jueves, 18 de octubre de 2012

JUAN CRISTÓBAL MC LEAN (8090) Poeta de Bolivia





Juan Cristóbal Mac Lean 

(1958) Poeta, ensayista y pintor boliviano. En poesía ha publicado Paran los Clamores (1996), Por el Ojo de una Espina (2005) y “Tras el cristal” (2012).  Transectos (2000) y Fe de errancias (2009) reúnen textos suyos en prosa. Su poesía está recogida en diversas antologías. Colabora con periódicos y revistas de Bolivia.


Viva buda

en vez de tener una sola camisa
tengo cientos de corbatas
cajones atestados y roperos
varios guatos de zapato enormes
espejos
me visto muy bien
me visto muy bien lo repiten
las tiernas lavanderas
que en turnos diurnos y nocturnos
lavan mi ropa
antes de dormirme apago melancólicos
cigarrillos
en mis sábanas trajinadas
y al verme las jóvenes costureras
que en turnos diurnos y nocturnos en
vano
las remiendan lloran emocionadas
preguntándome cómo he dormido
en vez de tener una sola camisa
tengo cientos
cientos de camisas que varios diáconos
exactamente en los turnos arriba
mencionados
bendicen en aguas consagradas y
demás inciensos
sobre todo me gusta ver y he de decirlo
aunque desdeñe toda confidencia
me gusta ver mi ropa secándose al sol
qué hermoso espectáculo
hasta donde se pierda la vista
tantos techos balcones antenas de t.v.
y hasta estaciones ferroviarias canchas
de fútbol
que he tenido que alquilar por los
barrios
de las lavanderas tan tiernas
de las costureras tan jóvenes
que me visten emocionadas
¿que si soy feliz?
— me preguntan sabios venidos de
todas partes
pues claro que lo soy
y precisamente, sépanlo de una vez: la
camisa del
hombre feliz esa famosa camisa yo se la
presté
y a veces buda en persona
viene a mirar conmigo
el paisaje
el paisaje
de mi única
camisa
secando al sol
— vaya,
me dice buda
lacónicamente
: qué bonitas camisas
maestro tómame tómame la que quieras
aquella, me dice esa de allá





Hay que coser estas nubes 

Hay que coser estas nubes
a la cordillera en deriva
y parchar los visillos deshechos de la mirada
al hambre pelada de los paisajes
a sus iris transparentes,
a su vieja piedad por nuestro nombre.

Hay que coser un hálito a la voz,
una sed a la saliva
y un punto ciego tras los párpados.

Hay que coserle al viento
un canto de botánicas amotinadas
y al cuello un suspenso
de diarias serpentinas.

Tal vez así las cosas
sepan irse solas
o por lo menos encontrarnos
en su deriva.





Tal vez no todo

Tal vez no todo
esté roto
sino sólo enormemente averiado,
agazapado en una herida
ya franqueada,
reacia a toda cicatriz.

Y entonces aún hay quizá
un tiempo
en el que no morir antes
de la muerte
ni ser a trizas anticipado por la vida,
un lugar en el que abrigar lo astillado
y dejarse perdonar por el barro,
ser apenas su propio límite,
su caída intacta.

[de Paran los clamores]






Mapa

Todo yo limito con el aire.
El aire me dibuja, como si yo no fuera más que
un hueco, un vacío dibujable, un tropiezo del
viento o, porqué no, nada más que una
responsabilidad del aire.
A este paso
mi piel no es más que la fugaz ilustración de un recorrido
entre la geografía del Diluvio.

Y vuelve Alejandría.





Lullaby

las prendas las costuras
de los muertos
los trapos de los vivos
me dedico a lavar:
soy la empleada

hundo mis manos
en el agua helada
para que puedan ir limpios
y besados
y apedreados:

mis niños amados, mis fantasmas regalados

que nunca volveré a ver






A una comensal 

                   a A une passante

Ensordecedores, alrededor mío, gritaban parroquianos.
Alta, delgada, de negro ceñida, recatado paso,
una mujer llegó, de sandalia muy desnuda.
Elevando, equilibrando el talón, la pantorrilla;

Dubitativa y común, con su pierna de estatua.
Yo almorzaba, extravagante como ante un arroz.
En su mirada, cielo tímido en que afloraba el divorcio,
la dulzura que se agota, el placer que desespera.

