lunes, 8 de octubre de 2012

FRANÇOISE ROY [8.009] Poeta de Canadá



Françoise Roy 

Nació en Québec, Canadá, en 1959. Estudió Geografía con diplomado en Estudios Hispánicos en la Universidad de Florida (B.Sc. 1980, M.A., 1983) y un diplomado en traducción de la O.M.T (2000).
Ha publicado diez poemarios, una plaqueta, dos novelas y un libro de cuentos. De 2000 a 2007, escribió artículos sobre literatura en el suplemento cultural Acento del periódico La Voz de Michoacán. Es traductora certificada y miembro del taller de traducción literaria de la Universidad de Guadalajara. En 2002, fundó con otras poetas la revista mensual de arte y cultura Tragaluz, de la cual fue editora hasta su cierre en 2007. Ha traducido más de una cincuentena de libros, y una obra de teatro de Fernando Del Paso.
En 1997, recibió el Premio Nacional de Traducción Literaria de México; en 2002, el Premio Nacional de Cuento Victoria de las Mercedes (México D.F.), segundo lugar; en 2006, . el premio Jacqueline Déry-Mochon por su novela Si tu traversais le seuil; en 2007, el premio Nacional de Poesía Alonso Vidal; en 2005, fue finalista del Premio Acento de Cuento Breve y en 2006 obtuvo mención honorífica en el Séptimo Certamen Literario de Cuento “Sobre rieles”, casa de la Cultura de Nuevo León.
Fue becaria 2004-2005 y 2006-2007del Programa de Estímulos a la Creación Artística implementado por la Secretaría de Cultura de Jalisco y el CONACULTA, y en 2007, se hizo acreedora de una residencia artística en el Centro de Traducción Literaria del Banff Center for the Arts. En 2008, obtuvo el Premio Internacional Ditët e Naimit por su trayectoria literaria, galardón otorgado en Tetovo, Macedonia. En 2009, fue finalista del Concurso Literario de Radio Canadá en la categoría “Poesía”, segundo lugar del concurso de poesía Wine Fest, y obtuvo la residencia artística del FONCA en Argentina, de abril a junio del mismo año. En 2010, obtuvo el tercer lugar del concurso nacional Timón de oro, en la categoría “poesía”.
Vive en Guadalajara, México, desde 1992.




Ladrido de peces

El ángel jalaba mi energía. Mi energía como una piel, un lienzo de túnica, una cobija, mano flácida al final del brazo, cuerpo de suicida que pende al cabo de su cuerda. El Ángel jalaba como en el juego de la soga. El ángel de un lado, yo del otro. Un péndulo oscilando entre la sombra y la luz. “No quiero ir a los túneles de Gaza”, le digo. A los dos gatos, a mi esposo y a mí, nos sembraron en medio de las sábanas, quiero quedarme aquí, no a donde silban las balas, no en otra parte donde abren cuerpos como ostras al paso del cuchillo.

No quiero ver la película de horror, en su versión snuff. Y al mismo tiempo —cómo es la vida de terca, la belleza de inmortal— una flor crece en el desierto de Chihuahua, dibujando desde su cama de arena, con sus pinceles de clorofila, la estela diminuta de un avión supersónico (despega vertical hacia el cielo, como si quisiera alcanzar a Dios).
El ángel de un lado, yo del otro. Un péndulo oscilando entre la sombra y la luz.




La vena yugular

El nombre de una vena. Un ducto que sale del corazón y da la vuelta al cuerpo. Una palabra que evoca el puñal y los dramas pasionales. Busco el parentesco con el “yugo”, “subyugar”, y no encuentro genealogía común entre ese delicado tubo de carne de pétalos (atraviesa la garganta por fuera como una planta trepadora que fuese puro tronco) y lo que somete y pesa —bulto de Sísifo— sobre el lomo de los bueyes.
El libro de anatomía me dice que son cuatro y que ciñen el cuello.

Mano estranguladora sin palma: sólo cuatro dedos de piel tan delgada como la de una cebolla, rellenos de una savia rojo oscuro (la venal, más guinda que escarlata).
Uno pronuncia el nombre, yugular, y piensa de inmediato en el cordero tendido en el altar de un Dios seguramente refractario a los derrames de sangre.




