jueves, 18 de octubre de 2012

JUAN CARLOS RAMIRO QUIROGA (8089)




Juan Carlos Ramiro Quiroga
Nace en La Paz, BOLIVIA el 11 de marzo de 1962. Literato, periodista y padre de familia. Durante mucho tiempo asumió los dictámenes fundamentalistas del Corán. Ahora practica el protestantismo anglosajón, sin estigmas ni exclamaciones.
Hacia 1992 conformó el grupo denominado Los jinetes del Apocalipsis junto con Jorge Campero, Edmundo Mercado, Rubén Vargas y Renato Careaga (compositor). Con ellos edita la revista literaria El Cielo de las Serpientes, publicación sui géneris en la cual se expone por vez primera para el medio boliviano la poesía contemporánea del país.
En 1995 impulsó la creación del Club del café y el ajenjo con Gary Daher y Ariel Pérez. Este concilio concreta el Primer Encuentro de Escritores de Bolivia y Chile en Santiago de Chile, reunión que poco a poco se ha ido consolidando como algo regular. La terna editó la revista Mal menor.
Ha publicado cuatro poemarios: El Pozo de Interminables Líneas: Cámara de Eco (1990), Cámara de Eko o el Pozo de Ariana (1992, reeditado en 2003), Errores Compartidos (1995, junto con Daher y Pérez) e Historia del Ángel (2003). Tiene dos textos inéditos: Turbaciones (de celo) ante la Gran Piedra (1993) y El Primero Amor (2001).
Su poesía está incluida en la Antología de la Poesía Latinoamericana del Siglo XXI (Siglo XXI, México, 1997), de Julio Ortega, compilador. También en Zur Dos. Última poesía latinoamericana. Antología de Pedro Yanko González y Pedro Araya. Paradiso Ediciones, Buenos Aires, 2005. El verbo descerrajado (Antología de poemas en solidaridad con los presos políticos de Chile), Apostrophes Ediciones, Santiago de Chile, 2005.  Hueso blanco: Reportaje a la mala lectura asediado por aforismos, sofismas, latiguillos, barbarismos y apostillas (2007).





el ángel de Jehová acampó a unos siete pasos de mi jardín
y me envío la plaga de las pulgas para que haga hablar a los mudos
y me arrojó la plaga de las langostas para que destierre demonios
y me mandó sapos para que sanara a los tullidos
e rebalsó las cañerías de mi casa con sangre de machos cabríos
para que bendijera a mendigos y proxenetas

todos los males han ingresado a mi corazón y yo sin quejarme
rascándome la sarna que me sale en las orejas
el moco con el que aprendo hacer gárgaras cada mañana
los dolores de cabeza que son tan intensos e imposibles de comparar
el sarro y los dolores dentales que imposibilitan mi ascenso burocrático
me hago el pavo y me quedo a medio camino sin plumaje
feliz como ninguno y más borracho que Villón

su bendición es una forma de maldición sino no tiene sentido
el ángel de Jehová me ha arrancado los últimos billetes y juega con mis rebeliones
he perdido todos mi dientes tratando de invitarlo a que pase a mis aposentos
nos hemos agarrado a golpes como adolescentes sin afrontar las pérdidas
el permanecerá a siete pasos de mi patio lleno de ojos únicos como la lechuza
henchido de “eso” que aborrecen los hombres cuando bailan la morenada

