jueves, 20 de diciembre de 2012

JOSEF WEINHEBER [8878]




Josef Weinheber (Nació el 9 de marzo de 1892 en Viena - Se suicidó el 8 de abril de 1945 en Kirchstetten, Baja Austria) fue un poeta lírico austriaco, escritor narrativo y ensayista.

Distinciones :

1936 Wolfgang Amadeus Mozart Prize
1941 Grillparzer Prize (jointly with Mirko Jelusich)

Obra:

Der einsame Mensch, (The Solitary Man, poems) 1920
Von beiden Ufern, (Of Both Shores, poems) 1923
Boot in der Bucht, (Boat in the Bay, poems) 1926
Adel und Untergang, (Nobility and Ruin, poems) 1934
Wien wörtlich, (Vienna Verbatim, poems) 1935
Vereinsamtes Herz, (The Heart made Lonely, poems) 1935
Späte Krone, (Belated Crown, poems) 1936
O Mensch, gib acht!, (Mankind, Take heed!, poems) 1937 (ein erbauliches Kalenderbuch für Stadt- und Landleute)
Selbstbildnis, (Self-portrait, poems) 1937
Zwischen Göttern und Dämonen, (Between Gods and Demons, poems) 1938
Kammermusik, (Chamber-music, poems) 1939
Dokumente des Herzens, (Documents of the Heart, poems) 1944
Hier ist das Wort, (Here is the Word, poems) 1947
Das Waisenhaus, (The Orphanage, Novel) 1924






NOCTURNO

Senda de grava y luna sobre el árbol:
todo se dice suavemente.
Todo está en el interior del sueño.

Huella en torno de la boca, que se queja,
frente, que arriba con las estrellas,
sufre, llamea e interroga.

Ay, aprender de la expiación:
todo es regalado solamente
para alejarnos de nosotros mismos.

¡Tiempo, donde el frescor se hunde!
Hora, donde el secretamente perturbado
piensa con amargura en el adiós.

¡Si tu corazón lo oyera todavía!
¡Siente cómo asciende el cielo nocturno
que a causa de aquél nos trastornara!

Huella en torno de la boca, que se queja,
senda de grava y luna sobre el árbol.
Vela, extinguiéndose en el cuarto.

Todo se dice suavemente.




A MEDIA VOZ
Toma lo más sombrío del hombre: esto es eterno.
Toma de un pecho doliente lo perdido, exhala
la vergüenza, la nostalgia, murmura el llanto
en la calma del atardecer,

en los pensamientos antes de dormir, todas
las palabras exhaladas de la noche otoñal, todos
los pobres caminos solitarios, la aflicción
y el término del amor.

Como tormenta es el dolor humano y como el remoto
juego de arpas; lo más profundo, empero,
es un río; no fluye desde aquí, corre
en el interior de la tierra.

Toma el dolor y conviértelo en canción. ¿Qué
canción es más dulce, cuál más dignamente delicada?
Igual a la boca herida de la amada, luego;
o a la rara
sonrisa de un moribundo. En los límites siempre
se vuelven más grandes los sentimientos. Pues en
el tránsito están la consagración y el deber y aquella
fuerza mortal del sacrificio.

¡Copa amarga, sé bendecida! Ay, ¿quién
sufre, pues, bastante? ¿Y quién fue
vaciado hasta el fin, para que la rígida y tirante
cuerda lo estremeciera?






SABER EN SILENCIO

Saber en silencio que partes
pronto abajo, hacia los Padres.
Arriba, en el sagrado cielo,
las nubes viajan en el viento.

Inclínate sobre la corriente,
escucha cómo callan las aguas.
¿Alguna vez, anteriormente,
amaste de un modo parecido?

El que todavía tiene tiempo, nada sabe.
¡Vida profunda! Oh, despedida,
amarga debilidad del corazón
bajo la fuerza de las flores.

¡Triste, y no poder tocarlas,
dulces, dulces formas!
¡Ah, con flores no lo aqueja
su viaje postrero!

Pardo otoño, más oscuro,
¡deja que una vez más te abrace!
Caen los frutos, quizás
el corazón se rompe más resignado.

Es difícil partir en primavera.
Pero los muertos vigilan.
Hermosa flor, no debo.
Severa madre, es que me voy...





ÁRBOL EN LA HELADA

De nuevo asciende la luna serena sobre la montaña.
Desde las tumbas sopla en el valle una lamentación.
Pero el ala cristalina tintinea
espantosa arriba en la cumbre: sus siglos

maduraron murmurando en él. 
Hace mucho, mucho antes que la casa y el vado,
se extendió hacia abajo, se convirtió en secreto, fue
grande y colmado en los veranos,
y las generaciones lo mecieron.