Cuarto poema de amor

Me pregunto que tan hondo tendría que escarbar bajo la corteza de tu piel para hallarlo, ora ave enjaulada, ora orquídea, diamante que brilla solo en la negrura, lágrima de luz que se escurre en la mejilla del Universo. Escarbar como uno cava una tumba, las manos ampolladas sosteniendo una pala. Estratos de telas diversas encima —una placenta que late, se explaya en la distancia separando tu mano de mi cuerpo, que nada podría herir cuando estás cerca de mí—.
Yo, en cambio, lo llevo justo abajo de la piel, guante de cuerpo entero que se me hubiera deslizado por una hendidura en mi pecho, mi cráneo, donde fuera que algo tan delgado como una navaja pudiese penetrar atravesando la oscuridad de las entrañas. Lo único que tienes que hacer es rascar mi pecho con tus uñas, y lo verás expuesto en carne viva.
Y mi piel, enrollada en tu corazón.





Iridio

a Carmen Villoro

A veces
de la muerte 
de la lobreguez 
desde lo más profundo de las criptas 
los recuerdos más tajantes 
en su sentencia inaplazable 
florece la hermosura 
- aleación suntuosa - 
y germina una flora cautivante 
un rayo de lluvia que atraviesa la luz. 
Y la vida otra vez 
me sabe a copa de iridio.





Las preguntas de Dios Padre

[...]
Salir, es vivir;
entrar, es morir
[...]
Lao Tse

Una que otra vez me pregunto
qué le contestaste a Dios Padre,
cómo preparar el lumínico duelo
la separación entre alma y materia
si no sabías de antemano
cuáles serían las preguntas.

¿Cómo rehabilitar tus visajes
si a veces cuesta cien poleas
deslindar del bien el mal?
¿Qué pájaro serás tú allá suspendida
en los labios entreabiertos 
de la Séptima Dimensión
si desconoces qué alas, 
desplegadas entre Este y Oeste,
algún día se han de abrir?

Me comen las dudas el tuétano,
el ojo incerrable,
pero tu muerte me encontró
en el sitio más sagrado.

¿Qué mística vasija te moldeó en respuesta?
Y llevas aún atavíos de la infancia,
la mísera e indefensa niña.

¿En qué caminos brotó el estío
cuando tu fuego se volvió innombrable?

Una que otra vez me pregunto
en el destino inaplazable 
de tus rutas azarosas
qué le fuiste a contestar 
al sobredorado fuero de Dios Padre.





El mediastino

El diccionario te define así: “Espacio irregular comprendido entre ambas pleuras y que divide el pecho en dos partes laterales”. Ser sólo eso, un lugar entre dos cosas, un interludio de la carne.
Yo no sé de anatomía; mi oficio es la palabra, no la disección. Por eso te puse aquí, en medio de órganos vitales, tuberías necesarias, fábricas de sueños, apéndices motores, obras muertas, instrumentos de belleza, tú que no sirves más que para seudónimo del vacío entre los pulmones, tú que colocas la nada en el sitio correcto. Te puse entre los aparatos de nombradía simplemente por tu patronímico: mediastino. 
Nombre de cuerpo celeste tienes, de objeto divino, de lugar donde uno camina sobre las aguas. Se diría el alias de una variedad de orquídea, prestanombre de una especie de insecto en vía de extinción, denominación de un gremio desaparecido.



Los lunares

Flores pardas en la lozanía de la piel, los lunares son gotas que dejó escurrir el pincel de un dios distraído frente a su paleta de colores. La estatua del cuerpo humano —sin ojos aún, sin labios, sin cejas dibujadas— yacía ahí (maniquí con vida) esperando la hora de los blancos, los negros, los tonos cobrizos, los rosa para labios y uñas. El dios pestañeó, pincel en mano, y en su sueño efímero —ese momento de distracción justo después de mezclar los tres colores primarios—, la pintura color de tierra buena goteó sobre el modelo, al azar de su cartografía menor. 
¿Qué hacer cuando la pintura ya está seca? El dios intentó borrar esas máculas sobre el papel epidérmico (con solventes, vapores, alcoholes), pero el sello diminuto no desaparecía: mancha tenaz que identificaba cada cuerpo como una creación única, esqueje de acrílico en el lugar equivocado. 
En la tierra campa de un brazo, de una espalda alumbrada por tan delicada floración, el lunar es salpicadura de corola circular del tamaño de una pulga, marca de puntuación en las frases completas de la dermis.



