domingo, 2 de diciembre de 2012

JORGE GONZÁLEZ BASTÍAS [8637]


Jorge González Bastías
Nace en Nirivilo, CHILE el 16 de julio de l879; sus padres fueron Abdón González Rojas y Elinia Bastías Cáceres, siendo el quinto de nueve hermanos. Vive los primeros años en su pueblo natal, trasladándose luego a Talca para realizar sus estudios en una escuela primaria y en el entonces célebre Liceo de Hombres de dicha ciudad. “Suelos baldíos, sembríos escasos, viviendas hechos con el adobe burdo de la colonia, calles terrosas por donde transitan en sus caballejos huasos sucios y mal vestidos -seres elementales que viven apegados a los cerros como el roble y el espino- superstición, cuatrerismo, bandidaje, mito y leyenda; eso debió ser en síntesis el Nirivilo que vieron los ojos de la infancia de González Bastías”.

Manuel Francisco Mesa seco nos ofrenda esta hermosa meditación sobre los orígenes telúricos del poeta: “En verdad esa aldea, Nirivilo, custodiada por las culebras de la leyenda, se guardaba el tesoro de un espíritu admirable, de un alma rica en sonoridades y virtudes, rica en posibilidades y proyecciones inmortales. Ese espíritu superior, esa alma inmortal, ese numen triunfador, se hizo carne en el poeta Jorge González Bastías, y el mismo fue ese entierro sagrado y mágico, ese rico tesoro, esa oculta riqueza, esa su poesía pura y alta, ese su ser superior, esas sus virtudes de alma privilegiada, que venciendo el espíritu del mal, los centinelas demoníacos, lo grotesco, lo amorfo, lo limitado, salió de la noche de su encierro, de la tierra misma que lo cubría, trayéndonos todas esas resonancias de la naturaleza y del planeta, para iluminar con su pureza, con su nobleza, nuestras vidas, esos sus y nuestros campos y el panorama mismo de la poesía chilena”.

Fallecido su padre la familia se traslada a Talca, pero en 1910 su madre recibe en herencia el fundo Infiernillo, ubicado a ambas orillas del río Maule, 40 kilómetros al poniente de la urbe, y ahí se establecen definitivamente. El poeta permanece en la ciudad donde adquiere un empleo. “Allí comenzaron a publicarse sus primeras poesías, en diarios locales y revistas de existencia efímera”.

Discernida su vocación literaria viaja a Santiago donde vive la bohemia romántica de sus nuevas amistades, de vez en cuando asiste al Instituto Nacional y publica su primer libro. Es aquí donde se revela el hondo poeta con una peculiar manera de poetizar que tanto atraería a la intelectualidad de entonces. “Conocía a todos los que escribían por esos años; se había improvisado periodista, reportero, jefe de gacetillas y hasta director accidental; conoció los más negros días de miseria; anduvo a veces meses enteros de seca en meca tras un empleillo del tres por cuarto, y, así, con toda esa carga, harto desagradable por cierto, tuvo entusiasmo para escribir versos en los ratos libres que su mal humor le dejaba, o después de una sobremesa de las muy escasas que hacía entonces... Todo esto fue cayendo de sus labios en el transcurso de nuestra amistad”.

Por esos días el poeta obtuvo insospechado reconocimiento, incluso varias antologías hispanoamericanas incluyeron textos de su primera obra; pero no podía subsistir con ocupaciones esporádicas, inseguras y mal remuneradas. Matías Rafide nos acota este detalle: “Vivió modestamente en la pensión Suiza, ubicada en la plazuela de Santo Domingo, en los altos de una farmacia”.

Desilusionado del tráfago literario del mundanal ruido regresa definitivamente al hogar paterno. Allí se dedica de lleno a la agricultura, disfrutando de la contemplación del paisaje y sus criaturas, reconstruyendo poco a poco aquella casa solariega donde compartiría con amistades, intelectuales y hombres públicos del país en un ambiente apacible, distendido, puro. “En tiempos de agitación, supo gustar la paz silenciosa de nuestros campos. En época de vanidad y ostentación, él prefirió la simple y agreste sencillez de nuestras tierras maulinas”.