¡Oh, el temor solitario! Oh, el extravío,
cuando desde los sentidos y la savia una blanca rigidez se precipita.
De improviso lo ensordece la raíz,
e implacablemente una última tormenta lo doblega.

Desde un plumaje relleno se sobresaltan las dormidas
aves, cerniéndose pesadas, sin consejo,
en el cielo nocturno, en círculos
confusos, arrebatados lejos, hacia la luna.






AL HOMBRE VENIDERO
¿Puedo hablar de aquel que viene? ¿De qué modo
diré su nombre secreto? ¿Yo, un hombre
entre hombres, achacoso, siempre
junto al abismo, solitario e inerme
ante la confusión del mundo, que negro irrumpe en mí,
como en una casa abandonada un tropel de ladrones?
¿Puede hablar acaso quien tropieza, hablar
quien todavía busca? Y quien se equivoca ¿puede ponerse en el lugar
de Dios y decir: Esto quiero yo?

Sí, con el derecho del prisionero, que llora
por su libertad, conjuro la libertad,
con el llamado de la nostalgia, el sueño, y
con la queja del torturado, el lejano
ordenamiento de la bondad.
Con el derecho del que sufre, oh, el único
derecho que resiste a la noche y en otra 
orilla habita, en las aguas de la pureza,
con la divina pretensión del paciente, reclamo
el otoño del tormento, el fruto
viviente y lagar de la amargura, amén.

¿Debemos morirnos de hambre? Y siempre
se le dice al hombre venidero: ¿Hay hambre?
¿Debemos morirnos de frío y estar sin refugio? Y otra vez
el suelo vacila bajo nuestros pies, se parte el techo sobre la cabeza,
y la patria, vista en sueños, ya no está, no,
en los cien nombres con que se la presenta gloriosamente.
¿Debemos morir, siempre
desaparecer y morir? ¿Y nadie
borra de nuestras señas la espantosa inscripción:
“en vano”?

Lo que sufro, lo sufrimos todos. Y por ello
hablo: el que posee el lenguaje
tiene que hablar para todos.
Si peco, entonces todos pecamos. Pero, si con la palabra
acierto, anulo y redimo en consecuencia
la pérdida. Ninguna corona me es necesaria.

Hondamente y en cualquier 
pobreza hemos caído; remitidos
a lo último en nosotros: a estar de pie,
a meditar, a afirmar el resto: la pobre
dignidad del hombre.
Ni la necesidad de la falta ni el acaparamiento
del devenir son nuestro peligro:
las potencias son bondadosas 
para cualquier homenaje.

Nosotros, sin embargo,
nosotros saltamos por encima del orden,
levantamos de nuevo una estatua, propia de nuestra soberbia, dividimos
en vencidos y vencedores. Pero,
aquél que ya viene, ése se inclinará.

Atroz “Señor de la tierra”, ¿quién eres?
Ved, él habla de Dios y aplasta a su prójimo,
así como aplasta la flor, y nada puede
contra la propia invención, contra
toda la maldición de la caída
que lo embriaga y aniquila.
Desvalida su osadía, desvalida
su fuga del horror, espantosa,
empero, su decisión postrera: la fuerza.

¡Que no hable de Dios o de los dioses! Ambos
no están fuera de nosotros. Ay, ¿a quién exaltan
los templos todavía, allí donde las iglesias
no alcanzan a salvar?
Uncido a su ambición, con cánticos y pompa,
a Dios o a los dioses alimenta. Por encima
de sí mismo, los fortifica, pues más
y diferente que la Creación de aquéllos,
toma la propia por divina.

¡Hombre común, a ti te canto!
Entre miseria y esplendor, indignación y sufrimiento,
volverás a ti mismo, imagen de Dios.
Descansando en ti mismo,
descansarán las cosas y te amarán,
y serás dichoso en la fuerza
de lo liberado, y servirás.

¡Ven a nosotros, hombre venidero! Con el derecho del prisionero,
que llora por su libertad, conjuro la libertad,
con el llamado de la nostalgia, el sueño, y
con la queja del torturado, el lejano
ordenamiento de la bondad.

Con el derecho del que sufre, oh, el único
derecho que resiste al poder y en otra
orilla habita, en las aguas de la pureza,
con la divina pretensión del paciente, reclamo
por el término del tormento, el fruto
viviente y lagar de la amargura, amén.

Traducción: Rodolfo E. Modern


La inclusión de Josef Weinheber en Poéticas es una atención de Martín Sosa López
http://www.poeticas.com.ar/






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