lunes, 22 de octubre de 2012

PABLO CHACÓN (8152)




Pablo Chacón nació en Mar del Plata, ARGENTINA en 1960. Como segundo oficio ejerce el periodismo. Publicó por Libros de Tierra Firme los libros, El grano del invierno (1994) y El Espía (1997), autor de la pequeña novela de amor "Digestión lenta" (2008), la crónica "El misterio argentino" (2002) y el ensayo "Historia universal del insomnio" (2004) y “La insuficiencia”, un texto en el que cruza de manera convincente biografía y ficción al relatar los días de sufrimiento de un personaje que se debate entre la vida y la muerte a la espera de una operación de corazón..






El odio es uno de mis temas favoritos.
El odio es mi tema favorito.
El odio que se hace fuerte a la madrugada,
después de tomar un vaso de leche fría
y caminar por la casa en puntas de pie,
como un fugitivo

que se mira, en puntas de pie, frente al espejo,
cada día más parecido a sí mismo






Olvidar lo que pasó,
vender la casa, entregar las llaves, el gato,
borrar la agenda, empezar de cero

es una ilusión que puede cultivarse un tiempo,
lo que tarda en conquistar la seguridad
para salir y decir: consagré mi vida a los demás
los resultados aquí están, a la vista.






Con cierta frecuencia veo a una mujer sola
en el parque inmenso
sentada
leyendo o perdiendo el tiempo.
Al caer la tarde
ya no está.
Nada lo indica, pero supongo que eso espero.







El Espía

A largo plazo, todos vamos a
estar muertos.
John Maynard Keynes

Pesa, mojado, cuarenta kilos: el pelo al rape.
        Tirita, como un sonajero.
             Escucha, sentado, de frente
a una persiana caída
las voces de la calle y las latas satar a piedrazos.
Se mira las uñas, el diente podrido en el espejo.







Me dijeron a las diez en punto en tal sitio
y ahí estuve. Fueron llegando de a uno
y el último, borracho.
            Bebimos y comimos.
Hasta el final: quedé solo otra vez,
bajo las estrellas; 
y pude dar, como me aconsejaste,
dos pasos adelante y uno al costado.
Así llegué: en pleno invierno.






La hora o el grano de la luz
dibujan un rastro largo en su cara;
distinto al del fuego,
entre los árboles.
           Lo encontraron unos hombres
           que desenterraban huesos, o cuerpos, 
seguidos por un perro.







Cuando la cabeza del yonqui cayó sobre el plato
Tirana era una ciudad asediada.
El yonqui se levantó, sucio de ketchup
y no tambaleó al salir: las madres se apuraron,
del otro lado de los ventanales arqueados de neón
verde y amarillo.




Otra vez me levanto de la cama, empapado,
como impulsado por un grito. Pero no: nadie grita.
Nadie mira. Tomo agua. La luz de la mañana
ya se cuela, y no sé si estás dormida o simulás.
En esos momentos quiero creer que soy otro,
alguien que se acerca y escucha tus suspiros cortos,
como los de quien espera, sola frente al mar.





La vida social es extraña:
requiere independencia, sentido de la oportunidad,
un resto de buen humor, saber hacer,
llegar y partir.
La vida social es estúpida, pero mucho menos estúpida
que la cordial soledad de ese pusilánime
que mira por el ojo del sauna
y hace la mueca
cómplice
de los hombres que se ríen ahí dentro,
a falta de mujeres.





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