Escribe esporádicamente - “Decía que no sabía escribir y que su verso era demasiado simple” -, puliendo con lentitud una obra que dará cuatro títulos: “Misas de Primavera” (1911), “El Poema de la Tierras Pobres” (1924), “Vera Rústica” (1933) y “Del Venero Nativo” (1940).

Participa a la par con inusitada pasión y arrebato en la política local. “La pobreza de los suelos del Maule y la mezquindad hacían dura la vida en su rincón. El poeta, sin petulancias mesiánicas ni alardes de moralista, apaciguó ánimos o combatió virilmente injusticias... Vio en la política lugareña uno de los instrumentos más adecuados para llevar a cabo sus buenos propósitos y fue así como se metió en pleitos y querellas de municipio y anduvo pintorescamente enredado en recuentos de votos y reclamaciones electorales”. Efraín Szmulewicz nos relata un hecho muy gráfico que nos ilustra el ardor que ponía el poeta para defender a sus paisanos: “Protagonizó un incidente que lo llevó a la prisión por poco tiempo: le disparó un tiro a un joven político que trataba con desprecio a los campesinos”.

Fue alcalde de Nirivilo en reiteradas ocasiones, sirviendo fervorosamente a las gentes de su jurisdicción. Esta labor lo lleva una que otra vez a Santiago para acelerar algún proyecto, lo que aprovecha para intercambiar opiniones literarias con sus amistades. “Si algunas veces alcanzaba a la capital, era siempre en propósito de servicio: arrancar al centralismo santiaguino ciertas mercedes indispensables a su comarca: una escuela para su aldea de Nirivilo; otra para el caserío de Infiernillo; algún retén de carabineros para resguardo de la región o cierta ayuda impostergable a labriegos necesitados. Su arribo a Santiago era una fiesta. Con él nos llegaban frescores agrestes, efusión amical, efluvios de una bondad perdida, sugerencias o atisbos inesperados que su plática cordial y sabia - con la sabiduría de una intuición maravillosa - iba deshilvanando junto a nosotros... Era inútil tratar de retenerle. Obsedido por sus afanes camperos, desaparecía sorpresivamente con  dos o tres libros bajo el brazo”.

En 1937 sufre un grave accidente ferroviario - el carrito que lo transportaba hasta su casa desde la estación, es embestido por un tren rastrero -, el cual lo torna aún más apacible y melancólico. Desde entonces usaría bastón y se acentuarían sus largas caminatas crepusculares por los senderos del jardín, que con minucia cuidaban sus hermanas, o hacia los andenes de la rústica estación que hoy lleva su nombre. Allí conversaba furtivamente con parientes, amigos o pasajeros  conocidos  que viajaban hacia cualquier punto del ramal; los saludaba cálidamente cuando no les obsequiaba presentes o una moneda siempre necesaria para el trayecto. El regreso a casa lo hacía lentamente, ya casi de noche, silbando un airecito o tarareando una tonada vieja.

Su aspecto era sencillo. De estatura mediana, macizo, moreno, cabellera que el tiempo dejó blanca con un mechón cayendo sobre la frente, mirada profunda y serena, bigotes anchos, pausado de movimientos; cuando no silbada conversaba en voz baja, casi musitando, palabras profundas recargadas de eses y si callaba se sentía más hondo un suspiro que traspasaba todas las cosas. “Este hombre modesto, sencillo y sin pretensiones, todo parecía menos un poeta. Ni gastaba melena, ni chambergos sueltos, ni americanas ceñidas, ni chalecos estrafalarios; nada de esto; su aspecto era el de un juez rural o el de cualquier modestísimo hijo de vecino”. Stella Díaz Varín nos confidenció, hace algún tiempo, una anécdota que refleja la auténtica personalidad del poeta. Cuando don Jorge presentó la primera obra de la escritora serenense en la Universidad de Chile en Santiago, alrededor de 1949, éste conferenció a su manera, apacible e imperturbable, envuelto en una infinita manta de castilla.