La lengua

            El diccionario de los ángeles la define como el objeto más pasional del cuerpo humano, un río de néctares. Lanza como buitre abrevando en un grial de veneno sus imprecaciones, o bien, forja con humildes acrobacias la materia sonora de las palabras “amor”, “alma”, “aurora” y “corazón”, ésas que el corazón mismo —Narciso menor—, guarda en su estuche. 
Guillotina o terciopelo, navaja o irupé del lago de la boca, satén o pirotecnia, ¿qué no le han atribuido a una simple alfombra de un rojo diluido donde crecieron como pequeñas flores anatómicas los brotes de las papilas linguales? ¿Sabe hablar acaso un vil triángulo de carne donde el mapa de los sabores está claramente definido (lo dulce adelante, lo amargo atrás, lo salado antes de lo agrio), donde un agujero ciego se llama en latín foramen caecum, donde anidan partes tan melodiosas como la amígdala palatina?




Qué magro homenaje: sólo palabras 
a las víctimas del terremoto de Haití



I

Cross the line, though, and beasts of silence lie 
in wait to maul me with razor-sharp claws.
J.M. Coetzee  



            ¿Qué línea atravesaron sin ellos saberlo, en la noche antes del ocaso, en medio de lo negro más negro? Noctámbulos muy a pesar de ellos mismos, del otro lado de la roca ¿será que oyeron latir el corazón de Cristo, o el de la Virgen, relojería descompuesta al compás de vientos huracanados?
            ¿Se trasvasarán las almas de un cuerpo a otro menos denso o irán como mariposas directamente a su llama? Y ¡cuántas almas para sobrevolar al mismo tiempo las aguas de ese quebranto, cuántos oídos para oír esas voces clamar bajo las piedras!

            He aquí la arboladura de un velamen de tela negra volteado por desconocidas borrascas.



II

            Tal vez haya hecho falta engastar esos corazones en un techo más azul, hacia el que antaño Toussaint Louverture volteara sus ojos.

            Regazos de amapolas marchitas. 
                        Entablado de huesos deshechos. 
                                   Uno por uno, las puntadas trazan su extraña caligrafía, cosen el cielo tan lejano sobre los labios tan cercanos.



III

            Esta levitación hacia el dios de las voces apagadas, ¿bastaría acaso para dejar atrás los cuerpos de quienes, con su vaina a flor de ternura, tocaron la muerte como uno toca — hilván de filamento roto, oblicuamente estirado— la vecindad del Altísimo y del bajísimo?
            Leviatán de roca, con sus anillos enrollados alrededor del manto freático, ¿se sacudirá todavía de aquí al fin de la pesadilla, bestia y hada a la vez?



IV

            ¿Quién les urdirá osamenta capaz de soportar la gravedad de su exilio?
Sólo anhelaban, sin embargo, la sal, jamás la quemadura.

            Las manos como instrumentos de escarbar.
            El espejo del agua encrespado, la pupila deshilachada.



V

          No sé qué tienen las flores, llorona, las flores del camposanto, que cuando las
          mueve el viento, llorona, parece que están llorando.
          Tápame con tu rebozo, llorona, porque me muero de frío.
          Hay muertos que no hacen ruido, llorona, y es más grande su penar



VI

            Jean-Aimé, fantasma que deambula sin rumbo por las calles, ¿será un mártir que se equivocó de cruz?

            Gladys, bajo los escombros, ¿estaba acaso tan feliz como los ángeles, que no tienen cuerpo, no envejecen y no son amados carnalmente?

            Dieudonné, en su grabata, ¿vio acaso la luz, según Newton materia imposible de pesar, que flota fría y arrogante sobre la materia sólida? (Nebulosa extraviada sobre la tierra es aquel alumbrado de las llagas, la ternura de las palmas que se posan sobre el pozo de penas).

            Y Marie-Immanente que sonríe descalza bajo el sol, con su esperanza firmemente pespuntado al rostro, [su] estilo propio, menos que un soplo, apenas movimiento del aire, es ciertamente el de nunca tocar tierra, flotar eternamente, inestimable, demasiado volátil para estrellarse jamás.



VII

            Ah el zafiro manchado de rojo. 
            El invernadero de naranjas asaltado por el polvo. 
            El nácar de las uñas manchadas por la hulla parda del suelo.          

            Los arcángeles ambidextros no se dan abasto. A lo lejos el mar y el árbol de mangos, azul y anaranjado sobre le gris perlado de esos cuerpos.



