lunes, 4 de febrero de 2013

RAFAEL RODRÍGUEZ DÍAZ [9167]


Rafael Rodríguez Díaz, conocido como “Lito”, nació en Santa Ana, EL SALVADOR el 19 de mayo de 1943. Desde niño, estuvo en contacto con los libros, el arte y las plantas. A los ocho años vino por primera vez a San Salvador y estuvo viviendo en medio del campo y la naturaleza. Un año después, regresó a Santa Ana, donde estudió desde la primaria hasta el bachillerato en el Liceo San Luis de los hermanos maristas. Mientras recuerda su niñez, ríe constantemente, y dice que “si uno fue feliz en la infancia, es feliz en la adultez”.
Lito confiesa que en la adolescencia tuvo muchos temores. A pesar de que los maristas le enseñaron una estructura y una disciplina para estudiar, también le crearon fantasmas. “Nos terminaban inculcando miedo al otro género, miedo a la vida, al pecado, al infierno, a todo (…), y a mí me ocurrió que cuando terminé el bachillerato era una persona insegura, lleno de recelos”. Por eso, y tratando de huir de sus inseguridades, al terminar el colegio entró al noviciado para ser jesuita. “En 1961 entré a la Compañía de Jesús, en Santa Tecla, y después me trasladaron a Quito, Ecuador”.
Amante de la aventura y los deportes extremos, disfrutaba de su estadía en los Andes. “Fue una experiencia interesante”, recuerda. Después de un tiempo, lo mandaron a Nicaragua y comenzó a dar clases en el Colegio Centroamérica. En ese lugar se involucró en la literatura, como creador de poesía y ensayos. “Sentí que esa era mi vocación, sobre todo porque en la infancia tuve la influencia de mi papá, Rafael Rodríguez Cárcamo, que era escritor y músico; una tía poetisa, María Luisa de Basagoitia; y mi abuelo materno, quien, además de ser escritor, era muy amigo de Rubén Darío, ya que estudió en Nicaragua con su familia (…). Incluso, mis bisabuelos están enterrados en la Catedral de León, al lado de la tumba de Darío. Ese es un honor para la familia”.
En Nicaragua tuvo la oportunidad de estudiar Letras, pero no terminó; tampoco había concluido la carrera de Humanidades Clásicas, durante sus años en Ecuador. “Esto fue una desventaja cuando quise dar clases en la UCA, porque necesitaba un título. Sin embargo, el padre Ellacuría siempre me apoyó en todo y me dijo que si quería trabajar en la UCA, tenía que terminar mis estudios”. Así, partió de Nicaragua rumbo a España para estudiar Teología, pero tres años después regresó sin haber terminado la carrera.
Y es que durante su estancia en la península tomó conciencia de su falta de vocación para el sacerdocio. Supo que se había refugiado en la religión por sus miedos e inseguridades. “Perdí la fe. No me sentía libre (…) Sin embargo, hablé con mi superior y, a pesar del cariño que le tenía a los jesuitas y todo lo que aprendí con ellos, decidí salirme”.
De ese modo, en 1971, a los 28 años, dejó la Compañía de Jesús y empezó a buscar trabajo. A pesar de su falta de experiencia, Ignacio Ellacuría lo apoyó y lo animó de nuevo a completar una carrera universitaria. “Yo quería trabajar y por eso me fui a Ecuador a estudiar Filosofía”. Al terminar la licenciatura, regresó al país y empezó a dar clases en la UCA, en el Departamento de Letras, haciéndose cargo de la jefatura en 1978. “Asumí el reto durante cuatro años (…). Para mí, fue un desafío aceptar el cargo porque tenía que demostrar cuánto podía dar”. En ese período, trabajó muy de cerca con Francisco Andrés Escobar, escritor salvadoreño que falleció el 9 de mayo de 2010. “Paco y yo demostrábamos que a nivel de la literatura podíamos cambiar el país”.
En 1982, cuando deja la jefatura del Departamento, emprende un proyecto con Escobar. “Diseñamos una pequeña revista que se llamaba Taller de Letras, que duró hasta 1992 (…). En ella se difundía el pensamiento de escritores famosos y de textos redactados por alumnos. Recuerdo que Ricardo Roque Baldovinos, que ahora es catedrático del Departamento de Comunicaciones y Cultura, y Mauricio Funes, nuestro actual presidente de la República, escribían allí”.