Los últimos momentos de este hombre bueno que escribió versos fueron muy dolorosos, debido a una enfermedad cardiaca, pero, a la vez, de gran recogimiento y misticismo. Manuel Larraín, obispo de Talca por esos días, nos relata la visita que hizo al poeta poco antes de su muerte. “Fue una mañana fría y luminosa de invierno. Advertido de la gravedad de don Jorge, partí a Infiernillo en el tren de la mañana. Mi entrevista con el amigo poeta debía ser sencilla y honda como su alma. ‘Don Jorge, le dije, usted ha buscado siempre a Dios. Ha cantado la belleza de las cosas creadas por la mano divina y a través del paisaje de nuestros campos costinos ha sentido la atracción de su inefable presencia. Usted, don Jorge, le añadí, ha seguido a Cristo y ha vivido en el espíritu de las Bienaventuranzas del Evangelio, ha amado la pobreza, la bondad, la paz y la simplicidad de la vida. Le falta sólo una cosa; tenerlo en su corazón’. Y clavando en mí esa su mirada de niño que conservó hasta el fin, me respondió con su sencillez característica: ‘¿Y qué debo hacer para tenerlo?’. Lo preparé a ese encuentro íntimo de Cristo con su alma y, mientras las lágrimas de emoción corrían por su rostro, él hablaba al Dios escondido con la diafanidad de la fe revivida y la ternura del que abre su corazón a un amigo siempre buscado y, ahora, felizmente hallado. De esos instantes de plenitud espiritual del poeta maulino, me cupo ser el único testigo y confidente. No profanaré en publicidad la expresión de sentimientos tan íntimos y delicados. Diré tan sólo, con honda convicción, que en esa hora Jorge González Bastías escribió su mejor poema”.

Falleció el 22 de noviembre de 1950, a la edad de 71 años. Su poesía permanece viva porque expresa en versos simples y con palabras verdaderas la belleza de las tierras pobres, surcadas por las aguas de un río legendario. “Nunca, acaso, la poesía sea un reflejo tan exacto de la vida del poeta que la crea como en el caso de González Bastías”.

Baste una pequeña muestra de sus versos para confirmar la esencia de su alma poética: “Hay en mis ojos un encantamiento/ y no me canso de mirar./ No está la casa donde yo vivía./ Los almendros están.// Las gentes de hoy tal vez no me conozcan/ y pasaré y dirán:/ Un viejo, un viejo... quién lo ha visto nunca?/ y luego... nada más.// Pero cuando florezcan los almendros/ y lleguen vientos ásperos del mar,/ la tierra que labró mi brazo joven/ quién era yo, dirá”.

Está sepultado en un nicho abandonado, en el cementerio de Talca, esperando que se cumpla el íntimo deseo que siempre manifestó de ser enterrado en su pueblo natal, Nirivilo.





Selección de Poemas




De “MISAS DE PRIMAVERA”, Santiago, 1911. (1)



EGLOGA DEL CAMINO

Mi viejo camino, un poco
quiero conversar contigo
i entre las sombras que evoco
hablarte como a un amigo.

Hace tanto tiempo, tanto,
que conozco tus orillas;
en tus yerbas amarillas
cayó alguna vez mi llanto.

Hace tanto tiempo, tanto
que conozco tus orillas!

Hace tanto tiempo que,
camino, no te veía;
acaso sea alegría
esto que siento, no sé.

Acaso sea alegría
lo que hai en mi corazón;
se parece a una canción
llena de melancolía.

Acaso sea alegría
lo que hai en mi corazón!

Nunca tuvo para mí
ningún camino tu encanto.
sé de la sangre i el llanto
que han vertido sobre ti.

Nunca tuvo para mí
ningún camino tu encanto!

Tras de andar i andar me pierdo
mirando tus lontananzas
i un perfume de añoranzas
surge de cada recuerdo.

Miro tus huellas, i leo
en ellas una leyenda…
los poemas de la senda
que no adivina el deseo…

                  …I mañana, cuando ya
esté yo lejos, mañana
cuando suene la campana
de mi aldea, quién sabrá,

camino, que aquí mis huellas
quedan también, quién sabrá?
Alguien me recordará?
Me habrán visto las estrellas?

(1) Todos los poemas van en versión original, respetando la escritura del poeta.



ELEJIAS SENCILLAS

II

Tenía blanco el cabello,
tenía la barba blanca
i una dulzura de amor
i de ensueño en la mirada.

Tenía pálido el rostro,
tenía las manos pálidas…
se fue una tarde i ya nunca
más se oyeron sus palabras.

