lunes, 17 de septiembre de 2012

CRISTIAN COTTET [7.863] Poeta de Chile




CRISTIAN COTTET 

(Santiago, CHILE, 1955): Ha publicado, entre otros libros: “Amor y Rebeldía” 1982; “Urbanidades” 1983; “Epica Inconclusa” 1983; “Proclama” 1985; “Manifiesto un Terrible Descontento con Ayer” 1986; “Has Recuperado Nada” 1990; “Libro de los Hechos Inevitables” 1996. Actualmente es director de la editorial “Mosquito Comunicaciones”.




TODO COMIENZA MAÑANA

Todo comienza mañana: lo de hoy,
aquello que enterramos cuando niños,
el barco de papel, el beso tras la cortina de humo:
aunque no esté presente sino de ausencias,
con luz de neón y escarchas pegadas
en el techo,
hoy ha terminado alguna circunstancia que desposee
nombre, ubicación o espacio:
lástima, lástima que todo acabe de igual manera,
aquellos que dijeron lo inverso repetirán
que todo esto es un error: mañana,
quizás mañana seremos los mismos héroes de siempre:
llegaremos a casa para encender el televisor,
diremos entre dientes una mentira descarada...
pero es inútil,
de verdad, todo aquello que soñamos comienza mañana:
el penúltimo soplo de amor que se conozca,
el niño, ese ausente que apunta su fusil entre la selva,
el mismo y su arraigo envejecido:
entonces, mejor dejar para mañana estas caricias
ya que -digámoslo con franqueza-
pocas son las respuestas que nos restan en la boca.

Mañana será el día de la felicidad perdida.
Todo comienza, entonces, entre estertores somnolientos:
lo de hoy, lo escondido, el muerto animal, todo.






EL INFIEL

Tú eres una de las dos mujeres que
amo; la otra aún la desconozco o se ha
perdido entre húmedos sonidos que se ignoran.
Tú eres una de las voces
que recurro para escuchar palabras 
que no suenan.
Tú eres una de las tres mentiras más
grandes que he debido emitir. Eres un
espasmo junto a otro desencuentro que
desvanece. Tú eres una de las dos mujeres
que beso por la noche, la otra semeja
la fragancia, un roce,
el tibio roce que enloquece,
y recrimina anhelo furtivo de tenerme
sin excusas. Tú eres aquella donde macera
el fruto mezquino del trabajo,
el golpe de suerte, el derroche, la eufórica
amenaza de no asirte entre mis labios
cuando descanso perdido en mi destierro.

Tú eres una de las dos mujeres que
amo; sin embargo, estas palabras, estas pequeñas
letras espontáneas, desordenadas y de febril significado,
nacen de un recuerdo
que dejara aquella que aún desconozco. Pero
tú, tú y sólo tú eres una de las dos mujeres
que amo;
la otra espera,
aunque aún la desconozco.






NO VOLVERÁ ÉSTA

No volverá ésta a ser la casa que soñamos. 
El patio irá cubriendo
de recuerdos
la habitación que demolimos. No correrá
por el pasillo la infante vida 
que esperamos: el vidrio respira aún
pidiendo explicaciones.

No serán estos los días que soñamos.
Aquellos distantes helechos en el muro,
el horizonte dibujado: no serán éstas las manos
que acaricien tu cabello cuando sufras
y el débil desprecio de los años tampoco
reconocerá la esquina para dejarnos
el puñal sobre la mesa.
No será ésta la madera de mi casa.

No volverá ésta a ser la casa que soñamos.
Más que otras, quisiera una puerta
y por ella aparecieras cada tarde,
como las páginas que escribo. Pero no, no serás tú
el esfuerzo que oprima la mano
de un cadáver como yo. No volverá ésta a ser 
la explicación de nada. Para la epístola
extraviada, no será éste el destino
que persigue.
No volverá ésta a ser la casa que soñamos.






NUNCA, NUNCA ESTUVE EN N.Y.

Sentado en un extenso comedor colectivo,
mirando de reojo algunos vecinos de plato,
estregándome los ojos para arrancar lagañas,
recuerdo una niña de cabello casi libre.
En esos días te enamoraba con más frecuencia
que ahora, con más calor, con un trozo de apego afuerino
aunque nunca, 
...nunca estuvimos caminando por New York.

Mi celda era un pequeño cuarto en el séptimo
piso de un tugurio: bebía sólo por beber,
sin razón ni explicaciones: vertí más de una vez
improperios en murallas de los baños: una mujer entonces,
una pequeña mujer de pelo rizo miraba tras la
ventana, asomó su cabeza desde el fondo del salón:
luego me enteré de su espalda doblada, de poemas
cayendo del bolsillo, un sinnúmero de voces cantando
en español, ya que esto sucedía en nuestro barrio
...ya que nunca estuve con ella por New York.

Era Santiago de Chile, y poco a poco hicimos de esta ciudad 
nuestra ausencia, el exilio de aquellos que jamás
volaron en avión: los abandonados a la suerte de lo que venga:
hicimos el amor en oscuras esquinas -no por lucirnos
ni por snob, sino por carecer una cama donde hacerlo-:
era nuestra particular derrota la que arrastramos:

el resguardo sucio y hediondo de un hotel barato
nos hizo sonreír por no tener lágrimas para dejar
de propina: 
por las calles de esta ciudad bebí lo más fuerte que 
encontraba, vomité más de cien veces en la avenida
principal: a ti ni a mí nos molestaron nunca las putas,
ni los negros, ni los «cabeza negra»
que convivían con nuestra propia soledad:
en cambio,
no creyeron cuando dijimos que los golpes dolían,
que nuestros propios derechos humanos eran también
nuestra propia soledad
y que nunca -«por favor, créanos»- 
... nunca estuvimos en New York.