“verde que te quiero verde”, ya no sé ni lo que le canto
en las mañana le canto con todas las salivas de mi cuerpo
pero el ángel de Jehová me golpea, me desnuca y me deja sin cerebro
ando de espaldas al mundo con los ojos abiertos
naranja mecánica, me digo y eso parece sofisticarme aún más
sólo Gymnopédies me saca de este quicio y me deja en otro más reposado
sólo Satie tiene la clave de mis males y quisiera oírlo cuando muera

el ángel de Jehová me habla con palabras que son garabatos con errores ortográficos
en un idioma que parece inglés y que parece español y que parece guaraní
he hablado más lenguas con él que con otros tipos que conozco
pero el idioma que más le gusta es la fe en vivo y en directo
no le gusta la prosa, aborrece a tipos como Bryce Echenique
alias Vargas Llosa, alias Paz Soldán, alias Roncagliolo

creo que apenas nos conocemos y él me preserva
a veces creo que me conoce desde la placenta de mi madre
es imponente cómo su tienda ocupa mi jardín
las esquinas, las calles, los mercados y las plazas de la ciudad han quedado reducidas
La Paz ya no es la misma ciudad desde que el ángel de Jehová tomó mi jardín
algo ha cambiado irremediablemente desde que su espíritu acampó en mi lengua
ni mi cuerpo es el mismo ni mi alma es la misma
ni yo soy el mismo tipo que se acostó con millares de tulipanes

4.sep.2006






“véndame una tira de aspirinas”
esa frase se había convertido en una parte rutinaria de su existencia
cada vez que lo utilizaba creía en la esperanza de aliviar sus tremendos dolores de cabeza
algo imposible para un tipo como él

al principio, porque siempre hay un principio para todo, compraba un par
y el dolor se iba en un dos por tres
hasta que adquirió la costumbre de comprar más que dos
más que tres o más que cinco

las aspirinas emanaban una atracción irresistible en su vida
aún más que el sexo o aún más que una taza caliente de café
y escapaba a las tiendas y a las farmacias
como se escapa a un burdel en medio de la oscuridad

a veces quedaba enceguecido
medio tuerto y acalambrado
no atinaba a ver las calles por donde caminaba
el dolor acampaba en su cabeza en forma de campana
una enorme tienda se erguía en sus sienes y apuntalaba sus estacas en su cuello

en este estado era imposible ver el color de Bolivia

¿cuál era el color de Bolivia?

Domingo 24 de septiembre de 2006







los ojos de dios son como los ojos de la lechuza
sin párpados, casi sin pestañas, poderoso iris de la oscuridad
henchidos de eternidad y fijos en la pelambre del hombre
que se pierde en la insignificancia del universo

imposibles de mirar como cuando se mira el eclipse solar
quemantes y ardientes por el sólo hecho de ser divinos
fríos y indiferentes por el sólo hecho de ser celestiales
inmensos y descomunales por el sólo hecho de ser omnipotentes

aterradoramente infinitos

oh cómo me duele mirar los ojos de dios
de noche cuando creo dormir
de día cuando creo despertar

oh cómo me conmueve mirar los ojos de dios
al atardecer cuando tomo sorbos de café
al amanecer cuando rebano trozos de queso

nada en este mundo se contrasta a esos ojos
que te miran “entrañablemente” desde la lontananza
ni la aurora boreal ni el techo de la ballena ni la lava volcánica

ojos que miran aterradoramente mi futuro y mi memoria
mi excremento mi saliva mi sangre y mis espermas
retazo a retazo segundo a segundo sin fallar en ningún instante

tiene un pico como un ave rapaz para sacar los ojos de los hombres
pero dios no se parece al águila imperial ni al buitre americano

tiene unas garras para destripar las entrañas hasta dejar sólo pellejo sobre pellejo
pero dios no se parece en nada a una hiena o al chacal de las praderas

los ojos de dios son infinitamente sin cuerpo sin nada
humanamente posibles para estos ojos que leen este poema

¿qué haré o qué haremos mi dios?

ya no soy ese hombre amigable y con amigos
sólo tengo los ojos secos y fijos en la inmensidad

¿qué haremos con este corazón?
ando ciego igual que los hombres roñosos

dichoso de no mirar la cara del hombre que me ve pasar al trabajo
dichoso de no saber nada más que de sus ojos

La Paz, 7 de noviembre de 2006






VOLADOR HECHO CON EL ASOMBRO DE LOS FLAMENCOS

Ciertos retazos de seda,
algunas pajitas envueltas con hilo de araña
un poco de engrudo
el cordel necesario para sujetarse
mientras el asombro de los flamencos
se recorta en los rojos ponientes.