No se oyeron más sus pasos
en los patios de esa casa,
ni lo han visto más sus perros
que sollozando lo aguardan.

Abandonado quedó
el bastón que acostumbraba,
nostáljico de esas pródigas
manos que ya no se alargan.

Pero aún en esas tardes
en que se recoje el alma,
en todo hai como una sombra
trémula que se ajiganta.

Cuando se iba ya, dejó
en el campo una mirada
tan honda i triste, que aún
está conjelada en lágrimas…

Tenía blanco el cabello,
tenía la barba blanca…
tenía pálido el rostro,
tenía las manos pálidas.



IX

MI RETIRO (2)

Ansiabas sorprenderme en mi retiro
i fuiste a él. En un rincón oscuro
lloraban mis quimeras. Inseguro
se hizo tu paso entonces i un suspiro

se escapó de tu pecho…

                                        No creías
que hubiera soledades tan inmensas
cuando charlando a veces te reías
diciéndome: qué tienes? en qué piensas?

Pero desde esa tarde ya te veo
de otra manera. No eres ya la misma.
I te sigue turbando mi deseo
i quiero preguntarte qué te abisma!
         

(2)  Poema sin título.



EL BUEI (3)
                        (de Carducci)

Piadoso buei! Al verte mi corazón se llena
de un grato sentimiento de paz i de ternura,
i te amo! cuando miras inmóvil la llanura
que debe a tus vigores ser más fecunda i buena.

Bajo el pesado yugo tú no sientes la pena
i así ayudas al hombre que tu paso apresura;
i a su voz i a su hierro contesta la dulzura
doliente con que jira tu mirada serena.

De tu ancha nariz brota como un vaho tu aliento,
i tu afable mujido lentamente en el viento
vibrando como un salmo de alegría se pierde…

I en su austera dulzura tus dos hondas pupilas
reflejan, cual si fueran dos lagunas tranquilas,
el divino silencio de la llanura verde!

(3) Traducción.



De  “EL POEMA DE LAS TIERRAS POBRES”, Santiago, 1924.



LA MISERIA NUEVA

I

Sutil y extrañamente
tengo el ánimo herido,
como si los dolores de otros hombres
en mí se hubieran recogido.
La montaña que baja
a bañarse en el río
muestra un cansancio tan humano,
que pone en el espíritu un estremecimiento…

Un estremecimiento
que solamente es el recuerdo vivo
de las viejas leyendas de la sierra,
de los cantos del río,
de una paz, hoy extinta en los senderos,
de una miseria nueva que ha venido.

Un estremecimiento,
dolor de otros espíritus,
que flota en la montaña
y anda por los caminos…
No tiene voz,
                         y se oye
en los breñales su alarido.



II

Y es un grito profundo
que se extiende a lo lejos,
que se oculta en las piedras
y tiembla en los esteros.

Una miseria nueva
prendió en las hondonadas y en los cerros,
arrasó los sembrados
y los rebaños y los huertos.

El pobre se hizo miserable
y el miserable, bandolero!

Hay espanto en los ojos
de los niños labriegos
que oyen a media noche
clamores homicidas en el viento.

Hay espanto en los ojos de las madres
que ya no arrullan con su canto el sueño
del hijo, atormentadas
por la vida sin término.

Hay espanto en los árboles
que ya no sienten el afecto
de aquellas manos buenas que les daban
el agua en cántaros morenos.



RECOGIMIENTO

II

Quién ha visto las sierras en la noche
plena de resonancias?
Amor, dolor, ensueño y luz de luna,
voz del espacio y voz humana…

Quién ha visto en las sendas adormidas
las figuras extrañas
que en los jirones de la niebla suben
a las cimas más altas?

Quién ha escuchado la oración humilde
que va por la hondonada
uniéndose a la queja de las hojas
y al susurrar del agua?

Quién sabe de la angustia que en el viento
saturado de lágrimas
va a las estrellas para hacerse canto
redivivo en el alba?

Quién ha visto el misterioso influjo
de su sombra en el alma
cuando se van alzando las estrellas
libres y puras, y los montes bajan?



