, qué inocente algarabía,
gozo inefable, de candor derroche!

Entonces era la existencia un sueño,
bello el presente, el porvenir risueño.
Viendo la antorcha de la fe encendida,
de la casa a los célicos rumores,
creímos, no que espinas, sino flores
alfombraban la senda de la vida!...

¡Viene Julio!... Sudario blanquecino
cubre del Cajas el picacho andino;
la fresca lluvia que la tierra pide
se trueca en copos de menuda escarcha,
y contemplar del sol la eterna marcha
de obscuras sombras el celaje impide.

Árido el suelo sostener no puede
la mies que al peso de su fruto cede;
pierde de pronto su follaje el sauce;
el dulce jugo del maguey se agota,
y el arroyuelo sigue su derrota,
de agua sediento, por estrecho cauce.

La rueda del molino, soñolienta
con agua escasa se voltea lenta,
murmura el himno del trabajo, en tanto
que cabecea la repleta tolva,
soltando el grano que la piedra empolva
y el techo cubre de agrisado manto.

El campesino su heredad acecha,
y al columbrar la próxima cosecha,
alegre siente el corazón, y ufano
a Dios eleva su oración ferviente:
a Dios que en flor convierte la simiente
y convierte después la flor en grano.

Pierde sus gracias la gentil floresta
que del Cullca en las faldas se recuesta;
mientras de nuevo a trabajar le impulse  
oculta fuerza, la materia inerme,
marchito el manto de sus campos, duerme
del descanso feliz el sueño dulce.

Sí, viene Julio... Los maizales secos,
cuyas flores parecen áureos flecos;
la rubia espiga del trigal que ondea
al tibio beso de callada brisa;
el manto de oro-mate que tapiza
las lomas y los valles de la aldea;

el silbido del pardo solitario  
que, en ese mes, al viejo campanario
plumas y pajas en el pico lleva
con que formar su nido; son preludio
de que se acerca del anual estudio
el fin ansiado, la temida prueba.  

Y era entonces un siglo cada instante,
cada débil obstáculo un gigante,
y al golpe de contrarias emociones,
pensando en el examen, se pensaba
que llega, tras el año que se acaba,  
¡alegre sol de alegres vacaciones!...

¡Las vacaciones!... ¡El fugaz descanso
del arroyo que el plácido remanso
encuentra en su camino!...
¡Primavera del alma, edad dichosa,
«era rosa y ha muerto como rosa»
que en sus giros arrastra el torbellino!...

Más tarde, me trajeron ansiedades
del amor las nacientes claridades;
¡ay! entonces, la mano en la mejilla,
fijos los ojos en el libro abierto,
triste soñaba el corazón despierto,
¡de ignota dicha en la distante orilla!...

¡Algo buscaba el corazón!... ¡Sentía
de ignorada tristeza la alegría,
de ósculo misterioso el aleteo,
de lejana caricia el dulce arrullo!...
¡Fueron tal vez el tímido murmullo,
las vagas notas del primer deseo!...

Un día, al resplandor de una mirada,  
presentí del amor la llamarada;
a las mejillas acudió de prisa
toda la hirviente sangre de mis venas;
y sentí miedo al sorprender que apenas
en sus labios vagaba una sonrisa.

Devoró el alma la ansiedad secreta,
la tristeza infinita del poeta,
y no pudiendo modular un canto,
ella y yo ¡cuántas lágrimas vertimos!...
¿Por qué lloramos?... ¡Nunca lo supimos,
ni aún sabemos la causa de ese llanto!

Tal como el árbol su frescura pierde
cuando la llama del incendio muerde
el viejo tronco; así perdí muy luego
las blancas alas, el candor de niño,
las esperanzas de luciente armiño,
de las pasiones al sentir el fuego.

Viendo que el broche en flor se convertía;
la sonriente aurora, en mediodía;
y la esperanza de un amor incierto,
de un ángel en la imagen hechicera;
¡ay! despedime de la edad primera,
para emprender la ruta del desierto.

Robando entonces su descanso al sueño,
volví al estudio en ardoroso empeño,
y esperé, como barca, que el velamen
alegre suelta, cuando sopla el viento,
lista a partir, que el último momento
pronto llegase del postrer examen.

¡Canté victoria!... Mas aquese canto
un algo tuvo de sollozo y llanto!...
¡Era el adiós a las tranquilas horas,
a los sueños y dichas del Colegio,
de la ventura el moribundo arpegio,
el último fulgor de las auroras!

Inquieto el corazón, el alma inquieta,
sentí cuando el Decano la muceta,
grave y solemne colocó en mis hombros.
¡Ah! miré hundirse en el ocaso, muerto
todo el pasado, y una mañana incierto  
de mi dicha surgir en los escombros.

Torné luego al hogar con paso lento,
revelando tristeza y desaliento;
y allí, -mientras yo humilde recibía
la bendición paterna-, en el diploma
dejaba de sus besos el aroma
llorando de placer, la madre mía.

Por vez primera conciliar el sueño
fueme imposible. Del ayer risueño
celebré los dolientes funerales,  
¡en el silencio de la noche muda!...
¡Por vez primera, de la negra duda
divisé los abismos sepulcrales!

Y pasaron los días... Poco a poco,
de los placeres el bullicio loco,  
de los negocios la constancia terca,
del foro y los comicios la borrasca
y de mentida fama la hojarasca,
iba mirando, con pesar, de cerca.