Escritor
En 1974, en el marco de su participación en una obra de teatro, le pidieron que escribiera algo para introducirla, y creó el poema Cuídense del fuego, hermanos. Texto que, desde la intuición de que algo muy grave se vislumbraba en el país, hace analogía del fuego con la guerra. Poco tiempo después, Lito perdió la inspiración y soltó la pluma durante varios años.
Cuando entró a trabajar a la UCA, entre las clases, la literatura y los proyectos que iban surgiendo, volvió a sentir el gusto por leer y redactar. En 1985, ya con la guerra predominando en todos los órdenes de la vida nacional, retomó la escritura. “Mi primer libro se llamó Oráculos para mi raza; en él, había recopilado información sobre la guerra civil y la historia del país. Era un intento de poner en claro qué era lo que yo sentía sobre la poesía y la situación salvadoreña”.
Escribiendo ese libro se dio cuenta de que Cuídense del fuego, hermanos había sido una premonición, un anuncio de lo que ya para entonces estaba ocurriendo. “Dicen que los poetas y escritores son profetas, son oráculos que van anunciando cosas; por eso lo titulé así (…). Yo quería que mi poesía fuera esencialista, que llegara a la raíz de los problemas, al fondo de las cosas”.
Concluido Oráculos para mi raza, lo presentó a UCA Editores para que se evaluara la posibilidad de publicarlo. Para su sorpresa, Ellacuría se interesó mucho en el texto e incluso escribió el prólogo. El libro fue publicado y las dos ediciones se vendieron en poco tiempo.
Su segunda obra, Amor medieval, la publicó en 1987. El título hace referencia a un amor platónico que tuvo Lito en la Universidad. “De ahí salieron muchos poemas que alimentaron ese libro (…). Al terminar, sentí que me había liberado de ese sentimiento”, cuenta. En un principio, el prólogo era de Paco Andrés Escobar, pero lo redactó de una forma tan clara y directa que ponía en evidencia quién era la musa que había inspirado a Lito, y por ello decidieron no incluirlo.
Desde entonces, abordó contenidos más diversos: en 1989, Cinco estudios sobre literatura, una colección de textos sobre el método que utiliza para enseñar en esa área; en 1992, Temas salvadoreños, una recopilación de los prólogos e introducciones que escribía para Talleres de Letras y para otras revistas; y en 1994, Indoamérica flor, que recoge poesía, ensayos y dibujos propios. Esa ha sido su última publicación.

Una etapa difícil
En 2003, llegó el tiempo de jubilarse. A pesar de su retiro, continuó impartiendo algunas clases durante 2004. Pero al final de ese año se retiró definitivamente, lo que le produjo una depresión severa. “Dejé de dar clases por más de tres años; al retirarme, tuve una crisis de depresión (…). Empecé con dolores de cabeza, insomnio y desmayos”. Después de someterse a tratamientos médicos y de tomar conciencia de que el cambio de rutina le había causado depresión, en 2008 decidió vivir solo en el campo y se instaló en Caluco, Sonsonate. Además, se animó a regresar a la UCA y retomó la docencia, ahora para el Departamento de Comunicaciones y Cultura.
En estos últimos años, Lito ha vuelto a escribir, pero todavía no ha publicado nada. “Pasé por un período difícil cuando me jubilé, pero tenía la sensación de que iba a seguir escribiendo”. Con varios proyectos en la mira, la enfermedad de uno de sus hermanos fue el detonante para volver al oficio: actualmente, está escribiendo sobre la historia de su familia. “Había tantos datos que tenía en el tintero y que no salían a la luz porque no sabía cómo, pero ahora los estoy plasmando por escrito”. Dice que el texto lleva una línea de poesía narrativa.
Pese a los tiempos difíciles, Lito ha encontrado la felicidad plena en lo que hace. Sigue disfrutando de los deportes, el baile, la música y la lectura. Y sigue entregándose a sus clases y caracterizándose por ser muy puntual. Sabe que hay mucho que enseñarles a los jóvenes y que la literatura es una herramienta fundamental para despertar el interés hacia todo lo que acontece.
Con una sonrisa dibujada en el rostro, cuenta que muchos de sus recuerdos están ligados a la Universidad y a la oportunidad que Ignacio Ellacuría y toda la comunidad jesuita le dieron, y le siguen dando. “Para mí, la UCA ha significado mucho: fue el lugar donde empecé a trabajar, ha sido la experiencia de crecer y de encontrarme a mí mismo como escritor y como profesor. Los padres jesuitas son sumamente importantes, [y yo] no sería el mismo si no los hubiera conocido”.