CANTOS DEL SOLAR

I

Suben hasta las cimas, entre vahos de niebla,
resonancias lejanas de los montes y el río.
La noche transparente de visiones se puebla
y se dilata en cantos el espíritu mío.

Recoge los lejanos ecos de la hondonada
y ve la choza rústica junto al arroyo claro:
la ilusión de los niños al cielo abandonada,
la fe de los ancianos, grande en el desamparo.

Y ve por las orillas del río milagroso
recogidas las barcas como anhelos dormidos;
sobre la arena el fuego, que alivió el fatigoso
remar, echa los últimos destellos aturdidos.

Recogidas las barcas, recogidas las velas,
los guanayes (1) reposan, reposa el cuerno austero.
Soñarán con el brillo tenue de las estelas
o con un resonante, alto son mañanero.

Suben hasta las cimas como voces lejanas
del río, el monte, el viento: voces transnochadoras.
El río, el monte, el viento: cristalinas campanas
que marcan en la noche fatigada, las horas…

Mi espíritu recoge sus cadencias unciosas,
sus sueños, sus tristezas, su visión del pasado
y los funde en un canto de lágrimas y rosas
en el que todo es almo dolor purificado.

(1)     Barqueros del Maule. (4)
(4)    Nota (1) es del original.



II

Ah, tierra mía, tierra triste,
ensombrecida por la muerte,
como eras pobre no pudiste
ni castigar ni defenderte.

Perdido el valor de la vida…
el amor sólo en la añoranza;
ninguna lámpara encendida,
ninguna trémula esperanza.

Como eras pobre no supiste
del látigo fustigador;
tu queja siempre fue una triste
sombra perdida en el horror.

Ah, tierra mía, tierra hermosa!
Rara virtud en ti se fragua;
en tu sierra más escabrosa
brilla, hecha lágrimas, el agua.

En tu sierra más escabrosa
el árbol crece protector
y hace lugar para una choza
en que pudiera haber amor.


Hace lugar a la alegría
que ofrece el agua, el trigo, el pan;
            el afán: esfuerzo del día,
el sueño: olvido del afán.

Ah, tierra mía, tierra amada,
de largos senderos esquivos,
de vasta selva enmarañada
y de naranjos y de olivos;

Tierra de arroyos y de flores,
de claro sol y verdes viñas:
están desiertas tus labores
y sin corderos tus campiñas.

Tierra que fue de encantamiento
en la leyenda popular,
tu queja errante va en el viento
por la montaña y por el mar.



De “VERA RUSTICA”, Santiago, 1933.



EL VIEJO GUANAY

Me fui de aquí, señor, hace treinta años
y vuelvo sólo por mirar
estos cerros abruptos, este río,
estos caminos de mi mocedad.

Hay en mis ojos un encantamiento
y no me canso de mirar.
No está la casa donde yo vivía.
Los almendros están.

Las gentes de hoy tal vez no me conozcan
y pasaré y dirán:
Un viejo, un viejo… quién lo ha visto nunca?
y  luego… nada más.

Pero cuando florezcan los almendros
y lleguen vientos ásperos del mar,
la tierra que labró mi brazo joven
quién era yo, dirá.

El río en sus corrientes del invierno
mi voz recordará:
Iza, vuelta, al trinquete, remo, suelta…
Y pudiera no recordar?



CANTO DE LA ERA

A la luna, amor;
al amor, cantar;
al arroyo, flores…
Nada más, nada más.

El que vive pobre
vive de esperar.
Una estrella brilla…
Nada más, nada más.

Pase la fortuna
con su grande afán.
La vida es lo mismo…
Nada más, nada más.

Los esteros corren
camino del mar.
Benditas las aguas…
Nada más, nada más.

Ay! de la fortuna
que ha de tropezar.
Benditos los pájaros…
Nada más, nada más.

A la era el viento
llega a trabajar.
Trabaja cantando…
Nada más, nada más.

Tendremos harina
y tendremos pan…
Bendita la tierra…
Nada más, nada más.

Alegre la era
como nunca está.
Hubo un viento bueno…
Nada más, nada más.

A la luna amor;
al amor, cantar;
a las flores besos…
Nada más, nada más.



JUNTO A LA MARGEN

Murmura, río, canta tu canto
tan viejo y desigual, tu canto triste.
Eres el mismo y eres diferente.
Te espera el mar, te recibe y te espera.

