lunes, 4 de febrero de 2013

DARÍO RUIZ GÓMEZ [9158]



Darío Ruiz Gómez
Darío Ruiz Gómez. Es un escritor, periodista, teórico del arte y el urbanismo, crítico literario y poeta colombiano nacido en Anorí, COLOMBIA  en 1936. Se ha desempeñado además como profesor universitario y columnista del periódico El Mundo (Colombia). Su obra enlaza profundamente con la memoria colectiva de los años 70, 80 y 90 que en su país, fueron particularmente dramáticos. Ensayos, artículos de prensa y pronunciamientos públicos suyos han demostrado siempre especial agudeza conceptual en torno a los problemas de la identidad cultural, las manifestaciones del arte contemporáneo y la visión que, como intelectual, los conflictos sociales le suscitan.

Obras

Señales en el techo de la casa (Poesía, 1974)
Para que no se olvide su nombre (Cuentos, 1974)
Geografía (Poesía, 1978)
Hojas en el patio (Novela, 1979)
De la razón a la soledad (Ensayos, 1981)
La ternura que tengo para vos (Cuentos, 1982)
Para decirle adiós a mamá (Poesía, 1983)
A la sombra del ángel (Poesía, 1990)
En tierra de paganos (Novela, 1991)
La muchacha de la leyenda (Poesía, 2001)
Trabajo de lector (Colección de ensayos críticos, 2003)
Diario de ciudad (Ensayos sobre urbanismo, 2005)
Crímenes municipales (Novela, 2009)
En ese lejano país en donde ahora viven mis padres, ( La Mirada Malva, 2010)
Tiene también obras publicadas en ensayo sobre arte, urbanismo y crítica literaria en revistas especializadas de Colombia y el exterior.




Un cuerpo de muchacho

Un cuerpo de muchacho puede medir un metro ochenta en los más altos. Los bajos pueden medir uno cincuenta, depende de la edad. A quienes la metralla ha desfigurado por completo, los cuerpos deshechos por las bombas, se los cubre con largos lienzos que remedan el cuerpo ausente. De la albura de las telas ungidas en la noche por las manos de madres y novias, brota el espectro de un desconsolado mancebo venido del reino de la humedad y de la niebla. Se escucha el treno vigoroso de los altos páramos donde nace su origen y la ventisca emparama eternamente las aldeas dormidas. El rostro impávido de los muertos es la máscara de adolescentes que fueron inmolados al dios del progreso. Jamás supieron de este sacrificio ya que su corazón es tempestuoso y presto, únicamente, al fragor del combate. Los obnubila el atropellado fluir de la sangre por sus sienes heladas: no les fue concedido el don de la palabra para que no los conmovieran las razones del recuerdo que es el único argumento que vence a la muerte.

No llegaron a escuchar los himnos de las sagas para endulzar los labios en el momento supremo ni esperaron a que el juglar venido de los barrios altos pudiera describir la pérfida desventura de sus vidas lanzadas al crimen y al asfalto.






En ese lejano país en donde ahora viven mis padres

poemas

En ese lejano país en donde ahora ...
EDITORIAL La Mirada Malva, 2010





Si en ese lejano
país en donde ahora están
mis padres: pálidas serranías africanas
praderas del Don: sin alfabeto
con apenas un gesto enunciado. ¿Podré dirigirme
a ellos explicando lo que siento? que 
como en un pensamiento que se anula a sí mismo
todo ha sido clausurado. Podría hacer balance
de estos años pero esto me consterna
de verdad, me llena de un agobiante pesimismo.
No sabría mentirles diciéndoles que por fin le
encontré un sentido a la vida. ¿Cómo, sin embargo,
improvisar lo que no siento? ¿Cómo podría
describir este perpetuo cruce de esquinas en que
discurro? De mis mentiras ya conocen y de mis
tretas para parecer indiferente ante
esta debacle general. Recurrir a un medio
de comunicación ya desechado: el telégrafo
municipal o las palomas mensajeras hasta
llegar allí, a ese lejano país en donde ahora 
viven mis padres.

Un pliego de quejas no sería atendido por él.
Ningún hijo tiene derecho a elevarse por encima 
de su condición de desvalido. Hay tardes en que la
carga de atribilis crece de manera tan alarmante
y me sitúa al borde de la más cerrada acedía.
Pero es hora de llamarle la atención. Y hacerlo
con delicadeza para que no se sienta ofendido. 
Al hombre que lleva varias horas esperando un
autobús le ha brotado del pecho un lirio encendido.
El tigre saltó del anuncio luminoso y a su
alrededor la jungla renace.
Al fin de cuentas fue él quien decidió
abandonarme y las mujeres del aseo barren
las salas de espera, los urinarios. Hasta en
estos lugares de paso percibo lo que ya sabía
mi corazón: su itinerario de vida
estuvo marcado por una idea de país donde
su hijo pudiera vivir en uso de todas
sus facultades. Quien escapa en este bus
de la alta noche es el hijo y no el padre,
visión transitiva, palabra sin contenido.

Mesas y muebles del estilo vienés
plantas sembradas en tarros de galletas
apachurrados, tierra blanda,
brotes de tallos en hileras discontinuas.
Paredes de tosca calidad. La luz excesiva 
ha borrado los cromos, las fotos. Cobertores 
de hilo grueso con la silueta de una garza
en el centro de la cama. La humedad, el
sol han hecho un trabajo contundente
frente a lo que fue un intento de orden
o un propósito de llevar adelante
un proyecto de vida. En fin aquello que
silenciosamente llamamos el deseo 
de ser otros bajo esta tarea diaria
de oponerse a la violencia de
la naturaleza, a las irracionalidades
de la política. Pero por encima del
recuerdo que debe enaltecer ese intento
de racionalidad lo que prevalece
es el ofuscado olor a colonia barata,
a solapas que se ajan mientras las ondas
del radio casero desgranan su música evidente
y el niño desde la acera rota
observa la figura del hombre que huye.

No has comprendido mi rabia de hijo.
Lo que ahora hago no es mirar el cielo
Pues en esta calleja el
aburrimiento se confunde con una ausencia de
imaginación de los árboles. O de las
quebradas incapaces de someter el 
ruido urbano. Se escucha en la lejanía
un ritmo de bolero agregándose al
ocaso. No debí ubicarme
en este umbral de la experiencia.
Soy prisionero de una sorpresiva
transformación de la materia y
me abandono a una inesperada
altura. Crédulo, confiado niego la
imagen, niego la lágrima en donde Él 
se escapa ante mi confusión de hijo. 
Me alojaré en las habitaciones de la oscuridad
o seguiré caminando a lo largo
de las luces azules de las autopistas.
El balbuceo de un niño me acompaña.

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