martes, 6 de noviembre de 2012

ANALÍA MEHLBERG [8293]


ANALÍA MEHLBERG
Analía Mehlberg nació el 12 de abril de 1958 en Buenos Aires, Argentina. Es Profesora en enseñanza preescolar, poeta y narradora. Se desempeñó como docente y directora en diversos Jardines de Infantes de la provincia de Buenos Aires, colaboró en diferentes proyectos educativos y en 1997 publicó “El juego dramático”, documento de soporte para docentes. 
Es estudiante avanzada en la carrera de Letras en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. 
Sus textos han sido reconocidos con numerosos premios y menciones entre los que se destacan el Primer Premio Leopoldo Marechal 2004 (Poesía) y el Premio Publicación Universidad de Lomas de Zamora (Narrativa infantil)
La hija del carnicero es su primer libro de poemas.






La hija del carnicero




La niña baja la persiana

hora de limpiar
con un cuchillito raspa las maderas
separa sebo coágulo nervio
tiñe el trapo rejilla
dedos pequeños envuelven el mango
limpia la sierra encendida
sonidos con olor a cartílago
mano seca uñas comidas
retira dientes de la máquina
raspa la silueta del instrumento
gira la rueda sin premio
desechos tapan el soborno
gira la sierra los restos
cenizas de hueso
alimento para gallinas
polvo de vaca en el aire
en el silencio de infancia
dialogan las víctimas
lengua que saborea rencor
la niña baja la cabeza
hora de callar









Dibuja la tierra y el cielo




Firme en la distancia

pule la piedra con ojo y sudor
algún dios da en el blanco
salta se ríe
algún demonio tira afuera
llora se enoja
La niña dibuja la luz y el infierno
débil en lo cercano
ata cordones con plumas y dientes
algún demonio lo suelta
sangra se cae
algún dios moja piel
duda se mira
Olvida la tiza y el cielo
muerde los límites
ni dios ni demonio








El tiempo del insomnio




dos relojes en la hora

el tictac de uno el tictac del otro
el tiempo que en realidad es el mismo
En medio de ellos soy un péndulo que se balancea
un poco mareado
habitado por un desconcierto uniforme
el tiempo que en realidad es el mismo
El tiempo de mis ideas
del amor que reposa cuando se cansan las agujas
El tiempo de la memoria
amigos desleales en el instante que se reparten los naipes
el tiempo que en realidad es el mismo.
El tiempo del relato
que enhebra significantes imaginando sentido.
El tiempo más largo
la espera
donde nada suena
ni el reloj
ni el teléfono
ni el latido
el tiempo que en realidad es el mismo.









Sujetos y cosas




De sujeto a sujeto

se teje un hilo fino transparente del que cuelgan las cosas.
A veces las cosas se caen y se pierden en un abismo sin nombre
sin agua
sin aire.
Las cosas colgadas bailan danzas en tiempo presente
hablan entre sí tironean sin temor a caer.
A veces muerden con ojos perversos con dientes sin filo y 
desgarran algo que se pone /entero.
Algunas cosas siempre siguen ahí:
para que los sujetos las nombren con letras robadas quién sabe a
qué huellas
para que se las apropien como la tinta de un tatuaje que será para siempre
para que las compartan en los pálidos nudos de las identificaciones que resaltan en el /rústico tejido.
Cada sujeto pinta las cosas del color que su razón le permite
textura con emociones disponibles a las tonalidades de la memoria.
A veces sin la ayuda de magos o dioses penetran en moldes mágicos y esas actrices /sagradas transitan las historias como camellos en un paisaje egipcio.
A veces las cosas miran a los sujetos y se ríen en el silencio propio de las cosas.
Los sujetos creen que las cosas cambian
y que ellos
a veces sí
a veces no
cambian las cosas.
A veces
algunos sujetos
creen
que son cosas.








Rapsodia urbana




La fisura del empedrado arruga la cara

una mueca de asfalto tira bolitas fuera del hoyo.
Dicen que la santa de las cumbias sacó su corona de flores y la tiró al río.
El río odia al asfalto
pero de noche
espía.
Su extrañesa ilumina con luz roja mientras la rancia neblina deambula sola.
Entre los demonios perdidos
las medias no encuentran las patas flacas
la chapa de Pepsi mira desconfiada al televisor roto
una botella verde llora vacío
y ese olor
ese olor que habla sin eses y escupe estrellas.
A la hora del tango comienza el baile:
las máscaras caen, sus risas de plástico beben el humo de la yerba mala
los carros de ruedas sin dientes devoran cartones.
La memoria adoquín, meada por los gatos, duerme en los techos.
Quizás la despierte el sol molesto y la deje ahí.
Ahí
donde los cadáveres y los perros no aúllan
donde se teje el asombro con hilos de sospecha
donde la luna se equivocó de paisaje
donde late mortecina
la rapsodia urbana.



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