Murmura, río, canta tu canto.
En la tristeza de los saucedales
flota la bruma de que te revistes.
En los follajes tu canto se queda.

Se apaga, mirándote, mi lenta fatiga.
Murmura, río, canta tu canto.
No viene la barca que vio mi deseo.
Acaso la mueve ya el mar infinito.

Un día será que la sed se mitigue.
Pasen las ondas y el viento agresivo.
Pase la noche cargada de estrellas.
Murmura, río, canta tu canto.



SEQUÍA

Hay alegría entre los campesinos
porque la luna nueva anuncia lluvia.
La tierra está reseca
y los sembrados sufren.

Hay gran temor de pérdidas. Las bestias
olfatean con sed por las quebradas;
menos sabias que el hombre, nada esperan
de la luna en creciente.

… Dicen que viene sentadita,
sentadita hacia el norte…
Los niños interrogan a los viejos
y se transmiten la esperanza.

Buen Dios! haz el milagro! que haya lluvia
y se salven las siembras.
Por la fe de los hombres, por los árboles,
por las bestias, Señor!



VERTIENTE EN LA ROCA

El agua vierte, vierte, vierte.
Sangre de un generoso corazón,
fecundará simientes.

No hay viento, no hay sequía que la ciegue.
No hay soles ni tormentas que la turben.
El agua vierte, vierte, vierte.

No la alimenta ni lluvia ni fuente.
Hilos de plata, guedejas de oro,
el agua vierte, vierte, vierte.

Y por las faldas ásperas desciende
cantarina, fugaz y milagrosa
a hacerse trébol, miel y fruta agreste.

Y levanta una casa, y funda un verde
huerto en paz.
                               En lo alto, en la roca,
el agua vierte, vierte, vierte.



CAMPANAS

En las más remotas
regiones del cielo
óyense campanas
que tocan a muerto.

Oyense campanas
que tocan a muerto…
Aquí es una rosa,
allá es un lucero!

Angustiosas penas
mece, errante, el viento:
almas que se mueren
y se van gimiendo.

Campanas, campanas
que tocan a muerto…
Aquí es una rosa…
allá es un lucero!




HUMO AZUL (5)

He pasado una tarde y otra tarde mirando
un humo azul… Las horas absortas o cansadas
no tejían ensueños, no evocaban tristezas,
no advertían el vuelo de las dulces fragancias.

Una paz muy amable de piedad y de olvido.
Sin sol, sin luz, sin flores, sin estrellas nostálgicas.
Cómo quisiera siempre vivir… mirando el humo
azul de una quimera desvanecida y lánguida.

(5) Poema sin título.




De “DEL VENERO NATIVO”, Santiago, 1940.


ALAS DE MARIPOSAS

Alas de mariposa,
en qué momento el iris
se refugió en vosotras?

Violetas, azahares,
de dónde ese perfume
y esa miel de los cálices?

Cristales de la nieve…
Ninguna maravilla
más alta y transparente!

Espumas de las aguas…
si no estáis florecidas
ninguna onda canta!

Estrella de la tarde…
guía de los pastores…
Estrella de la tarde!

Viento, viento que llegas…
llévame, viento amigo,
más allá de la tierra.



VETAS

La mañana del mundo vio el milagro,
la mañana del génesis. Qué clara
la atmósfera sería. Qué serena
la luz deslumbradora de aquella alba,
y qué ardiente hermosura difundiéndose,
y qué fuerza en la brizna y en el agua,
y qué placer y qué dolor fecundos
en la transmutación de cada llama!

O fue acaso en un alba de tormentas
que hundía y levantaba las montañas;
con un solo relámpago constante,
con una sola voz despedazada;
en un alba de nieblas más profundas
que la noche más lívida y más larga
en que era todo noche, todo noche…
menos Su voluntad y Su palabra!

La mañana del mundo vio el milagro…
Y ya no fue la arcilla blanda
ni el hierro ni la roca. Vasto soplo
vino sobre la tierra, transformándola,
dando a las cosas otro aspecto, otro
sentido, otra vitalidad extraña…

Abismado el espíritu recoge
el pensamiento vagabundo!