Un camarero… ¡luego el menú! Fugitiva vecina
cuya mirada pronto me declaró otro apetito,
¿volveré a verte en otra parte?

¡En mi cuarto, tan cerca de aquí! Mañana, tal vez,
¡aunque ignoro lo que comes, tú no sabes lo que bebo!
Oh tú que podría devorar, oh tú que acaricias el mantel!





Vals del Nuevo Año por el río Hernani

ha llovido toda la noche
hasta la alacena vacía
hasta entrarse a mi casa la cloaca rota riada
llegué de madrugada
salvé a mis cuatro hijos
el perro murió ahogado
¿habrá cielo para los perros ahogados?
salvé hasta la sal y el pan mojados
unas latas,
mi carnet
ahora la muerte me parece un vals.

[de Por el ojo de una espina]





Atravesando a pie el domingo

Atravesando a pie el domingo, tropezando entre sus ruinas
ya no encuentro la ciudad en que no estoy
ni la quebrada a cuya orilla olvidé mi frente.

Entre yo y el que mira esos senderos,
el que cierra la puerta de una casa al irse
y luego vuelve a estudiar en plazas muy vacías,
como si fuera otro domingo,
se interpone el  humo de las quemas abusivas, llega
la sombra de unas llamas que pidieron
menos aún que el pan.

Y vuelve, dulce y espantosa
a rozarte una mano no vista,
al girar la esquina
en la que no estás y solo repites
la mejilla pura, su invisible cicatriz.

 Será el domingo.

Será ese banco de parque, esa cáscara de mandarina
puesta a aguardar el resto de los días.
O aquel heladero que no atraviesa el domingo
-se ha quedado tropezando entre sus ruinas-
y solo deja sonar su bocina,
mientras las cosas generales
vuelven a quemarse en la justa realidad.




Amanece  de rodillas 

amanece  de rodillas hundes
las manos en el barro
en la tierra escarbas
meditando un hoyo
en el que aparecen hormigas rojas
hojas muertas y lombrices,
raíces vivas
despertadas
por la desenterrada aurora

amanece hunden los pájaros
sus alas en el cielo
escarban el fondo azul
aparecen nubes blancas
recobra la luz
puntual
su amada sombra

amanece hunde aquel caballo
aterido por el bosque
por la noche
sus cascos en la tierra
buscando el doble fondo
de estar vivo y relinchar
ser pelaje puro brillo
bajo los primeros rayos
que van tenues invadiendo el aire todo:

amanece abre el amor su boca sucia
hunde sus manos en la sangre
confunde alas y praderas,
las manos
por lo enterrado
por las manos

y va saliendo el sol
se extravían libres
falanges y gusanos, fervores embarrados
y las nubes los primeros trinos
los relinchos:

se va cavando el día







Tres cosas en noviembre

La mesa

La mesa toda
depende apenas
de la justicia de su mástil:
este florero
que desordena la línea recta
de la que la luz huye
al sumergirse entre las flores
puestas en la madera de la mesa.

Y abajo el maderamen de naufragio
su herida ley bordada en el tapete
la carpintería de las barcas hechas tablas

el posible pan
que hunde la madera.



La luz

Atraviesa el cristal viniendo
de no se sabe dónde
y se derrama en polvaredas que ilumina,
cae sobre el doméstico pacto
de vivir, hace entrar en duda
al florero
transparente.


Las flores

Simplemente están ahí, entre otras cosas
que hay en la mesa, por mucho que esté lloviendo
tan desordenadamente
que un rayo de sol cruza la lluvia cruza
la ventana, el cristal de la ventana
y el pétalo amarillo, descubierto por la luz
se queda quieto más allá
sin respirar
cuidando del florero
del mundo
y quizá de algo
de la luz.





Quién habrá escrito tu primer cuaderno

Quién habrá escrito tu primer cuaderno.
No puedes haber sido tú.

¿O te aplicaste una vez
a los variados destinos de la letra Palmer
y redactaste la suerte
de los gatos y la ge
de tu mamá y la eme,
creyendo que ibas a la escuela?

O es posible, tal vez seguro,
que hayas sido tú:
existen una pequeñas fotos viejas
en las que estás sentada en un pupitre escolar.

Ya amabas al fotógrafo,
ya amabas la madera.