No permitás
que me convierta en un mar
capturado en la clepsidra
para llorar
gota a gota
tus ausencias…




DE RÍOS Y CASCADAS

(A una dama muy especial)

Porque te vi
riachuelo
entre la fronda
me convertí para siempre
en tu ribera.
Y
fue
la luz
la culpable
de este acaso.
Los destellos
que salían desde el agua
detuvieron de pronto
mi cabriola
me cegaron
y corrí
para asomarme
hasta la orilla.
Allí
yo vi
tu fondo transparente
y me gustó tu imagen
y el reflejo de mi rostro
en ella.

Entonces
pensé que podría acompañar
tu paso
espiando en los recodos
tus remansos
presintiendo en las cascadas
tu alegría.
Después
no importa que me pierda
entre la broza
hasta otra vez
hasta otra vez
que se entretenga la luz
en la ribera
a platicar con las aves
con las frutas
y detenga yo de nuevo
mi cabriola
y salga corriendo
hasta la orilla.

(13 de julio de 1983)





Si yo soy
el lujuriante poeta
y vos sos
la serpenteante musa
¿por qué te enojás
de que recorra tu cauce
con mi aliento?
¿No es acaso el remanso
el hogar natural
para los intercambios?
El oxígeno
que exudan las montañas
se anuda con las nieblas
que expelen
las marismas
y forman la vaguada
el lecho natural
para moldear los sueños.

¿Por qué argüir
entonces
riadas
avenidas o
crecientes
si son sólo devaneos
con que discuten
la maleza
y la cañada?

Y eso
no es ser sinuoso
ni viscoso
ni salirse de madre.
Es seguir
el impulso natural
en la caída de los cuerpos
si abrazados
desembocan en las rías
tu vertiente
y mi montaña.

(23 de noviembre de 1983)








EPITAFIO PARA UN RÍO

(Estuario
de arenas mortecinas
diluído entre los grises
que vagan por tu ausencia).

(Me abandoné a las olas
que llevan las pequeñas historias
mar adentro
y me encontré de pronto
rendido ante tus costas).

Nuestro amor
pudo haber sido
pariente carnal del torbellino
nieto feliz
de los acantilados
girando nuestras aguas
en el eje cenital
allí donde Escila
le muerde las espumas a Caribdis
lanzándole marinos
galeones
carabelas
para aplacar las fauces
de ocultos farollones.
Amor proceloso
que viniendo de atrás
(de los naufragios)
podría haber seguido
ahondando en las zozobras
hasta hacer encallar definitivamente
los luceros
(y sin la Estrella Polar del Norte
clausuran para siempre
las rutas marineras).

Y sin embargo
también pudo haber sido
amor del fluorescente
capaz de iluminar
(como Fuego de San Telmo)
las madréporas que crecen
en los barcos hundidos
y de darles nuevo brillo
a las ánforas
a los tesoros
escondidos entre los atolones.
Pero vos no quisiste
nadar en mis corrientes
y fueron pasando todas
llevándose en sus sales
gaviotas
y sargazos
hasta quedar los cauces
tranquilos como siempre
dormidos
reposados.
Adiós
río temprano
para mis altos ceibos.
Adiós
hebra de cien cristales
que se perdió en mi garbo
por un instante solo.
Te voy a recordar
de pie junto a las ninfas
sonriendo a tus destellos
con mi historial de pena
y mi estación de faro.







Mi amor
nunca ha estado
en hibernación.
Nunca
reducidas al mínomo
las manifestaciones vitales.
Siempre
el pulso acelarado
el calosfrío
la sensación maravillosa
de haber dado los últimos retoques
a un cuadro
a un poema o
a una larga sinfonía pastoral.







Si conocerte
fue haber caminado
por un largo desierto
hasta encontrar la fuente
la palmera
el dátil.
Si hablarte
ha sido para mí el boscaje
la sombra penetrando
hasta lo más interior del musgo
del líquen y
del hongo.
Si desearte
me fue como nadar
muy hondo
bajo la superficie
y contactar con la forma caprichosa
del coral
de la anémona y
de los crustáceos.
Olvidarte
sería respirar fuera del agua
aleteo y estertor
ahogarse en un aire
demasiado ligero y sutil
hundir las raíces en el viento
volver
hasta la fuente inacabable
de la sed.







Cuando haya tomado posesión
de mí
la muerte
y recobre el aliento perdido
por tantas vidas de insomnio
aún
te voy a recordar.
Lo sé.
Vas a posar de pie
altiva
como siempre lo has estado
en un dormido lugar
del universo.











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