INTERROGACIÓN

Arbol maravilloso que a la altura
levantas tu inquietud y tu fragancia
y que, inmóvil, aguardas llegue el viento
con el amor y el canto de las sierras;
tú sabes del misterio! Más que el hombre
sabes del sol y del agua fecunda;
ahondas en la tierra tus raíces
y te alimentas sin afán ajeno.

Cuando sube bullendo la vertiente
entre las oquedades de la roca,
tú la recibes! y es más amplio el vuelo
de tu follaje al recibir frescura;
tú realizas en su solo brote
el milagro de unir la luz, el ritmo
y el perfume.

                        Tú cantas con el alba
y por la noche inquieres. Tú conoces
este misterio de la vida múltiple
que no es sólo del árbol y del hombre,
de la llama y del viento…
                                           Oh, prisionero
a un tiempo altivo, casto y amoroso!



METAMORFOSIS


Murmurio, murmurio del viento.
Hondo sentir del aire.
Pena que viene suspirando
y se detiene en los follajes.

Aliento de invisibles cosas
que me hieren con suave
toque; cansado aliento
que viene de un mar sin márgenes.

Grito, canto, sollozo.
¿Quién lo arrojó, temblante,
a deshacerse, a diluirse
entre las hojas de los árboles?

¿Será de alguna estrella muerta
la última luz que se deshace
en un temblor como de lágrimas,
todo misterio impenetrable?

En una hora más, en dónde
se tejerá la errante
malla invisible? Yo la siento
dentro de mí, en intensa
labor de penas y de imágenes.



VIENTO DE LA MONTAÑA


Viento de la montaña,
qué sutiles cadencias
en tu canto profundo!

Los árboles suspiran
en tu queja, y los pájaros
y la yerba menuda.

Al rizar las corrientes
un mensaje amoroso
del océano entregas.

Viento de la montaña!
esta noche contigo
quiero ir y vagar

por las ásperas sierras,
por los valles fecundos,
por las nieves azules;

ser eco en la hondonada,
ser gemido en los bosques,
ser vapor en las nubes.

Y si me dejas solo,
ser bandera de luna
o fugaz llama de oro.



HELADA DE NOVIEMBRE


La luna palidece
ante el primer dulce reflejo
del alba que ya viene.

Cantar, cantar de pájaros.
Salud del mundo, locura celeste.

Hubo helada en la noche.
Agua fina de nieve
cayó sobre la viña en brote…
y al alba y al sol teme…

Haya un viento, Señor, haya una nube
que la defienda,
                            ágil,
                                      leve.



LA BATALLA


En qué resquicio de qué viejo tronco
pasó el invierno la culebra?
Dormida estaba, y ya tan largamente,
que se sorprende de las hojas nuevas.

Se estira al sol. Se enrosca. Tiene un hambre
devoradora… Asecha.
La tierra florecida se ve hermosa
como no lo recuerda.

Se oye un acorde fino de cristales,
y la obsede y desnuda su fiereza:
sapitos que en la tarde se solazan
celebrando la primavera.

… Cautelosa camina.
Y va hacia ya y se acerca…
Anda orgullosa de su traje nuevo
que a la luz espejea.

Llega. Unos ojos puros y asombrados
la miran. Es la presa.
Pero hay que dar batalla…
El sapo traza un círculo en la arena

y al centro él…
                         
                          No pasará la tarde
sin que el término vea:
la culebra arqueándose silbante,
triunfadora, siniestra.

Y una armonía menos en el canto
múltiple de la tierra!



GUANAY


Guanay, guanay, amigo! Tus barbas están blancas,
tus manos están trémulas; en tus ojos vacila
una luz de otros tiempos. El río ya no lleva
la lenta caravana de las velas henchidas.

Añoran tus recuerdos las historias lejanas,
cuando tú eras el héroe de las duras corrientes.
Tu torso se encorvaba, puntero de los cables,
y tu pecho crujía ardoroso y potente.

Y luego en el remanso, la arena acogedora
y aquel pan que amasabas y en la arena cocías
y el odre palpitante, con una mano abierta,
destilando un licor, el mejor de la vida.

Buen viejo, se perdieron las barcas una a una,
se apagaron los fuegos de la orilla en silencio
y el cuerno que anunciaba los arribos forzados
no se oye ya en las faldas ásperas de los cerros!