Cómo entonces, del alma en lo secreto,
¡ay! los recuerdos del ayer inquieto,
¡se daban triste y misteriosa cita!...
¡Cómo en los ojos, tímida brillaba
una gota de llanto, que encarnaba
lo tenaz y lo eterno de mi cuita!

Dejé muy luego del hogar tranquilo
ventura y calma, y demandé un asilo
cabe la playa de la mar bravía.
¿Por qué dejé las plácidas montañas
en donde «rondador de humildes cañas»
turba el silencio d e la noche umbría?

¡Ah! No lo sé. Recuerdo solamente
que al eco vago del adiós doliente,
que de los míos disipó la calma,
sin poder sollozar, caí de hinojos,
los labios secos, ¡húmedos los ojos
y muerto el corazón y muerta el alma!

Después, las sombras, el dolor, la duda,
la sorda angustia y la tristeza muda
del que, apagado el sol de la esperanza,
en mesa ajena y en ajeno suelo,
del porvenir en el oscuro cielo
ni un débil rayo a divisar alcanza...

Y al fin, la lucha. Siempre el pensamiento
a los consejos del hogar atento,  
siguió la senda del deber. Erguida
llevé la frente, el corazón sereno,
sin sombras la conciencia, como bueno,
no desmayé en la lucha por la vida.

En la diaria lucha, ¡cuántas veces,
bebiendo a sorbos del dolor las heces,
halleme fatigado!... Duda adversa
nubló mi frente, me abatió un instante;
mas, pensé al punto en el hogar distante
y a la lucha torné con nueva fuerza.

¡La lucha por la vida!... Como el opio
el placer y el dolor lleva en sí propio,
el pan que ausente del hogar se alcanza,
ese pan que una lágrima remoja,
es para el alma la mortal congoja,
es para el cuerpo inútil venturanza...

Si Dios consiente que mañana vuelva
al patrio río, a la nativa selva,
¡con qué ternura pediré ese día
la bendición «al venerable anciano,
que es de mi hogar amante soberano»,
luz de mi vida, sol del alma mía!

¡Cómo entonces haré que me repita
mi buena madre la oración bendita
que con paciencia me enseñó de niño,
palabra por palabra, lentamente!...
y al sentir sus caricias en mi frente,
el fuego sentiré de su cariño...

¡Ay! ¡mi madre!... ¡La sangre de mis venas
daría al punto por calmar sus penas!...
Ángel doliente que el hogar recorre
de sus hijos buscando el grupo inquieto,
y que a Dios pide en su anhelar secreto,
que de sus hijos la tristeza borre.

¡Cuántas veces su espíritu se abisma
en el ayer, y mira, tras el prisma
del recuerdo, pasar las horas puras
en que el alegre grupo de sus hijos,
en su serena faz los ojos fijos,
pan le pedían, besos y ternuras!...

¡Sus hijos! Unos en la tumba duermen,
como en el surco el agostado germen;
otros, buscaron en el claustro asilo,
aquel albergue, donde
a la algazara mundanal responde
de la oración el murmurar tranquilo.

Y otros, suspiran en ajeno suelo,
mientras su pensamiento con anhelo
-cuando la aurora en el oriente asoma,
cuando la noche su lucero enciende-,
a la tierra natal la vuelta emprende,
y aspira de sus campos el aroma.

¡Bendita sea la mansión paterna!
¡A su recuerdo el alma se prosterna
y ora en silencio y en silencio llora,
pidiendo que a la vida
torne el cadáver de la fe perdida,
de las creencias la muriente aurora!...

Mas, si la duda al corazón nos habla,
como se prende el náufrago a la tabla
-frágil juguete de revueltas olas-
nos asimos, lanzando débil grito,
a esas creencias del hogar bendito,
que en el fondo del alma duermen solas.

¡Felices los que nunca se alejaron
del nido donde alegres ensayaron
el primer vuelo y los primeros trinos!
¡Dichosos los que nunca por extrañas
ciudades y montañas
cruzaron como tristes peregrinos!

Perdona, amigo, si mis pobres notas,
las notas de un laúd de cuerdas rotas,
quiero mezclar a la cadencia suave,
al dulce ritmo de tu tierno canto.
¡No puedo contener el mar de llanto
que en lo íntimo del alma ya no cabe!

Siempre dolientes mis endechas fueron,
porque ellas, entre lágrimas nacieron,
lejos, muy lejos del hogar querido...
¿Acaso alegre su cantar ensaya  
el ave cuando en extranjera playa
vese obligada a fabricar su nido?...

¡Misterio y nada más! ¡Siempre lo mismo!
Unas veces del mar en el abismo
las tempestades el bajel sepultan,
y otras, a que los náufragos recojan,
a las orillas de la playa arrojan,
¡cuánto los mares en su seno ocultan!

Así del corazón las tempestades
unas veces nos traen ansiedades
que descienden del pecho a lo profundo;
otras, llevan del alma las dolencias
a los labios, que de íntimas cadencias
truecan al punto, en manantial fecundo.

¡Fuimos dichosos! La ventura es ola
que el reflejo del alba tornasola
y se deshace del dolor al viento!...
¡Fuimos dichosos! Del ayer bendito
hoy sólo lleva el corazón escrito
de lejanos recuerdos un lamento.

¡Ah! ¡siempre ha sido la ventura corta!...
¡Que caiga en el pantano nada importa
la lluvia cristalina,
si, cuando el alba su fulgor enciende,
del pantano la lluvia se desprende
al cielo torna en la sutil neblina!



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