Ahora,
sentado en un extenso comedor colectivo,
mirando de reojo fétidos huesos que acompañan
este plato de aluminio, extraño no haber recorrido
las calles de New York, desconocer la mierda que 
arrastra sus veredas, hablar en el idioma putrefacto
de sus muertos, comentar la infinitud de sus burdeles.
Ahora, desorbitada un poco la figura que miro,
me viene de golpe la muchacha de pelo rizo, pidiendo
sólo un poco de agua, doblada en dos, con estertores de muerte,
un hospital:
intento acercarme a su rostro, reconocer la finura de
sus penas en esta basura de quedarnos tirados,
por último, comentar con ella lo ridículo que resulta
no haber estado juntos en New York:
no haber estado juntos en New York
cuando su vida es tan corta -y se pierde, se pierde- 
y la tristeza que recuerde
sea sólo de las calles de Santiago,
sea sólo de las calles de Santiago.







SÓLO RESTA LA CAUTELA

A menudo discutimos sobre la lana de la cabra,
Pero por gusto,
Porque la cabra no tiene lana.
Horacio

para Alejandro

Todos mis amigos de otrora, los de hoy
y seguro los de mañana,
son unos irremediables ultraizquierdistas:
ellos lo ignoran, pueden incluso negarlo
o disimular al extremo que puede uno creerlos
bordeando la categoría de tránsfugas.
Ninguno de ellos asegura saber dónde comienza lo que
debe hacerse,
pero soñamos con desgano alguna sorpresa de la vida:
también dicen de mí lo que acostumbro blasfemar
sobre sus actos.

Borrachos y mujeriegos, seguro, pero traidores
nunca: 
se comenta que hablamos con insistencia 
de los otros cuando no están, seguro,
pero traidores nunca.
Sin pretenderlo siquiera mi ex-esposa los calificó
de ambiguos,
y tenía razón,
dijo que de política no distinguían un zapato rojo
de un transatlántico,
y tenía razón:
«un buen día te quedarás solo con ellos»,
y tenía razón.
Aunque no cometo el atropello estético de escogerlos
(resultaría pedante, por decir lo menos),
reconozco no tener mejor visión
para olvidarme de ellos a la hora de las premuras
y del silencio.
Tampoco hacen apología de cuestión alguna
ni citan libros eternos para defender la necesidad
de una bomba:
destacan, eso sí, a la hora de no decir palabra.
Son pocos, a veces muchos, otras demasiados:
siempre extrañables.

Sólo resta la cautela, un puñado de deseos
y saber
que en las buenas y en las malas
(aunque lo ignoren o se esfuercen en negarlo)
mis amigos de otrora, los de hoy
y seguro los de mañana,
serán siempre unos irremediables ultraizquierdistas.





CARTA

... la que habita estos recuerdos

Mi casa está llena de tierra.
He vuelto de noche y descubro que 
aún guardo dos o tres botellas
que retraen a los amigos, a una cita
que por su esplendor y distancia no pudo ser.
Llueve dentro de mi dormitorio
cuando no veo
el rostro que amo.
Un niño da gritos, exige
explicaciones a las cosas que hemos
hecho.
El tiempo, el tiempo todo 
lo deja tirado por el suelo:
ella no lo sabe,
pero guardo sus cartas
entre el polvo que cubre mi casa.

Cada vez que aparezco
una sombra, sólo una distante sombra
indica el sendero que seguí hasta 
los sitios que dormimos.
Los libros, cada uno a su manera
y estilo,
recuerdan esfuerzos ajenos:
el niño vuelve a traer la imagen
de lo que pudimos ser.
En fin, en estos días resulta imposible
descorrer cualquier velo
que evite lo que se vivió:
añosos, cansados y ciegos
mis dedos tiemblan y trémulos
van donde escribieron
suaves llantos de amanecida. Nada hará
que olvidemos las veces
que vestimos de negro mientras vaciábamos
botellas y alma.

¡Ah, que inútiles resultan estas líneas!

Mi casa, mientras, huele a cantina
y el polvo va cubriéndolo todo.
He cambiado un par de ventanas,
los perros se mueven sin destino:
ella sigue donde mismo, tan reunida de tierra, 
esperando,
mientras las voces soplan por la noche
suaves cantos de niño,
palabras que hablan de columpios y poetas,
cariños jamás explicados,
inútiles debates:
polvo nuevo que cubra las efímeras
tristezas que hoy nos
hacen recordar.




XXII


Ahora güeón vamos a conversar de otra forma
yo y sólo yo hago las preguntas
entendiste
            AAAAAAAAAAAAAYYYYYY
nada de grupos
mira que te tenemos cachao
sabimos hasta lo que comiste ayer
y cuantas veces cagai al día
así que querimos cuestiones claras
            AAAAAAAAAAAAAYYYYYY
cómo dijiste
este güeón se está haciendo el pajarito
no quiere cooperar
súbele al voltaje
ahora vai a ver
            AAAAAAAAAAAAAYYYYYY
cuélgalo mejor
mejor cuelga este pelota
            AAAAAAAAAAAAAYYYYYY
ahora cuando querai decir algo
tení que levantar el deo chico
entendiste
            AAAAAAAAAAAAAYYYYYY
mira cómo levanta too los deos el maricón.








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