domingo, 17 de febrero de 2013

JORGE ELIÉCER ORDÓÑEZ [9243]




Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz
Cali, 1951

Nació en la ciudad de Cali (Colombia), en 1951. Estudió Filología e Idiomas y es Magíster en Literatura Hispanoamericana del Instituto Caro y Cuervo de Bogotá. En la actualidad es profesor de Literatura de la Universidad Pedagógica Tecnológica de Colombia, Uptc, Tunja. Cofundador de la Corporación Literaria “Si Mañana Despierto”. Ha publicado los libros: Ciudad Menguante, 1991; Vuelta de Campana (Premio Instituto de Cultura y Bellas Artes de Boyacá, 1994); Brújula insomne, 1997; Farallones, 2000; El puente de la luna, 2004; Desde el umbral, poesía colombiana en transición I y II (Compilación y estudio introductorio), 2005 y 2009, Exiliados del Arca, 2008, La fabula poética en Giovanni Quessep, 1998 (premio Jorge Isaacs a la crítica literaria). Participó en el Festival Internacional de Poesía de Medellín, 2008.





SURICATO

Para Pablo Montoya C.

Soy el guardián,
el que se alza sobre sus patas traseras
para advertir el asedio de los predadores.
Cuando el guepardo tensa su cuerda de carrera
con un solo gesto aviso a los míos
sobre su bella pero fatal presencia.
El aire sopla sobre mis flancos,
arroja sus briznas desde la pradera,
como un tambor de pregones
el mínimo instante del salto
alumbra en mi pupila, se convierte en miedo
y trata de paralizar toda mi sangre.
Pero soy el guardián, el rapsoda de la tribu,
así que emito mi sílaba sencilla
y todos los suricatos
con sus colas, como banderas de combate,
se esconden, obedientes, bajo tierra.

De: Exiliados del Arca (2008)







RINOCERONTE

Me llaman el fósil cuaternario
tanque de guerra
bestia gris de las praderas
el ciego arrecho que persigue a la hembra
el sordo que no escucha los obuses
y solitario cuida su cuerno
de furtivos cazadores

Si supieran los mitómanos
que apenas soy un ángel acorazado y sediento
recién salido del pantano

De: Exiliados del Arca (2008)







OLVIDOS

Olvidé amarrarme los zapatos, madre.
Tú me despedías sin besos, apenas una señal de cruz en el aire,
tan cerca del aljibe; ponías en mi siniestra una granadilla
y en mi maleta escolar un lápiz que olía a maderas ocultas,
aserrín de algún sueño que contaban los hermanos menores
Que te puedes caer, tú me decías.
¿Y cuántas veces me desplomé de bruces, de nalgas,
desamores?
Quise aprender tu lección, casi analfabeta,
pero el olvido fue mi yermo territorio.
Aún recuerdo que pintaste a Moisés separando las aguas
con tus rasgos menudos, casi con vergüenza
porque yo tenía el brazo entablillado, tal como ahora
el corazón, la vida, entablillados,
y mientras dormía en un laberinto de monstruos y temores
tú, bajo el mosquitero, intentabas curarme
con un aceite fétido de tuétano y lombrices.
Ahora, con esta voz que me sale a hurtadillas,
por entre matorrales de cemento y de niebla,
quiero decirte que tus pasos endebles, a causa de la artritis,
suenan con tanta fuerza en mi escalera de madera crujiente,
que ya puedes respirar tranquila: no me he vuelto a caer,
así lo espero. Cuando miro mis zapatos, como focas
invernando en un rincón de la buhardilla
no puedo menos que sonreír despacio y aspirar con ternura
ese aceite lejano de tuétano y lombrices.





TIEMPO DE SEGAR

En Senegal 
país de cabras
y mujeres invisibles
ovillando la luna,
cuando muere el poeta 
lo sepultan
en el tronco viejo
de un árbol

Al verano
escasea el agua y la comida
Entonces
pájaros migratorios
vienen a picotear
la madera que canta.





AGONÍA DE LA PIEDRA

Como una casa arrasada por ladrones
Un ruido que no cesa
Y nadie sabe de su origen
Un galpón
Donde la tierra sueña cubos de espanto
Un mar de noche
Cuando los peces saltan a ver el polvo del cometa
Un imperio gobernado por necios:
Ha caído
           La piedra
                     En agonía.







ARS POÉTICA

El sueño impone condición altiva
Quien se atreve a la palabra
Y a su espacio conquistado en trinchera
Es condenado al silencio

Una palabra no te salva
Sus alas frágiles
Se rompen en el muro

Desde los ventanales
Fugitivos pasajeros del siglo
arrojan la primera piedra







LAS MÁSCARAS DEL JUEGO

La muerte es una sola
La soledad
Miles de muertes
Este silogismo lo conocen
Los hurradores del estadio

El hombre se atrinchera en el grito
Acomoda su origen
Y su respiración en el sordo graderío
Poco importa que 22 guerreros
Le peguen a un balón como jugándose la vida:
El está solo con su grito y su graderío
Sintiendo que las banderas
Le remueven el agua
Y la pólvora le atraviesa la niñez
Como un sable encantado

Viene a saber de nada
A guarecerse bajo la piedra
Murciélago sí que en la campana
Cuenta y recuenta sus pepas de fastidio

En la casa
Ese recinto de anfibios
La mujer plancha camisas
Lejos de los goles 




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