lunes, 5 de noviembre de 2012

MARIE LUISE KASCHNITZ [8264]




Marie Luise Kaschnitz
Marie Luise Kaschnitz (* Karlsruhe, 31 de enero de 1901 - † Roma, 10 de octubre de 1974). Escritora alemana de cuentos, novelas, ensayos y poesías, es una figura importante en la literatura alemana del siglo XX.
Hija de un General de División, estudió en Weimar para ser bibliotecaria. Posteriormente trabajó en una editorial en Múnich y luego en una librería en Roma. En 1925 contrajo matrimonio con el arqueólogo Guido Freiherr Von Kaschnitz-Weinberg con quien residió en Roma, Königsberg, Marburgo y Fráncfort del Meno; con él también viajó por Francia, Italia y Grecia. En 1941 se establece definitivamente en Fráncfort del Meno y tras la muerte de su marido, en 1958, vivió temporalmente también en su residencia familiar de Bollschweil, cerca de Friburgo de Brisgovia.

Obra

Sus cuentos, por los que recibió importantes reconocimientos, son de tipo psicológico y expresan con gran belleza poética sus propios puntos de vista en diversas etapas de su vida.
Entre ellos destacan Lange Schatten (Largas Sombras), Das dicke Kind (El niño gordo), su cuento favorito, y Popp und Mingel (Popp y Mingel), en el que, contando una anécdota cotidiana, narra la experiencia psicológica de un niño que se da cuenta que acaba de dejar de serlo para convertirse en un adolescente.
El viajar y residir en diversos lugares influyó en toda su obra y más concretamente en Orte (Lugares). En esta recopilación de apuntes, que son como pinceladas nostálgicas y sugerentes, recuerda lugares y ambientes de Alemania y de otras partes del mundo.
Recibió varios premios durante su vida siendo los más importantes el Georg-Büchner-Preis, en 1955, y el Premio Roswitha, concedido en 1973.
En 1984 la Evangelische Akademie Tutzing creó en su honor y recuerdo el Premio de literatura Marie-Luise-Kaschnitz-Preis.

Obras traducidas al castellano

Lugares (Orte) (Editorial Pre-Textos, 2007. Traducción de Fruela Fernández)
Aún no está decidido (Steht noch dahin) (Editorial Pre-Textos, 2008)
La Casa de la Infancia (Das Haus der Kindheit) (Editorial Minúscula, 2009. Traducción de Rosa Pilar Blanco)





Muevo yo la rueda

El blanco del invierno aún agarrado a la cumbrera
perce-neige
tú, tierna diana.
En un santiamén
me corre en torrente el agua de deshielo
derribo al negro muñeco de nieve.
Muevo yo la rueda de mi año
hacia las rosas
y más allá del verano
hacia dentro de la hojarasca de la papa
y por sobre el otoño
de prisa
de prisa
adónde.






Elogio de los sentidos

Pensar, que para ti algún día el sabor frutal,
del vino el seco aroma como hoy se saborea,
que voluptuosa tu mano en sensación igual
se curva en torno a forma pura de la esfera,

que aprecian tus ojos en musgo entretejido,
en el juego de ondas, igual felicidad,
oh, la eternidad de los sentidos,
para los que rosa es rosa por siempre jamás,

aunque el jardín se esfume y violenta la hora
te baje más y más la alborozada cabeza.
Crecen, incontenibles, nuevas fuerzas

hacia tu corazón, del ámbito de las cosas.
E intuyes en el tiempo al ver, al escuchar,
de las que son mudables, la continüidad.






Otoño en Brisgovia (I)

A tres pasos de mi casa paterna
salté sobre mi sombra.
Pendían allí los tejados cumbrera abajo en el azul
los tilos arraigaban en el lecho de nubes
los muertos levantaban vuelo desde la viña
extrañas aves.

Vestido con la lana gris de la clemátide
desciende el otoño de la altura.
Está sentado al lado de los niños junto al fuego en el prado.
Ellos asan las ranas
ellos quebrantan los muslos
ellos sacan cuando anochece
de la negra silvestre hojarasca de la papa
chispas como estrellas.
El vórtice de las golondrinas es más fuerte que todo lo otro
del prado centelleante alza extendiendo el atemporal
y las nieblas que vienen y huyen.
Porque los estorninos gritaron tan alto en el cielo
abandonan las abejas la hiedra
y las vacas la huerta de manzanas
las hojas del tilo se dejan caer
y las hojas de las rosas.
Un tren saliendo de la aldea
los gigantescos girasoles por delante
las negras silvestres medusas.

Hacia el peñasco en el bosque asciende la niebla.
Entierra en la ladera las hayas y la vid.
Donde por lo común se entrelazan las raíces hirsutas
penden jarcias grises de las arandelas de hierro.
Valvas petrificadas se tiñen de tonos opalinos
por sobre el mar llegan los veleros perdidos
y niños van a dormir en la gruta.
Tenues esqueletos se tienden a descansar.

En la hondonada avanza la pequeña procesión
Jesús tallado en madera
sobre el asno tallado en madera.
Jesús con mejillas rosadas
las rueditas chirrían y cantan
una corona para mí una corona para ti
del rojo agracejo.

En el surtidor cae la noche
como una piedra del cielo.
Golpea al angelote en el ancho rostro,
le desprende hacia abajo los rizos.
Sobre la rosa la vacilante sonrisa
flotan los peces muertos.