Partida

In memoriam
a Susana Sanromán Ortiz (1957-2005)



Te vas en tu barco azul
– pétreo velamen      albo costillar     arboladura de azogue –      
te vas al encuentro de las almas consanguíneas,
vestida del sudario transparente de tus deseos,
lastrados aquí como diminutos guijarros de oro.

¿Qué sabremos de tu travesía, Susana,
del perihelio de tu espíritu con su más alta alfaguara 
si desde el ábside de la catedral
los arcángeles de mármol bendecían
el largo maderamen de tu lecho de satín blanco,
ése donde nadie vimos
a la vestal en vilo sobre la tarde luminosa 
de Lagos de Moreno, 
    (tu memoria, expoliada; tu sangre, en reposo)         
donde nadie vimos sino el diamante de los huesos
            bajo el trémulo nenúfar de la piel,
el salegar de la carne
que se disuelve ahora en un mar invisible
        (nos sobrevuela como un velario añil).

Has recogido tus pasos, 
cerrado el rancho, con sus bienes semovientes,
y las páginas de tu último libro. 
Has echado cerrojo a la puerta de tu casa, 
descolgado el espejo de la alcoba con tu imagen ahí guardada,
llevándote contigo la iglesia y sus vitrales,
la cal viva de nuestros corazones enharinados.

Nadie se ha movido de su banca:
seguimos aquí
frente al mapa antiguo de los dolores 
que al doblar veloz la campana de tus querencias
—en la hora equinoccial del 4 de abril— 
se apagaron como pequeños luminares 
                 en el albedo de la noche más corta.

No cruzarás incendio forestal
                                  ni sol en cauda
para atezar la breve tierra de cultivo  
de tus cuarenta y ocho años.  
No cruzarás
sino la luz propia de tu cuerpo
la frágil costura
que nos mantiene dentro.



Golondrinas 

Palomar de golondrinas irrevocables, 
hipnótica unicidad alada.
Tú pusiste en mis labios la inefable pregunta:
¿Qué te anunció cuando llegaste parpadeante
ante su lejana blancura?
Horda maléfica, ojos de tantas pupilas:
todo se tuvo que desvanecer,
como una noche tan exigua 
que ningún planeta 
en su bóveda cupiera.






Acendrar la tierra firme

Alguna vez,
cuando la luz viajó por las densidades 
no pobladas del silencio,
cuando el rayo de la paloma que vaga
se posó sobre el hombro invisible
que te sostenía,
lograste ver el juglar de otro reloj,
el ámbar de otro espacio, 
el recuerdo de tu vida.

Entonces
en el preciso momento en que la espada
partió los dorados vislumbres
como si veinte mil estrellas
fueran a coincidir sobre ti,
entendiste el tenue soplo
de aquello que no tuvo nombre.

No pudiste sino verlo
estallado a lo lejos 
en otras riberas.
Sólo te quedó acendrar la tierra firme,
reordenar tus signos 
y renunciar al vivo celaje.






Las puertas del mundo

A Dios perteneces
desde que se te cerraron 
las puertas del mundo.

Y cuando llegaste ante Él
tal vez le dirías lo siguiente:
Perdóname,
no estaba en mi juicio.






El llovido viaje

Quisiera tocar 
el llovido viaje
como un tercer ojo
desolado.

Lo que toca la ostra 
herméticamente sellada
que congrega desencuentros.





Se acercó la muerte

...a cuyo lado ni el Destino pudo entrometer
ni un solo dedo tuyo... 
César Vallejo

Se acercó la muerte
y la acarició
como al árbol el viento de una pradera.
Ella no sabía 
que era inevitable.
Por eso la convidó y juntas comieron
las uvas y el pan ázimo
de su mesa de infortunio.

Se acercó la muerte
y la recostó en la eslora de un ataúd
para medir su tamaño
y ensayar su mortalidad.
Ella no sabía que la otra era alevosa.
Por eso se dejó acostar
en el féretro predilecto
sin sospechar 
que cerrarían la tapa.






Contrahaz

Gaviota de azulina vastedad
llevaste tu vida 
por un río que se deslizó
cumpliendo
con su marítimo destino.
Salmón extraviado,
no quisiste regresar
al lugar de partida
sino a un mar
de extemporáneos peces.






Agnus Dei

Quizá
el agnus dei
es oración de cosas desconocidas
irreconocibles
el talismán
de la vida gnóstica
y su hermosura alada.
Pero a mí me basta
el ágata
el espacio agnóstico
de la tierra nuestra.