FANTASMAS DEL RIO…

Fantasmas del río. Barcas
que lejanamente ondulan
con remos que son espejos,
con velas que son espumas.

Barcas que evocan leyendas
de heroísmos y pasiones,
como que en ellas vivían,
más que en la tierra, los hombres.

La montaña se iba al río
a navegar por sus aguas
y con ella amor, fatigas…
El romance y la guitarra.

Camino del mar se fueron
una a una, flor a flor,
onda a onda, canto a canto,
isla a isla,
                   y vuelven hoy.



LEYENDA DE LA CRUZ DE MAYO

Noche de mayo. La montaña
enrojeció de hogueras.
Corre su resplandor por los follajes
y sube a las estrellas.

Bulliciosas comparsas
vienen y van. Celebran
esta noche de mayo
con fuegos, oraciones y leyendas.

Cuentan que en esta noche
las almas prisioneras
rondan libres; que buscan los caminos
de Dios; que van inciertas
con su esperanza…

oscuros los caminos
y ellas errando ciegas…

Y han de buscarlos y seguirlos
antes que el alba venga;
seguirlos hasta que de gracias ungidas
en ellas la paz sea.

Las almas de los muertos andan libres.
Hay que alumbrar la tierra…
Los caminos de Dios están oscuros
y pocas son tantas hogueras.

Ellas, las vagabundas,
agradecen la ofrenda.
El alba encontrará por los caminos
olor de flores frescas.



CUANDO YA TODO SEA EN MI ESPIRITU, NIEVE…

Cuando ya todo sea en mi espíritu, nieve
o adelfa triste, nieve o muriente malva,
me diré: y este frío? y esta lumbre tan leve?
Y no sabré del alba!



ARMANDO ULLOA (6)

Gimió la conseja
de la agorería.
Tocaba las puertas…
Nadie lo creía.

Su hermoso ardimiento
-quién iba a pensarlo-
lo adurmió la nieve…
No ha de despertarlo.

La heredad sedante
está triste, triste.
El río, las barcas,
saben que no existe.

Con el don del canto
lo signó el amor:
la flor era estrella,
la estrella era flor.

Refugio en sus versos
halló la montaña.
Sentíase en ellos
la humilde cabaña.

Cantaban los árboles
sin saber cantar,
soñaban los pájaros
sin saber soñar.

La heredad ya sabe
que no volverá.
El adolescente
no cantará más.

Agua será el agua,
la flor será flor,
espiga la espiga,
y el dolor, dolor…

Gimió la conseja
de la agorería…
Tocaba las puertas…
Nadie lo creía.


(6) Poeta de Huinganes, pueblo ribereño cercano a Infiernillo, fallecido en 1928 a los 29 años.



De “ANTOLOGÍA POETICA”, “VERSOS INEDITOS”; Santiago, 1952.



PÁJARO NOCTURNO

Tucúquere… Tucúquere…
Y la voz soledosa
se repite cansada.

Tucúquere… Tucúquere…
Acento fatigado
de una misma tonada.

Tucúquere… Tucúquere…
Y se va sollozando
en la noche callada.



            INSTANTE

            Señor! Señor! qué extraña
la palabra del viento;
murió la poesía
de la tierra y el cielo.
¿En dónde la morada
de los remotos sueños?

Sólo angustia en la sombra
de la noche sin término!



VIVIR

Vivir, vivir. Cansancio de la noche.
Quién solloza, quién gime?
Hay que apurar el paso. Alejarse, alejarse
en la sombra sin límite.

Y más allá, será lo mismo? Puede
que ni el viento suspire.
Un camino en silencio, en silencio absoluto
las sombras invisibles.



MI LUZ (7)

Entre las densas sombras
hay haces luminosos,
y las rocas que se abren
se llenan de colores y de esencias.
Sin embargo es la noche
pesando sobre el alma.
En dónde estoy ¡Dios mío!
que no veo las sendas?

Pasen, pasen las horas.
Adiós, albas de fuego.
Hay una luz que es mía solamente
Y me llega a través de toda sombra.



(7) Último poema de Jorge González Bastías, escrito a horas de su muerte.






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