Selección y comentarios Emma Villazón.
Juan Cristóbal Mac Lean
http://blog.eternacadencia.com.ar/
Además de poeta, Juan Cristóbal es pintor, traductor de poesía en lengua inglesa y francesa, y ensayista. Ha publicado tres libros de poesía: Paran los clamores (1996), Por el ojo de una espina (2005) y Tras el cristal (2012). En los dos últimos, en especial, se puede ver una poesía marcada por una dificultad de decir, entre otras cosas, la muerte irrevocable, la propia como la de los otros, y las relaciones con Eros, sin dejar de lado las referencias a una sociedad moderna que va de caída, donde la muerte y el amor justamente han dejado de ser asuntos severos.

En estos merodeos sus textos acaso quizás trabajen el fracaso de decir, pues tienden a desdecir o destejer lo dicho de manera permanente, demorando o desorganizando el sentido hasta difuminarlo. Esta exploración del decir se trabaja con intensidad en el memorable libro Por el ojo de una espina, allí un gran número de poemas se hila a través de juegos de palabras homófonas y parónimas, repeticiones de sílabas o cortes inesperados de palabras, que hacen de los textos una especie de balbuceos entrecortados. Aquí un poema de ese libro.

Una ola un canto una oda
una onda honda me pierden y persiguen
de puro tanto devolverme:

me negocian
al sólo precio de ser nacido,

reclaman la deuda del primer grito
recuerdan que es mi ombligo un documento:

qué será mi vida
embargada por la muerte.

Pero si pudiera saldar, es decir cantar, es decir
yo mismo hacer de mí una oda, un adobe
vecindando una ventana,
renuente ya
o quién sabe
si más ávida
             dulce hacia un coro pasar me deje
me desteja en el umbral
de otro corazón
en el que ya canto y ya estoy muerto y
aún de odas, de ondas y de hondas deseoso
huyo
ya que el cerco de morir o de cantar

cava clava el óbolo de parcas
redenciones
muy lejanas si ya he muerto

y me procuro todavía la mi
la mi
sal y mi alarido, mi salario
de vivir
por estar vivo:



En Por el ojo de una espina, además, la parodia humorística aparece en los poemas para distanciarse de la tragedia que podrían implicar unas imposibilidades amorosas. Uno de sus poemas paródicos más conocidos es “A una comensal”, exquisito poema donde hay un trabajo intertextual de “A une passante”, de Ch. Baudelaire, pero del cual se diferencia al quitar al hablante el tono trágico del poeta maldito e introducir la ironía en el hablante sobre sí mismo. Un poema que tiene una gracia similar es este.

Cintias citables

Los vericuetos que da el Saber
ejercitan curvas y memorias y palabras
alguna vez dichas por algunos labios
cuando no
por las caderas de Cintia
que en otoño piensa en Aristóteles
y ondula hacia causas eficientes.

Así, ¡conocer el desempeñarse de mónadas
leibniznianas,
átomos de Lucrecia, clinámenes de Lucrecia,
cuando Cintia se suelta el pelo!
Es como ver
lo que alguna diminuta eternidad habrá visto
al ver a una supernova soltarse las estrellas
y desparramarlas por la piel del universo.

O quién sabe son, los cabellos de Cintia,
al soltarse su cinta de Moebius
el revés de Cintia
que erudita en astros derramados,
se pone en constelaciones a pensar
y de las estrellas fugaces
se pone a ser su dicha
ser su cita.

Para concluir, un poema de su último libro Tras el cristal, donde de manera similar al anterior tiene lugar una sutil ironía, pero ya no relacionada con el erotismo, sino con el oficio de escribir: el poeta como una vaca extrañada, de lengua coja.



Canto de la vaca que trota porque sí

Los campos de Dios, tu
mano, tu mano que no lleva guantes
el alfa alfa turbia de la verdad
ese casco que insistente miro
buscando el doble fondo de la tierra
mientras los belfos me ven
ascender por las praderas.

Luego espantada caigo
                        de los cielos
Me rompo el lomo en la tierra.

Soy un animal
apenas una vaca prometida al holocausto
y tonta
contemplando las praderas.

Solo quedan mis ojos grandes
mis pestañas grandes.

Esta contemplación sorda, constante, inacabable,
                    propia de una vaca.

Y ruedo entera yo,
                    Otra vaca
Otra cabeza de vaca
soñando
que trotaba

pezuña esta lengua

que se espina
pronunciando
el barro

—ella misma huella
                    que cojea
en la saliva
                    náufraga:






.

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