Sopa y bastillas

¿Qué le habrás dicho a la Muerte
cuando llegó?
¿Qué le habrás dicho
asomada a esa ventana
que tú sola habías colocado
en el muro más alto?
Espera, que aún canto.
Espera, que a la bastilla
le faltan diez puntadas
e hilo tan lentamente.
Espera que le ponga sal a la sopa.
¿Qué le dijiste
cuando faltaba apenas 
un grano de arena? 






Ida sin vuelta

Te viniste a alojar
en el nido de mi garganta
con la aspereza de las espinas.
La vida, 
como ábaco,
cuenta los días en hileras rectas
sin posibilidad de regreso.
Y la herida tuya
mueve las lentejuelas del ábaco
y lo ordena todo,
alternando pacientemente
felicidades y desgracias.






Receta para morir

Trae
aparte de lirios y azucenas
abundante llanto 
y desconsolada nostalgia.

Vierte los espacios
antaño ocupados por tu presencia
y vuélcalos en lo etéreo.

No traigas contigo
el veneno de ponzoñosos rencores
que desvanecen 
de los astros lo violeta.

Limpia 
tu corazón de antiguas llamaradas
acaecidos apremios 
jamás resueltos 
que el ardor de la muerte empaca
en la valija del más allá.

Deja el dolor 
para los mortales.
Ellos se dedicarán a encarnarlo.

Busca ante todo,
la última blancura esplendorosa
de la paz.

Deja atrás lo inconfesable
en el regazo del confesionario.

Y vete
con el corazón en llamas
grabado en la losa.
De amores y perdón
sea tu epitafio.






Olvidada

a Claude Herdhuin

Bajo la pólvora de los tiempos,
fui a la vez
ceniza y olvidada,
una sepultura.

Ningún haz luminoso
supo alumbrarme.
Fui accidental
fruto coralino de lindero oceánico
aleación indeseable
entre claro y oscuro.





Madre de varios silencios

Lloro cuando el sol se mete 
porque te sustrae a mi vista.
René Char

Dónde se habrán ido
tu cántico de ruiseñor
y el mudra de la Virgen María
cuando quedaste insepulta
en la tumba ensortijada del cuerpo.

Varios silencios
nos habrán hecho inseparables,
buscando ambas la luz al tanteo.
¿Estarás todavía trenzada 
al péndulo que marca las horas del dolor
como fantasmas acordes?

Más que cómo
quiero saber dónde estás 
desde el rumoroso arribo.

Dónde estás, tañe mi voz
por los vientos cardinales
de las islas que no recorrimos.





¿Cuál sería tu palabra?

Habla -
Pero no separes el no del sí.
Paul Celan

¿Cuál sería tu palabra
si sólo te dejaran decir una?
¿"Cerrojo" 
para encerrar en tu presidio
las cosas que perdiste?
¿"Reloj" 
para restituir 
el tiempo que nos faltó?
¿"Ventana" 
para asomarte a la luz del universo 
que nos toca al mismo tiempo
a pesar de tan severa distancia?

No. Dirás "espejo"
para llevarte contigo
la última imagen.






Las riberas cobrizas

Me quedé tan pequeña
sin alma en los tiempos tuyos
que abordaron el viaje sin fin
de las riberas cobrizas.
Es la mano huérfana la que me duele,
no el recordarte
después de haberte perdido.






Vereda oscura

Hizo falta la muerte
para dejar ambas de ser forasteras
en nuestro desolado espacio.
¿Pero yo, qué sé de la muerte?
¿En qué senda te busco
si me ciega su oscuro sendero
de pena tragada por dentro?
¿Bajo qué rosal,
en las manchas de qué olmo, 
jacaranda o encino 
arrojadas al suelo 
por el fugitivo solar de mediodía
- los nombres de las plantas, 
a tu altura, ya no significan nada -
dónde, pues, dejar mi cuerpo en espera
e irrumpir contigo, 
hacer que mi alma sospeche la tuya?
¿En qué paraje
dejo lo que ahora amo
sin arriesgar perderlo todo?
¿Qué haría si al dejar la casa amada
y volver de mi peregrinación 
a las tinieblas contigo
la llave no abriera la puerta?

No sé cómo efectuar, 
ay, pájaro de vela rota,
la alquimia que me pides.
Mi mundo es de imágenes
y el tuyo de clarividencia.
Somos hechas de distinta materia:
yo de cantera y tú de viento.

Mejor me quedo aquí.






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