118

A mi conejita de playboy, Carmiña Mina

Bésame como me besaste anoche
dulce, apretada, con besos de loca
fuerza o volcán o lo que más provoca;
mudos son mis quejidos en la noche:
Ágil me tienes en seguir tu coche
que de un confín a otro término toca
soles y estrellas. Como cualquier boca
en el tálamo virgen, noche a noche,
déjame muerta de amor o de azoros.
Cuando me vieres yacer en tus coros
de ángeles, muda de espanto o herida,
vierte otra vez en mi cáliz tu vino.
Tengo yertos los pies de ir en camino;
¿Fría quedaré o húmida o perdida?





116

Responde mi Señor a este ejercicio
de rimas, tonos, lloros, que se elevan
a tus dulces celajes mientras llevan
de la noche, las dudas y el suplicio
monótono, medroso y soez del vicio
que al cuerpo, de lujuria toda enseban,
para hacerlo morir mientras se van
muchas purezas por un orificio.
Junta tu brazo sobre esta plegaria,
pon oídos a este cántico en Samaria,
que se ejecuta libre, sin panderos
ni arpas ni voz de lamento en los labios.
¡Qué importan los demás y sus resabios,
mi alma te clama en todos los senderos!






119

¡Oh mi Dios te doy gracias! Todo en ti
es cierto en este cuarto, aunque nada
más sólo hayan papeles y una “espada”,
unos versos quizás, ningún rubí.
¿Qué valor le das Dios, o no lo intuí,
a esta pobreza ruin, tan anunciada,
que me acerca a los cielos, bienamada,
y me aleja del suelo en que nací?
Cansada de la vida, ya no duermo,
porque hablan las amigas y me enfermo.
Como a Rut, me fatigan sus rumores,
y sólo pido pan, un poco de agua,
su compañía y qué más... ¿Por qué fragua
el demonio y me lanza sus furores?






121

Puedo morir en paz porque conozco
a Dios, después de darme a la carrera
de las letras con fe y a la carrera
de las armas con fuerza. Reconozco,
para mi mal, que yo mismo fui hosco,
a la vez montaraz, a la primera
cita con Dios en cerca de su vera,
porque no vi su seña por tan tosco.
Estando solo y pobre, no hay peligro
para nadie, que tenga tino y suerte,
a juntarse conmigo, ya que emigro.
Que el morir me sea báculo o portal
a la Vida y el vivir sólo sea muerte:
porque todos mudamos, bien o mal.




A Gary Daher Canedo

123

A tu ser me acerqué mi Amado hoy
mientras nieve caía afuera y el viento
corría por tejados en lamento.
Y en mi pecho creció el fuego... Aunque estoy
fría, medrosa, loca, no me doy
prisa por encontrar paz ni contento,
porque mi mente forja su tormento
en recordarte tal cual te has dado hoy:
nada de luces vivas ni de espejismos
sobre el cielo de agosto, sólo nieve,
límpido manto tuyo que cae breve
en callejones fríos, causando sismos
en la gente de a pie, que sólo trata
de abrigarse en sí misma, muy ingrata.






128

A mis pies, todo aquí era mescolanza
y yo pedía a mí mismo sosiego,
una orden que a mi vida de labriego
traía Gabriel en bienaventuranza.
Mucho más que un témpano en templanza,
solía creer nel sueño; pero ciego
o absorto me perdía, sin sosiego,
sin afán de seguir, sin esperanza.
Pero aunque el existir, de mal en peor,
era una pesadilla de terror
incalculable, Dios sabía hallarme
en los rincones, do creía no verlo
y do incluso ni creía contenerlo.
Entonces mi razón volvía a darme.

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