En el este verde está parado el príncipe del mundo
la flor en la mano.
En el oeste rojo asciende con manos de lirio
la carne hacia el cielo.
Mi lecho la madera leve
flota en la corriente cubierta de arena.
Los relojes repican. No hay lapso válido.







Yo y Yo

Mi Yo y Yo
uno está en pie
tiene aún en cuenta
toma aún el puñado
siente aún el sudor de perros
el mordisco del invierno.

Uno hace ya tiempo
vuelto a la pared
lee en la argamasa
el volante de los sueños
ve uno transparente
ambulante una luz.

Yo dice a Yo
persevera.
Yo pregunta a Yo
¿por amor a quién?
Yo dice a Yo
Lleva hasta el fin.
Yo pregunta a Yo
¿por qué?

Yo el pez
Yo la nasa
Yo la manzana
Yo el cuchillo
Yo el grano de maíz
Yo la gallina
Yo el hilo
Yo la aguja.
Yo la aguja atrapa el hilo
hace el rojo
punto de cadeneta.

(Traducción: Héctor A. Piccoli)








Treib ich das Rad

Das Winterweiß noch angekrallt am First
Perce-neige
Du zarter Weckruf.
Im Handumdrehen
Strömt mir das Schmelzwasser
Stürz ich den schwarzen Schneemann.
Treib ich das Rad meines Jahres
Den Rosen zu
Und über den Sommer hinaus
Ins Kartoffelkraut
Und über den Herbst
Eilig
Eilig
Wohin.





Lob der Sinne

Zu denken, daβ dir einst der Früchte Kühle,
Der herbe Duft des Weins wie heute mundet,
Daβ deine Hand im selben Lustgefühle
Sich um die reine Form der Kugel rundet,

Daβ deine Augen im Geflecht der Moose,
Im Wellenspiel dasselbe Glück ermessen,
O Ewigkeit der Sinne, denen Rose
Für immer Rose bleibt, ob auch indessen

Die Gärten schwinden und der Tag gewaltsam
Das freudige Haupt dir tief und tiefer zwinge.
Es wachsen neue Kräfte unaufhaltsam

Zum Herzen Dir aus dem Bereich der Dinge.
Und schauend, lauschend ahnst du in der Zeit,
Der wandelbaren, die Beständigkeit.







Herbst im Breisgau (I)

Drei Schritte von meinem Vaterhaus
Bin ich über meinen Schatten gesprungen.
Da hingen die Dächer firstab im Blau
Die Linden wurzelten im Wolkenbett
Die Toten flogen vom Weinberg auf
Seltene Vögel.

Gekleidet in die graue Wolle der Waldrebe
Steigt der Herbst von der Höhe.
Sitzt bei den Kindern am Wiesenfeuer.
Die braten die Frösche
Die knacken die Schenkel
Die schlagen wenn der Abend graut
Aus dem wilden schwarzen Kartoffelkraut
Funken wie Sterne.
Der Sog der Schwalben ist stärker als alles andre
Er zieht aus der glitzernden Wiese die Zeitlose auf
Und die Nebel die kommen und fliehen.
Weil die Stare so hoch im Himmel schrieen
Verlassen die Bienen den Efeu
Und die Kühe den Apfelgarten
Die Blätter der Linde lassen sich fallen
Und die Blätter der Rosen.
Ein Zug dorfaus
Die riesigen Sonnenblumen voraus
Die wilden schwarzen Medusen.

Dem Fels im Walde steigt der Nebel zu.
Begräbt am Hang die Buchen und den Wein.
Wo sonst die rauhen Wurzeln sich verschlingen
Hängt graues Tauwerk aus den Eisenringen.
Versteinte Muscheln färben sich opal
Meerüber kommen die verlornen Segelschiffe
Und Kinder gehen schlafen in der Grotte.
Feine Skelette legen sich zur Ruh.

Im Hohlweg zieht die kleine Prozession
Jesus aus Holz geschnitzt
Auf dem Esel aus Holz geschnitzt.
Jesus mit rosenroten Wangen
Die kleinen Räder knarren und singen
Eine Krone für mich eine Krone für Dich
Aus der roten Berberitze.

In den Springbrunnen fällt die Nacht
Wie ein Stein vom Himmel.
Schlägt dem Putto ins breite Gesicht,
Reißt ihm die Locken herunter.
Auf der Rose dem schwankenden Lächeln
Treiben die Fische tot.

Im grünen Osten steht der Fürst der Welt
Die Blüte in der Hand.
Im roten Westen steigt mit Lilienhänden
Das Fleisch gen Himmel.
Mein Bett das leichte Holz
Treibt auf dem versandenden Strome.
Die Uhren schlagen. Keine Stunde gilt.







Ich und Ich

Mein Ich und Ich
Eines steht aufrecht
Faßt noch ins Auge
Greift noch die Handvoll
Spürt noch den Hundsschweiß
Den Winterbiß.

Eines schon lange
Zur Wand gekehrt
Liest auf dem Mörtel
Die Flugschrift der Träume
Sieht ein durchscheinendes
Wandernd ein Licht.

Ich sagt zu Ich
Harre aus.
Ich fragt Ich
Wem zuliebe?
Ich sagt zu Ich
Bring zu Ende.
Ich fragt Ich
Warum?

Ich der Fisch
Ich die Reuse
Ich der Apfel
Ich das Messer
Ich das Maiskorn
Ich die Henne
Ich der Faden
Ich die Nadel.
Ich die Nadel fängt den Faden
Zieht den roten
Kettenstich.

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